Un albino es encarcelado en la prisión de Ukonga, Tanzania, en donde debe cuidarse día y noche de los demás, pues cualquier parte de su cuerpo tiene una alta cotización, debido a que los brujos lo usan para preparar brebajes y amuletos de la buena suerte.
El albino llegó esposado. Su primer día en la prisión no lo voy a olvidar jamás, especialmente debido a que el dolor de codo por el cachiporrazo recibido apenas me dejó dormir. Era de tardecita y todos estábamos ya en nuestros aposentos. Dos oficiales lo escoltaban a través del largo pasillo entre las celdas y en medio del bullicio de los presos, que gritaban —gritábamos— biashara![1] y hela![2], acompañándolo todo de carcajadas macabras. Innumerables brazos se colaban entre los barrotes tratando de tocar al nuevo prisionero; al pasar, los policías golpeaban con furia las extremidades que no eran retiradas con demasiada velocidad.
Hace cinco años que estoy encerrado aquí y nunca antes tuvimos a un albino como inquilino. Hay gente de Burundi, de Kenia y, por supuesto, los tanzanos somos mayoría. Mzungus[3] suele haber, pero salen enseguida, dinero mediante. Los más antiguos cuentan que ya antes hubo otro albino, uno de Morogoro. Dicen que duró muy poco. Antes de una semana fue despedazado y nunca se supo de los afortunados autores, quiero decir: los presos nunca supieron.
El amanecer trajo consigo el primer día en prisión de aquel albino al que todos empezamos a llamar —como es natural— Zeru—Zeru, el mzungu negro. Estaba solo, se movía por el patio como un zombi silencioso. Nadie se le acercaba, pero todos lo observábamos. Conversaciones en susurro. La piel era de una absoluta blancura, solamente interrumpida por esporádicos y oscuros islotes. Yo estaba recostado contra un poste, masticando la hoja de una hierba y vi que el albino venía hacia mi ubicación. Al pasar frente a mí, le dije: Bienvenido a la prisión de Ukonga, Zeru—Zeru. El albino se detuvo y me miró con esos rojos ojos de conejo, en los que pude leer la rabia. Sin amilanarme le sostuve la mirada, después lo vi alejarse sin apuro.
Cuando acabamos de almorzar, Elimu nos dijo que a la hora del baño daríamos a Zeru—Zeru el bautismo de bienvenida. Todos sonreímos, alegres por la diversión inminente. Elimu era el jefe entre los presos, no por ser el más antiguo, sino por ser el más inteligente o el más caradura, era el que tenía los contactos con gente de afuera y buenas relaciones con las autoridades de la prisión. Alguien una vez insinuó que era un policía encubierto; ese alguien, como era de esperarse, reposa ya bajo tierra. Yo era algo así como el brazo derecho de Elimu, o al menos eso me hacía creer. Me gustaba verme a mí mismo como un líder en la sombra, siempre a la sombra del jefe.
Nuestro intento de bautizar a Zeru—Zeru resultó un fiasco. Fuimos entre tres para sorprenderlo en la ducha. Mientras el agua caía sobre su cuerpo de algodón lo atacamos a puñetazos. O eso tratamos. Porque el albino acabó con nosotros en un instante, tenía fuertes músculos y a pesar de su tamaño se movía con gran velocidad. Nos llenó de rodillazos, patadas, codazos y trompadas. Yo recibí un duro golpe de derecha que convirtió mi tabique nasal en un oleaje rojo.
Con seguridad, la vida le había enseñado a combatir así. Haber nacido con piel blanca entre negros, ser blanco pero sin la plata de los blancos, tener que vérselas con las burlas en la escuela y los ataques en el barrio… Solo se puede confiar en los puños cuando el infierno son los otros. Yo no reflexioné sobre esto enseguida, sino un poco después, mientras atendían mi nariz sangrante en la enfermería. Me expliqué así la razón por la que Zeru—Zeru estaba en guardia permanente, como un felino: quien alguna vez fue mordido por una serpiente teme hasta a un trozo de cuerda.
Yo entiendo que ellos no tienen la culpa de que las partes de su cuerpo sirvan a los brujos para preparar brebajes y amuletos de la buena suerte. No tienen culpa de que sus miembros mágicos tengan tan alta cotización. Pero las cosas son como son. Las pócimas preparadas por los hechiceros, con fragmentos pulverizados de cuerpos de albino, sirven a los mineros como un escudo para evitar los derrumbes, los ayudan a encontrar las mejores vetas, los yacimientos de diamantes y tanzanitas. Los pescadores saben que si amarran a sus redes un pedazo del cuerpo de un albino cazarán peces enormes en el Lago Victoria, y no pocas veces los estómagos de esos peces albergarán oro. Cualquier persona puede beneficiarse con un talismán de la suerte.
Los brujos de la magia negra dicen que beber la sangre de un albino puede hacer a alguien millonario. Sé de algunos vecinos del barrio que así escaparon de la miseria. Agradezco haber nacido cubierto con piel negra. Pienso en lo duro que ha de ser la vida de estos falsos mzungus, sentirse acechados como animales del monte, donde tus perseguidores, si no llegan a matarte, te dejan mutilado. Así son las cosas. Para un hombre de talco el sol es un enemigo que quema y trae el cáncer invasor, pero mayor enemigo son los demás. Nada se puede hacer para torcer el rumbo de lo que hay. Si los brujos lo dicen es porque es verdad; les tememos más a ellos que a dios, porque a ellos los vemos.
Poco después nos enteramos de que Zeru—Zeru entró a prisión porque asesinó a cuatro brujos de magia negra. Los brujos tenían gran parte de la culpa de la cacería de albinos que estaba en marcha. Eran ellos los que aseguraban que una nariz de albino ayudaba a olfatear las mejores vetas del mineral anhelado, que cualquier trozo pulverizado de su cuerpo atraía la suerte. Amuleto con la propiedad mágica para sacar de su escondrijo la riqueza que duerme bajo la tierra y convertirla en riqueza sobre la tierra, en riqueza al portador.
En una misma noche, Zeru—Zeru fue a buscar a los cuatro brujos más famosos de Dar Es Salaam. Entró a sus casas y los agujereó con un cuchillo de cocina. Mismo procedimiento; misma arma homicida. Repartió los intestinos por las paredes de las casas vecinas. Después fue directamente a la comisaría, a entregarse. Cuando le preguntaron el porqué, dijo que él era solo uno, y al matar a esos cuatro brujos que propiciaban la muerte de gente como él, se salía ganando. Se sacrifica uno para que muchos tengan una vida mejor. Ahora, no habiendo brujos, la comunidad de albinos vivirá mejor. Esa fue la información que circuló en la prisión. Desde entonces, a Zeru—Zeru empezamos a mirarlo con un respeto que tenía mucho de temor.
A Elimu no le gustó para nada la noticia de nuestra fallida misión. Me dio un golpe tan duro que tuve que volver a la enfermería con el vendaje empapado de sangre. Supe que organizó otro ataque contra el recién llegado. Yo no formé parte, me hizo a un lado como represalia por el fracaso. Fue durante la hora del almuerzo. Lo abordaron entre varios pero el albino pudo más. Era demasiado veloz y fuerte. Volvió a repartir golpes con sus millonarios miembros, pero esta vez también se valió de platos y sillas. Los guardias intervinieron y todos fueron confinados a las celdas de aislamiento por una semana.
Para cuando abandonaron el encierro, Zeru—Zeru era ya toda una celebridad. Aunque seguía sin hablar con nadie, sé que podía sentir ese respeto. El que fuera fuerte, resuelto y que matara a sangre fría a poderosos brujos le daba una autoridad innegable. Incluso Elimu había decidido dejarlo en paz, al menos en apariencia. Porque yo, que lo conocía bien, podía estar seguro de su resquemor por haber visto aplastada su autoridad por primera vez.
La llegada de Klaas a la prisión fue también una novedad, pero no tanto como el ingreso de Zeru—Zeru. Klaas era blanco, pero no por el albinismo, era un genuino mzungu europeo. Hablaba holandés e inglés, por lo que no muchos podían comunicarse con él. Era muy flaco, llevaba pocos meses trabajando en Tanzania y tuvo la mala fortuna de arrollar a un niño, mientras conducía su motocicleta por las calles de Dar, completamente ebrio. No tenía mucho dinero, por lo que terminó en la cárcel y le tocaría pasar unos años aquí. Fue exitosamente sometido al bautismo de bienvenida y en Elimu se vio algo de orgullo recuperado, volvió a él parte de su antiguo humor.
Que Klaas se juntara con el albino nos pareció algo inevitable. Pero bien pensado, aparte del color de la piel nada parecía hermanarlos. No podía haber sujetos más diferentes. Zeru—Zeru era corpulento y temido. Klaas era pequeño y parecía un masái del Serengeti, un inofensivo pastor de cabras. El albino era un lobo o una oveja disfrazada de lobo en tanto que Klaas no era más que un pajarito indefenso, una oveja disfrazada de oveja. Zeru—Zeru fue su compañero y protector, hicieron buenas migas desde el primer momento. Se los podía ver juntos en el patio, bajo el techo de zinc, los dos seres de cal sentados, sin hablar, solo mirándose. El uno no hablaba suajili y el otro no descifraba las lenguas europeas. No se entendían, pero hay un lenguaje de la desesperación que sale a relucir en las situaciones o lugares difíciles (y, créanme, una prisión lo es). Cuántas historias hay de situaciones límite —barcos que se hunden, aviones que se caen— donde anónimos héroes que no entienden nada de lo que les dice la gente en aprietos, sabe que esas sílabas extrañas significan: ayúdeme, tengo el brazo roto, me desangro.
No es fácil sobrevivir en la prisión, sobre todo si uno no quiere seguir las imposiciones del que manda. Al ver a Zeru—Zeru tan contento con su nuevo compañero, el resentimiento se apoderó otra vez de Elimu y decidió que ambos debían morir, como escarmiento. Se fijó un día para el ataque. Todo estaba bien planeado, algo a lo que nuestro jefe nos tenía ya acostumbrados. Yo iba a formar parte de la comitiva. Iba a tener mi revancha, la oportunidad de reivindicarme. Seríamos doce los asesinos. Ni siquiera el poderoso Zeru—Zeru se veía capaz de repeler a una docena de hombres armados de objetos agudos que buscarían clavarse en órganos vitales. ¿Cuándo? Dentro de dos días. ¿Dónde? Este mismo patio era el lugar elegido para atravesar de estoque la vida de los dos blancos. Ellos, por supuesto, nada sabían. Los recuerdo ahí, sentados uno frente al otro en ese lugar, indiferentes al mundo, ojos azules mirándose en ojos rojos.
En la mañana de la víspera del día fijado, noté que Zeru—Zeru tenía parcialmente vendadas las manos. Esto facilita enormemente las cosas, pensé. Uno de los presos que sirve en el área de enfermería me informó que el albino había perdido los meñiques de ambas manos: un accidente de trabajo en el taller. Me llamó la atención la simetría del percance. Al enterarse, Elimu se puso contento, porque sabía que esta vez era imposible fallar. Doce hombres contra un europeo escuálido y un albino de manos lesionadas. El único resultado posible era la victoria, el triunfo de su plan, el río que vuelve a su cauce.
Zeru—Zeru y Klaas escaparon de prisión el día en que los íbamos a matar. No tuvieron que cavar túneles ni esconderse en el camión de la lavandería como en las películas de Hollywood. Salieron caminando por la entrada principal. Compraron el silencio y la complicidad de la autoridad penitenciaria. Allí me acordé de los dos valiosos meñiques del albino. Todo, todo se redujo a una cuestión anatómica. Klaas entregó una parte de su anatomía al albino (era el rumor) para obtener su protección. Después, un meñique del albino compró la libertad del albino. Y su otro meñique compró la libertad de Klaas. Flaquitos son los dedos que señalan la salida hacia la continuación de la vida. Bien mirados, los meñiques no son demasiado necesarios. A Zeru—Zeru todavía le quedan tres dedos y el pulgar oponible en cada mano. La libertad vale más. Había decidido voluntariamente entregar una parte de su anatomía para —una vez afuera— seguir viviendo la historia que había comenzado con Klaas dentro de los muros de la prisión. Una historia de amor entre fantasmas.










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