Los libros pueden salvarnos la vida

El escritor paraguayo Cristian David López (Asunción, 1987) se remonta a sus primeros años como lector, cuando el descubrimiento de internet le permitió conocer a las mejores voces de la literatura en el mundo.

Hola, queridos amigos y amigas. Muchas gracias a Sebastian Ocampos por invitarme a este Foro para hablar un poco sobre lo que más me gusta, nos gusta: los libros, este maravilloso artilugio que inventamos los seres humanos, capaz de almacenar el tiempo y la memoria, y permitirnos hablar con los sabios difuntos, «escuchar con los ojos a los muertos», como dijo Quevedo.

En mi caso, el libro, el amor por los libros fue mi esperanza de tener una vida, no sé si mejor, pero sí más feliz. Por decirlo de algún modo, con los libros se me abrió el horizonte.

Pero antes de hablar exactamente de libros, me gustaría rememorar mi adolescencia en Repatriación (Caaguazú), donde residí desde el año 2000 hasta el 2007. En el Colegio Nacional San José, no teníamos biblioteca (luego los propios estudiantes conseguirían una pequeña colección de libros). Por tanto, no teníamos manera de acceder a conocimientos sobre literatura, historia, arte, música, ciencia, etc.  

La lectura del primer libro fue para mí una casualidad que determinaría mi destino. Un vecino me dejó un libro que había traído de Buenos Aires, ese libro era El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald. Tenía yo entonces 18 años. Era el primer libro que leía. Era la lectura de un novato. No puedo decir que haya sido fácil su lectura. Al menos, la primera vez. Pero esa dificultad no disminuyó el placer de la lectura. Muchos años después lo volvería a leer. La primera lectura fue una especie de droga que me dejó enganchado, tuve sed por leer más libros.

Mi profesor de Lengua y Literatura, Luis Kallsen, me dejó un ejemplar de Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne, que leí como un niño cuyo único juguete fuese ese libro. Pero mis ganas de leer seguían creciendo. Comprendí entonces que una de las actividades más placenteras era encontrar aforismos en los libros, frases que anotaba y que citaba a mis compañeros de colegio. Con los aforismos, los escritores nos sorprenden. Con los aforismos, un escritor parece decirnos: «Detente aquí, lee esta frase, que puede cambiarte la vida, tu forma de pensar». Encontré una mina de oro aforística en los textos de Rafael Barrett.

A lo que iba, ¡no teníamos biblioteca ni en el centro escolar ni en el barrio! ¿Comprar un libro? Primero había que saciar el hambre del cuerpo, luego la del espíritu y la mente. Pero había una esperanza a mi deseo de leer: Internet.

Hoy en día, vivir sin Internet me sería tan difícil como vivir sin libros, dos elementos que se unen para seguir enriqueciendo mi mundo literario, académico y social.

Todavía permanece vivo en mi memoria aquellos días juveniles (entre los años 2000 y 2004) en el Colegio Nacional San José, en los que el único acceso a la literatura que teníamos eran los suplementos culturales y escolares que venían en los periódicos que algún profesor traía de Caaguazú, cuando iba a cobrar su sueldo. Daba gusto hojear aquellos frágiles papeles que, al simple manoseo de la mano sudada, se rompían, pero se nos quedaban en la memoria algún verso de Borges, Lorca, Manuel Ortíz Guerrero, y tantos otros autores que de alguna manera iban acrecentando la pequeña chispa por la literatura que el profesor Luis Kallsen y otros despertaban en los estudiantes.

Fue justamente Luis Kallsen quien nos traía copias impresas de algunas obras de Shakespeare, descargadas previamente de Internet en un colegio vecino al nuestro. El folleto limpio aún fue pasando de alumno en alumno hasta que al final quedaba totalmente destruido por las manos de los lectores. Pocas semanas después, alguna que otra frase nos repetíamos. Todavía recuerdo una de ellas: «Buenas noches, buenas noches. La despedida es un dolor tan dulce, que diré buenas noches hasta que sea mañana.»

Cómo nos encantaba lo cursi en aquellas edades y cómo nos maravillaban las frases de esa hoguera inagotable que fue ese Shakespeare. Después tuve que ir yo mismo al colegio vecino y pedir permiso para usar Internet. Entonces descargué, en disquete, Hamlet, Macbeth, Como gustéis, los sonetos… Los imprimimos y todos mis compañeros y compañeras releímos a Shakespeare y lo comentábamos en los recreos. No hay nada más contagioso en un colegio sin biblioteca que el amor por la lectura. Niños que nunca habíamos leído un libro, por fin teníamos la oportunidad de leer. Todo gracias a Internet, que nos daba la posibilidad de leer la literatura universal por más pobres que fuéramos. Hoy, veinte años después, tengo la obra completa, en una edición de tapa dura, del inmortal Shakespeare. Releo de año en año, alguna que otra obra, y cada vez que hojeo uno de los tomos, no dejo de pensar en aquellos años de fervor literario, de ese primer amor hacia la lectura.

A veces un libro puede salvarnos de tomar decisiones equivocadas en la vida. No pretendo hablar de moral, solo trato de aferrarme a mi experiencia personal. Empecé tarde a leer, es verdad, pero tampoco estoy apurado por leer todo lo que encuentre a mi paso. Creo que, en la lectura, como en todas las cosas, vale más la calidad que la cantidad. Al menos en mi caso. Me gusta releer, leer varias veces un poema, un cuento. Pensar sobre lo que leo, sobre el tema, la forma. En fin, dialogar con el libro como si estuviera tomando con él un rico tereré, sin que el tiempo apure.

Más importante que crear cuarteles, sería levantar bibliotecas en cada barrio, impulsar una iniciativa de contagio hacia la lectura en los niños y las niñas. Pongámonos en contacto con nuestros poetas, escritores, y demás artistas nacionales. Descarguemos, busquemos, fotocopiemos (si no podemos permitirnos comprar un libro) los textos de nuestros autores, y comentémosles qué nos ha parecido, hablemos de ellos a nuestros amigos y amigas, y a todo el mundo.

No quiero alargarme. Solo quiero decirles gracias por invitarme a este foro y espero que esta iniciativa contagie cada vez más el amor por los libros y la lectura. Muchas gracias a todos.

Cristian David López (Oviedo, Asturias, España).

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