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Nunca apuestes tu cabeza al diablo

Publicado por primera vez en Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine, en septiembre de 1841, este cuento, uno de los más frescos y desenfadados que dio a la prensa, es la respuesta satírica de Edgar Allan Poe a la acusación de que jamás escribió un cuento moral.

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Ilustración: Invitation to illusion.

Con tal que las costumbres de un autor, dice don Tomás de las Torres en el prólogo de sus Poemas eróticos, sean puras y castas, importa muy poco que no sean igualmente severas sus obras, lo cual quiere significar que con tal que un autor sea honesto, no hay mal en que sus libros no lo sean[1].

Es probable que don Tomás se halle actualmente en el purgatorio expiando esta máxima. Por justicia literaria, se­ría bueno retenerle allí hasta que sus poemas se hayan ago­tado o hayan caído en el olvido por falta de lectores. Porque todo libro de ficción ha de tener una moral. Es más, los crí­ticos han descubierto que a ninguno de ellos le falta.

Felipe Melanchton escribió, hace ya dos siglos, un ar­tículo sobre la Batrachomyomachei, y probó que con aquella epopeya el poeta había querido inspirar el horror de las se­diciones. Pedro de La Seine da un paso más y muestra que había tenido la intención de recomendar a los jóvenes la templanza en el comer y en el beber. Igualmente Jacobus Hugo ha dado por seguro que: Hornero por Evenus entendía insinuar a Calvino; por Alcino, a Martín Lutero; por los Lotófagos, a los protestantes en general, y por las Arpías, a los holandeses.

Nuestros escoliastas más modernos son también saga­ces. Esa brava gente prueba que los antidiluvianos tienen un sentido oculto, que tal poema es una parábola, que tal otra obra tiene otros horizontes, que «Salta sobre mi pul­gar» encierra trascendencia; en una palabra, se ha demos­trado que ningún hombre no puede sentarse, para escribir, sin alguna intención muy profunda.

Así se evita, se ahorra mucho trabajo a los autores en ge­neral. Un novelista, por ejemplo, no tiene ninguna necesi­dad de exprimirse el cerebro a causa de su moral. Ella está en la obra, es decir, ella está en alguna parte. Que la moral y los críticos se arreglen entre sí.

Cuando sea llegado el momento, todo lo que tal señor ha querido decir y todo lo que no ha querido decir será en­tregado a la luz pública en el El Diario y La Revista de la época, sin olvidar todo lo que hubiera debido querer decir y todo lo que, evidentemente, tenía la intención de querer de­cir; de modo que, finalmente, todo irá muy bien.

No hay, pues, ninguna justicia en la imputación lanzada contra mí por ciertos ignorantes que pretenden que no he escrito nunca un cuento moral o, con mayor precisión, un cuento que tuviese una cierta moral. Mis detractores, sim­plemente, no son los únicos predestinados que me han de interpretar y hacer resaltar mis sentencias virtuosas. He ahí el secreto. Un día, El Narcótico de la América del Norte les avergonzará por su estupidez.

Entretanto, para diferir mi ejecución, para mitigar las cargas que pesan sobre mí, ofrezco a mis detractores la tris­te historia que sigue; historia cuya moral no puede ser pues­ta en duda, porque hasta el que se contentara con leer su­perficialmente mi obra, por fuerza tendría que leer, en las letras capitales del título, la enseñanza que de él se saca. Se me debe hasta el reconocimiento por esta manera de hacer, mucho más sabia que la de La Fontaine y otros, que retra­san la moraleja hasta el último momento y la deslizan su­brepticiamente al final de sus fábulas.

***

Defuneti injuria ne oficiantur es una ley grabada en las Doce Tablas, y de mortuis mil nisi honum es un precepto excelente, hasta cuando el muerto del que se trata no fue sino muy poca cosa. No entra, pues, en mis deseos el vitu­perar la memoria de mi amigo Tobías Diosmecondene. Era un tuno redomado, ciertamente, y no tuvo sino la muerte que se merecía.

Pero no merecía que se le censurara por sus vicios, que procedían de una tara física de su madre. Esta hizo por su hijo todo cuanto pudo y le castigó duramente cuando era niño. Porque, para ella, los deberes eran placeres y estaba persuadida de que los niños, como la carne, golpeados, me­joraban. Pero, ¡pobre mujer!, tenía la desgracia de ser zurda y, para un niño, ser azotado con la mano izquierda es peor que cualquier otro castigo corporal.

El mundo va de derecha a izquierda. No es bueno, pues, azotar de izquierda a derecha. Si cada golpe, propinado en la buena dirección, expulsa una inclinación perniciosa, lógicamente se deduce que todos los azotes dados en dirección contraria infunden en el niño una equivalente dosis de maldad.

Yo asistí muchas veces a los castigos de Tobías, y con solo ver la clase de patadas que daba para replicar, com­prendí que cada día se volvía más malo. Finalmente vi, a través de las lágrimas que cubrían mis ojos, que no había es­peranza para él.

Cierto día en que recibió tantas bofetadas que la cara se le puso como un mapa, y que se retorcía furiosamente en un acceso de rabia, no pude aguantarme más y, cayendo de ro­dillas y elevando mi voz, profeticé su ruina.

El hecho es que su precocidad en el vicio era terrible. A los cinco meses de curso entraba en tales cóleras que no po­día articular ni una palabra; a los seis meses, le sorprendí royendo un paquete de cartas; a los siete meses, tenía la cos­tumbre de besar a todas las niñas; a los ocho meses, se negó perentoriamente a firmar su voto de templanza. Así fue cre­ciendo en iniquidad, hasta el punto de que, al final de su primer año, no solamente insistió en querer llevar bigote, sino que había adquirido el hábito de jurar, de decir pala­bras soeces y de apoyar sus asertos con apuestas.

Este último vicio, tan poco correcto, causó la ruina predicha por mí a Tobías Diosmecondene y le abrumó.

La deplorable costumbre creció con su conocimiento y se fortaleció con su fuerza, de modo que, hecho un hombre, apenas podía decir una palabra sin acompañarla con una invitación al juego.

No es que realmente hiciese apuestas; he de reconocer a mi amigo la justicia de saber que antes se hubiese abierto la barriga. En él eso era una manera de hablar. Sus expresiones en esa materia no tenían sentido alguno. Eran pura, si no inocentemente, imaginarias, para redondear la frase. Cuan­do decía «te apuesto esto o lo de más allá», nadie pensaba en tomarlo seriamente.

No obstante, creí mi deber el señalarle mi disgusto en esta materia. Era una costumbre inmoral; y se lo dije. Era una costumbre vulgar, y le rogué que estuviera seguro de ello. Estaba desaprobada por la buena sociedad, y no afir­maba con eso nada que no fuera cierto. Al decir que estaba prohibido por un acta del congreso, no tenía la intención de mentir. Le amonesté, pero sin resultado. Hice demostracio­nes, vanamente. Supliqué, él sonrió. Imploré, se rió. Predi­qué, se mofó. Amenacé, renegó. Le di patadas, llamó a la policía. Le tiré de la nariz, se sonó y apostó su cabeza al dia­blo a que no me atrevería a seguir más.

Tobías Diosmecondene debía a su madre un segundo de­fecto: la miseria. Era horriblemente pobre. Y por eso, sin duda, sus expresiones en las apuestas raramente tomaban un giro económico.

No puedo afirmar que le haya oído nunca pronunciar una frase como: «Le apuesto un dólar». No, él decía habitualmente: «Le apuesto todo lo del mundo», o «Le apuesto lo que usted quiera» o, más descriptivamente: «Le apuesto mi cabeza al diablo».

Esta última manera de expresarse era la que más le gus­taba, al parecer, sin duda, porque entrañaba menos riesgo. Porque Tobías Diosmecondene se había vuelto muy parsi­monioso.

Si alguien le hubiese tomado la palabra, su cabeza hu­biera resultado pequeña y la pérdida hubiese sido pequeña también. Pero estas reflexiones son mías y no estoy seguro de que tenga el derecho de atribuírselas a los amigos.

Sea lo que fuere, la frase le gustó cada día más, a pesar de la grosería que representa para un hombre el apostar su cerebro como si fuera billetes de banco. Pero la perversidad de mi amigo le impedía comprenderlo. Finalmente, abando­nó toda otra clase de apuestas y se dio al «apuesto mi cabeza al diablo» con tal devoción que me desagradó tanto como me sorprendió.

A mí me impresionan desagradablemente las cosas que no puedo comprender. Los misterios obligan al hombre a pensar y perjudican su salud. El hecho es que había algo en el aire con que Diosmecondene tenía la costumbre de emitir su expresión displicente, algo en su manera de decir que al principio me interesó: después, no me satisfizo: algo que, a falta de términos más exactos pido el permiso para llamar estrambótico, pero que el señor Doleridge calificaría de mís­tico, el señor Kant de panteísta, el señor Carlyle de circunvolutivo y el señor Emerson de hiperludificativo.

Empezaba ya a no encontrar esto de mi gusto. El alma de Diosmecondene se hallaba en un estado peligroso.

Resolví poner en juego toda mi elocuencia para salvarle; hice el voto de ayudar a mi amigo como San Patricio, según cuentan las leyendas irlandesas, ayudó a un sapo, cuando con un sermón, el obispo despertó la conciencia adormecida de aquel animal. Me entregué inmediatamente a la tarea. Una vez más, recurrí a las amonestaciones y reuní toda mi energía para una deprecatoria tentativa final.

Cuando hube terminado mi alocución, Diosmecondene se condujo de una manera extremadamente rara. Durante algunos momentos, estuvo silencioso, mirándome curiosamente cara a cara. Luego, inclinó la cabeza hacia un lado y enarcó las cejas a gran altura; abrió las palmas de la mano y encogió los hombros; guiñó el ojo derecho y luego el iz­quierdo: los cerró ambos fuertemente; los abrió tan grandes que me alarmó por lo que podía sucederle; se metió el pul­gar en la nariz e hizo con los demás dedos una pantomima indescriptible; finalmente, cruzó los brazos y condescendió a responderme.

No puedo recordar de sus palabras más que el comienzo. Me agradecería mucho que retuviera mi lengua. No deseaba ninguna de mis advertencias. Despreciaba mis insinuaciones.

Era ya bastante mayor para guardarse a sí mismo. ¿Creía yo acaso que él era todavía el pequeño Diosmecondene? ¿Tenía acaso el propósito de decir algo contra su reputa­ción? ¿Le quería insultar? ¿Era yo tonto? Y, para ir a otra cosa, ¿acaso mi madre sabía que yo había salido? Me hacía esa pregunta como a un hombre de verdad, y se comprome­tía a tener en cuenta mi respuesta. Una vez más, me pregun­taba explícitamente: ¿Sabía mi madre que yo estaba fuera? Mi confusión, decía, me delataba y apostaba su cabeza con el diablo a que mis padres ignoraban mi escapatoria.

Diosmecondene no esperó mi respuesta. Girando sobre sus tacones, se alejó con precipitación no muy digna. Hizo bien. Había herido mis sentimientos y excitado mi cólera. Por una vez hubiese aceptado la apuesta y habría ganado para el diablo la cabeza de Diosmecondene.

Porque la verdad era que mi madre sabía perfectamente que yo había salido de casa. Pero Khoda Schefamidehed, el cielo da remedio, como dicen los árabes cuando les pisáis.

Yo había sido educado en el cumplimiento del deber y soportaba el insulto estoicamente. Me pareció, no obstante, que yo había hecho todo lo que se me podía exigir por ese miserable, y tomé la decisión de no molestarlo más con con­sejos y abandonarlo a su conciencia, a sí mismo.

Aunque, desde entonces, me abstuve de darle avisos in­discretos no pude imponerme la responsabilidad de reñir con él completamente; llegué hasta encontrar placer en al­gunas de sus inclinaciones menos reprensibles; y hubo mo­mentos en que me hicieron reír sus perversas bromas —como los epicúreos comían mostaza—, con lágrimas en los ojos. Tanto me afligían sus malas palabras.

Un día, que habíamos salido juntos a pasear, nuestro ca­mino nos condujo hacia el río. Había en él un puente que quisimos cruzar. Ese puente estaba cubierto por un toldo que le preservaba de la intemperie, y como que sólo se le habían abierto unas pocas ventanas, el pasaje quedaba desa­gradablemente sombrío. Cuando penetré bajo la bóveda, el contraste entre la luz deslumbrante de fuera y la oscuridad interior, abatió, en cierta manera, mi alegría. Mas no la del desgraciado Diosmecondene, que me propuso apostar su ca­beza al diablo, a que yo estaba ya sumido en la hipocondría. Mi compañero parecía hallarse en una rara disposición. Es­taba de un humor extremadamente alegre, a tal punto, que sentí no sé qué sospechas inquietantes. No era imposible que estuviese atacado por el trascendentalismo.

Sin embargo, no estoy tan versado en el diagnóstico de esta enfermedad como para decidir sobre ese punto, y, des­graciadamente, ninguno de mis amigos del Diario filosófico se hallaba presente. (Si avanzo esta idea de trascendentalis­mo es porque a causa de cierta bufonada grave ésta parecía afectar a mi pobre amigo y le ponía en ridículo.)

Nada le gustaba tanto como saltar por encima o pasar por debajo de cualquier obstáculo que encontrara, ora gri­tando, ora murmurando toda suerte de extrañas palabras, grandes o pequeñas, y sin dejar, no obstante, de conservar el semblante más grave del mundo. Realmente, no me decidía entre darle unas cuantas patadas o compadecerle.

Por fin, atravesamos el puente y llegamos al extremo opuesto, donde nuestra marcha fue detenida por un torni­quete de cierta altura. Yo lo pasé tranquilamente, haciéndo­lo rodar como de costumbre. Pero eso no podía convenir al espíritu caprichoso de Tobías Diosmecondene. Se le ocurrió saltar y afirmó que podía, al estar en el aire encima del apa­rato, imitar con sus piernas los movimientos de las alas de una paloma que vuela. Ahora bien, hablando en conciencia, yo no creía que pudiera hacerlo. El mejor saltador que co­nozco, es ciertamente, mi amigo el señor Carlyle, y como quiera que yo sabía que no llegaría a realizar tal prodigio, no podía creer que Diosmecondene fuera capaz de hacerlo. Tuve ocasión de lamentar mi escepticismo, porque, inmediatamente, mi amigo me propuso apostar su cabeza al dia­blo a que saltaría como había dicho.

Iba a contestar, a pesar de mi juramento, con algunas amonestaciones contra su impiedad, cuando escuché al lado de mi brazo, una tos débil, como de alguien que hubiese di­cho «bien». Me sobresalté y, sorprendido, miré a mi alrede­dor. Después de escudriñar un momento, mi mirada se de­tuvo en un rincón del maderamen del puente y allí descubrí la cara de un anciano caballero, pequeño y cojo, de venera­ble aspecto. Nada podía ser tan digno de reverencia como todo su exterior. Porque no solamente llevaba un completo traje de tela negra, sino que, además, su camisa estaba completamente limpia. El cuello se doblaba, muy cuidado, so­bre una corbata blanca, y sus cabellos estaban peinados, con la raya en medio, como los de una niña. Sus manos estaban cruzadas sobre su estómago y sus dos ojos se contraían de una manera circunspecta detrás de sus párpados.

Al observar más de cerca a este caballero, noté que llevaba un corto delantal de seda negra encima de su traje; y ese hecho me pareció raro. Pero antes de que yo tuviese tiempo de hacer ninguna observación sobre ese singular detalle, el personaje pronunció un segundo «bien».

No encontré inmediatamente respuesta a este monosíla­bo. El hecho es que esas interjecciones, esas afirmaciones de naturaleza lacónica casi no tienen respuesta posible. Sé de una resista que se vio constreñida al silencio por un simple «Ah, bah». No me avergüenza el decir que me volví hacia Diomecondene para pedirle consejo.

—Diosmecondene —dije—, ¿qué hace usted? ¿Acaso no ha oído? Este caballero ha dicho «bien».

Miré severamente a mi amigo mientras le hablaba así; porque, a decir verdad, me sentía particularmente incómo­do, y cuando un hombre está incómodo ha de fruncir las ce­jas y adoptar un aire serio; de otro modo, es casi seguro que pondrá cara de tonto.

—Diosmecondene —exclamé, aunque eso sonaba mucho como un juramento, cosa que no respondía a mi intención—. Diosmecondene, dije, este caballero ha dicho «bien».

No trataré de defender mi observación en su aspecto más profundo: yo mismo no la creía tan profunda, pero he obser­vado que el efecto de nuestras palabras no siempre es proporcional a la importancia que tienen para nosotros mismos.

Si hubiese pulverizado a Diosmecondene con una bom­ba, o si le hubiese lanzado a la cabeza un tomo de Poetas y poesías de América, él no hubiera tomado un aire más des­concertado que cuando le dirigí estas simples palabras:

—Diosmecondene, ¿qué hace usted? ¿Acaso no ha oído? Este caballero ha dicho «bien».

—¿De veras? —murmuró, por fin, después de haberse mu­dado de color con más rapidez que cuando un buque pirata perseguido por uno de guerra cambia su pabellón—. ¿Está usted seguro de que ha dicho eso?… Bueno, en todo caso, ya entiendo, y vale más hacer buena cara. Vamos, pues. «Bien».

Al oír eso, el anciano pareció regocijarse. Dios sabrá por qué. Dejó su rincón, avanzó renqueante, tomó cortésmente la mano de Diosmecondene y la apretó con cordialidad, mirándole a la cara con un aire de benevolencia indudable.

—Estoy totalmente convencido de que usted ganará, Diosmecondene —dijo con la más franca de las sonrisas—: pero nos vemos obligados a hacer la prueba, ¿comprende usted?, por puro formulismo.

—Bien —replicó mi amigo, quitándose la chaqueta con un profundo suspiro y atándose un pañuelo alrededor de la cin­tura.

Diosmecondene había modificado su fisonomía de una manera indescriptible al subir las comisuras de sus párpados y bajar las de sus labios.

—Bien.

Repitió en seguida, una vez más, «bien» y después ya no le oí decir ni una palabra más.

«¡Oh, oh! —pensé—. He ahí un mutismo muy notable para Diosmecondene. Es, probablemente, la consecuencia de su verborrea desde hace algún tiempo; un extremo conduce al otro. Me sorprendería que hubiese olvidado el gran número de preguntas sin respuesta que me hizo el día que le espeté mi último sermón. En todo caso, helo ahí curado de su trascendentalismo.»

—Bien —dijo Diosmecondene, como si hubiese leído en mi pensamiento; y tenía el aspecto de un carnero viejo y so­ñador.

El caballero lo cogió por el brazo y le condujo a la som­bra del puente, a algunos pasos del torniquete.

—Mi querido amigo —dijo—, por conciencia le doy a usted todo este campo para correr. Espere aquí, hasta que yo me haya situado junto al torniquete de manera que pueda ver si usted lo salta de modo conveniente. No olvide los aleteos de la paloma que vuela. Por simple forma, ¿comprende usted? Yo diré uno, dos, tres, ya. Procure partir a la voz de «ya».

Se situó junto al torniquete, esperó un momento, como si reflexionara profundamente, echó una ojeada hacia arri­ba, hacia el lecho, y me pareció que sonreía ligeramente; después, apretó los lazos de su delantal, miró largamente a Diosmecondene, y, finalmente, dio la señal:

—Uno, dos, tres, ya.

Puntualmente, a la señal convenida, mi pobre amigo se lanzó al galope. El torniquete no era excesivamente alto, ni muy bajo, de manera que yo creía que Diosmecondene lo franquearía. Pero, ¿qué sucedería si no lo franqueaba? ¿Qué derecho tiene, me decía, ese anciano para hacer saltar a la gente? ¿Quién es ese viejo? Si me pide a mí que salte, yo no saltaré, eso está claro, y, por lo tanto, no me quiero preocu­par lo más mínimo de quién diablo puede ser.

El puente, como he dicho, estaba cubierto de una mane­ra ridícula. Producía un eco muy desagradable. Ese eco nunca lo había oído tan claro como cuando musité, sin pensar, las tres últimas palabras de mi reflexión: diablo pue­de ser.

Pero lo que yo decía, pensaba u oía no me ocupó sino un instante. Mi pobre Tobías había tomado impulso. Le vi co­rrer ágilmente, después, dar un salto y agitar las piernas, cuando estaban en el aire, de la manera más admirable. Le vi, arriba, hacer la paloma, volando maravillosamente, justo encima del torniquete. Pero, cosa que yo encontré muy sin­gular, no continuó su curva, no pasó por encima del obs­táculo. El salto duró sólo un instante y antes de que yo pu­diera hacer más reflexiones, Diosmecondene cayó de espal­das ante el torniquete, del mismo lado de donde había dado el salto.

En el mismo momento vi al anciano que se iba, cojean­do, lo más rápido que podía. Había recogido y envuelto en su delantal algo que había caído pesadamente de la techum­bre oscura, justo encima del torniquete.

Todo eso me sorprendió, pero sin dejarme tiempo para reflexionar. Porque Diosmecondene se hallaba tendido en el suelo muy quieto, más tranquilo de lo que era su costumbre.

Deduje de ello, que sus sentimientos habían sido heridos y que necesitaba mi ayuda. Me apresuré, me fui hacia él. Vi entonces que había sufrido lo que se puede calificar de heri­da grave.

El hecho es que no tenía su cabeza y que no pude hallar­la en parte alguna, aunque la busqué cuidadosamente. De modo que determiné llevarlo a su casa y llamar a los mé­dicos.

Entretanto, se me ocurrió una idea.

Fui a abrir una de las ventanas del puente y la triste ver­dad se me apareció. A unos cinco pies, justo encima del tor­niquete, y transversalmente, había una barra de hierro lisa colocada de canto a lo ancho y formando parte de un siste­ma de barras iguales destinadas a reforzar el techo del puen­te. Me pareció evidente que el cuello de mi desgraciado amigo había encontrado el corte de aquel travesaño.

El pobre Diosmecondene no sobrevivió mucho tiempo a su lesión. Los médicos no le dieron bastante medicina, y la que le endosaron él vaciló en tomarla.

De modo que, finalmente, su estado empeoró, y murió. ¡Ejemplo horrible para todos los niños malhablados!

Regué su tumba con mis lágrimas, puse luto al escu­do de mi familia y, en cuanto a los gastos generales del en­tierro, envié la moderada cuenta a los trascendentalistas. Pero esos pícaros se negaron a pagar. Entonces, inmediata­mente, hice exhumar a Diosmecondene, y vendí su cadáver como carne para los perros.


[1] En español en el original (Nota del traductor).

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