En ¡Le mienten, presidente!, la exministra Liz Cramer publica su testimonio sobre uno de los acontecimientos más relevantes de la historia reciente del Paraguay: el golpe al presidente electo Fernando Lugo, en junio de 2012, que la autora aún considera juicio político.
En la coyuntura de junio de 2012, Cramer advirtió la importancia de lo que observaba y vivía, por lo que tomó una serie de notas que le permitieron declarar ante la fiscalía y escribir este libro. Dividido en tres capítulos, el primero abarca los días adyacentes al juicio político; el segundo, el ingreso y la adaptación de la autora a la administración pública; y en el tercero, ella sienta postura sobre los hechos narrados, juzga a los protagonistas y reflexiona sobre el ejercicio del poder con un mensaje positivo y esperanzador.
El primer capítulo es el leitmotiv del texto. Es, por lejos, el más interesante. Enfatiza la «mesa de crisis» convocada por el entonces ministro de Gabinete, Miguel Ángel López Perito, a la que la autora asistió. Que su cartera, la Secretaría Nacional de Turismo, no fuera crítica en la estructura de funcionamiento del Estado (consideración que Cramer misma admite) no impidió que interviniera en la reunión, exclamando la frase que da título al libro. Según ella, la sugerencia a Lugo de algunos políticos y dirigentes sociales para que convocase a las Fuerzas Armadas y les instase a detener el proceso en su contra era un disparate o una fantasía que podría haber derivado en inestabilidad social, violencia y muerte.
A partir de esa premisa juzgó positiva o negativamente a los asistentes, dependiendo de si estaban de acuerdo o no con ella. En particular fue dura con Lugo, a quien evaluó como alguien sin carácter suficiente para enfrentar esa crisis. Más tarde, en otro contexto, no ahorra descalificaciones contra Nicolás Maduro, uno de los ogros para las élites regionales. Al final del libro vuelve sobre ambos personajes.
El segundo capítulo es el más autobiográfico. Cramer se presenta, cuenta sus orígenes, aspiraciones y primeras lecciones aprendidas de la interacción con políticos y burócratas. Aunque la frase «¡Le mienten, presidente!» es narrada en la primera parte, su génesis estuvo en las pruebas que debió pasar en el gobierno de Nicanor Duarte Frutos (a quien elogia y agradece que la introdujera a la función pública). La autora describe y reflexiona sobre el manejo del poder y el proceso de toma de decisiones de un presidente, quien debe confiar mayormente en su instinto, carácter y experiencia para aceptar o no los consejos de sus asesores. De esas virtudes, quizás la más valorada por la autora es el carácter, entendiéndose como la convicción de un líder y la conciencia de su responsabilidad histórica.
En el tercer capítulo, deslinda responsabilidades, asume posiciones y aconseja al lector sobre la importancia de entender la política y ejercer un cargo público. Inicia afirmando que el juicio político a Lugo no fue un golpe de Estado, sino un proceso constitucional que careció de solidez (el juicio al presidente electo, con acusación sin pruebas y condena ejecutoriada, duró menos de un día). También critica el cambio de actitud posterior de Lugo: su primer mensaje fue la resignada admisión de la derrota. Poco después llamó a la movilización y la resistencia. Cramer, que primero había reafirmado el poco carácter de Lugo, en este capítulo lo señala por haber asumido una postura. Tampoco es concesiva con las personas que protestaron en las calles (sobre todo con el cierre de la calle Alberdi, enfrente de la Tv Pública, en el programa Micrófono abierto), ni con los presidentes de los países miembros del Mercosur, que decidieron suspender al Paraguay hasta que fueran celebradas nuevas elecciones.
El libro tiene errores de forma y fondo. El lenguaje utilizado no es el correcto. Aunque se trate de testimonio ⸺género que permite ciertas libertades en cuanto a forma y contenido⸺, el texto no debe emular la anécdota de bar o café. En el relato se lee a una Cramer tal como nos hablaría oralmente, con un lenguaje limitado, característico de la mayoría de los paraguayos. El resultado es un relato casi sin esmero narrativo. En un país con problemas estructurales de lectura, podríamos haber reconocido un esfuerzo ⸺quizá de algún profesional contratado⸺ para que el libro tuviera un mínimo valor estético.
En el libro también es notoria la ausencia de reflexión profunda sobre los acontecimientos contados. La autora admite que, antes de ejercer como ministra de Turismo (luego de Industria y Comercio, así como representante de Relaciones Exteriores en Itaipú), provenía del mundo privado, en donde raramente existe conciencia de lo que se denomina formación política. La interpretación de lo que es el Estado, el ejercicio del poder público y el contexto de acontecimientos nacionales e internacionales requiere de herramientas conceptuales de las que Cramer carecía en su momento y, según el libro, aún carece.
Más que cuestionar las opiniones de la autora, el ejercicio ha sido encontrar una opinión que sea suya o, al menos, un argumento que desarrollase con suficiencia. Lo que ella valora o lo que a ella le inquieta está relacionado con una posición de clase, por momentos paranoica, que ve en la corrupción y el populismo los mayores problemas. Ese discurso no es original ni novedoso: su presencia es global, reproducido por las usinas mediáticas de las corporaciones conservadoras.
El resultado es un testimonio insustancial que reproduce ideas repetidas hace décadas por las élites del país y la región, con el objetivo de mantener sus privilegios. Sirve, al menos, como una muestra más de cómo la riqueza y las oportunidades no se traducen en conocimiento ni conciencia política, fundamentales para la lucha por una sociedad más justa e igualitaria.









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