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Nihon Matsuri en Villa Elisa

La influencia de la cultura asiática en Latinoamérica está en creciente ascenso. La nueva edición del festival gastronómico Nihon Matsuri en el Paraguay lo ha demostrado. El crítico Javier Insaurralde cuenta su experiencia en la misma.

 

Primer día de octubre. Un sábado atípico en la comarca de Villa Elisa, acostumbrada a la cumbia rimbombante. A la cinco de la tarde, la entrada del complejo deportivo de la Asociación Japonesa de Asunción ya tenía una cantidad importante de visitantes, de todas las edades. Con el saludo nipón ¡Konnichiwa! y la sonrisa reverencial de un hombre mayor, un primo y yo entramos y nos encaminamos hacia el olor de la carne asada y las frituras que abrían el apetito.

A pocos pasos se encontraban las filas de los más fotogénicos para tomarse un recuerdo con animaciones personificadas. Alcancé a ver disfraces de My Hero Academia y Chihiro. No es novedad que uno de los entretenimientos masivos para los jóvenes y también los adultos es querer verse como sus personajes favoritos del manga y el anime. Es una industria en expansión y una subcultura que refleja su propia historia en estos productos.

El primo y yo acordamos que formaríamos la larga fila para las boletas de consumo. No queríamos quedar bajo la mesa con todo lo que se ofrecía, más aún cuando los sentidos ya estaban en modo de actuación. Mientras caminábamos, una mujer amablemente extendió una mano y nos pasó bolsas de cartón reciclables para guardar la basura.

La decoración del predio deslumbraba con los faroles de papel color rojo claro, una figura presente en las festividades de ese país, pero lo más llamativo era la presencia de un Mikoshi, una especie de templo portátil que representa una figura del sintoísmo, apoyada en dos vigas de madera para que la gente pudiera moverlo.

El presentador dijo que el Mikoshi tenía unos 200 años de antigüedad. Un hombre mayor, trajeado con un yukata, alto, canoso, repartió vasitos de sake a los jóvenes nipones que lo rodeaban. Al grito de ¡Kanpai! lo bebieron, contentos y enérgicos. Luego se pusieron en fila para cargar sobre las espaldas el templo, seguidos por algunas bellas mujeres que desfilaban con hermosas vestimentas floridas y adornos en las manos.

El hombre canoso, capitán del equipo, en japonés claro y fuerte, pidió a la gente que abriera el paso. Casi danzando, caminaron entre sonrisas y gritos de algo ininteligible. ¿Estaba en un sueño?, pensaba yo, mientras sonreía estúpidamente al saludo de una dama japonesa que hacía reverencias a quienes la mirábamos.

La peregrinación me recordó los años de infancia y adolescencia en el catolicismo, cuando intentaba «creer». Lo que presenciaba era tan parecido a las peregrinaciones que se llevan a cabo en algún santo ára. No me sorprendía la forma, sino la animación. En círculo, los hombres vestidos de celeste apretaban el paso, coreando y jadeando, mientras la multitud filmaba todo.

Las cantinas estaban abarrotadas de personas. Los olores se fundían en nuestro olfato ya seducido. Alertamos un puesto de comida cocinada con productos occidentalizados como hamburguesas y panchos enrollados y fritos. Centré la mirada astigmática y, tras una reverencia al vendedor, mi primo pidió un pancho enrollado y yo sugerí probar las gyozas rellenas de pollo. Degustar y probar, ese era el trabajo del momento. Seguimos el camino hacia el escenario principal donde se presentaba una sesión demostrativa de cortes con katana. En cada desenvainada de la espada del maestro, en mi mente tenía a Miyamoto Musashi, guerrero como pocos y símbolo de un Japón tan distante.

En el predio ya se concentraba una multitud. Para los ansiosos sociales, eso era una señal de desgaste. Nos acercamos a las casetas como curiosos. Mientras un exbecario intentaba convencerme de estudiar en Tokio, yo intentaba con poco éxito dejarme llevar por el sonido del Taiko, tambor que retumbaba hacia todas partes. Algunas mujeres practicaban una danza contemporánea y los visitantes seguían expectantes los movimientos.

Con revistas entre mis brazos, tomadas de la mesa de una exposición de becarios, emprendimos otra incursión hacia los puestos de comida. Una tarea que se había vuelto difícil. Nos sentíamos con las piernas cansadas. Considerable fue mi reacción al encontrarme con una vieja amiga, ya convertida en mujer. Me devolvió una sonrisa y charlamos lo que dura un vaso de sake en una noche risueña.

Ya de noche, las luces daban un ambiente más tradicional, los globos de papel iluminaban diferente, me sentí dentro de una película del shomin-geki dramático. El presentador anunció la danza principal e indicó a los presentes que siguieran a las bailarinas para continuar. Así se abrió el Bon Odori. Era la primera vez que podía ver de cerca algo tan mítico. Sabía que solo se practica en las noches y que se baila en los veranos nipones. Es una forma alegre de dar la bienvenida a los ancestros.

La gente se disponía alrededor de una torre, con los tambores. En el escenario sonaba, a través de los parlantes, el comienzo de una melodía con los shamisen. En ese momento me invadió un sentimiento de extrañeza. Gente de todo tipo se integró a la ronda que danzaba, desde adultos mayores hasta niños en brazos. Las ancianas originarias, vestidas con yukatas floridos, eran las más animadas. Sonreían y cantaban en su idioma, ejecutando figuras con las manos, gestos tan peculiares como sutiles. Lo que veía era algo familiar. Alguna vez leí One Piece, la historia de un pirata que liberaba a los habitantes de una isla del cielo. Su figura era la encarnación del dios del sol. Tras llevar a cabo la hazaña, bailó con los naturales de la isla, así como lo hacía ahora la gente, libre, en un círculo sin final. Como buen espectador, me asomé maravillado y me emocioné hasta las lágrimas.

El desfile con el Mikoshi se repitió una y otra vez. La gente seguía llegando. El espectáculo se volvió extenso y se convirtió en un fastidio y desgaste físico. El primo y yo acordamos regresar a casa, pero antes debíamos presenciar el acto del cierre. Miramos hacia el cielo. En cualquier momento debería pasar, nos dijimos. Los vecinos en las calles, comerciando con el espacio para estacionar, nos devolvieron a la cotidianeidad paraguaya. Después de un momento de tranquilidad, escuchamos las detonaciones. ¡Ninguna fiesta japonesa termina sin los fuegos artificiales! Quedamos con el cuello entumecido y los ojos llenos de asombro y espanto.

Los japoneses admiran la efímera belleza de las cosas, las que se deben compartir con los amigos y los seres queridos. Ver los fuegos artificiales era como contemplar los cerezos en flor. Cansados, llenos y felices, propusimos un brindis con ron para celebrar, aunque sea por la gracia de seguir existiendo en una vida que se va difuminando como un haiku en la arena.

 

Nota de edición: la fotografía es de la página de Facebook de la Asociación Japonesa de Asunción.

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1 Comentario
  • Enzo
    octubre 21, 2022

    Muy buena reseña, sin rodeos y bien escrito, se puede disfrutar como un buen vaso de cerveza o un frío tereré.. Grande Javier krj!!! A seguir adelante que tenés potencial para más.

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