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Que la muerte nos separe

Lucía, en silla de ruedas, el día de su cumpleaños setenta y ocho, escribe una carta a su esposo Julio para contar su historia y cambiar la vida y sobre todo la muerte que les espera. Cuento breve de Neida Bonnet de Mendonça publicado en 1988.

 

…he llegado a la edad en que la vida,

para cualquier hombre,

es una derrota aceptada.

Marguerite Yourcenar

Martes, 15 de marzo de…

Julio:

Pocas veces he usado la palabra escrita para intentar comunicarme con persona alguna, y menos contigo, que eres conocedor de todas sus mañas. Por el respeto que me inspiran, siempre he sentido el temor de mal usarlas y ellas se aprovecharon de esta debilidad. En mi compañía las palabras enloquecen, se me escapan, huyen y terminan escondidas, faltándome algunas. Otras veces saltan para cualquier parte sin respetar las reglas gramaticales. ¡No puedo contar las sílabas! ¡Jamás conseguí hacer poesía!

En cambio, con el lenguaje conversado nunca tuve problemas y retorné a él, una y otra vez, como en las culturas antiguas. La palabra oral se me vuelve dócil, ordenada; los vocablos se suceden espontánea y libremente, ¡en armonía total! ¡Hasta en eso fuimos incompatibles!

Te recuerdo esta dificultad (una de las tantas, ¿verdad?) porque sé que, fatalmente, mis pensamientos aparecerán distorsionados. Así como distorsionadas fueron nuestras vidas en los sesenta años que llevamos juntos.

Tenía diez y ocho años cuando ya estábamos casados y no tenía veinte cuando aparecí por la casa de mis padres diciendo: «No tengo adónde ir y ya no quiero a mi marido.» Aún escucho el silencio riguroso y reprobador de papá mientras mi madre sentenciaba: «Una mujer decente quiere a su marido hasta la muerte.» Supliqué, conté historias reales y fantásticas, usé todas las técnicas del relato oral sin el más mínimo resultado. Ellos se mantuvieron inconmovibles, como una fortaleza del medioevo.

«Soy un hombre honorable, y lo único que me falta es tener una hija separada. Un día cualquiera podrían decirme que mi hija es una…» Se detuvo. No usó el calificativo; pero me ensució y vi una mancha de tinta negra, agrandándose, en la falda del guardapolvo blanco de la niña que fui. Mi padre terminó: «¡Se me va para su casa, ahora! ¡Y hágame el favor de quererle a su marido de cualquier manera!»

Me esperabas; sabías que volvería. Para recibirme escribiste una cartita que entonces consideré perfecta. La recuerdo desvanecida e imprecisamente… «Mi muchachita adorada, jamás te he buscado tanto, nunca he sentido tanta necesidad de ti! Te siento en todas las cosas, te veo, te oigo y hasta se me antoja que te beso… ¡Cómo y cuánto te quiero! Mi vida es íntegramente tuya. Puedes hacerla supremamente feliz y supremamente desgraciada. Toda mi existencia es un intento de perfección y no quiero que nada ni nadie me detenga. De ti depende, porque tú lo eres todo: el camino para el bien o para el desencanto. Por ti puedo llegar a lo absoluto o caer en la desilusión. ¡Te juro que preferiría la muerte si tuviera que desunirnos algo! Julio».

Y así…, cada vez que terminabas por destruir los amores que fui fabricando para que naciesen Anselmita y Diego, aparecieron otras cartas. Tu fraudulento lenguaje crió a nuestros hijos, los hizo crecer y permitió a mi padre, el honorable, tener una hija sin «pe».

Me es difícil olvidar el día en que nos echaste de nuestra casa porque las cacerolas y las pailas estaban sucias de hollín. Yo, ella, la haragana, la mugrienta, tenía la culpa. Y lo peor es que sentía esa culpa. Tiraste en el patio todo cuanto encontraste en la cocina y tu ira gritó: «¡Mándese a mudar con sus dos hijos!»

Nos cobijó doña Saturnina. Vieja de regazo ancho y sabiduría larga. Preparó té, galletas, limonada y nos contó hermosas historias esperanzadoras. Al atardecer regresamos con el coraje de doña Saturnina por delante. Nunca supe qué te dijo, pero fue la única vez que avergonzaste la cabeza.

Con el tiempo tus cartas se convirtieron en esquelas, más tarde en notitas hasta que, finalmente, dejaste de escribirlas. También mis construcciones y reconstrucciones se fueron achicando. Los materiales y las instalaciones se volvieron ordinarios. Ya ni ladrillos usaba. El amor era de adobe. Era de barro. ¡Era de polvo! («No nos hemos reconocido en el silencio, no nos hemos reconocido en los aullidos, ni en nuestras grutas ni en los gestos de los extranjeros.») Pero una mujer decente quiere a su marido hasta la muerte. Y la muerte me está llegando…

Sí, ya sé que un arquitecto diseñó el pequeño templo-tumba «griego» de mármol color de rosa. Sé que está terminado y brillando al sol el latón dorado de la familia González. Pero también sé que aún después de muertos, después de la nada, seguiremos arañándonos. Me aterra la idea de que el polvo de nuestros huesos pudiera filtrarse por las hendiduras para continuar hiriéndonos.

Fue por eso que compré un pedacito de tierra en Ytororõ, con los pesos que dejabas olvidados en los bolsillos de tus pantalones (bien sabes que el dinero es de sexo masculino). El título lo encontrarás guardado en el cajón de mi cómoda.

Espero regresar, purificada y decentemente, al viento y a la tierra.

Hoy cumplo setenta y ocho años, sentada en un indecoroso sillón de ruedas, complicándome, todavía, con las palabras.

No sé cómo tramé este enredo, puesto que lo que necesito pedirte es muy simple: no quiero estar a tu lado después de muerta.

Lucía

 

Fuente: De polvo y de viento de Neida de Mendonça. Asunción, Editorial Asedio, 1988.

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