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Sobre la lectura

Considerado como uno de los textos más bellos de Marcel Proust, Sobre la lectura contiene sus particulares puntos de vista acerca del lugar que deben ocupar los libros en la actividad creadora, y su papel limitado, pero insustituible, en la vida.

Marcel Proust.

Marcel Proust.

Quizá no hubo días en nuestra infancia más ple­namente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro fa­vorito. Todo lo que, al parecer, los llenaba para los demás, y que rechazábamos como si fuera un vulgar obstáculo ante un placer divino: el juego al que un amigo venía a invitarnos en el pasaje más intere­sante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos for­zaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, la merienda que nos habían obligado a lle­var y que dejábamos a nuestro lado sobre el banco, sin tocarla siquiera, mientras que, por encima de nuestra cabeza, el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena a la que teníamos que llegar a tiempo y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar, sin perder un minuto, el capí­tulo interrumpido; todo esto, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir otra cosa que su importunidad, dejaba por el contrario en nosotros un recuerdo tan agradable (mucho más pre­cioso para nosotros, que aquello que leíamos en­tonces con tanta devoción), que, si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lu­gares y estanques que han dejado de existir hace tiempo.

Quién no recuerda como yo aquellas lecturas hechas en tiempo de vacaciones, que íbamos a ocultar sucesivamente en todas las horas del día que eran lo suficientemente apacibles e inviolables para darles asilo. Por la mañana, al volver del par­que, cuando todo el mundo había salido a «dar un paseo», me deslizaba en el comedor donde, hasta la hora todavía lejana de almorzar, no entraría na­die más que la vieja Félicie relativamente silencio­sa, y donde no tendría por compañeros, muy res­petuosos de la lectura, más que los platos pintados colgados en la pared, el calendario cuya hoja de la víspera había sido recién arrancada, el reloj de pa­red y el fuego que habla sin esperar respuesta y cuya amable conversación vacía de sentido no vie­ne, como las palabras de los hombres, a superpo­nerse a las palabras que estáis leyendo. Me instala­ba en una silla, cerca del pequeño fuego de troncos del que, durante el almuerzo, mi tío madrugador y jardinero diría: «¡No viene mal! Se soporta bas­tante bien un poco de fuego; os aseguro que a las seis hacía frío de verdad en el huerto ¡Y pensar que sólo faltan ocho días para Pascua!» Antes del al­muerzo que, por desgracia, pondría fin a la lectura, quedaban todavía dos largas horas. De cuando en cuando, se escuchaba el ruido de la bomba al dejar correr el agua, que os hacía levantar los ojos ha­cia ella y observarla a través de la ventana cerrada, allí, muy cerca, en la única alameda del jardinillo que bordeaba con ladrillos y azulejos en inedia lu­na sus platabandas de pensamientos: unos pensa­mientos cosechados, al parecer, en esos cielos tan hermosos, esos cielos multicolores y como refleja­dos a través de las vidrieras de la iglesia que a ve­ces podían verse entre los tejados del pueblo, cielos tristes que aparecían antes de las tormentas, o des­pués, muy tarde ya, criando el día estaba a punto de tocar a su fin. Por desgracia la cocinera venía a poner el cubierto con excesiva antelación; ¡si al menos lo hubiera puesto en silencio! Pero se sentía en la obligación de decir: «No puede estar cómo­do así; ¿quiere que le acerque una mesa?» Y sólo para responder: «No, gracias», había que detener­se en seco y hacer volver uno su voz de lo lejos que, labios adentro, repetía sin ruido, de corrido, todas las palabras que los ojos acababan de leer; había que detenerla, hacerla salir, y, para decir decorosa­mente: «No, gracias», infundirle una credibilidad aceptable y una entonación de respuesta que ha­bía perdido. Transcurría una hora; a menudo, mu­cho antes de la hora del almuerzo, empezaban a llegar al comedor los que, cansados, habían abre­viado el paseo, habían «tomado por Méséglise», o los que no habían salido aquella mañana, pues «te­nían que escribir». Nada más entrar decían edu­cadamente: «No te molestaré», pero acto seguido empezaban a acercarse al fuego, a consultar la ho­ra, a comentar que el almuerzo no sería mal reci­bido. Se prodigaba una particular deferencia a aquel o a aquella que se habían «quedado a escri­bir» y les preguntaban: «¿Ha despachado usted ya su correspondencia?» con una sonrisa mezcla de respeto, misterio, malicia y reserva, como si aquella «correspondencia» hubiera sido a la vez un secreto de estado, una prerrogativa, una suerte y una indisposición. Algunos, sin esperar más, se sentaban con anticipación a la mesa, en sus respec­tivos sitios. Aquello era mi ruina, pues sería un mal ejemplo para los demás invitados, que creerían que ya era mediodía y harían pronunciar demasiado pronto a mis padres la frase fatal: «Venga, cierra ya el libro, vamos a comer.» Todo estaba listo, to­das las piezas del cubierto dispuestas sobre el man­tel donde sólo faltaba que trajeran, una vez finali­zada la comida, el aparato de vidrio en que el tío horticultor y cocinero hacía él mismo el café en la mesa; un aparato tubular y complicado como un instrumento de física que oliera bien y donde era tan agradable ver subir en la campana de vidrio la ebullición repentina que dejaba a continuación las paredes empañadas de un poso aromático y par­duzco; y también la nata y las fresas que el mismo tío mezclaba, en proporciones siempre idénticas, deteniéndose exactamente en el rosa ideal con la experiencia de un colorista y la intuición de un go­loso. ¡Qué largo se me hacía el almuerzo! Mi tía abuela no hacía más que probar los platos para dar su opinión con una calma que soportaba, pero no admitía, la contradicción. Si se trataba de una novela, o de versos, cosas en las que era una en­tendida, se sometía siempre, con humildad de mu­jer, a la opinión de las personas más competentes. Pensaba que aquello pertenecía al dominio fluc­tuante del capricho, donde el gusto de uno solo no puede establecer la verdad. Pero sobre aquellas co­sas cuyas reglas y principios le habían sido ense­ñados por su madre, sobre la manera de preparar ciertos platos, de interpretar las sonatas de Beet­hoven y de recibir a las visitas con amabilidad, es­taba convencida de tener una idea justa de la per­fección, y de distinguir cuando los demás se aproximaban más o menos. En las tres cosas, por lo demás, la perfección consistía casi en lo mismo: era una especie de sencillez en los medios, de so­briedad y de encanto. No admitía horrorizada que se pusieran especias en aquellos platos que no las requieren en absoluto, que se tocara el piano con afectación y abuso de pedales, que el «recibir» a alguien no se hiciera con perfecta naturalidad y se hablara de sí mismo con exageración. Al primer bocado, a las primeras notas, en una simple tarje­ta de visita, pretendía ya saber si tenía que vérselas con una buena cocinera, con un verdadero músi­co, o con una mujer bien educada. «Puede que ten­ga una digitación mejor que la mía, pero demues­tra no tener gusto al tocar con tanto énfasis un andante tan sencillo.» «Quizá sea una mujer muy brillante y llena de otras muchas cualidades, pero es una falta de tacto hablar de sí mismo en seme­jante circunstancia.» «Quizá sea una cocinera muy experimentada, pero no sabe preparar el bistec con patatas.» ¡El bistec con patatas!, fragmento ideal para un certamen, difícil por su misma sencillez, especie de Sonata patética de la cocina, equi­valente gastronómico de lo que representa en la vi­da de sociedad la visita de una dama que viene a pediros informes sobre un criado, y que en una ac­ción tan simple puede demostrar tanto tacto y edu­cación, como que carece de ambos. Mi abuelo tenía tanto amor propio, que le hubiese gustado que to­dos los platos estuviesen en su punto, y entendía tan poco de cocina que nunca sabía cuando un plato había salido mal. Estaba dispuesto a admi­tir que en ocasiones no saliesen bien, muy rara vez por lo demás, y únicamente por un puro efecto del azar. Las críticas siempre justificadas de mi tía abuela, dando por supuesto, por el contrario, que la cocinera no había sabido preparar tal plato, no podían dejar de parecer particularmente intolera­bles a mi abuelo. A menudo, para evitar discusio­nes con él, después de haber probado el plato ape­nas con los labios, no daba su parecer, cosa que, por lo demás, nos indicaba claramente que éste era desfavorable. Permanecía muda, pero nosotros leíamos en sus dulces ojos una desaprobación in­quebrantable y legítima que tenía la virtud de sa­car de quicio a mi abuelo. Este le rogaba irónica­mente que diera su opinión, se impacientaba con su silencio, la acosaba a preguntas, se enfurecía, pero era evidente que antes se habría dejado con­ducir al martirio que hacerla confesar la creencia de mi abuelo: que el pastel no estaba demasiado azucarado.

Después del almuerzo, volvía a retomar mi lec­tura inmediatamente; sobre todo si el día era de­masiado caluroso, subíamos «a retirarnos a la ha­bitación», lo que me permitía, por la pequeña escalera de peldaños simétricos, alcanzar rápida­mente la mía, en el único piso tan bajo que desde la ventana abierta bastaba con un pequeño salto para encontrarse en la calle. Me dirigía a cerrar mi ventana sin poder evitar el saludo del armero de enfrente, que con el pretexto de bajar sus toldos, salía todos los días después del almuerzo a fumarse un cigarrillo delante de su puerta y saludar a los transeúntes que, en ocasiones, se detenían a char­lar. Las teorías de William Morris, que con tanta constancia han sido aplicadas por Maple y los decoradores ingleses, dictaminan que una habitación no puede ser hermosa más que a condición de con­tener exclusivamente aquellos objetos que nos sean de alguna utilidad, y que cualquier cosa útil, ya fuera un simple clavo, no tiene que estar disimula­da, sino bien a la vista. A la cabecera de la cama de armazón de cobre y sin ningún adorno, en las paredes desnudas de estas higiénicas habitaciones, algunas reproducciones de obras maestras. Juzgándola de acuerdo con los principios de esta es­tética, mi habitación no era hermosa en absoluto, pues estaba repleta de objetos que no podían servir para nada y disimulaba púdicamente, hasta con­vertir su uso en algo extraordinariamente compli­cado, los que servían para algo. Pero eran precisa­mente aquellos objetos que no estaban en función con mi comodidad, sino que más bien parecían ha­ber llegado allí por su capricho, los que hacían que mi habitación me pareciese hermosa. Aquellas enormes cortinas blancas que ocultaban a las mi­radas la cama, escondida como en el interior de un santuario; el revoltijo formado por el edredón de muselina, el cubrecama de flores, la colcha borda­da, las fundas de almohada de batista, bajo la que desaparecía el día, como un altar en el mes de María bajo los festones y las flores, y que, al anoche­cer, para poder acostarme, depositaba con precau­ción sobre un sillón donde consentían en pasar la noche; al lado de la cama, la trinidad compuesta por un vaso con motivos azules, un azucarero pare­cido y una vasija (siempre vacía desde el día siguiente a mi llegada, por orden de mi tía que temía que la «derramase»), especies de instrumentos de culto —casi tan santos como el precioso licor de aza­har que había junto a ellos en un frasquito de cris­tal— que nunca me hubiera permitido profanar ni pensado en la posibilidad de utilizarlos para mi uso personal, como si se tratara de cálices consagra­dos, pero que observaba detenidamente antes de desnudarme, por miedo a volcarlos con un falso movimiento; aquellas pequeñas estolas caladas de ganchillo que ponían en el respaldo de los sillones un manto de rosas blancas a las que no debían fal­tar sus correspondientes espinas, ya que cada vez que había terminado de leer y quería levantarme, me había quedado prendido de ellas; aquella cam­pana de cristal, en cuyo interior, aislado de vulga­res contactos, el reloj susurraba en la intimidad a unas caracolas venidas de lejos y a una ajada flor sentimental, pero que era tan pesada de levantar que, cuando el reloj se paraba, nadie, excepto el relojero, hubiera cometido la imprudencia de atre­verse a darle cuerda; aquel blanco mantel de en­caje que, colocado como un paño sagrado sobre una cómoda adornada con dos jarrones, una ima­gen del Salvador y un boj bendito, la hacían pare­cer un altar (un reclinatorio, que ponían allí todos los días después de haber «terminado la habita­ción», contribuía a evocar esta idea), pero cuyos flecos enredados siempre en la ranura de los cajones, los atascaban de tal forma que nunca podía coger un pañuelo sin que se cayeran a la vez ima­gen del Salvador, cálices y boj bendito, y sin tro­pezar yo mismo, agarrándome para no caer al re­clinatorio; en fin, aquella triple superposición de cortinillas de estameña, grandes cortinas de muse­lina y otras mayores todavía de bombasí, siempre resplandecientes en su blancura de majuelo dema­siado expuesto al sol, pero en el fondo bastante molestas por su torpeza y su terquedad a correr por las guías de madera paralelas y enredarse las unas en las otras y todas en la ventana en cuanto intentaba abrirla o cerrarla, siempre una segunda cortina dispuesta, si conseguía desenredar la pri­mera, a tomar inmediatamente su lugar en las jun­turas, trabadas tan completamente como lo hubie­sen estado por un matorral de auténticos majuelos, o por nidos de golondrinas que hubieran tenido el capricho de instalarse allí, de manera que esta ope­ración, en apariencia tan sencilla, consistente en abrir o cerrar mi ventanal, no conseguía culminar­la nunca sin la ayuda de alguien de la casa; todos aquellos objetos, que no sólo no podían responder a ninguna de mis necesidades, sino que añadían incluso alguna dificultad, por lo demás ligera, a su satisfacción, que de toda evidencia jamás habían estado allí para el servicio de alguien, poblaban mi habitación de pensamientos de alguna manera per­sonales, con ese aspecto de predilectos, de haber escogido vivir allí y congratularse de ello, que tie­nen a menudo, en un calvero, los árboles, y, al bor­de de los caminos o sobre viejas tapias, las flores. Aquellos objetos la llenaban de una vida silenciosa y plural, de un misterio en el que mi persona se encontraba a la vez perdida y fascinada; hacían de aquella habitación una especie de capilla donde el sol —cuando pasaba a través de las pequeñas cris­taleras rojas que mi tío había intercalado en la par­te alta de las ventanas—, después de haber teñido de rosa el majuelo del cortinaje, salpicaba las pa­redes de resplandores tan extraños corno si la pe­queña capilla hubiese estado en el interior de una gran nave con vidrieras; y donde el ruido de las campanas llegaba con tanto estrépito a causa de la proximidad entre nuestra casa y la iglesia, a la que por lo demás, durante la fiesta mayor, las es­taciones sacramentales nos unían por un camino de flores, que podía imaginarme que sonaban en nuestro tejado, justo encima de la ventana desde donde saludaba a menudo al cura con su brevia­rio, a mi tía volviendo de vísperas o al monaguillo que nos traía el pan bendito. En cuanto a la fotografía de La Primavera de Botticelli por Brown, o al vaciado de la Mujer desconocida del museo de Lille, que, en las paredes y sobre la chimenea de las habitaciones de Maple, son el margen con­cedido por William Morris a la inútil belleza, debo confesar que en mi habitación habían sido susti­tuidas por una especie de grabado representando al príncipe Eugenio, terrible y hermoso bajo su dormán, y que me asombró encontrar una noche, entre el estruendo de las locomotoras y el granizo, igual de terrible y hermoso, a la puerta de la fonda de la estación anunciando una especialidad de bizcochos. Me imagino ahora que sería algún ob­sequio hecho a mi abuelo por algún fabricante ge­neroso, antes de venir a parar para siempre a mi habitación. Pero entonces no me preocupaba su origen, que me parecía histórico y misterioso, y no podía imaginarme que pudieran existir varios ejemplares de aquella imagen que yo trataba co­mo a una persona, como un habitante permanente de la habitación que yo compartía con él y con el que volvía a encontrarme año tras año, siempre idéntico a sí mismo. Hace ya mucho tiempo que no le veo, y supongo que no volveré a verle más. Pero si la fortuna hiciera que me lo encontrase, creo que tendría bastantes más cosas que decirme que La Primavera de Botticelli. Dejo para las per­sonas de buen gusto el trabajo de adornar sus vi­viendas con las reproducciones de las obras de arte que admiran, y aliviar así a su memoria del es­fuerzo de recobrar una imagen preciosa confián­dola a un marco de madera labrada. Dejo para las personas de buen gusto el trabajo de configurar su habitación a su imagen y semejanza y amueblarla únicamente con aquellos objetos con que se sien­ten identificados. Por lo que a mí respecta, sólo soy capaz de vivir y de pensar en una habitación don­de todo es producto de la creación y del lengua­je de unas vidas profundamente diferentes a la mía, de un gusto opuesto al mío, donde no pueda encontrar nada que me recuerde a mi pensamiento consciente, donde mi imaginación se exalta sin­tiéndose zambullir en las profundidades de una personalidad extraña; y no me siento feliz más que cuando pongo los pies —bien sea en el Paseo de la Estación, en el Puerto o en la Plaza de la Iglesia— en uno de esos hoteles de provincia de intermina­bles corredores fríos, donde el viento que entra de la calle hace inútiles los esfuerzos del calorífero, donde el plano ampliado del distrito es como mu­cho la única decoración de sus paredes, donde ca­da ruido sólo sirve para poner de manifiesto el silencio que rompe, donde las habitaciones conser­van un olor a cerrado que la ventilación no logra suprimir, y que las fosas nasales aspiran cientos de veces, excitando la imaginación, que se siente fas­cinada, que lo toma como modelo e intenta recrear en ella todos los pensamientos y los recuerdos contenidos en ese olor; donde al anochecer, cuando uno abre la puerta de su habitación, tiene la sen­sación de violar toda la vida que se ha quedado allí dispersa, de tomarla atrevidamente de la mano cuando, una vez cerrada la puerta, pasamos a su interior, nos acercamos a la cama o a la ventana; de sentarse en una especie de libre promiscuidad con ella sobre el canapé fabricado por el tapicero de la capital imitando lo que él creía que era la moda de París; de tocar por doquier la desnudez de aquella vida con el propósito de sentir la emo­ción de su familiaridad, dejando por todas partes sus objetos personales, enseñoreándose de esa ha­bitación llena hasta los topes del alma de sus anti­guos inquilinos y que conserva hasta en la forma de los morillos de la chimenea y los dibujos de las cortinas la huella de su sueño, caminando con los pies descalzos sobre su irreconocible alfombra; en­tonces, aquella vida secreta, uno tiene la sensación de encerrarla consigo cuando se decide, temblando de emoción, a echar el cerrojo; de acompañarla hasta la cama v de acostarse finalmente con ella entre las inmensas sábanas blancas que os ocultan el rostro, mientras que, muy cerca, la iglesia, ha­ce sonar por toda la ciudad las horas del insomnio de los moribundos y los enamorados.

No llevaba mucho tiempo leyendo en mi habi­tación cuando ya había que salir para el parque, a un kilómetro del pueblo[1]. Pero después del obli­gado juego, acortaba cuanto podía el final de la merienda, traída en las cestas y repartida a los ni­ños a la orilla del río, sobre la hierba donde había dejado el libro con la prohibición de cogerlo toda­vía. Un poco más lejos, al atravesar determinados parajes bastante agrestes y misteriosos del parque, el río dejaba de ser un agua rectilínea y artificial, con cisnes en la superficie y bordeada de alamedas con estatuas sonrientes y, de cuando en cuando, carpas saltarinas, precipitaba su curso, atravesaba a la carrera las lindes del parque, convirtiéndo­se en un verdadero río en el sentido geográfico de la palabra —un río que debía de tener un nombre—, y que enseguida se ensanchaba (¿pero era real­mente el mismo que corría entre las estatuas y ba­jo los cisnes?) entre los pastos donde dormitaban algunos bueyes y donde anegaba los botones de oro, especies de praderas pantanosas por su cau­sa, y que lindando una orilla con el pueblo y sus torres irregulares, restos, decían, de la Edad Me­dia, se fundían por la otra, por caminos escarpa­dos cubiertos de escaramujos y de majuelos, con la «naturaleza» que se perdía en el horizonte, pueblos con otros nombres, lo ignoro. Dejaba que los demás terminaran de merendar en la parte baja del parque, junto a los cisnes, y subía corriendo por un laberinto hasta cualquier enramada donde me sentaba, escondido, pegado a los avellanos po­dados, y desde donde podía ver el plantel de espá­rragos, los fresales, la alberca de donde los caba­llos, algunos días, sacaban agua dando vueltas a su alrededor, el portón blanco que marcaba el «fi­nal del parque» por la parte de arriba, y más allá, los campos de acianos y amapolas. En aquella enramada el silencio era profundo, el peligro de ser descubierto casi nulo, la seguridad la hacían toda­vía más dulce los gritos lejanos que, desde abajo, me llamaban en vano, a veces incluso se acerca­ban, subían los primeros ribazos, buscándome por todas partes, y luego se volvían, sin haberme en­contrado; entonces cesaban los ruidos; sólo de cuando en cuando el sonido áureo de las campa­nas a lo lejos, atravesando los valles, parecían tañer tras el cielo azul, y me hubieran podido advertir de la hora que acababa de pasar; pero, sorprendido por su dulzura y turbado por el silencio más pro­fundo todavía que le sucedía, una vez apagado el sonido de las últimas campanadas, nunca llegaba a estar seguro de su número. Aquello no era las cam­panadas estruendosas que oíamos al volver al pue­blo —cuando nos acercábamos a la iglesia que, de cerca, volvía a recobrar su tamaño destacado y solemne, con su alta cúpula de pizarra donde se posaban los cuervos recortándose sobre el azul del atardecer— una especie de tañidos secos que sobrevolaban la plaza «por los bienaventurados de la tierra». Cuando se las oía en el otro extremo del parque su sonido era débil y agradable y ya no se dirigían a mí, sino a toda la campiña, a todos los pueblos, a los campesinos solos en su campo, ni si­quiera me hacían levantar la cabeza, pasaban a mi lado llevando la hora a regiones lejanas, sin ver­me, sin conocerme y sin interrumpirme.

Y alguna vez en casa, en mi cama, mucho des­pués de la cena, las últimas horas de la jornada abrigaban también mi lectura, aunque esto sólo sucedía los días en que había llegado a los últimos capítulos de un libro, en que ya no quedaba mucha lectura para llegar al final. Entonces, afrontando el riesgo al castigo si llegaba a ser descubierto y el insomnio que, una vez terminado el libro, podía llegar a prolongarse durante toda la noche, en cuanto mis padres se habían acostado volvía a en­cender la lámpara; mientras, allí mismo en la calle, entre la casa del armero y la estación, bañadas en el silencio, lucían montones de estrellas en el cielo oscuro y sin embargo azul, y a la izquierda, en la callejuela empinada donde arrancaba su progresi­va y circular ascensión, se sentía velar, monstruoso y negro, al ábside de la iglesia cuyas esculturas no dormían por la noche, la iglesia lugareña y no obstante histórica, morada mágica del Señor, de la hostia consagrada, de los santos policromados y de las damas de los castillos vecinos que, en los días festivos, después de atravesar el mercado alboro­tando a las gallinas y provocando las miradas de las comadres, venían a misa «en sus carruajes», comprando siempre a la vuelta, en la pastelería de la plaza, nada más dejar la sombra del porche que los fieles al empujar la puerta giratoria sembraban de los rubís errantes de la nave, algunos de aque­llos pasteles en forma de torre, protegidos del sol por una cortinilla –«feos», «San Honoratos» y «al­mendrados»—, cuyo olor insubstancial y azucara­do asocio a las campanadas de la misa mayor y a la alegría de los domingos.

Una vez leída la última página, el libro estaba acabado. Había que frenar la loca carrera de los ojos y de la voz que los seguía en silencio, deteniéndose únicamente para volver a tomar aliento con un pro­fundo suspiro. Entonces, para conseguir con otros movimientos calmar los tumultos desencadenados en mí desde hacía tanto tiempo, me levantaba, me ponía a andar a lo largo de la cama, con los ojos todavía fijos en algún punto que en vano hubiéra­mos buscado dentro de la habitación o fuera de ella pues estaba situado a una distancia anímica, una de esas distancias que no se miden por metros o por le­guas, como las demás, y que es por otra parte im­posible confundir con ellas cuando se mira a los ojos «perdidos» de aquellos que están pensando «en otra cosa». Entonces, ¿qué es lo que pasaba? Aquel li­bro, ¿no significaba nada más? Aquellos seres a los que habíamos prestado más atención y ternura que a las personas de carne y hueso, no atreviéndonos nunca a confesar hasta qué punto los amábamos, e incluso cuando nuestros padres nos sorprendían le­yendo y parecían reírse de nuestra emoción, cenan­do el libro con una indiferencia afectada o un abu­rrimiento fingido; aquellas personas por las que habíamos temblado de emoción y sollozado, no vol­veríamos a verlas, no volveríamos a saber ya nada de ellas. El autor, desde hacía ya algunas páginas, en el cruel «Epílogo», había tomado buen cuidado en «distanciarlas» con una indiferencia inusitada en quien sabía con qué interés se les había seguido pa­so a paso hasta aquel momento. El empleo de cada hora de su vida nos había sido narrado. Y al final, súbitamente: «Veinte años después de estos aconte­cimientos podía encontrarse por las calles de Fougéres[2] a un anciano todavía erguido, etc.» Y la boda en la que se habían empleado dos volúmenes para darnos a entrever su posibilidad deliciosa, alarmándonos y acto seguido regocijándonos ante cada obs­táculo que se interponía en su camino pero que des­pués era salvado, nos enteramos que había sido celebrada a través de una frase —intrascendente de un personaje secundario, sin llegar a saber a cien­cia cierta cuándo, en aquel asombroso epílogo es­crito al parecer desde las nubes por una persona in­diferente a nuestras pasiones anteriores que había suplantado al autor—. Nos hubiera gustado tanto que el libro continuara y, en el caso de que esto fuera imposible, saber alguna cosa más de todos aquellos personajes, conocer algo de sus vidas, emplear la nuestra en cosas que no fuesen tan ajenas al amor que nos habían inspirado[3] y cuyo objeto de pronto nos faltaba, no haber amado en vano, durante una hora, a unos seres que mañana no serían más que un nombre sobre una página olvidada, en un libro sin relación con la vida y sobre cuyo valor nos ha­bíamos equivocado completamente puesto que su función aquí en la tierra, ahora lo comprendíamos y nuestros padres nos lo hubieran hecho saber, si hu­biera sido preciso, con una frase desdeñosa, no era en absoluto, como habíamos creído, la de contener el universo y el destino, sino la de ocupar un lugar bastante limitado en la biblioteca del notario, entre los fastos anodinos del Journal de Modes illustré y la Géographie d’Eure-et Loir.

… Antes de intentar demostrar en el comienzo «De los tesoros de los reyes», por qué a mi pare­cer la lectura no debe desempeñar en la vida el papel preponderante que le asigna Ruskin en esa obrita, debía poner fuera de toda duda las fasci­nantes lecturas de la infancia cuyo recuerdo debe ser para cada uno de nosotros una bendición. Sin duda he demostrado de sobra, por la longitud y la forma de exposición que precede, lo que había ya anunciado de ellas: que lo que dejan sobre todo en nosotros, es la imagen de los lugares y los días en que las hicimos. No he podido librarme de su sor­tilegio: queriendo hablar de ellas, he hablado de cosas que nada tienen que ver con los libros porque no ha sido de ellos de lo que ellas me han hablado. Pero tal vez los recuerdos que uno tras otro me han restituido se habrán despertado también en el lec­tor y le habrán conducido, demorándose por sen­das floridas y apartadas, a recrear en su mente el acto psicológico original llamado lectura, con fuerza suficiente como para poder seguir ahora, como si se las hiciera él mismo, las pocas reflexiones que me quedan por hacer.

Sabemos que «De los tesoros de los reyes» es una conferencia sobre la lectura que Ruskin dio en el Ayuntamiento de Rusholme, cerca de Manchester, el 6 de diciembre de 1864 para contribuir a la creación de una biblioteca en el Instituto de Rush­olme. El 14 de diciembre pronunciaba una segunda, «De los jardines de las reinas», sobre la fun­ción social de la mujer, para contribuir a fundar escuelas de Ancoats. «Durante todo aquel año de 1864, dice Collingwood en su admirable obra Life and work of Ruskin, permaneció at home, y sólo salía para hacer frecuentes visitas a Carlyle. Y cuando en diciembre dio en Manchester los cursos que, con el título de Sésamo y Lirios, se convirtie­ron en su obra más popular, se hace patente su buen estado de salud, tanto física como intelectual, en la brillantez de colorido de su pensamiento. Po­demos percibir el eco de sus conversaciones con Carlyle en el ideal heroico, aristocrático y estoico que propone y en la insistencia con la que plantea el valor de los libros y de las bibliotecas públicas. No hay que olvidar que Carlyle fue el fundador de la London Library…»

Para nosotros, que no pretendemos más que re­futarla en sí misma, sin ocuparnos para nada de sus orígenes históricos, podemos resumir la te­sis de Ruskin con bastante exactitud en estas pala­bras de Descartes: «la lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los hombres más ilustres de otros siglos que fueron sus auto­res». Ruskin tal vez no llegó a conocer este pensa­miento, por lo demás un poco rancio del filósofo francés, pero es el mismo en realidad que encon­tramos por todas partes en su conferencia, teñido únicamente por un dorado apolíneo que hace de­rretirse las brumas inglesas, muy parecido a aquel cuya gloria ilumina los paisajes de su pintor favo­rito. «Suponiendo —dice— que tengamos voluntad e inteligencia para escoger bien a nuestros amigos, qué pocos de nosotros tienen la posibilidad de ha­cerlo, cuán limitada es la esfera de elección. No po­demos conocer a quien nos gustaría… Podemos, con mucha suerte, llegar a entrever a un gran poe­ta y escuchar el sonido de su voz, o hacer una pre­gunta a un científico que nos responderá ama­blemente. Podemos arrebatar diez minutos de conversación en el gabinete de un ministro, gozar una vez en la vida del privilegio de la mirada de una reina. Y a pesar de todo codiciamos estos aza­res fugaces, gastamos años de nuestra vida, nues­tras pasiones y facultades en obtener poco menos que eso, mientras que, durante todo ese tiempo, hay una sociedad en todo momento a nuestro alcance, una sociedad de personas que ha­blarían con nosotros tanto como quisiésemos, sin importarles nuestro rango. Y esta sociedad, tan numerosa y tan educada que podemos tenerla es­perando a nuestro lado todo un día —reyes y go­bernantes suelen esperar pacientemente, no pre­cisamente para conceder audiencia, sino para obtenerla— nunca vamos a buscarla en esas ante­cámaras sencillamente amuebladas que son los es­tantes de nuestras bibliotecas, jamás escuchamos una palabra de todo lo que podrían decirnos.»[4] «Tal vez me digáis —añade Ruskin— que si preferís hablar con seres vivos es porque podéis verles el rostro, etc.», y refutando esta primera objeción, después una segunda, demuestra que la lectura es precisamente una conversación con hombres mu­cho más sabios y más interesantes que todos aque­llos que podemos tener la ocasión de conocer en torno nuestro. He intentado demostrar en las no­tas que acompañan a este volumen, que la lectura no puede compararse sin más a una conversación, ya fuera ésta con el más sabio de los hombres; que la diferencia esencial entre un libro y un amigo, no es su mayor o menor sapiencia, sino la manera en cómo se establece la comunicación con ellos, con­sistiendo la lectura para cada uno de nosotros, al revés de la conversación, en recibir comunicación de otro pensamiento pero continuando solos, es de­cir, sin dejar de disfrutar de la capacidad intelec­tual de que se goza en la soledad y que la conver­sación disipa inmediatamente, conservando la posibilidad de la inspiración y toda la fecundidad del trabajo de la mente sobre sí misma. Si Ruskin hubiera sacado consecuencias de otras verdades que enuncia algunas páginas más adelante, es pro­bable que hubiese llegado a una conclusión análo­ga a la mía. Pero evidentemente su propósito no era llegar hasta el fondo de la idea de lectura. Pa­ra demostrarnos el valor de la lectura, no ha he­cho más que contamos una especie de hermoso mi­to platónico, con esa simplicidad con que los griegos nos han descubierto casi todas las ideas verdaderas, mientras dejaban a los escrúpulos mo­dernos el trabajo de profundizarlas. Pero si yo creo que la lectura, en su esencia original, en ese mila­gro fecundo de una comunicación en el seno de la soledad, es algo más, algo distinto de lo que ha di­cho Ruskin, no creo que a pesar de todo pueda re­conocérsele en nuestra vida espiritual el papel preponderante que él parece asignarle.

Los límites de su papel derivan de la naturaleza de sus virtudes. Y estas virtudes, de nuevo será a las lecturas de infancia a las que interrogaré para saber en qué consisten. Aquel libro que me habéis visto leer hace un momento en un rincón junto al fuego en el comedor, en mi habitación, hundido en una butaca cubierta con orejas de ganchillo, y du­rante las dulces horas de la siesta bajo los avellanos y los majuelos del parque, donde todas las brisas de los campos infinitos venían de tan lejos a jugar silenciosamente junto a mí ofreciendo, sin decir pa­labra, a mi nariz distraída el perfume de los tré­boles y las esparcetas, sobre los que mis ojos can­sados se posaban a veces, aquel libro, puesto que aunque dirijáis vuestros ojos hacia él no podréis descifrar su título a veinte años de distancia, mi memoria, cuya vista es más apropiada a este gé­nero de percepciones, va a deciros cuál era: Le Cap itaine Fracasse, de Théophile Gautier. Me gus­taban sobre todo dos o tres frases que se me anto­jaban las más originales y las más bellas de toda la obra. Me parecía imposible que otro autor hu­biera escrito nunca frases comparables a aquellas. Pero tenía la sensación de que su hermosura correspondía a una realidad de la que Théophile Gautier no nos dejaba entrever, una o dos veces por volumen, más que un pequeño resquicio. Y co­mo yo pensaba que él la conocería sin duda toda entera, me habría gustado leer otros libros suyos donde todas las frases fueran tan bellas como aquellas y tuvieran por asunto temas sobre los que hubiera deseado saber su opinión. «La risa, por naturaleza, no es nunca cruel; distingue al hombre del animal y es, como consta en La Odisea de Ho­mero, poeta grecisco, el atributo de los dioses in­mortales y bienaventurados que ríen olímpica­mente hasta saciarse durante sus ocios eternos.»[5] Esta frase me producía una auténtica embriaguez. Tenía la sensación de estar asistiendo a una antigüedad maravillosa a través de aquella Edad Media que sólo Gautier podía descubrirme. Aunque me hubiera gustado que en lugar de decir aquello furtivamente después de la fastidiosa descripción de un castillo, cuya excesiva abundancia de térmi­nos que yo no conocía impedía que pudiera hacer­me una idea de él, hubiera escrito todo a lo largo del volumen frases de este tipo y me hablara de co­sas que una vez terminado el libro yo pudiera con­tinuar aprendiendo y amando. Me hubiera gustado que me dijese, él, el único sabio en posesión de la verdad, la opinión que debía tener de Shakespeare, Saintine, Sófocles, Eurípides, Silvio Pe­llico al que había leído durante un mes de marzo muy frío, paseando, pisando con fuerza, corrien­do por los caminos, cada vez que cerraba el libro, con la exaltación de la lectura terminada, de las fuerzas acumuladas mientras había estado sin moverme, y del viento saludable que soplaba por las calles del pueblo. Me hubiera gustado sobre todo que me dijese si tendría más posibilidades de al­canzar la verdad repitiendo o no mi primer curso de bachillerato o haciéndome más tarde diplomá­tico o abogado del Tribunal Supremo. Pero tan pronto como la bella frase acababa, se ponía a des­cribir una mesa cubierta «de una capa tal de pol­vo, que se hubiera podido escribir sobre ella con un dedo», cosa bastante insignificante para mí co­mo para que pudiese siquiera prestarle atención; y no tenía más remedio que preguntarme qué otros libros había escrito Gautier que pudieran satisfacer mejor mi aspiración y me dieran a conocer por fin su pensamiento todo entero.

Y es ésta, efectivamente, una de las grandes y maravillosas cualidades de los bellos libros (y que nos hará comprender el papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede desempeñar en nues­tra vida espiritual) algo que para el autor podrían llamarse «Conclusiones» y para el lector «Incita­ciones». Somos conscientes de que nuestra sabidu­ría empieza donde la del autor termina, y quisié­ramos que nos diera respuestas cuando todo lo que puede hacer por nosotros es excitar nuestros de­seos. Y esos deseos, él no puede despertárnoslos más que haciéndonos contemplar la suprema be­lleza que el último esfuerzo de su arte le ha per­mitido alcanzar. Pero por una singular ley, provi­dencial por añadidura, de la óptica de la mente (ley que significa tal vez que no podemos recibir la verdad de nadie y que debemos crearla nosotros mismos), aquello que es el término de su sabiduría no se nos presenta más que como el comienzo de la nuestra, de manera que cuando ya nos han dicho todo lo que podían decirnos surge en nosotros la sospecha de que todavía no nos han dicho na­da. Por lo demás, si les planteamos cuestiones que no pueden resolver, les estamos pidiendo también respuestas que no nos aclararían nada. Pues no es más que una consecuencia del amor que los poe­tas despiertan en nosotros por lo que concedemos una importancia literal o cosas que no son para ellos más que la expresión de emociones persona­les. En cada cuadro que nos muestran, no parecen darnos más que una ligera idea de un paraje ma­ravilloso, diferente del resto del mundo, y en cuyo secreto quisiéramos que nos hiciesen penetrar. «Conducidnos», nos gustaría poder decir al señor Maeterlinck, a Madame de Noailles, «al jardín de Zélande donde se cultivan flores de otras épocas», por el sendero perfumado «de trébol y artemisa», y a todos los lugares de la tierra de los que no ha­bláis en vuestros libros, pero que en vuestra opi­nión sean de igual hermosura. Nos gustaría ir a ver ese campo que Millet (pues los pintores nos ense­ñan tanto como los poetas) nos muestra en su Printemps, nos gustaría que el señor Claude Mo­net nos condujese a Giverny, a orillas del Sena, a aquel recodo del río que nos deja distinguir ape­nas a través de la bruma matinal. Sin embargo, to­das estas cosas no son en realidad más que simples azares de amistades o de parentesco que, propor­cionándoles la ocasión de pasear o de residir junto a ellas, han hecho que Madame de Noailles, Mae­terlinck, Millet, Claude Monet, escojan para sus cuadros aquel sendero, ese jardín, ese campo, aquel recodo de río, en lugar de cualquier otro. Lo que hace que a nuestros ojos parezcan distintos y más hermosos que el resto del mundo es que contienen, como un reflejo imperceptible, la impresión que han producido en el genio, la misma que veríamos vagar tan singular y despótica por la superficie in­diferente y sumisa de cualquier paisaje que pinta­sen. Esta apariencia con la que nos seducen y nos decepcionan a la vez y que quisiéramos atravesar, es la esencia misma de esa cosa en cierto modo sin espesor —ilusión fijada sobre un lienzo—, que cons­tituye una visión. Y aquella bruma que nuestros ojos ávidos quisieran penetrar, es la última pala­bra del arte del pintor. El supremo esfuerzo del es­critor como el del artista no alcanza más que a le­vantar parcialmente en nuestro honor el velo de miseria y de insignificancia que nos deja indife­rentes ante el universo. En ese momento, es cuan­do nos dice:

Observa, observa

perfumados de trébol y artemisa,

ceñidos por angostos arroyos de aguas vivas,

los paisajes del Aisne y del Oise.

«Observa la casa de Zélande, rosa y brillante como una concha. ¡Observa! ¡Aprende a ver!» Y en ese mismo instante desaparece. Tal es el valor de la lectura yésta es también su insuficiencia. Es conceder un papel demasiado grande, a lo que no es más que una iniciación, erigirla en disciplina. La lectura se encuentra en el umbral de la vida es­piritual; puede introducirnos en ella; pero no la constituye.

Se dan no obstante ciertos casos, ciertos casos patológicos por decirlo así, de depresión espiritual, en los que la lectura puede convertirse en una es­pecie de disciplina terapéutica y encargarse, por medio de incitaciones reiteradas, de volver a intro­ducir a perpetuidad a una mente perezosa en la vi­da del espíritu. Los libros desempeñan entonces para ésta un papel análogo al de los psicoterapeu­tas con ciertos neurasténicos.

Se sabe que, en determinadas dolencias del sis­tema nervioso, el enfermo, sin que ninguno de sus órganos se vea afectado, está sumido en una espe­cie de anquilosamiento de la voluntad, como si se hubiera metido en un atolladero del que es inca­paz de salir por sus propios medios, y en el que terminaría por perecer si alguien no le tendiera una mano firme y caritativa. Su cerebro, sus piernas, sus pulmones, su estómago están intactos. No tiene ninguna incapacidad real para trabajar, para an­dar, para exponerse al frío, para comer. Pero cual­quiera de estas actividades, que podría perfecta­mente llevar a cabo, se siente incapaz de desearlas.

Y un deterioro orgánico, que terminaría por con­vertirse en el equivalente de las enfermedades que no padece, sería la consecuencia irremediable de la inercia de su voluntad, si el estímulo que no puede encontrar en sí mismo no le viniera del ex­terior, de un médico que pueda decidir en su lu­gar, hasta el día en que, poco a poco, se consiga la rehabilitación de sus facultades orgánicas. Ahora bien, existen determinados espíritus que podría­mos comparar a esos enfermos y que una especie de pereza[6] o de frivolidad les impide adentrarse es­pontáneamente en las regiones profundas de uno mismo donde empieza la verdadera vida del espíritu. Basta que se les haya guiado una sola vez pa­ra que sean capaces de descubrir y explotar en su interior auténticos tesoros, pero, sin esta inter­vención foránea, vegetan en la superficie en un perpetuo olvido de sí mismos, en una especie de pasividad que hace de ellos el juguete de todas las pasiones, los rebaja a la altura de aquellos que los rodean y excitan sus ánimos, y, semejantes a aquel caballero que, compartiendo desde su infancia la vida de unos salteadores de caminos, ya no recor­daba su nombre después de tanto tiempo sin usar­lo, terminarán por destruir en ellos todo senti­miento y todo recuerdo de su nobleza espiritual, si un estímulo exterior no viniera a devolverlos, en cierto modo por la fuerza, a la vida del espíritu, donde vuelven a encontrar súbitamente la facul­tad de pensar por sí mismos y de crear. Ahora bien, este estímulo que la mente perezosa no puede en­contrar en sí misma y que debe venirle de algún otro, es evidente que debe recibirlo en total sole­dad, fuera de la cual, ya lo hemos visto, no puede producirse esa actividad creadora que se trata pre­cisamente de resucitar en ella. De la pura soledad la mente perezosa no podrá obtener nada, puesto que es incapaz por sí sola de poner en marcha su actividad creadora. Sin embargo, la conversación más elevada, los consejos más sabios tampoco le servirían de nada, ya que no pueden producir di­rectamente esta original actividad. Lo que hace fal­ta por tanto es una intervención que, proviniendo de otro, se produzca en cambio en nuestro interior; un estímulo desde luego de otra mente, pero reci­bido en perfecta soledad. Y ya hemos visto que és­ta era precisamente la definición de la lectura, y que sólo a la lectura se ajustaba. La única disci­plina que pueda ejercer una influencia favorable en tales espíritus es, por tanto, la lectura: como queríamos demostrar, que dicen los matemáticos. Pero, incluso en estos casos, la lectura no actúa más que corno un estímulo que no puede en abso­luto substituir a nuestra actividad personal; tiene que contentarse con devolvernos su uso, como, en las dolencias nerviosas a las que hacíamos alusión hace un rato, el psicoterapeuta no hace más que restituir al enfermo la voluntad de servirse de su es­tómago, de sus piernas o de su cerebro que esta­ban sanos. Ya sea, por otra parte, que todas las mentes participen en mayor o menor grado de esta pereza, de este estancamiento en los más bajos ni­veles, ya sea que, sin serle necesaria, la exaltación que producen determinadas lecturas tenga una in­fluencia propicia sobre el trabajo personal, se sue­le citar a más de un escritor que tenía por costum­bre leer algunas bellas páginas antes de ponerse a escribir. Emerson lo hacía raramente sin haber an­tes releído algunas páginas de Platón. Y Dante no es el único poeta que Virgilio ha acompañado has­ta las puertas del paraíso.

Mientras la lectura sea para nosotros la inicia­dora, cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro in­terior la puerta de estancias a las que no hubiéra­mos sabido llegar solos, su papel en nuestra vida es saludable. Se convierte en peligroso por el con­trario, cuando en lugar de despertarnos a la vida personal del espíritu, la lectura tiende a suplantar­la, cuando la verdad ya no se nos presenta como un ideal que no esté a nuestro alcance por el pro­greso íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestra voluntad, sino como algo material, abandonado entre las hojas de los libros como un fruto madurado por otros y que no tenemos más que molestarnos en tomarlo de los estantes de las bibliotecas para saborearlo a continuación pasiva­mente, en una perfecta armonía de cuerpo y mente. A veces incluso, en determinados casos algo excep­cionales, aunque como vamos a ver, menos peligrosos, la verdad, concebida todavía como algo ex­terior, se encuentra lejos, oculta en algún lugar de difícil acceso. Se trata entonces de algún documen­to secreto, alguna correspondencia inédita, o unas memorias que pueden arrojar sobre determinados caracteres una luz inesperada, y de las que es difí­cil llegar a tener noticia. Qué felicidad, qué des­canso para una mente fatigada de buscar la verdad en su interior, descubrir que se encuentra fuera de ella, entre las páginas de un infolio celosamente conservado en un convento de Holanda, y que si, para llegar hasta ella, hay que hacer un gran es­fuerzo, este esfuerzo sólo será material, y una dis­tracción llena de encanto para el pensamiento. Sin duda, habrá que hacer un largo viaje, atravesar en chalana las llanuras azotadas por el viento, mien­tras en la orilla las cañas se cimbrean con un movimiento de ondulación continuo; habrá que dete­nerse en Dordrecht, que refleja su iglesia cubierta de hiedra en los almocárabes de los canales soñadores y en el Mosa agitado y dorado, donde al atar­decer las embarcaciones turban al deslizarse los re­flejos simétricos de los tejados rojos y del cielo azul; y por fin, llegados al término del viaje, todavía no estaremos seguros de poder tener acceso a la ver­dad. Para ello habrá que mover poderosas influen­cias, entablar amistad con el venerable Arzobispo de Utrecht, de hermoso rostro cuadrado de viejo jansenista, y con el devoto guardián de los archivos de Amersfoort. La conquista de la verdad se concibe en estos casos como el éxito de una espe­cie de misión diplomática, donde no faltan ni los accidentes del viaje, ni los azares de la negociación. Pero ¿qué importa? Todos los miembros de la vie­ja y pequeña iglesia de Utrecht, de cuya buena vo­luntad depende que entremos en posesión de la verdad, son gentes encantadoras, cuyos rostros del siglo XVII son completamente distintos de los que estamos habituados a ver, y con los que será muy agradable conservar alguna relación, al menos por correspondencia. La estima de la que continuarán dándonos, de cuando en cuando, testimonio nos re­confortará y conservaremos sus cartas como si se tratara de documentos preciosos o piezas de coleccionista. Y no dejaremos de dedicarles un día uno de nuestros libros, que es lo menos que puede ha­cerse por aquellas personas que os han hecho el don… de la verdad. Y por lo que respecta a las in­vestigaciones, a los pequeños trabajos que no ten­dremos más remedio que hacer en la biblioteca del convento y que serán los preliminares indispensa­bles al acto de toma de posesión de la verdad —de la verdad que para mayor seguridad y para evitar el riesgo de perderla, tomaremos en nota— seríamos muy ingratos si nos quejáramos de las molestias que han podido ocasionarnos: la calma y la auste­ridad del viejo convento son tan exquisitas, donde las religiosas llevan todavía el puntiagudo capirote de alas blancas con el que aparecen representa­das en el Roger Van der Weyden del locutorio; y, mientras trabajamos, los carillones del siglo XVII adormecen con tanta ternura las aguas puras del canal, que basta un tenue rayo de sol para hacer­las titilar entre la doble hilera de árboles desnu­dos desde finales del verano, que rozan los espejos colgados en las casas de aguilones de ambas orillas.[7]

Este concepto de una verdad sorda a las llama­das de la reflexión y dócil al juego de las influencias, de una verdad que se obtiene con cartas de recomendación, que os la pone en las manos al­guien que la poseía materialmente sin tal vez llegar siquiera a conocerla, de una verdad que se deja co­piar en un cuaderno, este concepto de la verdad está lejos sin embargo de ser el más peligrosa de todos. Pues muy a menudo para el historiador, in­cluso para el erudito, esta verdad que van a buscar lejos en un libro, es menos, propiamente hablan­do, la verdad misma, que su indicio o su prueba, dejando por consiguiente lugar a una verdad distinta que no hace más que anunciar o verificar y que, ésta sí, es al menos una creación individual de su mente. No sucede lo mismo con el ilustrado. Éste, lee por leer, para recordar lo que ha leído. Para él, el libro no es el ángel que levanta el vuelo tan pronto como nos ha abierto las puertas del jar­dín celestial, sino un ídolo petrificado, al que ado­ra por él mismo, y que, en lugar de dignificarse por los pensamientos que despierta, transmite una dignidad falsa a todo lo que le rodea. El ilustrado cita sonriendo tal o cual nombre que se encuentra en Villehardouin o en Boccacio[8], tal o cual costumbre descrita en Virgilio. Su mente, carente de actividad original, no sabe extraer de los libros la substan­cia que podría fortalecerla; carga con ellos ínte­gramente, y en lugar de contener para él algún ele­mento asimilable, algún germen de vida, no son más que un cuerpo extraño, un germen de muerte. No es necesario decir que si califico de malsano es­te gusto, esta especie de respeto fetichista por los libros, es en tanto que constituiría los hábitos idea­les de una mente sin tacha que no existe, lo mis­mo que hacen los fisiólogos al describir un funcio­namiento de órganos normal, pero que no puede darse nunca en los seres vivos. En la realidad, por el contrario, donde hay tan pocas mentes perfec­tas como cuerpos enteramente sanos, aquellos a los que llamamos las mentes preclaras están tan con­tagiados como los demás de esta «enfermedad li­teraria». Más todavía, podríamos decir. Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo ta­llo; como toda pasión, está ligada a una predilec­ción por todo aquello que rodea su objeto, que tie­ne alguna relación con él y se comunica con él incluso en su ausencia. Del mismo modo, los gran­des escritores, durante el tiempo en que no están en comunicación directa con el pensamiento, se sienten a gusto en la sociedad de los libros. Des­pués de todo, ¿acaso no han sido escritos para ellos?, ¿no les descubren mil atractivos, que per­manecen ocultos para el resto de los mortales? A decir verdad, el hecho que las mentes superiores sean librescas, como suele decirse, no prueba en absoluto que esto no constituya un defecto del ser… Del hecho de que los hombres mediocres sean a menudo trabajadores y los inteligentes a menudo perezosos, no puede deducirse que el trabajo no sea para la mente una mejor disciplina que la pe­reza. A pesar de todo, descubrir en un gran hom­bre uno de nuestros defectos, nos inclina siempre a preguntarnos si no se trataría en el fondo de al­guna cualidad desconocida, y no sin placer nos en­teramos de que Hugo se sabía a Quinto—Curcio, Tácito y Justino de memoria, que era capaz, si al­guien le discutía la legitimidad de un término[9], de establecer su filiación remontándose a su origen, con la ayuda de citas que demostraban una autén­tica erudición. (Ya he probado en otro lugar cómo en él esta erudición alimentaba al genio en vez de ahogarlo, lo mismo que un haz de leña apaga un fuego pequeño y aviva uno grande). Maeterlinck, que es para nosotros todo lo contrario de un ilus­trado, y cuya mente está siempre abierta a las mil emociones anónimas que puedan provocarle una colmena, un macizo de flores o un pastizal, nos previene contra los peligros de la erudición, a veces incluso de la bibliofilia, cuando nos describe, co­mo buen aficionado, los grabados que embellecen una edición antigua de Jacob Cats o del ábate San­drus. Estos peligros, por lo demás, cuando existen, amenazan mucho menos a la inteligencia que a la sensibilidad, siendo la capacidad de lectura prove­chosa, por decirlo de algún modo, mucho mayor entre los pensadores que entre los escritores de imaginación. Schopenhauer, por ejemplo, nos ofre­ce la imagen de una mente cuya vitalidad soporta sin esfuerzo aparente una enorme cantidad de lec­tura, reduciendo inmediatamente cada nuevo conocimiento a la parte de realidad, a la porción viva que contiene.

Schopenhauer no aventura jamás una opinión sin apoyarla al instante con varias citas, pero uno percibe enseguida que los textos citados no son pa­ra él más que ejemplos, alusiones inconscientes y anticipadas en las que se complace en encontrar algunos rasgos de su propio pensamiento, aunque en absoluto lo hayan inspirado. Recuerdo una pá­gina de El mundo como representación y vo­luntad donde pueden leerse unas veinte citas una tras otra. Está hablando del pesimismo (natural­mente abrevio las citas):

«Voltaire, en Candide, de­clara la guerra al optimismo de una manera diver­tida. Byron lo hace, a su manera trágica, en Caín. He­rodoto nos refiere que los Tracios saludaban la lle­gada de un recién nacido con llantos y que la muer­te, en cambio, era motivo de alborozo. Esto mismo lo encontramos en los hermosos versos de Plutarco: “lugere genitum, tanta qui intravit mala”, etc. Y a ello hay que atribuir también la costumbre de los mejicanos de desear, etc., y Swift obedecía al mis­mo sentimiento al tomar por costumbre desde su juventud (si hay que creer su biografía por Walter Scott) de celebrar el día de su nacimiento como un día de luto. Todo el mundo conoce aquel pasaje de la Apología de Sócrates en que Platón dice que la muerte es un bien inestimable. Una máxima de Heráclito venía a decir lo mismo: “Vitae nomen qui­dem est vita, opus autem mors.” Famosos son tam­bién los hermosos versos de Teognis: “Optima sors homini non esse, etc.” Sófocles, en Edipo en Colona 1224, hace la siguiente síntesis: “Natum nom esse sortes vincit alias omnes, etc.” Eurípides dice: “Om­nis hominum vita est plena dolore” (Hipólito, 189), y Homero ya lo había dicho: “Non enim quidquam alicubi est calamitosius homine omnium, quot­quot super terram spirant, etc.” Por lo demás, Pli­nio no dijo otra cosa: “Nullum melius esse tempes­tiva morte.” Shakespeare pone estas palabras en boca del anciano rey Enrique IV: “O, if this were seen —The happiest youth, —Would shut the book and sit him down and die.” Finalmente Byron: “This something better not to be.” Baltasar Gracián nos pinta la existencia con los tintes más negros en el Criticón, etc.»[10] Si no me hubiera dejado llevar tan lejos por Schopenhauer, me habría gustado completar esta pequeña demostración acudiendo a los Aforismos sobre la sabiduría de la vida, que es tal vez, de todas las obras que conozco, la que aúna en un autor el mayor número de lecturas con la mayor originalidad, hasta el punto de que encabezando el libro, en el que cada página contiene varias citas, Schopenhauer ha podido escribir con la mayor seriedad del mundo: «Compilar no es mi fuerte.»

Sin duda, la amistad, la amistad que con res­pecto a los individuos es algo frívolo, y la lectura es una amistad. Pero al menos es una amistad sin­cera, y el hecho de que se profese a un muerto, a un ausente, le da algo de desinteresado, algo casi conmovedor. Se trata además de una amistad des­provista de todo aquello que afea las demás amis­tades. Como en el fondo todos nosotros, los vivos, no somos más que muertos que todavía no hemos entrado en funciones, todos esos cumplidos, todas esas reverencias en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, afecto, con las que mezclamos tantas mentiras, son inútiles y fastidiosas. Más aún —desde las primeras relaciones de simpatía, de ad­miración, de agradecimiento—, las primeras pala­bras que pronunciamos, las primeras cartas que escribimos, tejen a nuestro alrededor los primeros hilos de un entramado de hábitos, de una manera de comportarnos, de los que ya no podremos des­embarazarnos en las amistades siguientes; sin con­tar que durante todo ese tiempo las palabras ex­cesivas que hayamos pronunciado permanecen como letras de cambio que deberemos pagar, o que pagaremos más caro todavía con toda una vi­da de remordimientos el haber dejado protestarlas. En la lectura, la amistad a menudo nos de­vuelve su primitiva pureza. Con los libros, no hay amabilidad que valga. Con estos amigos, si pasa­mos la velada en su compañía, es porque real­mente nos apetece. A menudo tenernos que dejar­los contra nuestra voluntad. Y una vez nos hemos ido, ni sombra de esos pensamientos que echan a perder la amistad: ¿Qué habrán pensado de noso­tros? —¿No habremos estado faltos de tacto? —¿Hemos gustado?, y el miedo a que prefieran a cualquier otro. Todos estos sobresaltos de la amis­tad desaparecen en el umbral mismo de esta amistad pura y tranquila que es la lectura. Como tampoco aquí es necesaria la deferencia; sólo reí­mos de lo que dice Moliére en la medida misma en que lo encontremos divertido; cuando nos abu­rre, no nos preocupa parecer aburridos, y cuando estamos definitivamente cansados de su compa­ñía, le devolvemos a su sitio sin miramientos, sin importarnos su genio ni su celebridad. La atmós­fera de esta amistad pura es el silencio, más puro que la palabra. Pues solemos hablar para los de­más, y en cambio nos callamos cuando estamos con nosotros mismos. Además el silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. El silencio es puro, es realmente una atmósfera. Entre el pensamiento del autor y el nuestro no interpone esos elementos irreductibles, refractarios al pensamiento, de nuestros diferentes egoísmos. El lenguaje mismo del li­bro es puro (si el libro merece este nombre), trans­parente merced al pensamiento del autor que le ha aligerado de todo lo accesorio hasta conseguir su imagen fiel; cada frase, en el fondo, se parece .a las otras, pues todas son pronunciadas con la misma inflexión de una personalidad; de ahí esa especie de continuidad, que las relaciones de la vida y aquellos elementos extraños que se mezclan con el pensamiento excluyen, permitiendo enseguida se­guir la línea misma del pensamiento del autor, los rasgos de su fisonomía que se reflejan en este se­reno espejo. A veces nos encontramos a gusto en su compañía sin necesidad de que sean admira­bles, pues supone un gran placer para el espíritu contemplar estas pinturas profundas y profesarles una amistad sin egoísmo, sin frases hechas, desin­teresada. Un Gautier, que no es más que un buen chico con un gusto exquisito (nos divierte pensar que haya podido considerársele como la represen­tación de la perfección en el arte), nos agrada en esa medida. No nos hacemos ilusiones sobre su fuerza espiritual, y en su Voyage en Espagne, don­de cada frase, sin que él se dé cuenta, actúa y per­severa en la faceta llena de gracia y de buen hu­mor de su personalidad (las palabras se alinean por sí mismas para dibujarla, puesto que ha sido ella la que las ha escogido y dispuesto su orden), no podemos dejar de encontrar ajena al arte verdadero esa obligación que se ha impuesto a sí mis­mo de no dejar pasar una sola forma sin descri­birla minuciosamente, acompañándola de una comparación que, al no apoyarse en ninguna im­presión agradable o violenta, no puede llegar a sa­tisfacernos. No tenemos más remedio que admitir la lamentable esterilidad de su imaginación cuan­do compara el campo y sus diferentes cultivos «a estos patrones de sastre donde se pegan las mues­tras de pantalones y de chalecos», y cuando dice que de París a Angouleme no hay nada que admi­rar. ¿Cómo puede uno tornarse en serio a este fer­viente admirador del gótico, que ni siquiera se ha tomado la molestia de acercarse a Chartres a visitar su catedral?[11]

A pesar de todo ¡qué buen humor!, ¡qué buen gusto!, ¡de qué buena gana seguimos en sus aven­turas a este compañero lleno de entusiasmo! Es tan agradable que contagia todo lo que le rodea. Y después de haber pasado algunos días en compa­ñía del comandante Lebarbier de Tinan, retenido por la tempestad a bordo de su hermoso barco «re­luciente como el oro», nos apena que no nos diga una palabra más de este simpático marinero y nos obligue a abandonarle para siempre sin decimos lo que ha sido de él[12]. Adivinamos enseguida que tanto su alegría presuntuosa como sus melancolías, forman parte de sus hábitos un poco negligentes de periodista. Pero todo esto se lo perdonamos, le se­guimos adonde nos pide, nos divertimos cuando vuelve de alguna aventura calado hasta los hue­sos, muerto de hambre y de sueño, y nos entriste­cemos cuando recapitula con tristeza de folletinista los nombres de los hombres de su generación muer­tos prematuramente. Decíamos a propósito de él que sus frases dibujaban su fisonomía, pero sin que él llegara a darse cuenta; pues si las palabras son escogidas, no ya por nuestro pensamiento según las afinidades de su esencia, sino por nuestro deseo de retratarnos, él representa este deseo, pero sin des­cribírnoslo. Fromentin, Musset, a pesar de todas sus dotes, puesto que han querido dejar su retrato a la posteridad, lo han pintado muy mediocre; a pe­sar de todo nos interesan muchísimo, incluso por eso mismo, pues su fracaso es instructivo. De manera que cuando un libro no es el espejo de una poderosa individualidad, es entonces el espejo de las extrañas anomalías de la mente. Ante un libro de Fromentin o un libro de Musset, percibimos en el fondo del primero todo lo que hay de simpleza y de necedad en cierta «distinción», en el fondo del segundo, lo que hay de vacuidad en la elo­cuencia.

Si la afición por los libros crece con la inteli­gencia, sus peligros, ya lo hemos visto, disminuyen con ella. Una mente original sabe subordinar la lectura a su actividad personal. No es para ella más que la más noble de las distracciones, la más ennoblecedora sobre todo, ya que únicamente la lectura y la sabiduría proporcionan los «buenos modales» de la inteligencia. La fuerza de nuestra sensibilidad y de nuestra inteligencia sólo pode­mos desarrollarla en nosotros mismos, en las pro­fundidades de nuestra vida espiritual. Pero es en esa relación contractual con otras mentes que es la lectura, donde se forja la educación de los «mo­dales» de la inteligencia. Los ilustrados siguen siendo, a pesar de todo, como las personas de ca­lidad de la inteligencia, e ignorar determinado li­bro, determinada particularidad de la ciencia lite­raria, seguirá siendo, incluso en un hombre de talento, una señal de vulgaridad intelectual. La distinción y la nobleza consisten, también en el or­den del pensamiento, en una especie de francmasonería de las costumbres y en una herencia de tradiciones[13].

Muy pronto, en esta afición y este entreteni­miento de leer, la preferencia de los grandes escri­tores recae en los libros antiguos. Aquellos mismos que parecieron a sus contemporáneos los más «ro­mánticos», no leían otra cosa que a los clásicos. En la conversación de Victor Hugo, cuando habla de sus lecturas, son los nombres de Moliére, de Ho­racio, de Ovidio, de Regnard, los que se citan más a menudo. Alphonse Daudet, el menos libresco de los escritores, cuya obra plena de modernidad y vitalismo parece haber rechazado toda herencia clásica, leía, citaba, comentaba continuamente a Pascal, Montaigne, Diderot, Tácito[14]. Casi podría decirse, resucitando quizá con esta interpretación, por lo demás parcial, la vieja distinción entre clá­sicos y románticos, que son los públicos (los pú­blicos inteligentes, por supuesto) los que son ro­mánticos, mientras que los maestros (incluso los maestros llamados románticos, los maestros pre­feridos de los públicos románticos) son los clási­cos. (Observación ésta que puede hacerse exten­siva a todas las artes. El público va a escuchar la música del señor Vincent d’Indy, el señor Vicent d’Indy estudia la de Monsigny[15]. El público va a exposiciones del señor Vuillard y del señor Maurice Denis mientras éstos van al Louvre). Esto se debe sin duda a que ese pensamiento contempo­ráneo, que los escritores y los artistas originales hacen accesible y deseable al público, forma en cierta medida de tal manera parte de ellos mis­mos, que un pensamiento diferente les seduce más, les exige, para entenderlo, un mayor esfuerzo, y les proporciona también un mayor placer. Cuan­do uno lee, a uno le gusta siempre salirse de sí mismo, viajar.

Pero hay otra causa a la que prefiero, para terminar, atribuir esta predilección que sienten las mentes privilegiadas por las obras antiguas[16]. Y la razón es que no contienen únicamente a nuestros ojos, como las obras contemporáneas, la belleza que supo poner en ellas el espíritu que las creó. Contienen otra más enternecedora todavía, pues la materia de que están hechas, quiero de­cir la lengua en que fueron escritas, es como un espejo de la vida. Un poco de la dicha que expe­rimentamos al pasear por una ciudad como Beau­ne, que conserva intacto su hospital del siglo XV, con su pozo, su lavadero, su bóveda de madera artesonada y pintada, su tejado de altos aguilo­nes horadados por lucarnas y rematados por esti­lizadas espigas de plomo repujado (todas estas cosas que una época al desaparecer ha dejado co­mo olvidadas allí, cosas que fueron exclusiva­mente suyas, puesto que ninguna de las épocas que han venido después ha producido cosas pa­recidas), se siente todavía un poco de esa dicha repasando una tragedia de Racine o un volumen de Saint—Simon; pues contienen todas las formas exquisitas del lenguaje abolidas, que conservan el recuerdo de usos o maneras de sentir que ya no existen, huellas persistentes del pasado al que na­da del presente puede compararse y a las que el paso del tiempo ha embellecido todavía más su aspecto.

Una tragedia de Racine, un volumen de las me­morias de Saint—Simon se asemejan a hermosas piezas que hoy día ya no se hacen. El lenguaje en el que han sido esculpidas por grandes artistas, con una libertad que hace brillar su delicadeza y brotar su fuerza innata, nos conmueve como la contem­plación de determinados mármoles, hoy desusa­dos, que empleaban los artesanos de antaño. Sin duda en alguno de esos viejos edificios la piedra ha conservado fielmente el pensamiento del escultor, pero también, gracias al escultor, la piedra, de una especie hoy día desconocida, nos ha sido conservada, engalanada con todos los colores que él ha sabido extraer de ella, que ha sabido des­cubrir y armonizar. Es realmente la sintaxis usual en la Francia del siglo XVII —y en ella las costum­bres y maneras de pensar hoy desaparecidas— lo que buscamos en los versos de Racine. Son las for­mas mismas de esa sintaxis, desveladas, respeta­das, embellecidas por un cincel tan noble y tan de­licado como el suyo, lo que nos conmueve en esos giros de lenguaje familiares hasta la originalidad y la audacia[17] y en los que vemos, en los pasajes más agradables y más tiernos, pasar como un trazo rá­pido o volver para atrás en hermosas líneas que­bradas, el brusco perfil. Son estas formas caducas, sacadas de la vida misma del pasado, lo que va­mos a visitar en la obra de Racine, lo mismo que si se tratara de una ciudad antigua que se conservase intacta. Experimento en su presencia la misma emoción que ante esas formas desaparecidas, tam­bién ellas, de la arquitectura, que no podemos ad­mirar ya más que en los raros y magníficos ejemplares que nos ha legado el pasado que las modeló: como las viejas murallas de algunas ciudades, los torreones y las almenas, los baptisterios de las igle­sias; como junto al claustro, o bajo el osario del atrio, el pequeño cementerio olvidado al sol, entre sus mariposas y sus flores, la Fuente funeraria y el Farol de los muertos.

Más aún, no son únicamente las frases las que dibujan ante nuestros ojos las formas del alma an­tiguas. Entre las frases —y estoy pensando en libros muy antiguos que fueron antes recitados—, en el in­tervalo que las separa se conserva todavía hoy en día como dentro de un hipogeo inviolable, colman­do sus intersticios, un silencio muchas veces secular. A menudo, en el Evangelio de San Lucas, al trope­zar con los dos puntos que interrumpen el texto delante de todos los pasajes casi en forma de cántico de que está plagado[18], he escuchado el silencio del fiel que acababa de interrumpir su lectura en voz alta, para entonar los versículos siguientes[19] como si fueran un salmo que le trajera a la memoria los salmos más antiguos de la Biblia. Este silencio lle­naba todavía la pausa de la frase que, habiéndose escindido para abarcarla, había conservado su for­ma; y más de una vez, mientras leía, me ha rega­lado con el perfume de una rosa, que la brisa que entraba por la ventana abierta había expandido en la sala capitular donde se reunía el Cabildo, y que no se había evaporado después de diecisiete siglos.

Cuántas veces, en la Divina Comedia, en Sha­kespeare, he tenido esa impresión de tener ante mí, incrustado en la hora presente, actual, un poco del pasado, esa impresión de sueño que se experimenta en la Piazzetta de Venecia, ante sus dos columnas de granito gris y rosa que sostienen sobre sus capi­teles griegos, una el León de San Marcos, la otra a San Teodoro aplastando al cocodrilo, maravillas exóticas venidas de Oriente a través del mar que divisan a lo lejos y que viene a morir a sus pies, y que ambas, sin comprender las exclamaciones que provocan en una lengua que no es la de su país, en esta plaza pública donde brilla todavía su sonrisa distraída, perpetúan entre nosotros intercalándolos en nuestro presente sus días del siglo XII. Sí, en ple­na plaza pública, en medio de mi presente cuyo dominio interrumpe, un poco del siglo XII, de ese siglo XII hace tiempo desaparecido, se erige en un doble y grácil impulso de granito rosa. A su alrededor, los días actuales, los días que estamos viviendo giran, se apresuran zumbando en torno de las columnas, pero al llegar junto a ellas se detienen bruscamente, huyen como abejas espantadas; pues ellas, estas es­beltas y delicadas esclavas del pasado, no pertene­cen al presente, sino a otra época donde el presente tiene prohibido penetrar. Alrededor de las colum­nas rosas, de donde brotan sus espléndidos capite­les, los días actuales se apresuran y zumban. Pero, interpuestas entre ellos, los apartan, preservando con su delgado espesor un lugar inviolable del Pa­sado: del Pasado familiarmente surgido en me­dio del presente, con ese color un poco irreal que tienen los objetos que una especie de ilusión nos ha­ce ver a pocos pasos, cuando en realidad se encuentran a muchos siglos de distancia; dirigiendo todas sus facetas tal vez demasiado directamente a la mente, exaltándola más que si se tratara de un espectro de una época sepultada por el tiempo; y que no obstante está ahí, entre nosotros, próximo, codeándose con nosotros, tocándonos, inmóvil, a plena luz del día.

Nota: Sobre la lectura es el prefacio que Marcel Proust escribió para su traducción de Sésamo y lirios, de John Ruskin. Este texto, apareció originariamente en la revista La reinassance latine (1905) y al año siguiente acompañando a la citada traducción. Finalmente Proust la incluiría, con el título de Jornadas de lectura y algunos pequeños retoques, en su obra Pastiches et  mélanges (1919).



[1] Lo que nosotros llamábamos, no sé por qué, una aldea, es un pueblo cabeza de partido de 3.000 habi­tantes aprox., según la Guía Joanne.

[2] Confieso que cierto empleo del imperfecto de indicati­vo —de ese tiempo cruel que nos presenta la vida como algo a la vez efímero y pasivo, que en el instante mismo en que está describiendo nuestras acciones, rodeándolas de ilusión, las hace desaparecer en el pasado sin dejarnos, como el perfecto, el consuelo de su actividad— ha sido siempre para mí una fuente inagotable de misteriosas tristezas. Todavía hoy, puedo haber estado pensando durante horas en la muerte con calma; basta que abra un volumen de los Lundis de Sainte—Beuve y tropezar por ejemplo con esta frase de La­martine (está hablando de Madame de Albany): «Nada recordaba en ella esta época… Era una mujercita cuya cintu­ra algo difuminada por su peso había perdido, etc.», para sentirme rápidamente invadido por la más profunda melan­colía. En las novelas, la intención de provocar lástima es tan evidente en el autor, que uno se resiste un poco más.

[3] Puede intentarse, mediante una especie de rodeo, con los libros que son de imaginación pura y que contienen algún substrato histórico. Balzac, por ejemplo, cuya obra en cierto modo impura es una mezcla de imaginación y de realidad muy poco transformada, se presta a veces particularmente a este género de lectura. O al menos ha encontrado al más admirable de esos «lectores históricos» en el señor Albert Sorel, que ha escrito sobre Une Ténébreuse Affaire sobre L’Envers de l’Histoire Contemporaine incomparables ensa­yos. Por lo demás, cuán conveniente parece la lectura, ese goce a la vez apasionado y sereno, al señor Sorel, un espíritu inquisitivo, un cuerpo sosegado y vigoroso, la lectura, sí, durante la cual las mil sensaciones de poesía y de confuso bienestar que favorecen felizmente una buena salud, vienen a producir en torno a la ensoñación del lector un placer dulce y dorado como la miel. Por lo demás, este arte de encerrar tantas originales y profundas meditaciones en la lectura, el señor Sorel sólo ha podido realizarlo a la perfección a propó­sito de obras que tienen algo de históricas.

[4] Sésamo y Lirios, De los tesoros de los Reyes, 6.

[5] En realidad, esta frase no se encuentra, al menos con esta forma, en el Capitaine Fracasse. En lugar de «como consta en La Odisea Homero, poeta grecisco», hay sencilla­mente «según Hornero». Pero como las expresiones «como consta en Homero», «como consta en La Odisea», que se encuentran por lo demás en la misma obra, me producían un placer equivalente, me he permitido, para que el ejem­plo fuese más llamativo para el lector, reunir todas estas perlas en una, puesto que hoy ya no siento por ellas, a decir verdad, ningún respeto religioso. Todavía en otras partes del Capitaine Fracasse, aparece Homero con el calificativo de poeta grecisco, y estoy seguro que también esto me encantaba. A pesar de todo, ya no me siento capaz de encontrar con exactitud estas joyas olvidadas como para estar seguro de no haber cargado la nota y rebasado la medida al acumular en una sola frase tantas maravillas. No lo creo, sin embargo. Y pienso lamentándolo, que la exaltación con la que repetía la frase del Capitaine Fracasse a los lirios y a las vincapervincas inclinados a la orilla del río, mientras daba alguna que otra patada a los guijarros de la avenida, habría sido más deliciosa todavía si hubiera podi­do encontrar en una sola frase de Gautier tantas maravillas como mi propio artificio reúne hoy día, sin conseguir, por cierto, producirme ya ningún placer.

[6] La encuentro en germen en Fontanes, del que Sainte­Beuve ha dicho: «Ese lado epicúreo era muy fuerte en él… sin esas costumbres tan materialistas Fontanes, con su talento, hubiera escrito mucho más… y obras más durade­ras.» Observad que el impotente pretende siempre que no lo es. Fontane dice: «Yo pierdo el tiempo si hay que creerles, Pues sólo ellos honran el siglo». Y asegura que trabaja mucho.

El caso de Coleridge es ya más patológico: «Ningún hombre de su época, ni tal vez de ninguna otra, dice Carpenter citado por el señor Ribot en su hermoso libro sobre las Enfermedades de la voluntad, ha reunido como Cole­ridge la fuerza del razonamiento filosófico, la imaginación poética, etc. Y sin embargo, no ha habido nadie que, dota­do de facultades tan extraordinarias, haya sacado tan poco provecho de ellas; el gran defecto de su carácter era la falta de voluntad para aprovechar sus dotes naturales, de modo que elucubrando siempre sobre gigantescos proyectos, nunca intentó seriamente llevar a cabo ninguno. Habiendo encontrado al principio de su carrera un librero generoso que le prometió treinta guineas por los poemas que le había oído recitar, etc., prefirió no obstante mendigar todas las semanas antes que llevarle una sola línea de aquel poema que no habría tenido más que escribir para poder sobre­vivir.»

[7] No necesito decir que sería inútil ir a buscar este con­vento cerca de Utrecht y que todo este pasaje es puramente imaginativo. Sin embargo me lo han sugerido las líneas siguientes que el señor León Séché escribe en su obra sobre Sainte—Beuve: «Se le ocurrió un día (a Sainte—Beuve), mien­tras estaba en Liége, tomar contacto con la pequeña iglesia de Utrecht. Era un poco tarde, pero Utrecht se encontraba muy lejos de París y no sé si Volupté habría bastado para abrirle de par en par los archivos de Amersfoort. Me extra­ñaría que así fuera, pues incluso después de los primeros volúmenes de su Port—Royal, el piadoso sabio que tenía entonces la custodia de estos archivos, etc. Sainte—Beuve obtuvo con dificultad del bueno del señor Karsten el per­miso de hojear apenas algunos legajos… Abrid la segunda edición de Port—Royal y podréis leer las palabras de agrade­cimiento que Sainte—Beuve dedica al señor Karsten» (León Séché, Sainte—Beuve, tomo I, página 229 y siguientes). Por lo que respecta a los detalles del viaje, se apoyan todos en impresiones verdaderas. No sé si se pasa por Dordrecht para ir a Utrecht, pero es tal y como yo la he visto corno he descrito Dordrecht. No ha sido yendo a Utrecht, sino a Vollendarn, cuando viajé en chalana por entre las cañas. El canal que yo he situado en Utrecht está en Delft. He visto en el hospital de Beaune un Van der Weyden con unas reli­giosas de una orden, originaria creo de Flandes, que llevan todavía el mismo tocado, no el mismo que en el Roger Van der Weyden, pero sí que en otros cuadros que he visto en Holanda.

[8] El esnobismo puro es más inocente. Gustar de la compañía de alguien porque tuvo un antepasado que par­ticipó en las cruzadas, es vanidad, la inteligencia no tie­ne nada que ver en esto. Pero gustar de la compañía de alguien porque el nombre de su abuelo aparece a menudo en Alfred de Vigny o en Chateaubriand, o (seducción verdaderamente irresistible para mí, lo confieso) tener el escu­do de familia (aludo ahora a una mujer digna de ser admirada sin necesidad de esto) en el gran Rosetón de Notre—Dame de Amiens, esto sí que es el comienzo del pecado intelectual. Todo esto lo he analizado extensamente en otro lugar, aunque me quede todavía mucho por decir, y no necesito insistir más aquí.

[9] Paul Stapfer: Souvenirs sur Victor Hugo, publicados en La Revue de Paris

[10] Schopenhauer, El mundo como representación y como voluntad (capítulo De la vanidad y de los sufrimientos de la vida).

[11] «Lamento haber pasado por Chartres y no haber podido visitar su catedral» (Voyage en Espagne, p. 2).

[12] Se convirtió, me han dicho, en el célebre almirante de Tinan, padre de Madame Pechet de Tinan, cuyo nombre re­cuerdan con cariño los artistas, y abuelo del brillante capi­tán de caballería —creo que fue él también quien en el sitio de Gaëte mantuvo durante algún tiempo los avitualla­mientos y las comunicaciones de Francisco II y de la Reina de Nápoles—. Ver Pierre de la Gorce, Histoire du second Em­pire.

[13] La verdadera distinción, por lo demás, aparenta siempre dirigirse a las personas distinguidas que tienen las  mismas costumbres, y no necesita de más «explicaciones». Un libro de Anatole France da por sobreentendidosun gran número de conocimientos eruditos, encierra continuas alu­siones que la mayoría de la gente es incapaz de percibir y en las que consiste, aparte de sus otras virtudes, su incom­parable nobleza.

[14] Sin duda es por esta razón por la que cuando un gran escritor se dedica a la crítica, generalmente habla mucho de ediciones de obras antiguas, y muy poco de libros contem­poráneos. Ejemplo los Lundis de Sainte—Beuve y la Vie littéraire de Anatole France. Pero mientras que el señor Anatole France juzga a la perfección a sus contemporáneos, podría decirse que Sainte—Beuve ha ignorado a todos los grandes escritores de su tiempo. Y que no se diga que le cegaban sus antipatías personales. Después de haber reba­jado increíblemente al novelista en Stendhal, elogia, a modo de compensación, la modestia, la conducta ejemplar del hombre, como si no hubiera nada más favorable que decir de él. Esta ceguera de Sainte—Beuve en lo que concier­ne a su época, contrasta singularmente con sus pretensiones de clarividencia, de adivinación. «Cualquier persona se atreve a opinar sobre Racine y Bossuet, dice en Chateau­briand et son groupe littéraire… Pero la sagacidad del juez, la perspicacia del crítico, se demuestra sobre todo en los escritos nuevos que no se han sometido todavía a la prueba del público. Juzgar a primera vista, adivinar, anticipar, ese es el don crítico. ¡Qué pocos lo poseen!»

[15] Y, recíprocamente, los clásicos no tienen mejores comentaristas que los «románticos». Efectivamente, sólo los románticos saben leer las obras clásicas, porque las leen tal y como han sido escritas, románticamente, por que para leer bien a un poeta o a un prosista, hay que ser uno mismo, no ya erudito, sino poeta o prosista. Esto es válido para las obras menos «románticas» de todas. Los hermo­sos versos de Boileau, no han sido los profesores de retóri­ca los que nos han hecho reparar en ellos, sino Victor Hugo: «Y en cuatro pañuelos de su hermosura impuros. Envía al lavadero sus rocas y sus lirios.» Aino el señor Anatole France: «La ignorancia y errores de sus primeras piezas. Con trajes de marqueses, con galas de condesas.» El último número de La Renaissance latine (15 de mayo de 1905), me permite, en el momento en que corrijo estas pruebas, extender con un nuevo ejemplo esta observa­ción a las bellas artes, pues nos presenta precisamente al se­ñor Rodin (véase el artículo del señor Mauclair), como el verdadero comentarista de la escultura griega.

[16] Predilección que ellos mismos creen por lo general for­tuita; suponen que los libros más hermosos casualmente han sido escritos por autores antiguos; y sin duda esto es posible, ya que los libros antiguos que leemos son los que han sobre­vivido del pasado, un tiempo inconmensurable comparado con la época contemporánea. Pero una razón en cierto modo accidental no puede bastar para explicar una actitud mental tan general.

[17] Creo, por ejemplo, que la magia que se suele atribuir a estos versos de Andrómaca: «¿Por qué asesinarle? ¿Qué ha hecho? ¿A título de qué? ¿Quién te lo ha dicho?» se encuentra precisamente en que la habitual concordancia sintáctica está rota adrede. «¿A título de qué?» se refiere no ya a «¿Qué ha hecho?» que le precede inmediatamente, sino a «¿Por qué asesinarle?» Y «¿quién te lo ha dicho?» se refiere también a «asesinar». (Recordando otro verso de Andrómaca: «¿Quién os dijo, señor, que me desprecia?» puede suponerse que: «¿Quién te lo ha dicho?» está en vez de «¿Quién te ha dicho que le asesinaras?») Zigzags de la expresión (la línea recurrente y rota de la que hablaba hace un momento) que no dejan de obscurecer un poco el senti­do, hasta el punto que he llegado a escuchar a una gran actriz, más preocupada por la claridad del discurso que por la exactitud de la prosodia, decir llanamente: «¿Por qué ase­sinarle? ¿A título de qué? ¿Qué ha hecho?» Los versos más célebres de Hacine, lo son en realidad porque seducen me­diante alguna audacia familiar de lenguaje lanzada como un atrevido puente entre dos orillas tranquilas. «Inconstante, te amaba, ¿qué habría hecho fiel?» Y qué placer causa el grato encuentro de estas expresiones cuya simplicidad casi vulgar da al sentido, como en ciertos rostros de Mantegna, una ple­nitud tan tierna, un colorido tan hermoso: «Y en un loco amor mi juventud embarcada… Unamos tres corazones que no laten al unísono.»

Y esta es la razón por la que conviene leer a los escri­tores clásicos en el contexto, y no conformarse con fragmen­tos escogidos. Las mejores páginas de los escritores son a menudo aquellas donde esta contextura íntima de su len­guaje aparece disimulada por la belleza, de un carácter casi universal, del fragmento. No creo que la esencia particular de la música de Gluck se ponga de manifiesto lo mismo en un aria sublime que en la cadencia de sus recitativos, donde la armonía es como el sonido mismo de la voz de su genio, cuando recae en una entonación involuntaria que contiene toda su inocente gravedad y su distinción, cada vez que se le escucha, por decirlo así, tomar aliento. Quien haya visto fotografías de San Marcos de Venecia puede llegar a pensar (y sólo estoy hablando de la parte externa del monumento) qué ya tiene una idea de esta iglesia abovedada, cuando únicamente aproximándose, hasta poder tocarlas con la mano, a las estrías esmaltadas de aquellas columnas risue­ñas, únicamente viendo la fuerza extraña y grave que enros­ca las hojas o aloja a los pájaros en aquellos capiteles que sólo pueden distinguirse estando muy cerca, únicamente dejándose impresionar en la plaza misma por aquel monu­mento de escasa altura, con sus masteleros floridos y su aspecto de «palacio de exposiciones», es como puede sentir­se resplandecer en aquellos detalles significativos aunque accesorios y que ninguna fotografía puede captar, su autén­tica y compleja personalidad.

[18] Y María dice: Mi alma alaba al Señor y toda su dicha está en Dios, mi Salvador, etc. —Zacarías, su padre, estaba habitado por el Espíritu Santo y profetizó en estos términos: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, por habernos redimido, etc. La recibió en sus brazos, bendijo a Dios y dijo: Ahora, Señor, permite a tu siervo ir en paz…

[19] A decir verdad, ningún testimonio positivo me permite afirmar que en estas lecturas el recitador cantara esa especie de salmos que San Lucas introdujo en su evangelio. Pero me parece que esto se deducesuficientemente comparándolo con diferentes pasajes de Renan y, en particular, de San Pablo, p. 257 y sig.: Los Apóstoles, p. 99 y 100, Marco Aurelio, p. 502, 503, etc.

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