Ponencia de Carlos J. Aldazábal, en la mesa 1: La literatura trasciende, con Jorge Galán (El Salvador), Natalia Porta López (Argentina), Susana Gertopán y Esteban Bedoya, durante la tarde del miércoles 5 de septiembre.
Estar en Asunción, en este Foro, significa para mí preguntarme por la cuestión del oficio, qué significa escribir poesía, por qué se escribe, qué significa para un poeta trascender.
«Trascender», desde cierta idea filosófica, implica la idea de sobresalir, de ir más allá del ámbito conocido, de trasponer los límites. Sin duda el mayor límite para todo ser vivo, es el límite de la muerte. Las religiones ofrecen una posibilidad de trascendencia de ese límite a través de prácticas rituales que garantizan atravesar el umbral de nuestra caducidad. La literatura en general, y especialmente la poesía, conserva una dosis de sacralidad religiosa que permite alcanzar la trascendencia, entendida como un modo de vencer la muerte. Esa posibilidad existe y permite expresar el sentido más reconfortante de la práctica literaria, la posibilidad de la inmortalidad.
Otra idea de trascendencia, también contenida en la literatura, es un poco más mundana: se trata de atravesar límites geográficos a partir de un circuito de distribución bien aceitado por la industria editorial. En los dos casos, la idea de trascendencia lleva implícita la idea de fama, pero en un caso la fama es una porción de inmortalidad (palabra a la que, por el atajo de Harold Bloom, bien podemos llamar «canon») y en el otro una posibilidad a mano, no necesariamente reñida con la banalidad, pero tampoco obligada a ella: un tipo de trascendencia sin ninguna pretensión. En algunos casos excepcionales, las dos posibilidades pueden complementarse perfectamente, sin ningún complejo. Quizá Quevedo sea un representante cabal de esta opción. Hace ya varios años, conversando con uno de mis maestros, el poeta argentino Santiago Sylvester, me decía que los que escribimos versos queremos ser como Quevedo, que pasen cuatro siglos y nos sigan leyendo, como seguimos leyendo hoy al gran poeta del siglo de oro. Recuerdo que el resultado de aquella conversación fue este poema, que me parece pertinente leerles ahora. El poema se llama Por qué queremos ser Quevedo:
Es un instante,
un momento cualquiera de la infancia
en el que decidimos
desafiar el reinado de la muerte.
Varios velorios,
abuelos fallecidos
y la alusión constante
de Lázaro en la misa
nos llevan a pensar
que ya no basta
escribir iniciales en el cemento fresco,
en pupitres lustrosos o en la plaza.
Urdida la estrategia
delineamos un modo de ataque,
planeamos un futuro de eternidad
y ejercitamos el arte de la guerra;
intuimos inventos,
redondeamos canciones
y luego nos miramos la risa en el espejo
con ojos complacidos
por versos bien rimados.
Creídos de triunfo
juntamos los papeles
y esperamos serenos
que empiece el contraataque
con cierta garantía
de habernos prevenido.
Entonces nos sorprende.
Del frente nos llega la noticia
de que nuestros poemas pertenecen a Horacio,
los inventos a Edison
y las canciones a juglares medievales.
Así, medio cohibidos,
nos enfrentamos con la derrota,
envidiamos los logros de los otros
y rogamos que alcance
con fechas e iniciales
escritas en pupitres
en tanto practicamos la esperanza
de volvernos Quevedo
antes de que la muerte
nos anule del todo.
La respuesta del poema fue la imposibilidad de la trascendencia, la imposibilidad de la inmortalidad, más allá del anhelo. Y al mismo tiempo una fuerte apuesta por ese deseo, deseo de un absoluto para el que no hay garantías. Quevedo y Góngora apostaron a eso. Sus poemas filosóficos, por ejemplo, así lo confirman. Uno con más suerte que el otro, que se mantuvo silenciado por varios siglos, hasta que la generación española del 27 lo reivindicó. Los dos en su época manejaron, a su vez, los resortes de una fama más terrenal, y fueron actores de una rencilla sin tregua, donde el arte de injuriar se conjugaba con la búsqueda de un respaldo en la figura de algún mecenas, algún noble poderoso y protector de artistas. Disputas de poder que garantizaban la circulación, la «trascendencia» de sus obras. En términos del sociólogo francés Pierre Bourdieu, disputas al interior del campo artístico, del campo de la poesía de la época. De esa disputa a corto plazo, sin duda que Quevedo salió vencedor. Y sin embargo la obra de Góngora sobrevivió al olvido. Y los dos fueron incluidos por Harold Bloom en su lista «canónica», con lo que, en algún punto, los dos alcanzaron la «inmortalidad», la «trascendencia».
Sin lugar a dudas, la idea de trascendencia de la que vengo hablando, al igual que la idea de literatura, son esquemas conceptuales acuñados por la cultura occidental, fuertemente acentuados en el transcurso de la modernidad, en los que el eje es la subjetividad, la condición extraordinaria de los sujetos y las obras.
Para otras culturas, culturas en la que la oralidad articula la existencia, la trascendencia es un acto colectivo, al igual que su literatura, expresión oral a la que, siguiendo al teórico africano Yoro Fall, bien podemos denominar «oralitura». En muchos casos, esas creaciones colectivas, transmitidas de generación en generación, son una expresión de trascendencia por medio de la cual los antepasados hablan «a» y «en» las nuevas generaciones. Trascendencia como creación y como marca de identidad.
Cuando hablamos de «trascendencia» de una poesía nacional, latinoamericana e hispanoamericana, la conceptualización bien puede adquirir un sentido similar. Volvamos al gesto de la generación española del 27, al momento de reivindicar a Góngora: esa reivindicación era constitutiva de una marca identitaria, una marca que habla de la condición selectiva de toda «tradición», que no es, como el sentido común parece indicarnos, un pasado remoto y cristalizado, sino una actualización del pasado en el presente. Un pasado en disputa, así como la cultura occidental disputó el sentido del mundo a través de ese proceso al que, comúnmente, llamamos «globalización», que no es más que la expansión de la cultura occidental y de su sistema económico, el capitalismo: una maquinaria disciplinadora y uniformadora, capaz de transformar cualquier idea de «trascendencia» en mercancía.
El desafío, entonces, de la poesía occidental, de la literatura, y de las oralituras no occidentales, que son indudablemente poesía colectiva, es sobrevivir a la mercantilización de las culturas. Por eso la importancia de foros como este, donde se apuesta a la construcción de ciudadanía, en contra de la mercantilización. Sobrevivir a la mercantilización no puede ser posible sin reivindicar los pasados, las tradiciones que también son tradiciones de ruptura, como lo señaló muy bien Octavio Paz en aquel célebre ensayo. Es esa potencialidad colectiva de esas tradiciones en discusión (que también hablan de un oficio, de un saber hacer que hemos heredado, incluso para desobedecerlo, en tanto gesto de libertad creativa), es esa potencialidad, digo, donde la poesía contemporánea puede encontrar su mejor caldo de cultivo.
En el caso de nuestros países americanos, con fuerte presencia de pluriculturalidad, la trascendencia de nuestras producciones individuales solo será posible en el coro de nuestra identidad colectiva. En este punto, nuestros pueblos originarios nos marcan un camino posible. Ahí están las voces de los antepasados que nos hablan, y mientras somos hablados, en un recodo de sus voces aparece el mundo que habitamos, el mundo del presente, la densidad material de nuestra existencia, caducidad incluida. Y en ese mundo del presente, al igual que en la época de Góngora y Quevedo, también están las disputas por la circulación. El esfuerzo por dar a conocer la obra, por conseguir lectores, por trascender al menos en la brevedad pasajera de la fama, con el riesgo banalizante de la mercantilización. Esfuerzos que, de la mano de foros como este, se convierten en una apuesta colectiva y democrática que transforma la circulación de bienes culturales (específicamente me refiero a los libros), en circulación de culturas, circulación cultural de voces, de tradiciones, de identidades, de subjetividades que sobreviven a las tendencias dominantes de los mercados. Ciudadanía cultural para una democratización real que reconozca, en horizontalidad, el valor de todas las tradiciones culturales que nos definen como latinoamericanos, herederos de una imposición idiomática a la que horadamos con nuestro mestizaje.
Pienso que puede ser pertinente terminar esta intervención con otro poema, un poema que habla de un pasado colectivo, que a la vez es personal. Las voces de los antepasados, de los mayores, que resuenan en nuestra memoria y que, por un instante, nos traen de nuevo la ilusión de la trascendencia. El poema se llama Eso que fuimos, que seremos:
Empiezo por los ravioles:
entonces se hacían los pactos de familia,
los acertijos de mortero
que luego sazonarían las salsas.
La pimienta significaba un estornudo,
y estornudar una plataforma de lanzamiento.
Pero no hace falta llegar a la estratósfera
para saber cuándo empieza otra esperanza,
parecida al ayer pero en futuro.
Es que evoco de nuevo esa molienda,
aquel acto de fe, aquel almuerzo,
cuando los pactos cruzaban Orinocos
ríos de salsa.
Pronto volverás, abuela,
a preparar los ravioles,
moliendo el mismo trigo
en el mortero.
Ahí estaré, carne de tus huesos,
cayendo en tobogán al precipicio
donde estarán tus manos para arroparme:
harina entre tus dedos,
satisfecho y feliz de ser servido
en la mesa final donde todo es memoria.
Buenos Aires, 03 de setiembre de 2018

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