Un grupo de amigos se reúne para hablar y escuchar discos. Uno de ellos comparte una de sus reliquias (el número 230 de la Rolling Stone) a otro amigo, quien al hojearla ve el anuncio de la muerte del guitarrista Tommy Bolin, de sobredosis, a los 25 años, y les cuenta, ante la incredulidad de los demás, que él fue su amigo.
«Yo sé que hay caballos que se mueren potros sin galopar»
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
La reunión de los sábados comenzó, como siempre, con un poco de retraso. Mientras nos acomodábamos en la sala de música para otra sesión de amena charla e incesante audición de discos, el escribano Zubizarreta me extendía una de sus reliquias: el número 230 de la revista Rolling Stone de los Estados Unidos. Fechada el 13 de enero de 1977. La publicación anunciaba en su interior la muerte del guitarrista Tommy Bolin, de sobredosis, a los 25 años.
Mi mirada quedó petrificada en la página 10, justo en el relato de la muerte del inolvidable Tommy, ocurrida casi 30 años antes de esta calurosa tarde de noviembre en la que tres amigos se predisponían al saludable ritual de la conversación y a la amable audición de un puñado de grabaciones de jazz y rock.
—Yo estuve allí —dije sin titubear. Javier y José me miraron incrédulos primero y con franca desconfianza unos segundos mas tarde.
—Es en serio —insistí—, puedo explicarles la historia, si tienen tiempo —pregunté por simple cortesía. Sabía perfectamente que mis amigos me escucharían, aunque más no fuera por pura camaradería y algún dejo de irrefrenable morbosa curiosidad.
—Los hechos ocurrieron así —dije con reflexiva seguridad y determinación, haciendo una pausa entre dramática y exagerada. Los recuerdos no tardaron en fluir a borbotones, como si relatase desordenadamente una película vista hace mucho tiempo:
«Tommy y yo nos hicimos amigos en la escuela secundaria de Sioux City, Iowa, en 1965. Yo viajé ese año como tantos paraguayos por el sistema de intercambio de la American Fields Service (AFS), deseoso de explorar otros mundos, escapando de la agobiante opresión familiar y social de Asunción. Claro que el granjero Estado de Iowa no era exactamente lo que mis sueños imaginaron, y Sioux City no era precisamente el equivalente de la gran ciudad norteamericana que yo había idealizado en las películas de Hollywood. Quizá por eso mismo busque deliberadamente la “peor yunta” entre los muchachos del high school. Allí apareció Tommy».
En ese punto el escribano aprovechó la pausa para preguntarme si estaba hablando en serio o «inventando como siempre alguna leyenda urbana». El comentario, que me hubiera irritado en otras circunstancias, no hizo sino reavivar mi entusiasmo. Por lo que proseguí sin hacer caso de la leve provocación de mi buen amigo, siempre tan propenso a las ironías:
Tommy me impresionó por su aire despreocupado, el pelo extremadamente largo y enmarañado y fundamentalmente porque vivía con una guitarra eléctrica Gibson Les Paul permanentemente colgada al cuello. Esa imagen prematura de Guitar Hero me mató. Era lo que yo siempre había soñado ser en mi país y nunca me hubiera animado.
Mientras tanto yo había logrado un permiso especial para permanecer más tiempo en los EE.UU., concluir mis estudios secundarios e intentar mi ingreso a la universidad. Un plan ambicioso que muy pronto se desviaría hacia una aventura de inimaginable final.
En 1967 Tommy fue expulsado del colegio por negarse rotundamente a cortar el enmarañado pelo que lucía para envidia de todos; valiente y justa causa en la que le seguimos sin dudar un instante un par de estudiantes más. Eran épocas de gran rebelión juvenil en los EE.UU. y de escasísima tolerancia en los estados del sur, en donde ni siquiera se había aceptado del todo el fin de la segregación racial. Por supuesto, los directores de la escuela me indicaron el mismo camino que Tommy, y en un par de semanas estaba viajando a Denver acompañando ciegamente a un socio, dispuesto a la gran aventura de la vida y sin tan siquiera dejarles una esquela a mis padres adoptivos, unos granjeros anabaptistas, bondadosos pero estrictos, con los cuales en verdad me comunicaba muy poco.
Antes había ayudado a Tommy a fundar su primera banda: Denny and The Triumphs, nombre que copié directamente de un grupo de músicos paraguayos que habían viajado a Europa con el pomposo nombre de Daniel y Los Triunfadores. A Tommy le pareció divertido y bautizó así a su propio grupo, escudándose bajo el seudónimo de Denny, para no ser censurado por sus padres. El grupo duró poco y fue reemplazado por otro llamado A Patch of Blue.
Una vez en Denver, Tommy no solo me nombró su manager personal sino también director artístico de su banda, Zephyr, que logró grabar dos buenos elepés de aceptable difusión en la ciudad. Una vez más fui el encargado de bautizar al grupo, a partir de una ocurrencia extraída de una tarde de divague interminable, cuando nos preguntamos, como se pregunta cualquier tontería, por qué las púas Shure que utilizábamos para escuchar discos todo el tiempo eran siempre de zafiro y no de diamante.
Lo de Tommy conmigo era casi una hermandad. De aquellas que no exigen muchas explicaciones lógicas ni se profundiza demasiado de manera racional. Con él aprendí a hablar el inglés de la calle —el que yo precisamente quería entender—, a fumar mi primer porro, y a ligar con las primeras chicas (hay que reconocer que Tommy tenía mucho levante, y su perfil de guitarrista de rock con el pelo largo y ropas extravagantes, le daba aires irresistibles entre las adolescentes de la época, que ya idolatraban a Jim Morrison y Jimi Hendrix). Por eso no fue extraño que me nombrara su representante, algo que acepté dócilmente, aunque yo no tuviera la menor idea de lo que esa tarea implicaba.
Las cosas sin embargo se fueron muy rápido de cualquier proporción lógica. Al notar el talento de Tommy comenzaron a rodearlo los buitres de las grandes grabadoras y la presión le empujó gradualmente a consumir cada vez mayores cantidades de estupefacientes. Tommy tenía en verdad una facilidad pasmosa para tomar de todo, desde alcohol barato hasta los barbitúricos tan en boga por aquél entonces. Capacidad que yo admiraba por cierto en medio de mi insaciable curiosidad por todas esas cosas.
Mi función fue relegándose de a poco a la de un simple secretario para los mandados, y los ejecutivos de Los Angeles se hicieron cargo de lo que ellos llamaban «la nueva gran promesa de rock». Aún así debo reconocer que mi buen amigo siempre solicitó enérgicamente que me mantuvieran cerca, más como un gesto de lealtad que de verdadera necesidad de mis servicios. Lo que había comenzado como una aventura juvenil se estaba convirtiendo en un futuro gran negocio en donde Tommy era el objeto a ser vendido, y yo estaba en el medio sin saber verdaderamente qué hacer.
Javier y José ya no se animaban a interrumpirme a esta altura de mi relato. Por la contundencia del mismo, la abundancia de detalles y, por supuesto, por la infinita curiosidad. Por lo que sin perder más tiempo seguí contándoles:
La primera medida de los ejecutivos fue un fracaso. La nueva banda de Bolín, Energy, pasó totalmente desapercibida. Por lo que Tommy ingresó a un estado depresivo del que solo escapaba por momentos consumiendo ingentes cantidades de cocaína, la nueva droga de moda en el ambiente roquero de aquellos años locos. El polvo blanco importado de Colombia abundaba en los lugares de moda, y era la nueva locura de cantantes, actores, actrices y ejecutivos. Yo mismo tenía que hacer riesgosos viajes a los suburbios de Los Angeles para conseguir unos gramos de la nueva droga. Mi manejo del español como lengua nativa facilitaba las cosas en los barrios mexicanos de la ciudad, donde abundaban dealers que me gritaban «¡Pura vida, hermano!» cada vez que me veían llegar con la limosina que el sello grabador había puesto a disposición de Tommy para sus traslados por la metrópoli.
Una vez asumido el fracaso de Energy los promotores decidieron mover a Tommy como session man de lujo. Sus grabaciones con Billy Cobham, James Gang y Alphonse Mouzon le dieron el espaldarazo que necesitaba para imponerse como un guitarrista brillante en la reducida elite de súper músicos de la Costa Este norteamericana. Nada menos que el legendario Joe Walsh, por entonces con los Eagles, ejecutor del famoso solo de guitarra de Hotel California, le había conseguido a Tommy un lugar en el grupo de James Gang, uno de los más respetados de la época.
Especialmente el disco grabado con Cobham, Spectrum, permanece hasta hoy como un referente obligado, casi fundacional, del jazz—rock. Cualquiera que lo escuche identificará la genialidad de los solos de Tommy, quien volvió a la vida en esas sesiones interminables con el baterista nacido en Panamá. A propósito, gracias a ese detalle mi admisión el estudio se facilitó sobremanera, ya que a Billy, hijo de un soldado estadounidense destacado en la zona del canal, y de una panameña, no paraba de practicar su precario español conmigo:
—¡Paraguiao, paraguaio! —gritaba Cobham desde su poderoso set de percusión escondido detrás de sus permanentes lentes oscuros, dibujando siempre una amplia y blanquecina sonrisa en su oscuro rostro.
—¡Paraguaio mariguano! Keep on rollin’ —decía el batero refiriéndose obviamente a la preparación de cigarrillos de marihuana con los que se amenizaba cada sesión. Tommy, para más, le había comentado a su nuevo partner acerca de las bondades de la «hierba paraguaya», con tal lujo de detalles que el propio Cobham ahora me decía:
— Peter John, Peter John, where is Peter John! —haciendo referencia a la ciudad de la cual Tommy le había relatado historias magníficas, muchas de ellas inventadas por mí, en nuestras interminables charlas de las épocas de Sioux City. (Repitiendo viejas leyendas urbanas paraguayas, yo le conté alguna vez a mi amigo que Mick Jagger y Keith Richards, en persona, habían viajado a Pedro Juan Caballero en los años 70 para comprar droga, y que a su regreso habían tocado una jam session ¡nada menos que en el cuartel de la Caballería! Hay mucha gente que hasta hoy cree que esta historia en verdad ocurrió en el Paraguay de la narcodictadura.
Aquellos sucesos catapultaron la carrera de Tommy hasta convertirlo en tapa de revistas y centro de atención de la farándula. Su modo de vida era más que atractivo para los tabloides, que no tardaron en relatar sus historias de sexo, drogas y rock and roll con lujo de detalles.
Tommy sin embargo tenía un solo amor verdadero, la bella Karen Ulibarri, su novia de toda la vida, que soportó todos los excesos de mi amigo hasta que decidió abandonarlo seis meses antes de su muerte. Muchos creemos que Tommy comenzó a irse de este mundo desde aquel día en que Karen se marchó para siempre dando un portazo, harta de los desmanes de quien en verdad no tenía la menor noción de lo que hacía una vez que ingresaba en la espiral de consumo y excesos que cada vez lo atrapaban con mayor frecuencia e intensidad.
En el 75 Tommy grabó Teaser, su primer disco solista, que si bien no fue superventas, por lo menos sirvió para afianzarlo como solista de gran prestigio mundial. Quizá por eso mismo unos meses después lo llamaron desde Londres: Deep Purple, el mayor grupo inglés del momento despedía a su guitarrista Richie Blackmore, y necesitaba de sus servicios. Era la convocatoria soñada. Pero ni siquiera eso pareció sacar a Tommy de su pesadilla autodestructiva.
Aceptó la oferta de mala gana, grabó un disco brillante con los Purple, actuó en un par de giras con ellos y volvió a los EE.UU. Ya por entonces la vida era insoportable a su lado. Tommy gastaba más de lo que ganaba, en drogas y en fiestas, invitando a todo el mundo —incluso a extraños—, a sus interminables sesiones de excesos en las que en verdad vi de todo. Cada hotel, cada parada en la ruta perdida de las infinitas giras norteamericanas junto a la banda de Bolín eran verdaderas bacanales. La rueda giraba con mayor velocidad que nunca y en el centro se ubicaba mi amigo, apenas reconocible de tanta locura acumulada.
Obviamente yo no tenía la menor posibilidad ni capacidad para parar aquél carrusel de vida loca. Tenía su misma edad, menos de 25 años, y había llegado a los EE.UU. con la simple ilusión de conocer el mundo, pero jamás me hubiera imaginado que el destino me ubicaría en el medio de la destructiva industria del showbussiness norteamericano, que todo lo devoraba como una maquina picadora de carne. Era simplemente el testigo callado, acaso privilegiado, de una tragedia imposible de modificar. Nos sentíamos como pasajeros de un tren en su alocada y descontrolada carrera hacia el precipicio, con Tommy como obnubilado maquinista decidido a ir hasta el fin.
Los managers de Purple se dieron cuenta en seguida que el remedio había sido peor que la enfermedad. Echaron resueltamente a Tommy y convocaron de vuelta a Blackmore, que si bien tenía sus excesos, jamás se aproximaban al nivel de locura de mi querido compañero de ruta. Un camino que por cierto se había vuelto sinuoso, con curvas mortalmente peligrosas, tomadas a la mayor velocidad imaginable.
Todavía en Europa Jeff Beck, el legendario guitarrista de blues y rock que había tocado con los Yardbirds y con John Mayall, entre otros, le propuso a Tommy girar juntos por los EE.UU. La oferta parecía tentadora, ya que Bolín acababa de perder un trabajo seguro y rentable con Deep Purple y su asociación con Beck sería cuando menos un retorno elegante a su país de origen. Además, la idea de Jeff era francamente atrayente: tocar cada uno con su banda para luego acabar cada noche en una jam session infernal, con duelo de guitarras incluido.
Así, en el verano del 76 Tommy no solo comenzó una nueva gira con renovados bríos, sino que además remolcó consigo a una nueva novia, una simpática y fiel groupie llamada Valeria Monzeglio, que parecía por fin la reemplazante ideal de Karen, a quien mi amigo seguía buscando con desesperación desde su abrupta partida.
Al regreso de Londres yo me había apartado un tiempo, más que nada para tomar aire y pensar en mi propia vida. Al fin y al cabo desde que comenzó la carrera profesional de Tommy había vivido exclusivamente en función a ésta, olvidándome por completo de mis propias prioridades. Claro que no me arrepiento. Después de treinta años todavía sigo creyendo que, por doloroso que fue el final, esa fue la gran aventura de mi vida.
Tommy me llamó como siempre para acompañarlo en su nuevo periplo. Me prometió más dinero por mi trabajo y me aseguró que había parado de consumir drogas pesadas, ya que tenía nueva novia y su relación profesional con un guitarrista como Jeff Beck le exigía mayor concentración. No sé por qué esta vez le creí y acepté el nuevo reto. Los adictos tienen la rara virtud de hacernos creer siempre en sus mentiras. En menos de 24 horas ya estábamos rumbo a Arizona, y de ahí viajaríamos a la Florida, para pasar fin de año bajo el calor reconfortante de Miami.
La gira tuvo sus altibajos. Pronto me di cuenta que los problemas de Tommy estaban lejos de haber desaparecido. Y si bien el hombre era cada vez más hábil para disimular su estado, tocando ajustadamente en cada show, sin cometer errores, aunque en un estado de casi hipnótico, el mismo en el que el sonido de su fantástica guitarra mantenía a su extasiada audiencia. Eso sí, después llegaba el desenfreno: las fiestas posteriores en los hoteles eran cada vez más descontroladas. La pobre Valeria soportaba todo porque conocía de memoria el sórdido mundo de las groupies y los dealers, en donde no existe amistad verdadera y todo se relaciona a la cantidad de droga consumida y al dinero disponible para ello.
Yo ya me sentía sinceramente asqueado, pero aún así decidí permanecer al lado de mi amigo hasta el final. No tuve el coraje o la cobardía, necesarios para abandonarlo. Seguí siendo el privilegiado espectador, sentado en primera fila, del lamentable espectáculo de autodestrucción de quien era mi hermano, y quizá la persona que mas quise en este mundo.
Las noches se sucedían frenéticamente, hasta que llegamos al 3 de diciembre de 1976. Ese día todo parecía normal. El grupo desayunó al mediodía en el Newport Hotel de Miami. Todos menos Tommy que, como era habitual en él, era siempre el último en bajar para ir al chequeo de sonido. A eso de las dos de la tarde subí a su habitación y me atendió de muy buen talante y aspecto. Estaba acompañado por Valeria, de buen ánimo los dos y con signos de haber dormido bien.
A las 4 de la tarde estábamos todos dentro del bus que nos llevaría hasta Jai—Alai Fronton, en donde Tommy y su banda abrirían a las 7 PM el concierto compartido con Jeff Beck Group como atracciones principales. El hecho de ser telonero no molestaba a Tommy, que en ese sentido nunca tuvo veleidades de superestrella. En el ómnibus corrieron los joints de marihuana habituales entre los miembros del grupo, pero nada de otras substancias. Una que otra Miller Light también fue compartida por un grupo de chicas que, como Valeria cuatro meses antes, logró colarse en el bus a última hora luego de una larga espera frente al hotel. El ambiente era distendido y de una moderada alegría.
En 45 minutos el viaje llegó a su fin frente a la entrada posterior del lugar del concierto. Para las 6:50 PM Tommy y su banda formaron el círculo de juramento, aliento mutuo y buenos deseos que siempre repetían como un ritual antes de subir al escenario. Esa noche, como en todas las anteriores, Tommy me invitó a unirme al anillo humano en el que solo se escuchaban arengas del guitarrista, acompañadas del respetuoso silencio del resto: «Let’s kick ass!», repetía Tommy; era el grito de guerra para enfrentar el miedo escénico y dominar a una multitud que por entonces ya llenaba el sitio a la espera de otra descontrolada noche de rock and roll.
Una vez en el escenario, mi ubicación era siempre la misma: al lado del monitoreo, parado detrás del operador, tratando de molestar lo menos posible, y atento a cualquier mirada de Tommy por si este me solicitaba algo.
En verdad esa noche Tommy hizo un set demoledor. Tocó prácticamente todo su álbum Teaser, comenzando con People, People y reservando para el bis The Grind (La Molienda), mi favorita, que en esos días se difundía repetidamente en las FM de rock. Claro que lo mejor vino después, cuando Tommy volvió al escenario con Jeff Beck, para enfrentarlo en interminables duelos de guitarra en los temas Blow by Blow, el último disco del gran guitarrista inglés, en esa época totalmente volcado al jazz—rock. Fue especialmente emocionante la versión que ambos hicieron de Good Bye Pork Pie Hat, de Charles Mingus. Un tema profundamente melancólico, compuesto originalmente para despedir al saxofonista Lester Young, famoso por usar aquellos sombreros con forma de «Pastel de Cerdo», que le valieran el ocurrente apodo.
Ahora que lo pienso, en aquel momento no pude evitar sentir esa canción como una premonición de algo triste, pero jamás imaginé en ese instante la magnitud de la tragedia que se estaba avecinando. Tommy y Jeff terminaron el show exhaustos y bajaron abrazados del escenario ante la ovación enloquecida de la gente. Para el bis Tommy ya no volvió, metiéndose raudamente en uno de los boxes del vestuario en donde permaneció por lo menos media hora. Todos sabíamos que en ese momento nunca debíamos molestarlo. Por supuesto que todos entendíamos lo que Tommy hacía en ese momento: inyectarse un poco de la heroína que alguien siempre se la dejaba preparada en algún lugar previamente indicado.
Al salir del baño el rostro de Tommy ya era otro: relajado, sonriente, como alejado de todo, aceptó posar sentado en una silla con los brazos recostados sobre el respaldo, junto a Jeff sentado de la misma manera. Es casi la misma instantánea que ahora veo en la revista que me trajo el escribano, treinta años después. El periodista Charles Young había pedido la foto para el archivo de Rolling Stone que estaba cubriendo la gira de Beck y Bolin. Esa misma noche, otro especialista de rock, John Marlowe del Miami News le dijo al final de una entrevista: «Cuidate Tommy». A lo que recuerdo nítidamente que mi amigo respondió con ironía: «Me he estado cuidando toda mi vida. No te preocupes por mí, estaré por aquí por un largo tiempo».
El retorno al hotel fue algo caótico porque los músicos y asistentes invitaron a más gente y el bus parecía un mercado. Era notable como estas cosas nunca molestaban a Tommy, que se sentaba al fondo con Valeria y parecía siempre ajeno a todo el pandemonium que lo rodeaba. Su mirada sonriente parecía aprobar siempre esa invasión de espacio y su actitud era siempre amable y hasta un poco tímida.
Cuando llegamos al hotel se organizó una pequeña fiesta en el bar hasta donde llegamos unas veinte personas. De allí Tommy se dirigió al cuarto de L.C. Clayton, su guardaespaldas, en donde solamente lo acompañamos Phillip Tolimeni —un amigo de infancia— y yo. Sin embargo, algunos minutos después, casi toda la fiesta del bar se volvió a trasladar hasta la fiesta de Clayton, por lo que Tommy nos pidió entrar al baño.
Una vez ubicados en el lugar mi amigo no paraba de hablar de modo incoherente sobre un negocio de compra de limusinas que no logré entender jamás. Algunos días después supe por Barry Fey, el manager de Tommy, que éste en verdad estaba interesado en invertir su dinero en algo extra—musical para asegurar su futuro.
Lo cierto es que toda esa conversación continuó siendo propulsada por cantidades industriales de droga. En un momento dado comprendí que Tommy estaba inhalando directamente la heroína en polvo, algo que nunca le había visto hacer. De allí fuimos al cuarto de Tommy en donde siguió su confuso monólogo sobre el negocio de las limusinas. Asustado y triste de verlo tan mal decidí abandonar la habitación dejando a mi amigo con Tolimeini. Unos quince minutos después de llegar a mi habitación recibí el llamado fatal: Tommy había entrado en convulsiones mientras intentaba hacer un llamado telefónico.
Los primeros en llegar a la habitación fuimos Valeria y los roadies David Brown y otro llamado Jeff, además de L.C. Clayton, que alzó a Tommy con sus brazos y lo metió bajo la ducha para intentar reanimarlo. Varias veces dicho procedimiento había dado resultado positivo, pero esta vez el guitarrista no reaccionaba. Sin embargo, después de un tiempo que pareció eterno notamos que Tommy volvía a respirar trabajosamente y cierto color retornaba a su rostro, así que entre todo lo acostamos en su cama y lo dejamos bajo cuidado de la novia Valeria, quien por cierto tampoco estaba del todo lúcida pero por el susto se había repuesto medianamente de los efectos de las substancias consumidas.
Igual David Brown llamó a emergencias para consultar qué hacer si Tommy volvía a tener una crisis. Una voz fría, después supimos que se trataba del Dr. Ira Jacobson, le dijo que de todos modos el músico debía ser trasladado al Hospital General de North Miami inmediatamente. Todos pensamos que la determinación era exagerada y que al hacerlo expondríamos a Tommy a un escándalo público que ninguno de nosotros deseaba, así que decidimos dejarlo durmiendo para ver en que estado amanecía.
Aparentemente Tommy dijo un par de cosas en sueño y abrió los ojos repetidas veces, lo cual tranquilizó a Valeria que en algún momento entre esa hora y las siete de la mañana se quedó dormida a su lado. Un poco después de las siete la novia de Tommy despertó y llamó directamente una ambulancia. Cuando ésta llegó Bolin ya estaba muerto. Todos corrimos a su habitación inútilmente. El sueño, ahora convertido en pesadilla, había terminado de la peor manera. El escándalo que tontamente habíamos querido evitar se multiplicó de manera incontrolable. Cuando retiraban el cuerpo de Tommy ya estaba toda la prensa en la puerta del hotel.
Lo que vino después fue tedioso y por momentos aterrador. Todos los que estuvimos con Bolin en sus horas finales fuimos interrogados por la policía, hasta que la autoridad médica del condado determinó que el guitarrista murió de un infarto del miocardio causado por sobredosis. Cuando los médicos forenses inspeccionaron el cuerpo consignaron el hallazgo de por lo menos cuatro pinchazos con agujas en uno de los brazos de mi amigo. Tenía apenas 25 años.
Las caras de Javier y el escribano parecían contagiadas de una repentina melancolía. La historia que les conté, con detalles que ni siquiera yo sabía que mi memoria había guardado tan celosamente, les dejó un previsible sabor de tristeza y angustia.
Como queriendo explicar algo, antes de dar por terminada anticipadamente la reunión, les dije:
Siempre me consideré un poco culpable de esta muerte. Quizá me animé a recordarla ahora por una cuestión de prescripción de un delito que en verdad jamás cometí. Todos sabíamos que Tommy era un tren desbocado que iba a estrellarse inexorablemente contra un gran paredón. Sin embargo, ninguno de nosotros tenía la fortaleza para doblegar la voluntad autodestructiva de nuestro amado amigo. En nuestra absurda adoración él era una superestrella intocable, inalcanzable. Ni siquiera nos era permitido desviar su fatal destino.
«A veces la vida nos pasa por encima mientras estamos pensando qué hacer con ella», escuché el otro día decir al protagonista de una película sobre drogas. A Tommy y a todos los que lo rodeábamos nos pasó exactamente eso. Treinta años después me sigo preguntando si no pude hacer algo para evitar esa muerte. De noche suelo despertar preguntándome si mi indulgencia cobarde no fue cómplice, partícipe necesaria de su prematura partida. Solo me tranquiliza pensar que a Tommy nunca lo detuvo nada ni nadie, y que finalmente nosotros no fuimos más que testigos tristemente privilegiados de su inmolación.
Todavía me parece verlo sonriendo, después de aquél show en Miami. Repitiendo como un niño «Todavía andaré por aquí mucho tiempo». Seis horas después estaba muerto, no había pasado los 25 años de vida, los mismos que tenía yo cuando me quedé solo para siempre.
Al terminar de decir esto me di cuenta que mis amigos ya se habían marchado. Lamento haberles arruinado una tarde que parecía tan agradable. Es que los recuerdos son así: traicioneros, irrespetuosos y casi siempre, solitarios.
Nota: este cuento forma parte del libro El tranvía, publicado en el año 2009.










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