Mientras una insipiente resistencia organiza un atentado contra la dictadura, nace la hermanita de uno de los protagonistas, hecho que lo retiene en la casa familiar mientras el grupo aguarda y la policía lo busca. Cuento de Renée Ferrer, ilustrado por David Bueno Villafañe.
No era prudente lo sabía podía costarle el apresamiento y estaba poniendo en peligro al grupo entero pero si lo agarraban no diría nada o tal vez no pudiese soportarlo y empezara a gritar no no no mientras dejaba escurrir los nombres la dirección del aguantadero los detalles del plan y hasta las señas de Lisa con la mata de pelo siempre sobre la frente la mano reiterándose en ese gesto de despejarla ¿delatarlos? nunca a menos que los golpes pudieran con él ¿pero cómo se le podía ocurrir semejante cosa con el tiempo que llevan juntos y las garroteadas y los sueños y las madrugadas compartidas? te acuerdas cuando le pescaron al Flaco era de no creer la manera en que cayó y lo que soportó el pobre y él, ¿aguantaría? claro el miedo que le entra a uno sería mejor volver enseguida o no volver nunca aunque eso era imposible habiendo hecho el compromiso de luchar hasta el final.
¿Por qué le sonaría en la cabeza aquel chasquido y después el vacío como un buche de silencio? y el chasquido otra vez dentro de esa sensación que no entendía rondando la camita de su hermana tan menuda y casi transparente tan dulce desde sus ojos como de miel doncella como él le decía para halagarla con unas chispitas negras dorados e inmensos sus ojos bajo del matorral de las pestañas nunca había visto pestañas tan arqueadas y aquella manera de mirarlo desde su corta inocencia de hermanita venida después de muchos años y él siempre en la calle pero prometiéndole un caramelo al salir porque se ponía triste cuando se iba y como si llorase sin lágrimas desde la fijeza de sus ojos bien abiertos y hoy sin saber por qué tuvo ganas de verla de alzarla en sus brazos dejando caer a un lado la cabeza de mechitas rubias y del otro las canillas finas con los piecitos largos hamacándose cuando se dormía con la red azul de las venas bajo la piel.
No sabía por qué vino precisamente esa noche venirse para acá qué curioso y encontrarla en la cama con aquella fiebre y el sobresalto de mi madre al verme y la alegría florecida sólo por un instante en sus ojos enormes como de miel clarita. Yo sabía que ibas a venir ¿no ves cómo está? me agradece y yo me acerco tomándole la manita apagada alzándola hasta mi boca para plantarle un beso le gustaba jugar al billar con esas manos donde apenas le cabían las fichas porque el viejo había comprado un billar para toda la familia y nos encantaba jugar por las noches ¡qué puntería tenía la chiquilina! con esos tacos tan largos que la sobrepasaban en altura y sus lentes redondos entonces yo me fui porque quería cambiar el mundo o tal vez solamente echar abajo esa dictadura de mierda que nos subió encima cuando yo no recuerdo si ya había nacido o era apenas un suspiro en el enamoramiento de mis padres éramos como veinte al principio y ahora quedábamos diez pero en el escondite frente a la iglesia San Cristóbal sólo cinco porque algunos ya estaban adentro y otros se acomodaron y era mejor no verlos por las dudas y la pobre quejándose frente a mí como cuando tenía pesadillas y yo me levantaba para sacarla del susto me abrazaba entonces moviéndose sobre mi pecho como si nadara hasta que volvía a dormirse y yo le colocaba la cabeza en la almohada despacito para no despertarla diciéndole como ahora que su ángel de la guarda ya estaba parado a la cabecera de la cama donde mamá le había colgado aquella pila diminuta de vidrio y plata con la imagen de Santa Rosa de Lima en la que traía el agua bendita que le daban en la capilla del Sanatorio Español donde escuchaba misa todos los domingos ¡tan chiquita ella! retrasándose después en los corredores del convento del fondo sintiéndose Jacinta, la pastorcita de Fátima y jugando con las palomas. Yo soy Jacinta me aseguraba en éxtasis y Dorita Lucía y por supuesto yo debía ser ya no me acuerdo el nombre del muchachito aquél pero ella estaba convencida de todo eso y se enojaba si me reía ¡ya era creyente la chicuela! rezando el padrenuestro por las noches con las manos juntas mientras mamá le arreglaba el mosquitero y yo me acercaba como si estuviera enojado para decirle hay que lavarse la boca caramba porque si no van a venir las hormigas a comerse el dulce de guayaba que te quedó en los labios y le limpiaba la cara con la sábana aunque ya no tenía nada del pegote aquel y sólo lo hacía para mimarla porque me gustaba después de verla embadurnada hacerle creer que no se había lavado bien.
Ahora entiendo la urgencia de venir justamente esta noche en que están organizando los detalles del atentado no se sabía todavía para cuándo y mejor no saber pero sería pronto por eso les extrañó sobremanera mi partida a pesar de confesarles que me comía un desasosiego extraño y había sido por vos, Norita, por esos ojos inmensos que ahora se abren desde el fondo dorado de tu cariño.
Habían llamado al doctor cuando vieron que la fiebre no bajaba, y mi madre lo estaba haciendo pasar mientras papá se acercaba también desde la sala, con el arrastre de sus zapatillas cansadas. Entonces se incorporó extendiendo la mirada sobre nosotros, como si quisiera meternos a todos allí adentro, para llevarnos con ella a alguna parte.
Con un gesto, más que con palabras, el doctor lo confirma, aunque yo lo supe antes que abriera la boca por esa reticencia de sus ojos en mirar a mamá, después de estarse largo rato con la muñeca de Norita entre los dedos rastreándole el pulso, el estetoscopio en procura de algún latido. Entonces mamá grita, y el médico suelta los hombros vencidos, y yo me interpongo. Los demás nos miran desde el umbral en tanto la sostengo, colocándomela sobre el pecho, con los brazos abandonados hacia atrás, de puro sueño, parecía. Que cosa extraña es la muerte: todo aparenta igual, el color de las mejillas, la tibieza emanando de la piel como si nada, como si sólo estuviese dormida. Pero ya está muerta, muerta sobre mí, saliéndose de mi cuerpo y sin embargo adentro, el médico, mi hermana mayor y los otros me la piden. Yo me niego, abrazándola: inmóvil, cálida aún, lánguida, traslúcida, casi inmaterial en su blancura, sobre mi hombro, desmayada.
El reloj da las once. Pienso que ellos estarán terminando de aprontarse para salir, cada cual con las órdenes precisas: la hora, el lugar, Manuel con la bomba, jugada ya nuestra suerte; las cabezas bajas después de reiterar el juramento y entonar nuestro himno en el silencio infranqueable de la noche, casi sin voz para no ser descubiertos, los labios imantando el aire de una fe rabiosa.
Y yo, con mi muertita sobre el pecho, incapaz de separarme de ella. Es imprescindible que vuelva. ¿Qué me pasa? Algo extraño me clava en el centro mismo de este dolor casi tangible. El reloj, en la otra pieza, me recuerda las campanadas de la iglesia. Quiero evadirme, pero no me puedo apartar, con mi hermanita desbordando mi abrazo.
Ya voy a dejarla en la cama para que la velen los demás, cuando empieza a moverse. Sin abrir los ojos ondula un bracito, luego otro, se acomoda en mí; mi madre grita y el doctor se aproxima; la ausculta por la espalda, porque no puede desprenderla de mi torso; menea la cabeza; mi madre se desespera y Norita se detiene también. Una ilusión, una esperanza, un delirio nuestro de tanto querer que viva: eso fue. Trato de mirar su rostro, pero no me deja; lo ha metido en el ángulo de mi cuello; persiste en él con una fuerza sin violencia, increíble para sus años. Los demás se acercan, se desorientan; ya está nuevamente como nadando con una precisión que me perturba. Mi madre ríe, grita, llora: Vive, ha movido una pierna, y la otra, Señor. El doctor vuelve a revisarla mientras se contonea, para luego confirmar desalentado: está muerta. Mamá se desmorona en sollozos, mi hermana quiere alzarla. ¡No! Pero no soy yo quien lo dice, es ella que se me aferra y con una dulzura extraña me somete. Me siento en la cama con el movimiento lento de sus brazos en mi nuca. Es como una batalla de caricias un fondo de mar participando en la danza de un cuerpo que no se enfría. Está viva, grita otra vez mi madre, en tanto papá vuelve sus convulsiones hacia el otro cuarto porque no puede más, y creo que yo tampoco.
En el reloj dan las doce. Mi madre insiste. El doctor intenta explicarle que no lo entiende. Se trata de un fenómeno desconocido para él. Nadie entiende por qué Norita se mueve, si ya está muerta. Y yo no puedo alejarme. Algo me lo impide. Ella me lo impide, mientras el péndulo desgrana una, dos, tres campanadas, sin que consiga sustraerme a ese juego de desperezamientos y envoltura que me sujeta.
Al principio no me doy cuenta. Una sensación de desencuentro se esparce en el ambiente, es como si el tiempo hubiera dejado de respirar. Algo incierto me estrangula y me doblega. No estoy aquí o los demás se están yendo. Súbitamente lo comprendo: Norita ha dejado de moverse. Paulatina, imperceptiblemente, ha ido tomando su posición definitiva. Ya quieta la sombra de sus pestañas, sus piernas, sus bracitos. En el centro del círculo formado en torno a nosotros ha dejado de nadar sobre mi pecho. Nadie lo nota, al principio, absortos como están en buscarle el movimiento, que a todos se les antoja más tardo, imperceptible; una quietud provisoria anterior al desplazamiento. Pero no. Ya no se mueve. Nadie comprende. Sucedió simplemente, eso de quedarse tiesa y más tiesa hasta perder del todo el calor, desplomando sobre mí un abrazo rígido.
¿Por qué será que los muertos se aferran a la vida de los otros mientras continúan muriéndose en sus brazos? En el escondite mis amigos se preguntarán por qué no vuelvo sin saber que es por vos que me quedé ¿por qué así chiquita por qué? pero ellos saben de sobra que si no vuelvo es porque no puedo y tal vez sea eso lo más hermoso de lo nuestro como con vos Norita que podía contarte lo más increíble del mundo y no se te ocurría que pudiese engañarte yo te quería jugando: a ser Jacinta toda la vida acertando las buchacas del billar con esas fichas que apenas te cabían en las manos ¡si ni habías empezado a crecer todavía! doncellita.
Nadie llora cuando la dejo en la cama ni siquiera mamá que está totalmente anonadada. La habitación entera se hinca ante su cuerpo, y todos rezan, menos yo: solamente me fluye la tristeza.
A la mañana siguiente me enteré de que anoche la policía descubrió el escondite, rodearon la casa intimándoles rendición. En la puta vida, para que nos destrocen en Investigaciones, los escuchaba decirse entre sí, y yo pienso lo mismo. Devolvieron el fuego y en la balacera cayó Pascual; Manuel arrastró la pierna como pudo hasta la iglesia, donde trataron de refugiarse sin pensar que el sacerdote los entregaría bajo la promesa de que no les harían nada, lo cobarde que puede llegar a ser la gente. Katia tuvo su hijo en la cárcel; los padres recibieron a Miguel amoratado y sin vida. Y Lisa, mi Lisa, se fue yendo heroicamente sin pronunciar mi nombre.
Nota de edición: el cuento es parte del libro Cuentos escogidos de Renée Ferrer, publicado por Servilibro en 2012.









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