Editar un libro es tener el cuidado que le dio el escritor a su obra

Ponencia de Gabriela Arcondo en la mesa 8: Editar libros… ¿solo imprimir y vender?, con Fernando Fajardo (España), Jairo Araldi (Brasil) y Matías Cardozo, durante la noche del viernes 7 de setiembre.

 

Buenas noches a todos los presentes. Antes que nada, quiero agradecer la invitación a los que organizan este primer Foro Internacional del Libro, por crear estos espacios de debate y conversación. Así también, a los que acompañan esta noche en esta mesa de debate junto al público, porque gracias al debate podremos construir sobre nuevas visiones de la edición y la importancia del libro.

El debate de esta noche es sobre Editar libros… ¿solo imprimir y vender? La única forma que tengo para explicar es a partir de la experiencia de mi primer libro. Creo que en la vivencia de cada persona, cuando se enfrenta en la intimidad con su libro, aquella creación que se fue gestando en todos los tiempos y espacios posibles, se pregunta: «Ahora, ¿cómo prosigo?» Siempre, de alguna forma, se buscan dos cosas: el beneficio económico y el deseo de compartir un poco de su propia esencia al mundo.

Entonces, como fue en mi caso, ir a la búsqueda del lugar donde depositar este pedazo de alma –llamada libro– en alguna casa editorial para su publicación.

Una vez dado ese paso, uno desconoce ese mundo editorial –podemos culpar a mi ingenuidad–, el cual es más económico, competitivo, y muchas veces sin mucho espacio para las nuevas generaciones de escritores, ya sea de poesía, comics o fanfics –con esto no estoy diciendo que no la dan–, y es un gran choque, pero necesario, para darse cuenta de que la edición de un libro debe tener el mismo cuidado que uno le dio a su creación; y, como es parte de uno, no puede ir al mejor postor simplemente para reproducir su alma en millones de copias que muchas veces llenan una habitación donde, como en el comienzo, estás vos ahí solo.

Editar un libro es tener el cuidado que le dio el escritor a su obra. Es tener la paciencia de comprenderlo, guiarlo, corregirlo y formarlo, para que por si sólo –por si sólo es un decir– pueda estar en varias habitaciones acompañado por otras almas que encuentran en sus palabras algo parecido a ellos mismos y los anima a que hay un mundo que explorar en sí, para que la creación siga su curso, así como la desconstrucción de uno mismo.

Claro, editar un libro también tiene sus ganancias, no podemos pensar que somos todos filántropos y que publicamos libros porque tenemos el poder adquisitivo para hacerlo –ojalá fuese realmente alguien así–, pero la particularidad de un editor es que no es una imprenta que fotocopia la obra del autor. Es una figura que hay que rescatar, formar y hacer parte de este proceso.

Traer esa figura un poco desaparecida en nuestro cotidiano Paraguay e ir imitando a las figuras externas que nos rodean, es una forma de dar comienzo a espacios para los nuevos escritores y crecer junto a ellos. En un debate sobre las editoriales independientes, justamente salía a relucir un poco de esto: independizarse de esos espacios ya no constructivos, rearmarlos y ver para dónde vamos.

Entonces de nuevo la pregunta: «¿sólo imprimir y vender?», y regreso a la Gabriela naif con su primer libro en una de las tantas casas editoriales del país, y recuerdo su respuesta, que sigue retumbando hasta ahora: «No». Mi libro –hay que ser un poco egoísta– no puede reducirse a un montón de fotocopias de sí mismo. Los libros –nuestras almas– merecen ser tratados como deben.

Y así es como nació otra editorial independiente en búsqueda de la edición, la competencia y espacio de nuevas voces. Y la mirada que se tiene del libro, cambia.

 

Gabriela Arcondo

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