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Ola de calor sin acondicionador de aire

En los últimos años, el calentamiento global se ha hecho presente en el deforestado Paraguay con olas de calor cada vez más frecuentes que vuelven todavía más miserable la vida, sobre todo sin acondicionador de aire, aparato que aún es un lujo para la mayoría de las familias. Valeria Ramírez narra su experiencia.

 

Revisó la pantalla del celular una vez más, como si la repentina fijación pudiera provocar algún cambio en los datos informados por la aplicación del clima. Desde el sábado 3 de diciembre de 2022 la temperatura había ido en angustiante aumento, casi profetizando lo que se esperaba para la semana. Sintió el sudor acumulándose en el cuello y caer en la almohada medio empapada. Eran las 23:45 del lunes 5. Llevaba acostada un par de horas, pero solo había podido conciliar el sueño pobremente durante veinte minutos. Con un profundo suspiro se incorporó, tomó la toalla y se dirigió al baño. A lo lejos una ambulancia se dirigía al Centro de Emergencias Médicas, un sonido frecuente cada fin de año.

Luego de una larga ducha, se recogió el pelo en un rodete, soñando una vez más con un corte de pelo al ras. Recorrió algunos chats sin leer. En casi todos sus grupos había enviado el boletín meteorológico que anunciaba la persistencia de temperaturas elevadas para los próximos días. Casi sin darse cuenta susurró la típica frase que muchos repetían en medio de bromas: «No queré ver en enero». Sonrió sin que le hiciera gracia el comentario. Sincronizó la aplicación de música con la tele. El algoritmo en seguida le sugirió «sonidos de lluvias y truenos para dormir». Paseó los dedos en la aplicación de videos cortos, en los que últimamente había demasiada gente linda. «Genial, una cosa más por la que sentir culpa», pensó. Sin darse cuenta, habían transcurrido dos horas. La aplicación del clima indicaba que la temperatura era de apenas treinta grados. Sentía el brazo adolorido de sostener el celular y las piernas pegajosas a causa del sudor que no se evaporaba con la suficiente velocidad. Cerró los ojos. De repente despertó sobresaltada… por escuchar una nueva pelea de gatos del vecino. La pantalla del celular le informó que podía sumar otros 30 minutos a su tiempo de sueño. «Al menos no tengo que ir a trabajar mañana». Quiso que la idea sonara realmente confortante, pero después de cuatros años sin trabajo fijo era cada vez más difícil encontrar consuelo en semejante noción. Especialmente ante la aplastante realidad de no poder darse el lujo de comprar y mantener un acondicionador de aire.

Llevaba nueve meses viviendo en ese pequeño departamento del barrio San Vicente de Asunción. Todavía no había pasado un verano entero ahí. No sabía qué tan fresca podría mantener su habitación con solo el ventilador de techo. Fingía pensar en el calentamiento global, en la acumulación de gases en el medio ambiente, en el efecto invernadero. ¿Cuánto más colaboraría con la contaminación? ¿No se reduciría considerablemente mi tolerancia al calor si empiezo a usar el acondicionador de aire, aunque solo fuese por unas pocas horas al día? ¿No me pondría mucho más quisquillosa una vez que cruzase esa línea? Consideraciones fáciles en agosto. A inicios de diciembre, era muy difícil sostener esa postura.

La falta de sueño reparador durante las noches empezaba a acumularse y mostrar sus efectos. En la tarde del quinto día de la ola calor se le cayeron un plato y dos vasos de vidrio mientras los acomodaba en la fiambrera de la pequeña cocina. Tenía que forzarse a realizar las tareas de la casa aunque solo fuera por mantener la mente ocupada. Con tres litros y medio de agua al día sentía náuseas, así que empezó a masticar hielo. El calor durante el día era extenuante; de noche era más cómodo realizar las tareas del hogar, pero las paredes entre departamentos eran tan delgadas que se tornaba un desafío no importunar a los vecinos.

Ese jueves notó que una de las vecinas no había apagado el acondicionador de aire. «Pero qué irresponsable de su parte. Mientras ella se mantiene fría ahí, el motor de su aparato calienta alrededor y empeora todo para nosotros», pensó y se dio cuenta de lo amargada que estaba, de lo corrosiva que podía ser la envidia, especialmente cuando era consciente de su propia insolvencia. «Si tuviera dinero no estaría sufriendo esto», pensó, admitiendo que su verdadera justificación no tenía tanto que ver con su conciencia ecológica como con las limitaciones económicas por las que atravesaba. Comentó a sus amigas más cercanas lo difícil que le estaban resultando esos días y noches debido a la ola de calor, cómo todo parecía derrumbarse. No había mucho que decir, más que «fuerza», «te entiendo», «ya va a mejorar». Se tumbó en la cama poco después de las 15 h y, sin pretenderlo, sumó dos horas de sueño. Más tarde, esa noche, la temperatura marcaba aún treinta grados. Incluso las duchas eran menos refrescantes. Sentía los ojos como si hubiera estado mirando el fuego mucho rato; la piel de las manos y los pies se sentía tirante.

En algún momento el mal humor y la amargura pasaron a ser una constante. Cada comentario le parecía insulso. Las ganas de cocinar, lavar platos, ordenar ropa, eran inexistentes. Se controlaba la temperatura sintiéndose con fiebre. «Tengo que hacer algo, negociar algo para solucionar esto, no se puede seguir así», se dijo mientras su yo ambientalista cedía ante su yo angustiada. Cuando era joven, llegar a un hogar con acondicionador de aire era como entrar en una mansión. Trabajar en oficinas climatizadas era un beneficio muy valorado. Pocas instituciones educativas tenían aulas acondicionadas y se trataba en general de las que cobraban cuotas mensuales elevadas. Pero eso había ido cambiado en los últimos años. Según la Encuesta Permanente de Hogares de 2005, 190.000 hogares contaban con un acondicionador de aire. En 2019, 922.000, casi el 50 % de los hogares del país. «El acondicionador de aire ya no es un lujo, es una necesidad». «Tampoco es que voy a ser más o menos consumista solo por eso». «El desarrollo tecnológico hace que sean más ecológicos». Por supuesto, ninguna de esas discusiones internas tenía sentido pues seguía siendo incapaz de comprar uno.

El viernes 9, por la noche, algunas nubes se juntaron en el horizonte, pero no quiso sembrar ninguna esperanza o no tenía energía para eso. Los aguaceros de verano empeoran la sensación térmica. Para que se produjera una variación en la temperatura debía llover al menos dos días, pero el evento climático conocido como La Niña iba por su tercer año consecutivo provocando lluvias cada vez menos duraderas y sequías cada vez más duras en el Paraguay. Esa noche no se acostó en la cama. Llevó un sillón de cable bajo el ventilador de techo y levantó los pies sobre la cama. Así intentó sumar minutos a su escaso tiempo de sueño. Escuchaba los truenos y la lluvia de la lista de reproducción habitual, y durante dos horas soñó con un gran helado junto a una piscina. Despertó sintiendo picaduras en los brazos y las piernas. Había olvidado encender el matamosquitos.

El fastidio y la frustración inundaron su cuerpo y lo que solo parecían algunas lágrimas acabaron convirtiéndose en un sollozo lastimero bajo la ducha. Tres veces intentó detenerse, antes de rendirse a la necesidad de dejarse llevar por el llanto, mientras fantaseaba estrategias para hacer dinero y poder darse el lujo de existir sin preocupaciones. «Necesito poder descansar para ser funcional», se repetía como si necesitara convencer a alguien. Quizás eso era lo que los jóvenes tan despreocupadamente llamaban «manifestar», una idea sin fundamento lógico, hasta que se dio cuenta de que se parecía a eso de «fijarse metas a corto, mediano y largo plazos».

Su teléfono sonó el sábado 10 por la mañana, muy temprano. Era su mejor amiga. «Tengo un regalo para vos», le dijo, «voy esta tarde a tu casa». Fiel a su estilo, se negó a darle más detalles. El cansancio de la semana sin dormir sumado a todo lo demás le impidió dar rienda suelta a su curiosidad. Un trueno retumbó. Se preguntó si era de la tele o uno real. Sin darle demasiada importancia volvió a quedarse dormida. Por fin un fuerte aguacero cayó durante la tarde. Decidió esperar antes de abrir las puertas y las ventanas para dar paso al viento. Veinte minutos después tomó el sillón y salió a la vereda para sentarse bajo el balcón de un departamento que la cubría lo necesario como para que solo se mojase los pies. El viento fresco le erizaba los vellos de la nuca, pero agradecía la sensación de no estar sofocándose.

Por primera vez en una semana sintió que sonreía de nuevo. Jugueteó con los pies en el agua e incluso corrió adentro a tomar una hoja para hacer un barquito de papel. No dejó de pensar en lo ridículo de la situación, pero tampoco permitiría que los pensamientos mordaces le cortaran el repentino buen humor. Al fin y al cabo nadie sabía cuánto iba a durar eso. Apenas perdió de vista el barquito, el auto de su amiga se detuvo enfrente.

Tras un largo abrazo bajo la llovizna, abrió la cajuela para que viera, con un poco de polvo, con los cables de colores saliendo por uno de los lados, con la característica calcomanía del Club Olimpia del que se su amiga era fanática, un deseado y maldito acondicionador de aire.

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2 Comentarios
  • Hilda Cena de Silguero
    enero 3, 2023

    Amé el relato!, estuve con la protagonista incluso haciendo el barquito de papel. Es muy real. Bellísimo!!

  • Alma Guerrero
    diciembre 30, 2022

    Relato realista y conmovedor.
    Felicidades a la escritora! ❣️

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