Estado de Emergencia Cultural

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La siesta del miércoles 5 de septiembre, inició el primer Foro Internacional del Libro de Asunción. Luego de las palabras de bienvenida, a cargo de Fernando Fajardo, director del Centro Cultural Juan de Salazar, Sebastian Ocampos, presidente de ALA y coordinador del Foro, leyó el discurso inaugural.

 

Bienvenidas, bienvenidos.

Es muy satisfactorio ver a tanta gente interesada en el libro como instrumento imprescindible para crear ciudadanía. Cuando digo tanta, no me refiero solo a ustedes, sino también a la gente que nos sigue virtualmente, ansiosa de enterarse de lo que pensamos sobre el libro y la lectura. Ustedes, presentes, si alguna vez se sintieron solos, ahora pueden conocerse, reconocerse, felicitarse: son lectoras, son lectores, en un país que ha hecho de todo para que no lo seamos, para que no pensemos críticamente, para que no conozcamos las posibilidades de una vida digna, para que no nos organicemos en pos de exigir una sociedad de derechos. Lo digo en serio: felicítense, estréchense las manos. Juntos podremos contagiar con más fuerza el amor por la lectura de libros, de todos los libros que puedan estar ante nuestros ojos ávidos.

Antes del discurso, o lo que sea eso que les presentaré como discurso, porque yo no sé discursear, ni quiero aprenderlo, es menester contarles que este gran encuentro entre lectoras y lectores es posible, en primer lugar, gracias a las personas socias de la Asociación Literaria Arandu (ALA). Es una asociación de utilidad pública que cuenta con ideas, iniciativas, proyectos, trabajo profesional, gestión eficiente, infinito entusiasmo y un capital de risa aportado por nuestras escuálidas faltriqueras. En segundo lugar, es posible gracias al Centro Cultural de España Juan de Salazar, organización que nos refugia desde hace cinco años y que se ha jugado por la realización feliz de este primer Foro Internacional del Libro de Asunción. Ojalá, los otros centros culturales e instituciones similares siguieran su ejemplo para multiplicar acciones en beneficio de todos.

Si no es mucho pedir, les agradeceré un aplauso para ambas organizaciones de bien común. Sin ellas, no viviríamos este encuentro.

Desde que acordamos la realización de este Foro, conversé con muchas escritoras y muchos escritores, de Asunción, Gran Asunción, del interior y de otros países. Con uno, en especial, tuve un prolongado diálogo que intentaré reproducir fielmente para ustedes.

Lo primero que hizo el escritor fue cuestionarme la realización de este encuentro.

«¿Por qué y para qué se esfuerzan tanto, si este país es una causa perdida? Este país, como usted sabe, está manejando por los narcoganaderos, narcosojeros, narcoinmobiliarios, narcocontrabandistas, narcoempresarios, narcopolíticos…  puros narcos que hasta a los lectores ya nos han obligado a incluir en nuestra biblioteca una sección de narcoteca: con biografías, crónicas, reportajes, novelas, películas y cientos de series televisivas sobre narcos de cientos de países, que al parecer ya no existe nada más para contar en este mundo. Hasta el 15 de agosto, padecimos a ese expresidario, acusado de contrabando en casi todos los continentes, ocupando la presidencia de la república, ja, la república; la narcopública, si somos honestos y precisos. Y ahora nos toca padecer a un hijo dilecto del estronismo, enriquecido malhabidamente durante la tiranía de treinta y cinco años, y más enriquecido, siempre a costa del Estado, durante estos veintinueve años de falsa transición a la democracia.»

El escritor hizo una pausa. Sin percatarme, había iniciado el primer debate del #ForoAsunción. Armado de lectura, en especial de los clásicos, le dije: Debo confesar que durante la mayor parte de mi vida, me sentí en el Paraguay como Dante ante la puerta del infierno, cuando leyó la advertencia: «¡Oh, ustedes que entran, abandonen toda esperanza!» Pero luego de mucha lectura y reflexión, sobre todo luego de conocer a algunos maestros, guías entrañables, comprendí el consejo de Virgilio al apenado Dante: «Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.» ¿Acaso ese infierno no es el Paraguay? Conviene, entonces, que abandonemos el temor y la cobardía, y gracias a la lectura de los libros, nos transformemos de Alonso Quijano en Don Quijote para salir a luchar por…

El escritor me interrumpió con una sonrisa radiante de sorna: «¡Ah, cuánta juventud rezuma usted! Su rostro lo delata joven; sus palabras, de una ingenuidad sin parangón, lo delatan inocente. Si a usted se le ocurre abandonar el temor y la cobardía en este país, es posible que no lo maten, pero si es un pobre trabajador se morirá de hambre y se verá obligado, como millones de trabajadores en nuestra larga historia de padecimientos, a buscar la vida en otras sociedades, donde quizá pueda vivir de su labor intelectual. Pero aquí no… Aunque ya se nos permita decir lo que se nos antoje, sabemos, no seamos ingenuos, que en este país decir la verdad no nos hace libres, sino marginados.»

Sin dejarme menguar, cuestioné al escritor: Pero si nosotros, privilegiados con el pensamiento crítico y el poder de la escritura, no enaltecemos la palabra con la verdad fundamentada, ¿quiénes la enaltecerán? En una buena parte, concuerdo con usted, y me encantaría que dijera todo lo que está diciendo en el Foro, espacio ideal para decir en voz alta todas las cuestiones rumoreadas día a día entre los sectores del libro y también entre otros sectores de la sociedad. Anímese, le cederé mi lugar para el discurso que usted sabrá aprovechar…

El escritor, todavía con la sonrisa radiante de sorna, me dijo: «¡Nooo!… Ya no estoy para esas cosas. El discurso incendiario se me apagó con la juventud, hace muchos años. No hay nadie mejor que usted para ese discurso, ya que tanto le gusta pontificar sobre abandonar el temor y la cobardía…»

¿Entonces, me permitiría citarlo? No me gustaría asumir como mías sus ideas, sus palabras, ante el público lector y severo que nos acompañará…

«¡Pero si yo soy un don nadie!», gritó el escritor. «¿De qué le serviría citarme? Cite a Roa, así como lo hace todo el mundo, aunque nunca lo hayan leído. En todo caso, si le parece bien, cíteme como Don Nadie, identidad que me representa mucho mejor que el nombre y el apellido que he heredado…»

El problema es que, si lo cito como Don Nadie, la gente pensará que yo soy el don nadie, lo que, por cierto, sería verdad, para qué negarlo…

«Ja ja ja, ¡y claro que sería verdad, si todos somos unos don nadie en este país insignificante para el mundo! Solo los narcopatrones son importantes en esta cueva de bandidos que hicieron del Paraguay, tránsito o destino de cuanto criminal fugado de la justicia de su país, hasta de la justicia internacional. Pero dejemos la perorata y la pontificación, males de todo escritor que se cree superior al resto y ni siquiera puede publicar un libro sin que él mismo lo financie… Ya que usted, joven, está empeñando en la realización de ese Foro, anote estas preguntas y dígalas en voz alta para ver si sacudimos al mundillo literario de su confortable modorra…»

Apresurado, busqué una agenda y un bolígrafo en la mochila siempre a cuestas, y como el aplicado alumno que nunca fui, me predispuse a anotar todas las preguntas del escritor.

«¿Listo? Bien, aquí vamos, el cuestionario nacional firmado por Don Nadie, ¿sí? Anote bien, joven.»

«¿Por qué los libros paraguayos son descuidados? ¿Por qué no profesionalizamos la escritura, la edición, impresa y electrónica, la corrección de estilo, el diseño editorial, la ilustración, la mercadotecnia editorial, la distribución a nivel nacional, la coedición con editoriales extranjeras, la traducción? Y cuando digo profesionalizar la escritura solo me refiero a que los escritores sean lectores competentes y conocedores del idioma. ¿Cómo es posible que todavía publiquen libros con errores y horrores de todo tipo?»

«¿Por qué no tenemos una nueva ley del libro que dignifique el trabajo de todos los protagonistas del libro? ¿Por qué los escritores no somos considerados trabajadores? ¿Por qué no contamos con contratos justos, seguro social y jubilación? ¿Por qué ni siquiera podemos cobrar los derechos de autor? ¿Por qué no contamos con sociedades de escritores y escritoras que exijan y garanticen esos derechos básicos?»

«¿Por qué no contamos con crítica literaria? ¿Por qué no contamos con crítica especializada en ninguna de las artes? ¿Por qué el libro es un objeto casi imposible de encontrar en los medios masivos de información? ¿Por qué los expertos no tienen voz en esos medios masivos? ¿Por qué los opinólogos (comunicadores con micrófonos, enfocados por cámaras, que opinan sobre todo aunque desconozcan todo) son los formadores de la opinión pública?»

«¿Por los letrados paraguayos no son personas de letras, sino aprovechadores? ¿Acaso las personas de letras no somos de fiar? ¿Ni siquiera pudimos dignificar la palabra que nos define? ¿Acaso esta significación del lenguaje popular no es la mayor crítica contra nosotros?»

«¿Por qué hay pocas librerías? ¿Por qué esas pocas librerías se encuentran casi todas en Asunción? ¿Por qué la mayoría de esas pocas librerías invierte millones en best sellers de autoayuda y solo recibe a consignación los libros paraguayos?»

«¿Por qué las escasas bibliotecas del país son claustros que repelen a los escasos lectores? ¿Por qué no contamos con una red de bibliotecas bien iluminadas, cómodas, atractivas, en todas las ciudades y todos los pueblos, con presupuesto propio para formar constantemente a sus bibliotecarios y para comprar libros que mantengan actualizados sus catálogos? ¿Y por qué no pensar, como seguramente a usted le gustaría, joven, en una red de bibliotecas conectada a otras redes de la región y el mundo, para formar una gran biblioteca virtual a disposición gratuita de todos, una inmensa biblioteca curada por expertos en cada disciplina?»

«¿Por qué los espacios para la literatura, para el arte en general, bibliotecas, museos, centro culturales, abren en horario y días de oficina, y son atendidos por gente que notoriamente desconoce lo que resguardan? ¿Por qué esos espacios, en general públicos, solo tienen presupuesto para mantener a decenas o cientos de funcionarios que cumplen tareas mínimas o inexistentes?»

«¿Por qué, cuando se organizan encuentros sobre el libro y la lectura, dentro y fuera del país, los protagonistas son burócratas? ¿Por qué los burócratas viajan en avión a algunas ferias internacionales del libro y los escritores en camioneta o en bus? ¿Y por qué un Premio Nacional de Literatura murió debido a la falta de asistencia médica? ¿Acaso el destino de todo trabajador paraguayo es ese: fallecer por la indolencia estatal y también de la sociedad? ¿Para qué sirve el Premio Nacional de Literatura, cada vez más ninguneado por la presidencia y el congreso?»

«¿Por qué fracasó el Plan Nacional de Lectura 2010-2015? ¿Cuáles son los resultados del nuevo Plan Nacional de Lectura? ¿Por qué ocho de cada diez paraguayos ve televisión una media de cuatro horas al día? ¿Por qué solo dos de cada diez paraguayos dice leer un libro por año? ¿Por qué nueve de cada diez estudiantes no comprende lo que lee?»

«¿Por qué la Secretaría Nacional de Cultura es una secretaría, no un ministerio? ¿Por qué es uno de los brazos del Poder Ejecutivo con menos presupuesto e impacto en la sociedad? ¿Por qué se le permite al Centro Cultural El Cabildo administrar miles de millones de guaraníes sin respetar los procesos legales de la cosa pública y sin regirse por la Secretaría Nacional de Cultura, que por ley debe definir las políticas públicas culturales en todo el país?»

«¿Por qué el Paraguay expulsó y expulsa a sus escasos talentos que en otras sociedades se volvieron y vuelven muy reconocidos, hasta genios?»

«¿Por qué, entre tantas demostraciones de mediocridad e incapacidad de los representantes del poder público, corruptos por donde se los mire, los intelectuales apenas se animan a denunciar con alguna que otra publicación en redes sociales o algún que otro artículo de opinión?»

«¿Por qué, ante los hechos del analfabetismo heredado de generación en generación, del analfabetismo funcional institucionalizado a través del sistema educativo y la ignorancia generalizada, incluso de quienes deben reflexionar, elaborar, coordinar, organizar y ejecutar las políticas públicas culturales, nunca se habló de declarar el Estado de Emergencia Cultural en el Paraguay?»

Tras ese cuestionario, ametrallado más que dictado, el escritor hizo una pausa para respirar. Carraspeó, se sirvió un vaso de agua y quedó en silencio.

Lo dejé respirar más, hasta que le pregunté: ¿A qué se refiere con Estado de Emergencia Cultural? Que yo sepa, esa figura no existe.

«Por supuesto que no existe, joven, pero debería existir; es más, debería declararse ipso facto

¿Cómo?, le pregunté

«¿Recuerda usted la epidemia del dengue y la declaración del Estado de Emergencia Sanitaria en todo el territorio de la república? ¿No le parece que la ignorancia es la peor de las epidemias, la raíz de todos los males, como lo dijo un sabio místico hace miles de años?»

Sí, dije.

El escritor hizo una mueca: «¿Y cómo piensa usted que se le puede pedir a un pueblo funcionalmente analfabeto que se organice y se rebele ante las injusticias que padece siglo tras siglo, con una desigualdad cada vez más trágica? Si en verdad hay interés de transitar hacia la democracia, ¡desconocida hasta ahora en el Paraguay!, el paso inevitable es la declaración del Estado de Emergencia Cultural.»

¿Y para qué serviría esa declaración?

«Serviría, por ejemplo, para inundar de libros y de mediadores de la lectura todas las ciudades y todos los pueblos; para, a través de la lectura afectica, orientada y sostenida, transformar a los habitantes en ciudadanos conscientes de sus derechos. O como a usted le gusta decir: para transformar a los Alonso Quijano en Don Quijote…»

Extrañado, pregunté al escritor: ¿Usted piensa que eso es posible?

El escritor lanzó una risotada: «¡Por supuesto que no! Recuerde lo primero que le dije: este país es una causa perdida. Es una ínsula desbordada de ganado vacuno, soja transgénica, marihuana y cigarrillos, los cuatro jinetes de nuestro apocalipsis, pero que nos venden como progreso, que como todo progreso solo es para una minoría, en este caso local en contubernio con la extranjera, que cuando dejen estéril la tierra se mandarán mudar a otro país pobre e ignorante.»

Quedé en silencio.

El escritor retomó la palabra: «Pero no se desanime. Recuerde que soy un don nadie y que usted rezuma juventud e inocencia, que gracias al poder transformador de la lectura piensa que la obsesión del Paraguay como una tierra sin mal todavía es posible.»

Miré al escritor fijamente: ¿Usted conoce la cura para esa obsesión?

El escritor sonrió: «Pues con las frustraciones que se nos acumulan año tras año. Pero le repito que yo soy un don nadie. Mis palabras nunca han tenido mayor importancia para la gente. Haga la prueba. Lance todo el cuestionario que le solté y verá que el público escuchará, quizá asintiendo, quizá indignándose, quizá frunciendo el ceño, quizá retirándose del lugar, quizá gritando algún que otro improperio… Y nada más.»

Por vez primera desde que iniciamos el diálogo, noté apesadumbrado al escritor. La sorna se le había desvanecido.

La despedida, sin embargo, fue con una sonrisa genuina: «Me inscribiré al Foro», dijo, «y asistiré todos los días. No porque piense que las cosas cambiarán, mucho menos que mejorarán, sino porque es un buen pretexto para encontrarse con colegas de la lectura, con quienes podríamos debatir sobre los temas propuestos, aunque terminemos sin nada concreto y con el mismo Estado. Eso, en este país, ya es suficientemente bueno, hasta digno de celebrar.»

Entre las múltiples tareas para la realización de este encuentro, continué pensando en las palabras de despedida del escritor. Sabía que tenía razón, que mi entusiasmo era desmesurado, que este Foro del Libro no provocará ninguna revolución cultural, ni siquiera literaria. A lo mucho, como nunca antes lo vivimos, se volverá una celebración del libro-todos-los-libros entre colegas de la lectura y del debate fundamentado. Y eso, por sí solo, ya compensará todo el esfuerzo.

Gracias por estar presentes.

 

Sebastian Ocampos

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