cerrar [x]

Pas, paz, pas, paz

En una empresa publicitaria, el jefe se propone ganar el León de Oro en Cannes, un nuevo cliente, hijo de un miembro del Cuatrinomio de Oro estronista, quiere financiar algo para «cambiar las cosas» y una publicista piensa en la campaña «Pas, paz, pas, paz».

Bruscamente, el jefe me pasa un pedazo de oro. Lo agarro con todas mis fuerzas por miedo de que se caiga. Me mira sonriendo, sin parpadear. Luego observa al público que nos ovaciona. Me siento en un déjà vu: su estado psicótico es el mismo que tuvo en la última fiesta del año pasado.

Esa noche tuvo algo de fin del mundo, más que de fin de año. Reviví el momento que Colo ―como le decían todos― se apoderó del micrófono con un manoteo salvaje que hizo que el aparato cayera, pero pudo sujetar el cable antes de que la carcasa tocara el suelo. Con el público gritamos: ¡Chake! Segundos después, en una reacción tardía conjunta, escuchamos las risotadas. Colo se paró firme y con efusión desmedida anunció el objetivo para el nuevo año: ganar Cannes, el premio más prestigioso de la industria publicitaria a nivel mundial. Si bien quienes trabajamos en creatividad publicitaria codiciábamos el trofeo con forma de leoncito en algún punto de nuestras carreras, el caso de Colo siempre me había parecido extremo, una obsesión de nivel patológico que conocí a profundidad meses después.

En marzo del nuevo año, la agencia firmó contrato con un nuevo cliente. Me pidieron que asistiera a la primera reunión. Dejamos nuestros documentos de identidad en la portería y nos dieron una tarjeta con la palabra «Invitado» impresa en rojo, aunque yo la percibía como «Intruso». Me perdí en esa reflexión mientras subíamos al décimo piso por el ascensor. Recordé la frase de Orwell en 1984: «La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza.»

Me acomodé los lentes de marco grueso que se me resbalaban por la nariz y me senté al lado de mi jefe, como si su cercanía me hiciera invisible. Cuando todos estuvimos acomodados con nuestros respectivos cafés y botellas de agua, se sucedieron la disertación de uno, el debate de otro, la ira de una y la pasión de otro. Hablaban de sus expectativas y discutían posibles estrategias. Sin embargo, las palabras parecían no llegar a mis oídos. Me vi sumergida en el conteo de las mordidas que le daba a mi décima chipita antes de tragarla. De repente, la voz de don Dico Tómico me devolvió a la sala. Me mordí la lengua y emití un sonido de un cachorro lastimado. El señor me miró de reojo, se aclaró la garganta y siguió su charla magistral.

Yo estoy convencido de que desde el sector privado vamos a cambiar las cosas. Acá no está todo tan podrido todavía. Por eso quiero que se conozca la empresa por hacer campañas de bien social. Yo tengo plata para invertir… Lo que necesito son buenas ideas. Por eso estoy acá hoy: para desafiar a estos creativos, a ver qué se les ocurre, qué ideas tienen para hacer un país mejor. Después metemos la idea en Cannes. Yo pago la inscripción. Lo que quiero es hacer ruido… Ruido para bien, para cambiar las cosas. Pensemos en grande.

Tomé el último sorbo de café, frío y extrañamente más espeso. El líquido parecía haberse mezclado con las palabras escuchadas y pasó por mi garganta con dificultad. El resto del encuentro rememoré los sabores de pizza que todavía no había probado. Era un pensamiento automático cuando entendía que debía quedarme a trabajar horas extras.

Caminamos hacia el auto de Susan, ejecutiva de cuentas, hija del dueño de la publicitaria. Entré y me acomodé en el asiento trasero. Colo se sentó en el lugar del copiloto. Ella encendió el motor y a la par su capacidad de provocar charlas forzadas.

Es una buena oportunidad esta…

Sí, tenemos que aprovechar y sacar algo realmente bueno. ¿Escuchaste, Cristi?

Claro que escuché, pero fingí que no y me incorporé con un movimiento exagerado. Me acomodé los lentes.

No, me colgué. ¿Qué pasó?

Que esta es tu oportunidad para romperla y ganar el gran premio este año. Todos sabemos que vos podés ser la mejor creativa del país.

Ahhh…. y haré lo que pueda…

Eso y más.

Un limpiavidrios se acercó y se dispuso a limpiar el parabrisas.

Ay no, no, ¡no, te dije!

Susan despegó la mano derecha del volante y movió el dedo índice de un lado a otro frenéticamente, pero el muchacho continuó. Entonces ella puso en marcha el limpiador automático. Él la miró con odio. Ella también a él, pero agregó: ¡A la gran puta! Él guardó el palo limpiador debajo del brazo, le mostró el dedo del medio y se fue. Ella suspiró y retomó la charla forzada como si no hubiera pasado nada.

Encima yo creo que de verdad podemos hacer algo que aporte a la sociedad. Eso es lo que más me motiva a mí… ¿Entendés lo que te digo?

Colo asintió con la cabeza.

Una vez instalado el trabajo en mi psiquis, pensé ideas maquinalmente. ¿Qué problemas podíamos solucionar? ¿De qué se estaba hablando hoy? ¿Cómo podíamos meternos en la conversación de la gente? ¿A quiénes podíamos usar como figura? ¿Pueblos indígenas? ¿O qué tal una acción de concienciación de la violencia contra la mujer? ¿O para dejar de tirar basuras en la calle? El ritmo acelerado de pensamientos me acompañó durante la caminata a la parada de bus y todo el trayecto de la Línea 37 hasta llegar a mi casa.

Sentado a la mesa del comedor, papá partía un mango brasilero en pedazos pequeños, apuñalando cada trozo después de cortarlo y llevándolo rápidamente a la boca.

¿Don Dico? ¡Ja! No te puedo creer… clavó la fruta, apoyó los codos sobre la mesa, cruzó sus manos y me miró. Sonreí creyendo que él admiraba a este empresario como yo. Su papá ko era miembro del Cuatrinomio de Oro, mi hija… tomó de nuevo el cuchillo para seguir el ritual.

Me pareció interesante saber que el padre de un cliente tan importante haya sido músico. Imaginé a un hombre parecido al de la reunión junto a tres varones más, posando con los brazos cruzados. Sobre sus cuerpos, el nombre del grupo en Word Art.

Esos estronistas hijos de puta se cagan en plata ahora, pero porque durante muchísimos años se cagaron en todos nosotros. ¡Colorados de mierda! tragó saliva, se miró las uñas de la mano izquierda, y bajó el tono de voz. Pasame otro mango.

Puse la fruta sobre el mantel y me senté en el otro extremo de la mesa. Agregué camisas rojas y pañoletas con la estrella del Partido Colorado a la imagen mental del cuarteto.

En tono agresivo, continuó:

Supongo que conocés todas las atrocidades que hicieron estos especímenes. Quiero creer que les enseñan eso en el colegio. Nos torturaban por pensar que éramos contreras. Se apropiaban de todas las tierras que se les antojaba. Y ellos mismos se iban a sacar a los indígenas a balazos. Robaron todo lo que quisieron… Por eso el Dico este tiene la plata que tiene. ¿Y ahora viene a querer lavar el dinero más sucio del mundo invirtiendo en alguna obra de caridad? ¡Ja! Y no cualquier obra, eh, una pensada desde el marketing porque obviamente quiere quedar bien con la gente. Ha de aspirar a algún cargo político, seguro. Todos son unos bandidos…

Mis anteojos se resbalaron y cayeron al suelo. Me agaché, los levanté y me los volví a acomodar. El diseño de portada del disco de la banda de polka que tenía en la cabeza mutaba a medida que papá hablaba: una guitarra con la cara de Stroessner grabada, un acordeón convertido en un elemento medieval de tortura, micrófonos que también eran pistolas y maletines de dinero de diferentes tamaños usados como percusión. Me quedé algunos segundos pensando en armas de todo tipo convertidas en instrumentos musicales. La sensación de haber dado con algo interesante me invadió súbitamente. Me recorrió un escalofrío. Escribí la idea a grandes rasgos en el celular.

Y bueno, pa, no se puede vivir siempre en el pasado. A lo mejor él sí quiere hacer bien las cosas… respondí sin reflexionar mucho.

Papá soltó el cuchillo y dio una carcajada que me erizó la piel. Preferí no responder y fui a mi habitación con ánimos de desarrollar la idea que se me había ocurrido. Garabateé titulares y luego me acosté y me dispuse a procrastinar.

Cuando le expuse la idea, Colo tuvo dudas, pero finalmente la aprobó. Ese día nos quedamos a confeccionar las piezas de la campaña. A las siete de la noche fuimos hasta el restaurante que se encontraba al otro lado del complejo de oficinas, llegamos justo antes de que cerrasen. Compramos cervezas para amenizar la velada, o más bien disimular que no la estábamos pasando tan mal, y un par de bebidas energizantes para contrarrestar el efecto del alcohol. Me serví una lata en un vaso con motivo de Star Wars y lo llevé a mi escritorio.

«Transformemos el odio para que suene la paz», era el nombre de la campaña. La idea era convertir armas de todo tipo en instrumentos musicales que serían donados a niños de escasos recursos, a quienes se les daría clases de música. El proyecto culminaría con la puesta en escena de los chicos ejecutando alguna canción.

Cristi, atendé esto… Que la canción se llame «Paz, paz, paz», haciendo un juego auditivo con el «¡pas!» juntó las dos manos emulando una pistola y la palabra paz. ¿Entendés? ¡Pas! Paz. ¡Pas! Paz. Está buenísimo, ¿verdad?

¡Me encanta! lo miré asombrada por encima de mis anteojos medio caídos. Me fascinaba ver al jefe crear con tanta facilidad.

Hicimos una pausa y salimos al patio a fumar un cigarrillo. Nos sentamos en el suelo, recostados contra la pared con la gigantografía un poco pixelada del rostro de Dalí. Hice «la gran Susan» intentando forzar una conversación.

¿Por qué te dicen Colo?

Y porque soy pelirrojo se rio. ¿No ves? señaló la piel morena de su brazo.

Ahhh sonreí, o al menos lo intenté.

Lo que pasa es que yo soy colorado de toda la vida. Toda mi familia es colorada y siempre lo fue. Y la verdad es que si no fuera por eso, no estaría donde estoy.

Hablando de eso, ¿vos sabías que el papá de don Dico era parte del Cuarteto de Oro?

Cuatrinomio…

Lo que sea, ¿sabías?

Claro que sabía, Cristi… ¿Por?

No sé, pregunto nomás…

Cambió súbitamente de tono de voz y siguió:

Sea lo que sea que estás pensando de ese tema, la campaña sigue siendo una oportunidad del carajo, ¿no te das cuenta? Aparte, si no la hacemos nosotros, se va a ir a hacer con otro nomás. Mejor, aprovechá. Muchos creativos se mueren por estar en tu lugar. Demostrá de qué estás hecha. Ani nde vyra.

Al volver al escritorio sentí que el marco de mi anteojo pesaba diez kilos y me apretaba la nariz. Así que me lo saqué. Descansé algunos minutos y retomé el trabajo. Luego de una hora y media fui a la cocina para tomar otra lata. Colo estaba buscando algo para comer, abriendo todos los cajones y las puertas de un mueble vintage. Por inercia intenté nuevamente entablar conversación:

Colo, estaba pensando nomás mientras escribía… ¿Vos sabés de dónde viene la plata que se va a invertir en esta campaña?

Cristi, Cristinita querida, me parece que estás haciendo preguntas innecesarias. Vos concentrate en la parte creativa. El resto de lo que pasa no debería importarte. Te lo digo como consejo porque te aprecio y creo que sos talentosa. Te está yendo demasiado bien para ser mujer. Aprovechá.

Miré el piso y encendí mi piloto automático mental. Volví a la computadora y trabajé mecánicamente durante tres horas más. Luego de enviar el correo a Susan me recosté en el sofá estampado con caras de Marilyn Monroe en distintos colores, y me dormí.

Llegué a casa por la mañana, con menta’i, burrito y cedrón en una bolsa de plástico. Aprovechar la sombra del árbol de guayaba del patio tomando tereré con mi papá era un rito de sábado. Machaqué las hojas en el mortero de madera y las eché en la jarra de vidrio. Llené la guampa con yerba natural, como le gustaba a él. Saqué las sillas hechas de cables de colores y la mesita con patas de hierro.

¿Qué tal tu trabajo, che rajy?

¡Súper bien! Presenté una idea que le gustó mucho a mi jefe.

¿En serio? ¡Contame!

Cada vez que cebaba, bajaba la mirada hacia la guampa y me quedaba así un par de segundos. Narré minuto a minuto la odisea creativa. Mi lente se deslizaba y lo subía con el dedo índice. Expuse mis expectativas con vehemencia. Terminé el monólogo y miré a papá, que se miraba las uñas de la mano izquierda. Sus ojos recorrían los dedos uno por uno.

¿Me estás escuchando piko, papi?

Un pitogüé respondió a lo lejos, pero mi interlocutor mantuvo el silencio. Le agarré la mano que lo tenía absorto.

¿Pa? ¿Estás bien?

Empujó mi mano con tanta fuerza que di un paso atrás y me tropecé con la mesita, que se volcó.

Ni te atrevas a tocarme y mucho menos las manos. ¡Ayna, che rajy! ¿No te das piko cuenta de lo que estás haciendo? Ayudando a estos ladrones de mierda a robar más, a ocultar, a matar, a seguir cagándose en vos, en mí y en todo el Paraguay. Si aprendiste algo de mis valores tendrías que renunciar a ese trabajo, ¡carajo, mierda! Por un salario mediocre te vas a vender tu alma… Despertatena mi hija, ¡estás siendo cómplice de torturadores! Las armas que mataron a quién sabe cuánta gente, ¿van a usar para tu ideita?

¡Aijue! ¿Qué te pasa, papá? Ya no son ko más los tiempos oscuros de la dictadura… ¡Yo tengo derecho a cumplir mis sueños también!

Papá se calmó de un segundo a otro, cruzó las piernas, apoyó el codo sobre la rodilla y se volvió a mirar la mano. Con la yema del pulgar acariciaba el contorno de las uñas de los demás dedos.

Si seguís con esta estupidez, esta va a ser la última vez que hablamos.

Yo no lograba asimilar la reacción ni emitir palabra. La menta’i, el burrito y el cedrón eran algas de un charco en la tierra. Mi anteojo de marco grueso completaba la escena en medio de la bombilla de plata y una guayaba podrida. No logré moverme para alzarlos hasta pasados varios minutos.

Colo me pasa el micrófono de golpe y me saca el leoncito de oro de las manos. Estoy en blanco. Me codea con fuerza y por fin reacciono.

Agradezco inmensamente a don Dico por la oportunidad, a mi gurú de esta vida: el gran Colo, y más que nada a mi papá. Si bien no está presente, él inspiró esta idea. Le debo todo lo que logré hasta hoy. Gracias.

¿Te gustó la nota?
  • ¡SÍ! 
  • MÁS O MENOS 
  • NO 
0

Aún sin comentarios.

¿Qué opinas?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.