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Un culto a la ignorancia

En enero de 1980, Isaac Asimov denunció en el artículo A cult of ignorance una política que terminaría imponiéndose no solo en USA sino en gran parte del mundo: el anti-intelectualismo, la idea de que la democracia consiste en que «mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento».

 

Es difícil luchar contra la antigua justificación de la prensa libre: «El derecho de USA a saber». Parece cruel preguntar con ingenuidad: «¿El derecho de USA a saber qué? ¿Ciencias? ¿Matemáticas? ¿Economía? ¿Idiomas?»

Por supuesto, no se trata de nada de eso. De hecho, uno podría suponer que el sentimiento popular es que los americanos están mucho mejor sin nada de esto.

Hay un culto a la ignorancia en los Estados Unidos y siempre lo hubo. La línea del anti-intelectualismo ha sido un tejido constante en nuestra vida política y cultural, alimentada por la noción de que democracia significa: «mi ignorancia vale lo mismo que tu conocimiento».

Los políticos han hecho una rutina de hablar la lengua de Shakespeare y Milton lo más no-gramaticalmente posible, como para no ofender a su audiencia, pretendiendo haber ido a la escuela. Así, Adlai Stevenson, quien se permitió en sus discursos expresar inteligencia, educación e ingenio, vio al público estadounidense decantarse por un candidato a la presidencia que inventó una versión propia del inglés que ha sido, desde aquel momento, el desvelo de los satíricos.

En sus discursos, George Wallace tenía entre sus principales objetivos a los «pedantes profesores intelectuales», cuya mención era aplaudida con estruendo por la pedante audiencia.

Palabras pegadizas

Ya tenemos un nuevo eslogan por parte de los oscurantistas: «¡No confíes en los expertos!» Diez años atrás era: «¡No confíes en quien tiene más de treinta años!» Pero los que bramaban dicho eslogan se han dado cuenta de la inevitable alquimia del calendario que los llevaba a la desconfianza de ser de más de treinta años y, aparentemente, resolvieron no volver a cometer ese error. «¡No confíes en los expertos!» es completamente seguro. Nada, ni siquiera el paso del tiempo ni la exposición a la información, podría volver a estos bramadores contra los expertos en seres de alguna utilidad.

Tenemos una nueva palabra pegadiza para quien aprecie la competencia, el conocimiento, la educación y la habilidad, y desee compartirla. Gente como esa es llamada «elitistas». Es la palabra pegadiza más graciosa jamás inventada, ya que las personas que no forman parte de esa élite intelectual no saben lo que es un «elitista» ni cómo pronunciar la palabra. Tan pronto como alguien le grita a otro «¡elitista!» está claro que él o ella es un/a elitista de clóset que se siente culpable por haber ido a la escuela.

Bien, olviden mi pregunta ingeniosa. El derecho de USA a saber no incluye las materias de los elitistas. El derecho a saber de USA implica algo vagamente conocido como «lo que ocurre». USA tiene el derecho a saber «lo que ocurre» en las cortes, en el Congreso, en la Casa Blanca, en los consejos industriales, en las agencias de regulación, en los sindicatos… Generalmente, en los asientos de los poderosos.

Bien, estoy de acuerdo con eso. Pero ¿cómo la gente sabrá todo eso?

Garantícenos una prensa libre y un batallón de reporteros independientes y temerarios, es el grito… Y seguramente la gente lo sabrá.

¡Si es que supiera leer!

Aparentemente, la lectura es una de esas materias elitistas de las que estuve hablando, y el público estadounidense en su mayoría, desconfiado de los expertos y contento con los profesores pedantes, no puede leer y no lee.

Seguramente, el estadounidense medio puede firmar de manera más o menos legible y conseguir leer los encabezados de la sección de deportes. ¿Pero cuántos estadounidenses que no son de la élite pueden leer hasta mil palabras consecutivas de pequeña imprenta? ¿Y si alguna de ellas posee tres sílabas?

Además, la situación está empeorando. Las notas de lectura en las escuelas decaen de manera constante. Las señales en la ruta, utilizadas para lecciones elementales de lectura («Más despacio», «Camino en X») están siendo constantemente reemplazadas por pequeñas imágenes para hacerlas internacionalmente válidas y, por incidente, para ayudar a quienes saben conducir pero que no son profesores pedantes ni saben leer.

De nuevo, en comerciales televisivos, hay mensajes impresos frecuentes. Bueno, presta atención y te darás cuenta de que ningún publicista jamás creyó que alguien como un elitista ocasional podría leer estos mensajes. Para asegurarse de que más de esta minoría mandarín preste atención, el anunciante lee cada palabra en voz alta.

Esfuerzo honesto

Si esto es así, ¿cómo obtuvieron los estadounidenses su derecho a saber? Tengan por seguro que hay ciertas publicaciones que hacen el esfuerzo honesto de contarle al público lo que deben saber, pero pregúntense ustedes cuántas son las personas que las leen.

Hay doscientos millones de estadounidenses que alguna vez en su vida han habitado un aula y podrán admitir que saben leer (previamente solicitando que no se den a conocer sus nombres, por verse avergonzados frente a los vecinos) pero las publicaciones periódicas más decentes se sienten tranquilas con una tirada de medio millón de ejemplares. Entonces, es posible afirmar que solo el uno por ciento ⸺o menos, incluso⸺ de los estadounidenses efectivamente ejerce su derecho a saber. Y si lo intentan, son rápidamente acusados de elitistas.

Afirmo que el eslogan «El derecho de USA a saber» no tiene sentido con una población ignorante y que la prensa libre no funciona porque casi nadie la lee.

¿Qué podemos hacer al respecto?

Podemos empezar por preguntarnos el porqué de esa maravillosa ignorancia y por qué tiene sentido denunciar al «elitismo».

Creo que todo ser humano con un cerebro sano puede aprender muchas cosas y ser sorprendentemente intelectual. Creo que lo que necesitamos con urgencia es el incentivo y la aprobación social sobre el aprendizaje.

Todos podemos ser parte de una élite intelectual. Solo entonces el eslogan «El derecho de USA a saber» y, de hecho, cualquier auténtico concepto de democracia, tendrán razón de ser.

 

Nota de edición: el artículo, traducido por José Bueno Villafañe para Revista Y, ha sido publicado originalmente en inglés en la revista Newsweek de enero de 1980.

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