De acuerdo al mito, las heroínas paraguayas se destacaron por su arrojo en los campos de batalla, dando sus vidas con una espada en la mano. La historiadora Ana Barreto cuestiona ese mito y escribe sobre las mujeres de las que nunca se habla: las proveedoras del Estado, las esclavas lavanderas, las mujeres que hacían donaciones y las residentas. Y las antipatriotas.
El rol de las mujeres está muy mitificado, es más probable que se sepa de la heroína de Ytá Ybaté, como lo señala un escrito de la época: «Pero lo más grande de esta jornada fue un episodio inaudito solo comparable con las hazañas más gloriosas de la historia universal, donde su principal protagonista fue una doncella de quince años, la Juana de Arco americana, la humilde niña campesina Ramona Martínez, que defendió su heredad y su honor con valor inmarcesible. En el fragor de la lucha, rodeada totalmente del ejército aliado, realizó en un instante actos de sublimidad y heroísmo. Trató de encontrarse con el mariscal, infructuosos fueron sus esfuerzos para alcanzarlo; decidida, tomó la espada, y arengó al resto de nuestro ejército, ya diezmado y en retirada, infundiendo valor en la lucha, diciendo que era preferible morir en la lucha que entregarse al enemigo y así acompañó al doloroso contingente de la resistencia», que en cambio de las miles de mujeres que trabajan los campos de labranza de 14 a 16 horas, incluso en noches de luna llena. Menos conocidas son las mujeres deportadas a un campo de detención conocido como Espadín —al este del Paraguay, hoy en territorio brasilero—. ¿Todas las mujeres estaban a favor de la guerra, tal como relatan los periódicos oficiales? Si ello era cierto, por qué hacia 1869, ciudades, principalmente de «residentas», tenían encarceladas a mujeres por «causas políticas», que mayormente se referían a manifestaciones públicas de descontento.
Este capítulo incluye el trabajo de las mujeres con respecto a la agricultura, las residentas, las imágenes que se transmitieron en forma de ideales desde la prensa de guerra, las mujeres en las páginas de guerra.
La forma en que las mujeres se organizaron para donar efectos, sean joyas, ganado, cigarros o esclavos:
Señor D. Escolástico Garcete,
juez de Paz 1ro de la Encarnación.
Estimado señor:
Tengo a bien remitirle unos cinco mil cigarros que doña Asunción Marecos de Benítez, vecina de Villa Rica, dedica a favor de los Hospitales de Sangre y cuya entrega a la comisión encargada me ha encomendado.
De V. atenta SS. Simeona.
Asunción, Agosto 24 de 1867.
Oro por honor, cigarros y dulces por deber.
Se incorpora, por otra parte, la vida organizada de las mujeres en torno a los campamentos de soldados: Vida en los campamentos y hospitales. Incluye también los procesos y sentencias de muerte por traición. Traidoras y destinadas.
Más allá de las joyas, las otras mujeres de la Guerra Grande
En 1866, las mujeres controlaban el 70% del comercio de comestibles. En nuestro país, existe una percepción generalizada que las mujeres solamente acompañando al ejército tuvieron una participación directa en la guerra. Normalmente las heroínas se destacaban por el arrojo que demostraron en los campos de batalla dando su vida empuñando una espada. Nada más lejos de la verdad.
Gran parte de esta apreciación fue construida a lo largo de cien años por la historia oficial y quedó grabada en la memoria colectiva de todos los paraguayos como si fuera que sucedió en la realidad. De todos modos, como bien señalan muchos historiadores, una mujer curando heridas, entregando joyas y dispuesta a morir con sus hijos en nombre de la patria es la perspectiva menos conflictiva para una unidad o una concepción nacionalista que podría rescatar un pueblo para sus recuerdos en torno al más sangriento de los conflictos sudamericanos de mediados del siglo XIX.
Esto significa que esa memoria de mujer sufrida, que está dispuesta a morir, es la imagen que se instaló de las personas que sobrevivieron a la guerra, que está en la memoria de la población.
1. Las mujeres de las que nunca se habla
1.1. Las proveedoras del Estado
Cuando el Mariscal López decretó la movilización total de la población masculina en 1866 (esto sucedió cuando el ejército paraguayo ya se retrae totalmente al territorio y empieza la guerra de defensa), un año más tarde empieza a descender la edad para lograr nuevos enrolamientos. En el 65 era 18 años como mínimo y se terminó en el 69 con 10 años como mínimo. La economía paraguaya a partir del año 66 se transformó automáticamente en una economía total de guerra.
Las mujeres paraguayas que tradicionalmente —y esto desde tiempos de Irala— se ocupaban del cultivo de la chacra, la venta posterior de los productos de granja y agrícola y cocían normalmente vestuarios pagos para el ejército, pasaron a convertirse en las principales proveedoras que tenía el Estado de todos estos productos, y por supuesto esto significó labrar con más intensidad luego de planificada y supervisada la tierra. La yerba mate y la carne que provenían de las estancias estatales eran las únicas provisiones alimentarias que tenían las mujeres, sin necesidad de comprar, aunque racionalizadas. Para el resto de los productos comestibles, las mujeres no solo se convirtieron en las principales vendedoras del ejército y de los particulares, sino que las mujeres para el año 66 tenían controlado el 70 % del comercio de los productos comestibles.
Atrás quedaron los días en que las mujeres vendían solo artículos de hierro, losa o género (tela) llevados desde Asunción hacia el interior. Con la guerra, el flujo se hace al revés, ya nadie necesita artículos de losa ni tejidos lindos, los productos de granja eran los que más se negociaban en los campamentos y la capital. De esta forma, los precios para el 66 se duplican y en el 67 se cuadruplican.
La producción de sal tradicionalmente realizada por hombres en la ciudad de Lambaré funcionó solo al mínimo y las mujeres volvieron, como en épocas anteriores, a suplantar la sal con el uso de las hierbas.
Los sembradíos de algodón también se vieron afectados por la orden de plantar solamente productos comestibles, lo que sumado al bloqueo de la importación de telas hizo que se diera la posibilidad de generar con urgencia ropas, ya que por decreto del 14 de febrero de 1866 se impuso desde el Estado paraguayo la contribución obligatoria de vestuario para toda la población civil. Así volvió a relucir en estas mujeres paraguayas el antiguo hilado de fibras de caraguatá.
A principios del año 1866, la ausencia de hombres significó que muchas mujeres volvieran a ser las principales proveedoras del Estado en ciertos productos. Cierto, las listas encontradas en el Archivo Nacional indican que una mujer podía ser proveedora por excelencia, por ejemplo, del aguardiente. El alcohol se necesitaba mucho en los campamentos por el tema de higiene. Se halló, por ejemplo, factura de una sola mujer vendiendo de una sola vez 800 botellas de un litro. Pero así también, listas de más de cien vendedoras de dulces, chipas, cigarros o sandías. La sandía se usaba como antiséptica en la época de la guerra.
El hecho de que las mujeres hayan pasado a administrar pequeños negocios no era raro para la tradición. El mercado, como sabemos, era un lugar femenino. Pero si en algún momento esto fue lucrativo y próspero, con el tiempo las mujeres sintieron cada vez más la ausencia de los hombres, ya que además del trabajo, debía quedar tiempo para las contribuciones voluntarias y los trabajos de orden público.
1.2. Las esclavas lavanderas
Otro tipo de mujer de la que muy poco se habla en la historia del Paraguay, son las esclavas lavanderas. El Estado paraguayo era el principal dueño de los esclavos. Para los hombres esclavos, el enrolamiento a la Guerra contra la Triple Alianza fue obligatorio, mientras que las mujeres debían servir en los hospitales lavando las telas que usaban los heridos, como ropa personal y ropa de cama.
Esto sucedió hasta el final de la guerra. También fueron incorporadas libertas del Estado y pardas libres. En 1811, la población de esclavos y pardos libres en Asunción era del 60%. Existen listas de asignación de 4 pesos en billete que cobraban en los hospitales de sangre en el 66 y el 77. Al principio solo había 50 mujeres empleadas, pero la lista final da cuenta de 100. Algunos nombres: Felipa Samaniego, Margarita y Marcela Plaza, Francisca Rodríguez, Juliana Arza, Asunción Ferreira, Carlota Rodríguez, Bonifacia Meza, esclavas para la historia.
Las mujeres contratadas servían a los heridos que no tenían quienes los cuiden. Las jornadas de trabajo se alternaban en horarios nocturnos y diurnos. Las 300 o 400 camas de los hospitales nunca estaban vacías. No pocas de estas mujeres desconfiaban de los métodos de medicina moderna de los cirujanos ingleses y a escondidas ponían en práctica antiguas recetas de remedios naturales. Muchas veces, los observadores que estuvieron en el Paraguay en el tiempo de la guerra decían que las enfermeras solamente estaban para flirtear con los practicantes o que mostraban predilección hacia algunos heridos. Esto no es cierto, porque hay otros que decían que ellas eran imprescindibles en las atiborradas salas de heridos de guerra, golpeados por las heridas como por las enfermedades. Casi todas las mujeres esclavas de la lista tenían entre 15 y 20 años.
1.3. Las mujeres que hacían donaciones
En los primeros años de la guerra se hicieron diversas clases de donaciones por parte de las mujeres en todos los pueblos. La historiografía tradicional paraguaya y sus historiadores, siempre recuerdan a aquellas mujeres que donaron sus joyas durante el año 67 para contribuir a la defensa de la patria y ese hecho es el resaltado como el de mayor entrega.
Sin embargo, en el Archivo Nacional obra una cantidad importante, miles de nombres de mujeres que aparecen haciendo donaciones de sus esclavos para el servicio de las armas así como muchas otras tareas. Algunas de las donaciones hechas durante mucho más tiempo y de más valor que una alhaja fueron dinero en efectivo, cigarros, cabezas de ganado, género de todo tipo, ropas usadas y nuevas, dulces, cosechas enteras de siembra de diversos productos de granja tales como gallina, quesos, huevos, cebollas, tomates, miel y chipas.
También nos hicieron creer que estas donaciones han sido espontáneas, no dudamos de eso, pero hay que tener en cuenta que cada comunidad estaba obligada en la tarea de contribuir con algo para la causa nacional, sea esta un bien personal o un bien material.
Todas las donaciones tienen nombre y apellido y se hacen ante presencia del jefe militar o del juez de Paz de la comunidad. Por eso, la duda del carácter espontáneo de las donaciones, cuando se estuvo ante la necesidad de decir «yo doy tal cosa y mi hija dona tal cosa».
Lista nominal, el infrascripto jefe de milicia informa que las vecinas de este partido que han contribuido cada una con una camiseta de lana a beneficio de los hospitales de sangre de la capital para poner a conocimiento de la comisión recaudadora de los hospitales referidos, y son Doña Bárbara Delvalle, Doña Petrona Vera, Gregoria Estigarribia, Marcelina Rolón, Candelaria Roa, Juana de Dios Rolón, Basilicia Galeano, Del Rosario Rolón, Gabina Rolón, Dolores González, Isabel Zorrílla.
San Miguel, julio 1 de 1867.
Viva la República del Paraguay
Señor encargado de los hospitales de sangre,
Tenga la bondad de admitir este corto donativo, que los dignos defensores de nuestra santa causa y que la que abajo suscribe con sus tres hijas, tengo el honor de admitir 50 pesos en billetes y 50 chipas de almidón abizcochadas por mi hija Dolores; 400 cigarros por mi hija Feliciana; y por mi hija Encarnación 400 cigarros. Todos ellos lo presento muy gustosa para que se transmitan a los dignos hijos de la patria.
Dios guarde a usted muchos años.
Claudia Cabriza.
Señor Don Escolástico Garcete
Juez de Paz Primero de la Encarnación
Estimado señor,
Tengo a bien remitirle unos 5.000 cigarros que Doña Asunción Marecos de Benítez de Villarrica dedica a favor de los hospitales de sangre y cuya entrega a la comisión encargada me ha encomendado.
De usted atenta,
Simona.
Asunción, 24 de 1867.
Viva la República del Paraguay.
Digo, la infrascripta, Gregoria Larrosa, natural de la República y vecina de Villarrica que otorgo entera libertad al liberto de la República, Celestino, de 15 años de edad, que lo hube por comprar de Doña Higinia Leiva y lo presento a este señor comandante de esta villa para que sea enrolado como hombre libre y destinado al servicio de las armas en la presente guerra con los enemigos de la libertad e independencia nacional, sin exigir precio alguno por el valor de dicho liberto. No obstante, que el señor comandante me ha prevenido que me abonaría el valor de dicho liberto en el tesoro nacional, yo renuncio espontáneamente por mí y por mis herederos, para siempre. Y para perpetua constancia de esta manumisión firmo la presente en Villarrica el 4 de noviembre de 1866.
A ruego de Gregoria Larrosa que no sabe firmar,
Gregoria Vázquez.
Todo esto se sucede en el año 1866. A partir de 1867 se inicia el problema más grande de la Guerra. 1868 va a ser desastroso y 1869 ya no tiene nombre.
1.4. Las residentas
Normalmente hablamos de las residencias, pero ¿quiénes eran? ¿Las que acompañaban al ejército? Eran el ejército de retaguardia del Mariscal López conforme a su plan de guerra. Donde los hombres eran soldados efectivos en la batalla y las mujeres eran solados en los campos de labranza agrícola.
En 1867, con la retirada del ejército paraguayo de sus posiciones en el sur, la evacuación de los pueblos de las Misiones y Ñeembucú hizo que las pobladoras deban ser reubicadas en pueblos donde debía continuar obligatoriamente la labranza. Los lugares de referencia eran normalmente los pueblos de Cordillera. La historiadora Beatriz Rodríguez Alcalá intentó dar una explicación al término de la designación de estas mujeres como Las Residentas y ella atribuye a un vicio gramatical originado cuando las mujeres debían llenar los formularios cuando eran trasladadas de un pueblo a otro. Es decir, Las Residentas nunca acompañaron al ejército de López. Por ejemplo, María Gómez, vecina de San Miguel residente en Valenzuela. Probablemente la forma análoga de vecina quedó en residenta.
Estas mujeres debían ser evacuadas de sus pueblos normalmente en número de 800 o 500, más sus hijos. La despoblación de los pueblos del sur era obligatoria. Por lo tanto, lo que pasaba en los reacomodos en los pueblos a Las Residentas, los vecinos se disgregaban porque decidían enviar 50 a un lado, 80 a otros y 100 a otros lugares. Cuando llegaban al pueblo de destino, la tarea comenzaba en seguida. Eran concentradas en pequeños grupos al mando de una sargenta, una mujer que vigilaba la tarea y ejercía el orden entre esas mujeres que integraban su grupo. La orden de trabajo se cumplía cabalmente y era de 12 a 14 horas diarias y se labraban los campos en las noches de luna llena.
También el hilado del algodón era obligatorio. Esta condición hizo que existan no pocos conflictos entre las partes por abuso de poder. La pesada carga del trabajo en ausencia de los hombres y el enrolamiento de los hijos cada vez más niños, sumados al hambre, hicieron que después de la caída de Piribebuy, en agosto de 1869, los pueblos de las cordilleras se vacíen de personas, pero que no siguieron a López, sino que decidieron volver a la Asunción tomada por los aliados. Fue particularmente difícil ese año. Las mujeres, si podían, se escapaban y se internaban en las selvas, sea para huir con sus hijos por el enrolamiento o hacerlo con otras mujeres y hombres huyendo del hambre.
Existe una interesante comunicación del vicepresidente Sánchez a los jueces de los pueblos, donde los pone en alerta sobre la proliferación de traidores y el modo en que se debía proceder con ellos. Estos son los desertores sobre los que jamás la historia cuenta. Esto nos lleva a pensar sobre el aumento de la deserción del ejército y el abandono de los campos de labranza por parte de las mujeres.
Dice el vicepresidente Sánchez:
Por lo tanto, repito que conviene redoblar la vigilancia para pillar a todos esos malvados, que bastara cualquier acto de desobediencia al primer requerimiento para perseguirlo y prenderlo muerto. Se tendrá mucho cuidado de no mirar con indiferencia a mujeres. (…) huyendo de la vista de las autoridades para vivir en la holganza, han adoptado más bien a pretexto de que son emigradas y de no tener alojamiento, para guarecerse en las selvas. Con este propósito informo que una caravana de 400 mujeres de esta clase, que caminaron de San Joaquín a San Estanislao, en la primera jornada cuando llegaron a Campo Grande, desaparecieron 100. Teniendo por desgracia esta gente, el estímulo de los varones amontonados, que no se dispensa de causar perjuicio de carnear las lecheras y lo que encuentra a mano y robar los sembrados de los vecinos, cuando no asaltan las casas mismas.
En marzo de este mismo año, el presidente escribe un oficio al juez de paz de Valenzuela en relación con un caso donde se descubre a unas residentas. Como había mucha hambre y lo que se plantaba se debía entregar por número controlado por el vicepresidente Sánchez, estas mujeres por las madrugadas, cuando terminaba la labranza, se escabullían buscando cosas silvestres que comer y volvían normalmente a las 6 de la mañana a sus puestos. Una vez las descubrieron. El vicepresidente Sánchez ordenó que todas las que vuelvan a hacer eso recibirían 16 azotes públicos.
A diferencia de las destinadas, encontrar memorias de las residentas es muy difícil. Pero en cambio los informes de jueces de Paz del Estado de los sembradíos, la cantidad de personas presas en los pueblos por delito de traición a la patria, dan cuenta de muchos nombres y citaciones con las cuales se puede recomponer, como si fuera un rompecabezas, la situación civil de estas mujeres soldados agrícolas.
Las mujeres antipatriotas
Se habla mucho de abnegación, joyas, etc., pero lo que no sabemos es que había mujeres detenidas por alta traición a la patria. Es decir, eran presas políticas de todos los pueblos de la República. No estamos hablando de las 3 mil mujeres detenidas en Espadín. Rosa Amarilla y su hija Josefa Gavilán estaban detenidas desde el año 1866 porque cuando fueron a visitar a sus hijos a Cerro León, a la vuelta a su pueblo Acahay le dijeron a todas las demás residentas que la situación de los soldados no era buena. Mauricia Ortellado estaba presa en Villarrica por la misma causa.
Cayetano Alfonso y su esposa Trifona tenían puestos los grillos hacía tres años, porque a la muerte del último de sus cuatro hijos dijeron que todos ellos murieron por falta de comida y atenciones en los campamentos militares. Paulina Villalba, estaba presa en Caazapá por decir en público que preferiría tener consigo a su esposo aunque sea inválido, antes que este se halle en los campos de batalla. Francisca Ignacia Mongelós e Hilaria Fariña estaban presas en Villarrica por quejarse de los excesos de trabajo; Elisa Rodríguez estaba presa en Acahay porque que dijo que las noticias en los diarios eran todas mentirosas. Por este mismo motivo, estaba presa en San Pedro, Juana Bautista Fernández; en Valenzuela, Ramona Urdapilleta; en Arroyos y Esteros, Pastora Decoud. María Felicia Palacios estaba presa en Quyquyho y Gregoria Cantero estaba presa en Santa María porque acusaron a López, durante una de las tareas de labranza, de enviar a los soldados a la batalla bajo efectos del alcohol. María de la Gracia Martínez y su hija Brígida estaban presas en Ajos, porque se mostraron en desacuerdo con seguir las horas de labranzas impuesta por el gobierno. Eulogia Pereira, Saturnina Vargas y Bárbara Valdez estaban acusadas porque dijeron que Elisa Lynch pretendía adueñarse del Paraguay. La lista es extensa, son 197 mujeres presas en todos los pueblos de la República por realizar este tipo de declaraciones.
El año 1869 es el año desastroso, es la continuación de los crímenes y los ajusticiamientos de San Fernando donde uno de los más famosos fue el de las hermanas Barrios y Pancha Garmendia, que mueren lanceadas en 1869. Los campos de concentraciones de Espadín y la masacre de Concepción donde muere Felicia Irigoyen de Pedrezuela, lanceada estando embarazada. Felicia Irigoyen es muerta en el año 1869; Juliana Insfrán de Martínez es degollada en 1868; y Carmen Gil de Cordal es obligada a seguir en Espadín en 1869.
Al hablar de la historia contemporánea, una vez terminada la guerra es preciso indagar quiénes contaron esta historia. Para conformar la historia que hoy tenemos, no se trata de que alguien se levantó un día y dijo: «las residentas son todas heroínas». Posteriormente se sucedieron luchas encarnizadas por el control de esa memoria. Los años posteriores a las guerras, las mujeres que se resaltaron eran siempre las destinadas porque eran mujeres de élite, quienes tenían posibilidades de escribir sus memorias. Por ello, figuraban una y otra vez durante las décadas del 70, 80, 90, y Cecilio Báez lo hizo en 1900 y se repite constantemente en los crímenes de López. Teresa Lamas Carísimo toma la posta hasta 1926. En 1902, lideradas por Celsa Speratti, se conforman comisiones de mujeres en contra de que Francisco Solano López sea declarado héroe. Todas estas mujeres estaban de acuerdo en que la mujer había sido la reconstructora de un país en ruinas.
En el año 1975, Idalia Flores de Zarza presidió la delegación paraguaya para la recuperación del Libro de Oro de la Mujer Paraguaya y de los 50 mil volúmenes de documentos de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro.
Las gestiones de este libro comenzaron en el año 1964, cuando ella, supuestamente, encontró el mismo en Río de Janeiro. Empieza una tratativa con el gobierno de Brasil para la obtención de estas reliquias. Lo que da para pensar es si la historia no se trata finalmente de un discurso político, considerando que la doctora Idalia Flores de Zarza es una conocedora del Archivo Nacional —aunque no tenía en ese momento la colección Río Branco donde está gran parte de las detenidas y la orden de muerte que daban los jefes administrativos de la época de López—, pero por algún motivo decidió pasar por alto esta parte y recordar solamente el momento de la entrega de joyas tal y como fue contada por los diarios de guerra de López.
Nos queda una tarea como historiadores, como población civil, como maestros. La lectura, la relectura y las discusiones. Nuestra historia debe seguir creciendo. A nuestra historia debemos seguir siempre haciéndole preguntas, porque de lo contrario no tendríamos más historia y aquella no necesitaría más nuevas interrogantes.
Nota de edición: este ensayo histórico es el capítulo I y parte del capítulo II («Las mujeres antipatriotas») del libro Voces de mujer en la historia paraguaya, de la historiadora Ana Montserrat Barreto Valinotti. El libro fue publicado en 2012.









¿Qué opinas?