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El contador sin narración

El contador don Felipe del historiador Gustavo Laterza Rivarola es una novela ubicada en los tiempos de la conquista de América que presenta una dialéctica de la ambición con mayor interés histórico que narrativo.

 

La novela traza líneas paralelas entre el diálogo y el diario de viaje, la historia documentada y la ficción, el afán didáctico y la intención literaria. Los caminos convergen con mayor o menor éxito en el que, se podría decir, es el único rasgo común de los protagonistas del libro: el deseo de riquezas. El lector atento no debe dejarse engañar por la posibilidad de empatía con don Felipe de Cáceres: no es un héroe, sino un conquistador, cuyo trágico final es una suerte de moraleja para quienes no distinguen el límite entre la justicia y la ambición.

El autor crea dos voces: una, omnisciente, que sigue al anciano don Felipe en un viaje a Sevilla, en busca de una mercancía que le fue expropiada; la otra es la del propio contador, quien narra las aventuras y los viajes de su juventud a Nicolás Monardes, un herborista y maestro en la obtención de información.

La primera digresión resulta en identificar a Monardes como el personaje más interesante de la novela, ya que es él quien tira de los hilos del destino en la trama. La oscuridad de sus motivos apenas es revelada, lo que es una muestra de un problema estructural en el libro, atendiendo a la importancia que tiene el herborista.

La historia se ubica en el siglo XVI, tiempo de idas y vueltas de naves españolas a la recién invadida América. A través de los ojos del protagonista es posible ver dos épocas: la de la acumulación temprana de riqueza («entre el lodo y la sangre», como Marx expresa en el primer tomo de El Capital) y la de sus efectos en la creación de los grandes puertos europeos y las matrices de las primeras compañías mercantiles de ultramar.

La primera época corresponde con las aventuras del joven Felipe, escriba, guerrero y testigo de acontecimientos reales: la llegada de los primeros adelantados, la fundación de fuertes que luego serían ciudades, la búsqueda de los caminos que llevasen al Perú, el fracaso de esas exploraciones, la guerra de conquista contra los indígenas, las intrigas y las traiciones entre conquistadores… Esta suerte de diario de viaje remite a los testimonios legados por Ruy Díaz de Guzmán y otros europeos que intentaron colonizar el que llamaron Nuevo Mundo.

El segundo escenario es el de una pacífica villa portuaria que, sin embargo, detrás de un cielo luminoso oculta un misterio. Como si de una obra de teatro se tratase, los personajes entran y salen de lugares recurrentes, mantienen largos diálogos, algunos ingeniosos y divertidos, en los que lentamente se presentan sospechas, desconfianza y dobles intenciones. Es ahí donde gravita Monardes, cuya escucha y amabilidad distan de ser inocentes: la ingenua revelación de los motivos de don Felipe le permiten tejer la red con que lo atrapa. En un juego como ese sólo puede haber un ganador. El que pierde, paga con la vida.

Un punto a resaltar es el lenguaje utilizado que ⸺si bien por momentos dificulta la diferenciación entre el narrador omnisciente y el narrador testigo⸺ sugiere un vocabulario y unas maneras de siglos pasados. Historiador académico, Laterza Rivarola acude a los recursos que maneja para introducir al lector en una época lejana, de la que sabemos poco por culpa de la aburrida educación escolar. Novelas como esta ⸺a la manera de los viajes de aventuras de Julio Verne, solo por dar un ejemplo notable⸺, enfocadas desde una perspectiva crítica, pueden servir para que niños y jóvenes sepan más de la colonización de América y del porqué son tan válidas las discusiones sobre la historia oficial.

Sin embargo, al presentarse como una obra literaria, debe evaluarse como tal. Es posible afirmar que existe una diferencia de calidad entre las dos líneas narrativas descritas en los párrafos anteriores. Las aventuras del joven Felipe están más logradas, mejor narradas, lo cual es coherente con los conocimientos del autor. El problema está en los diálogos del viejo don Felipe con Monardes, que, si bien presentan una tensión contenida por la cordialidad de ambos, parecen un pretexto para no ir directamente al diario de viaje que no se asemeje tanto a otros que ya fueron escritos y publicados. En la búsqueda de novedad, el autor dibuja dos líneas que no se acompañan porque no corren a la misma velocidad. El resultado es un cierre a la medida de la necesidad y no de la buena factura literaria.

En la narrativa contemporánea, los finales han adquirido un valor que opaca al conjunto de la obra. La idea industrializada del spoiler, asociada a las series y las películas de gran presupuesto, ha sido capaz de mantener al auditorio en vilo, pero al precio de soportar giros acrobáticos que en sí solo señalan una falta de compromiso o talento para la creación narrativa. Sin embargo, el cierre de un viaje de aventuras sigue siendo un arte. A un final le precede el viaje, cuyos pasos son responsabilidad del escritor. El problema de El contador don Felipe no es solo cómo concluye, sino el camino escogido hasta esa conclusión. Así, la oportunidad que brindó la dialéctica de la ambición pudo haber sido mejor aprovechada, atendiendo al saber del autor y a la necesidad de una literatura que interpele a la escolaridad que nos ha llevado a la reafirmación de mitos, la desmemoria y el olvido.

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