El polémico Nelson Aguilera regresa a la ficción paraguaya con una historia soñadora y romántica en los tiempos de la esclavitud afroparaguaya, durante la última etapa de vida de un insulso dictador Francia.
Amor, cadenas y el dictador Francia es el sexagésimo libro de Nelson Aguilera. Con el eslogan «60 años, 60 libros» celebra esta publicación editada por él mismo. En sus palabras, la obra «significó una ardua investigación sobre el doctor Francia, la vida en esclavitud y sobre todo cómo amaban o se unían».
En un poco menos de doscientas páginas, organizadas en sesenta y tres capítulos, desarrolla una trama de amor e intriga, una creciente relación que contrasta con la situación de los déspotas blancos y sus privilegios, en una sociedad «monárquica» y misógina, liderada por el Dr. Francia. Además, incluye la situación de los afrodescendientes en el Paraguay de mediados del siglo XIX, volviéndose uno de los pocos relatos históricos de ficción que toca ese periodo.
Relata la historia del ingenuo amor de Cándida, una esclava negra, y José María Paredes de la Sierra, un joven blanco de acomodada familia. El objetivo deseado es la manumisión de la esclava y la aprobación de la familia y la del Dictador. No obstante, saldrá a la luz el verdadero enemigo, quien atenazará las pasiones de los amantes juveniles. Las intrigas y los enredos del pasado y el presente en la familia Paredes de la Sierra serán el combustible que alimente las aventuras y las desventuras en esa sociedad esclavista, dominada por los pudientes y astutos blancos, en contra de los oprimidos pardos e indios, parias de una nación construida por un monarca endiosado.
El autor recurre a una línea narrativa tradicional, lineal, con breves contrapuntos. Mantiene al locutor en omnisciente para explicar de primera mano las ideas introspectivas de los personajes, valiéndose de los diálogos para movilizar y sostener la intriga. En la prosa predomina el castellano neutro, aunque se vale de expresiones antiquísimas, un lenguaje culto propio de la novela histórica, con breves intervenciones en guaraní. Tampoco escatima en reiterar locuciones y figuras visuales, redundando en detalles que se entienden por sí mismos.
Algo apreciable son las imágenes de un Paraguay en desarrollo, las impresiones de las personas, las calles, las tradiciones nacientes, hasta la visión terrorífica hacia los indios, un miedo reflejado casi como una vergüenza acompañada por el despojo y la traición, que continúa vigente hasta nuestros días.
En cuanto al tema, la esclavitud afrodescendiente, el autor expone una típica antinomia entre infamias y esperanzas, amor y vejaciones, dentro de una lucha por la libertad de las minorías desfavorecidas. La intención, según el autor, era la de recrear escenarios de una época histórica oscura para los esclavos. No obstante, carece de ese signo de no ficción, ya que deja de lado situaciones de una realidad verificable. Deja de ser una novela histórica y abre las siguientes interrogantes: ¿hacia dónde apunta el autor realmente?, ¿cual es el signo u objetivo real? Descartando la no ficcionalidad, el objeto solo es un leitmotiv, una excusa argumental para relatar algo que parece conocer poco.
Para ejemplificar de forma específica uno de los casos estereotipados en la narración, Ignacio Telesca dice en La historiografía paraguaya y los afrodescendientes (2008) que los esclavos fueron discriminados por igual, ya sea con castigos comunes o con castigos ejemplares. También cuando se trataba de autorizarles la unión matrimonial con personas de diferente estatus social.
En la novela, el autor se vale de la pieza angular del romanticismo de época en todo sentido: un amor prohibido entre dos personas de diferentes status sociales, una sociedad que ejerce de juez moral, incluso un final de cuento de hadas, un enemigo perdonado, un juez rendido ante el poder del amor. Una historia calcada del imaginario mundo de la beatitud.
La propuesta es una narración de aventuras, histórica, que pretende la verosimilitud pero que es un desgastante cliché temático, limitado en su universo y carente de profundidad. Repulsivamente cursi. Provoca un sentimiento de rechazo, no solo por el final canon de las novelas románticas que venden a diestra y siniestra la positividad y el triunfo del amor, sino por presumir que el lector cree cualquier tontería. ¿Desde cuándo una novela puede intentar volverse verosímil si, por ejemplo, dos personas extremadamente opuestas, luego de conocerse y decirse algunas palabras y sonreírse ya están jurándose amor eterno?
En una entrevista, Aguilera dijo que la meta del escritor es «que el lector llegue a leer hasta la última página. Si el escritor logra eso, aleluya. Porque si a partir de la quinta página el lector ya no quiere leerte, se perdió». Acotando la respuesta, creo que lo que se pierde es mucho más relevante al terminar este libro. Tobias Wolff dijo que la verdadera relación de un lector y un escritor ocurre en la mente del primero, cuando coexisten en un nivel profundo, relacionándose a través de signos oscuros en la superficie blanca del papel. Una obra literaria nos llama a ser partícipes de ella, a vivir en un Macondo o en algún lugar de la Mancha. En el mundo de Aguilera no hay nada más que un viaje al hartazgo.









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