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El andar de un (neo)nazi

El andar del lobo de Carlos Mateo Balmelli es una novela apologética de un exagente de las SS y criminal de guerra confeso que huyó de Europa para evitar ser juzgado y condenado por haber participado activamente en el Holocausto.

 

La mayor parte del libro está escrita como una memoria del protagonista, Wolfgang, en la que realiza la típica operación de la narrativa de los victimarios: invierte la carga de la culpa, se presenta a sí mismo como víctima y busca comprensión y empatía. Una segunda voz narrativa, la del biógrafo de Wolfgang, refuerza dicha intención. Ningún lector con inteligencia, sensibilidad y sentido de la responsabilidad histórica debería caer en esa trampa.

Las memorias de Wolfgang ocupan la primera parte, más de trescientas páginas. Él narra su vida y articula los argumentos con que defiende sus ideas, las del nacionalsocialismo y los actos llevados adelante por Hitler, sus partidarios y el ejército alemán previa y durante la Segunda Guerra Mundial. Como periodo vital, las memorias abarcan desde la infancia hasta la huida (o mejor dicho, la liberación) y el viaje a Suramérica.

Wolfgang es un alemán de clase media que recibió buena educación académica y rigurosa instrucción militar. Se presenta como un prodigio humano, un guerrero filósofo, intelectual y físicamente poderoso, convencido y entregado a una causa que lo trasciende: la expansión del nazismo en Europa y el exterminio de quienes ellos consideran inferiores. En ningún momento se muestra arrepentido. Admite no buscar perdón, aunque en ello se contradiga con la segunda voz y, quizás, también con el propio autor, Balmelli. Wolfgang es un ser brutal que provoca múltiples niveles de rechazo: no abandonar las memorias requiere un esfuerzo y paciencia que el autor no recompensa en ninguna página.

El biógrafo del nazi ocupa la segunda parte del libro, de poco más de cien páginas. Es un narrador en tercera persona que medita y relata los últimos días de Wolfgang en el Brasil, la Argentina y el Paraguay. Funciona como chivo expiatorio sobre quien recae la culpa de la creación del criminal. Si el buceo en las profundidades del mal que habita el alma humana pudiese considerarse un acto de coraje, el mismo queda anulado con esta decisión narrativa del autor. Balmelli no asume la fascinación que siente por el personaje. Tampoco se hace responsable de intentar presentarlo como un humano verosímil. Llega al extremo de narrar un amor cursi, fantasioso e interrumpido por una tragedia personal que quiebra al personaje. Sus últimos días son de depresión y soledad. Muere en el Paraguay, donde había sido bienvenido por los agentes de la dictadura de Stroessner y donde deja las memorias que escribió.

La novela carece de virtudes literarias. El protagonista y su historia no son creíbles. Aunque haya sido posible que un soldado nazi fuese un hombre culto, hasta intelectual, eso no es reconocible en las memorias. Sí hay un pastiche de ideas verdaderamente profundas (las de Hobbes, Hegel y Nietzsche, por citar algunos ejemplos) para justificar, torpemente, crímenes de lesa humanidad. La prosa, corregida, queda como un artificio que distrae pero no oculta la insustancial verborragia de un fanático enloquecido, conspiranoico de primer orden, alguien que pide comprensión y empatía que él nunca ha tenido con nadie. Tampoco es verosímil la transformación del personaje. ¿Es posible que una vida dedicada al odio, la guerra y la muerte pueda ser fácilmente desechada por una búsqueda hogareña de paz, amor y tranquilidad? ¿Cambian con tanta facilidad los humanos, más aún si han sido crueles sistemática y conscientemente? ¿Es posible escribir buena literatura con esta premisa y de esta manera?

El andar del lobo es incapaz de responder estas preguntas porque es un inaceptable alegato en defensa de Hitler y el nazismo. Peor aún, con una voz de fondo dice: «hay que escuchar todas las versiones de una historia». Además, pretende hacerlo con humildad y reflexión. Será difícil encontrar entre los libros paraguayos publicados en los últimos años uno más soberbio e irreflexivo que este, tan fuera del contexto de una tradición literaria que se sitúa en los problemas del país. Es un desperdicio de recursos técnicos y estilísticos, en función de una historia cuya intención es como mínimo oscura e inentendible.

Tras ser preguntado en una entrevista sobre la intención de la novela, el autor respondió: «(…) es una manera de rendir un homenaje a las víctimas». ¿Qué clase de homenaje resulta en dar voz, de manera irrestricta, a un criminal de lesa humanidad, para luego presentarlo como alguien que merece la felicidad que todos buscamos? ¿Qué víctima, de cualquier tipo de crimen sufrido, sería capaz de leer este libro, soportarlo y acabar empatizando con Wolfgang?

Vivimos tiempos complejos en los que el escritor sigue siendo relevante en el ejercicio de la ciudadanía. Las múltiples crisis en el planeta dieron espacio al resurgimiento de nuevas extremas derechas. Sus formas han cambiado, pero la visión de que hay vidas más valiosas que otras permanece en sus discursos y actos. Las mentiras y las fake news, así como la posibilidad del odio, han aumentado su influencia y ya están provocando cambios que socavan la sostenibilidad del medio ambiente y la sociedad como un espacio donde la solidaridad todavía es posible. La literatura debe tomar conciencia para intentar comprenderlo.

Sin embargo, una persona privilegiada de la sociedad paraguaya como Carlos Mateo Balmelli ha escrito extensamente sobre un nazi. ¿Qué espera que los lectores digamos? ¿Que lo felicitemos, por su coraje en animarse a escribir sobre un criminal de estas características, de la forma en que decidió hacerlo? Wolfgang no tuvo piedad de sus víctimas y, salvando distancias, el autor no tuvo piedad de los lectores, a quienes ha sometido a una experiencia ofensiva. Ser mejor que el personaje y el escritor significa ejercer la ética de señalar que esta novela es una lección de cómo no debe ser la literatura.

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1 Comentario
  • George Steiner
    diciembre 3, 2022

    ¡Memorable! Me agrada la reflexión esculpida por el reseñista: “(…) esta novela es una lección de cómo no debe ser la literatura”

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