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¡Yes, darling!

En Canberra, Australia, un hombre, casado y con hijos, intenta disfrutar en su casa de los últimos días de sus vacaciones laborales, mientras observa la rutina hogareña y recuerda a su esposa echándole en cara que desde hace cinco años no salen de vacaciones.

Darling con un rastrillo como lanza, ilustración de César Barreto para ¡Yes, darling!

Darling con un rastrillo como lanza, ilustración de César Barreto para ¡Yes, darling!

Me quedaban algunos días de vacaciones, unos pocos antes de regresar a mi rutinario trabajo de gerente de recursos humanos del Canberra Center. La cuenta regresiva marcaba ocho días, plazo estrecho para grandes planes, salvo dar vueltas en el centro comercial o el supermercado del barrio. La pereza administraba mi tiempo, ante la mirada pastosa de mi vigilante esposa. Para mí, sin embargo, el no cumplir horarios en mi «tiempo libre» tenía un componente positivo… ¿O es que alguien podría echarme en cara el hecho de usufructuar mis vacaciones como se me viniese en ganas?

¡Sí, claro! Mi mujer se encargaría de recordarme que hace cinco años que no salimos del barrio, reproche que yo respondía con frialdad, intentando explicar, argumentar con técnicas avanzadas de psicología laboral, el porqué de nuestro inmovilismo. «No todos ganamos lo suficiente como para cambiar el auto cada dos años, o para tomar un avión y pasar quince días de pura pasión en Fidji». 

Copado por pensamientos estresantes, y a sabiendas de la «cara larga» —«cara de culo»— que adoptaría Mariela cuando me viese recostado en la «reposera», tomé valor e intenté relajarme bajo la sombra de un árbol… Aún así, consciente de lo que se me venía encima, me acomodé lo mejor que pude y me dispuse a leer la revista Vanidades (Mariela decía que yo leía sus revistas solo para ver culos y tetas, y tenía toda la razón del mundo, solo que yo lo negaba).

Entre las tetas de Sofía Vergara y mi mujer rastrillando las hojas esparcidas sobre el pasto, yo sabía perfectamente hacia dónde mirar, y así, despojado de pudor, comencé a ser invadido por la modorra que suele continuar al almuerzo, sensación ayudada por una brisa tibia y por las sombras de pesadas nubes blancas que navegaban con la lentitud de remolcadores marinos. Yo había calculado poder dormitar una hora antes de partir hacia el supermercado para comprar lo que se te olvidó… como siempre —había dicho mi esposa—. Tal vez por eso no logré dormirme y entré en un letargo parecido a la resignación. Y así hubiese seguido, pero un chillido agudo me intranquilizó. Pensé en un possum, el marsupial que nos visita durante las noches, ¡sí!, durante las noches. Había decidido restar importancia a esa visita fuera de horario, cuando se produjo un nuevo chillido… mucho más fuerte, y producido dentro mismo de nuestra propiedad. Me incorporé levemente, sintiendo fuertes palpitaciones, miré hacia donde estaba Mariela, y la noté sosteniendo el rastrillo como si fuese una lanza. En el momento justo cuando pretendí hablarle, fui estremecido por el quiebre de las ramas del ciruelo. Miré hacia su copa y de entre su frondosidad surgió la cabeza de una cacatúa con el penacho desplegado. No me hubiese extrañado, de no ser ésta tan grande como la de un hipopótamo. Graznó con estrépito enseñando su lengua seca, mientras doblaba una rama con su peso bestial, todo el árbol cedió hasta quedar frente a frente con Mariela. Se observaron como viejas conocidas, y sin mediar diálogo, la aprisionó con el pico amarillo —duro como osamenta, semejante a las pinzas mecánicas utilizadas para demoler construcciones—. Su ave preferida la acababa de triturar, manchando de sangre el vestido floreado que le compré en Navidad. El horror se hizo patente en el grito aterrorizado de mis hijos, y se repitió cuando tomaron conciencia de que la cabeza de su madre yacía aplastada bajo las patas de la cacatúa.

¡A la casa!, les grité. Thomas y Peter saltaron con agilidad felina los tres escalones que los separaban del jardín y entraron en la cocina, mientras yo me ponía a resguardo en el living. Esperamos, no podría decir cuánto tiempo; solo sé que en todo momento dudé de lo que estaba sucediendo. Esa pesadilla sería consecuencia directa de mi afición por las pinturas apocalípticas del Bosco.

¡No! No era una pesadilla, era el fin del mundo, el fin de los tiempos, y no por una lluvia de fuego como anunciaban las profecías, sino por la venganza de los animales hacia la maldad humana. Afuera, en el jardín se escuchaban los chillidos de otras aves, y los graznidos de los cuervos que asemejaban a gritos enloquecidos de niños en tiempo de recreo escolar.

Pegado a la pared, como si las bestias pudiesen percibir mi andar, caminé una vía crucis hasta llegar a la cocina, allí encontré a mis hijos ocultos bajo la mesa del comedor diario, me acerqué a ellos y nos abrazamos con fuerza. Los tres temblábamos y gemíamos sin hablar, no había nada que decir, compartíamos esa desgracia. Fuera de nuestra casa —cuya hipoteca me encargaba de pagar religiosamente— se estaba desarrollando una orgía de sonidos atroces, que parecían estertores de sirenas mitológicas. Por un instante, gracias a la valentía contagiosa de mis hijos pude liberarme del terror, y me acerqué a la ventanita que da al lavadero, a través de la cual pude observar el cielo surcado por pájaros descomunales. Sobre nuestra casa sobrevolaban cuervos enormes como aviones, rondando cual buitres dispuestos a almorzar. Otras aves aterrizaban sobre los tejados de las casas vecinas, tumbando las chimeneas y hundiendo sus garras entre las chapas de zinc. Tuve el gesto espontáneo, de mirar hacia la casa de nuestros buenos amigos, Margaret y Roy Hungtingford; pude notar como dos Mc Pie despedazaban el cuerpo magro de Roy, y un poco más allá, una Galah volaba rasante, sujetando en el pico a una mujer que aún sostenía su cartera. Asqueado de semejante suerte, injusta divinidad que nos castiga, pensé y vomité el cordero que tanto me costó cocinar. ¡Síganme!, ordené.

Nos metimos en el sótano, a tiempo para evitar los picotazos de las aves que estaban destrozando las chapas del techo, como si sus picos fuesen abrelatas afilados. En la estrechez del depósito parecíamos a salvo del apetito voraz de las bestias que con sus pesos elefantiásicos aplastaban los muebles que había heredado de mis padres. Un comentario de Thomas nos ubicó en la realidad, volviendo absurdos mis pensamientos:

—¿Qué pasará si estos monstruos siguen en la casa?

—¿Qué haremos? —imploró Peter.

—¡En algún momento se irán! —dije con el optimismo que me llevó a ser un modelo de hombre mediocre.

—¡Papá!, ¿te das cuenta que si salimos de este sótano nos encontraremos con otro mundo, con un mundo donde los hombres ya no mandan?

—¡No! —grité—. ¡Las Fuerzas Armadas se encargará de aniquilar a estas bestias!

Mi última frase nos enmudeció, parecimos aceptar el hecho de que dentro de lo irracional que resultaba estar sufriendo el ataque de monstruos emplumados, en algún momento todo volvería a la normalidad. Debíamos apostar a eso, y no a una realidad en la que ya no existirían las instituciones humanas. Nuestro silencio era de desesperanza, y hubiésemos seguido sumidos en la resignación, de no ser por el comentario de Thomas.

—¡Puede ser que nuestra especie esté amenazada de extinción!… Si esto es así, todavía tenemos la posibilidad de reagruparnos con los vecinos que como nosotros se hayan salvado.

La arenga exaltó los ánimos de Peter, quien gritó: «¡Lucharemos… Los vamos a hacer mierda!»

El optimismo de mi hijo menor correspondía a un adolescente que dedica muchas horas a los video juegos. Así lo tomé y preferí callar. Aunque pasados los minutos, empecé a admirarlo. Él, como la mayoría de los jóvenes, no creía en límites; los de su edad creen que todo es posible, alcanzable. Recordé mis años mozos y por un instante tuve empatía con mi Peter.

—¡Chicos, tengo que orinar!… ¡Ustedes saben lo de mi próstata! —me disculpé.

—¡Shh! ¡Shh! —me hizo callar Thomas.

—Parece que se fueron… Ya no hay ruidos.

—¡Escuchen las sirenas de los bomberos! —grité eufórico.

—¡Sí! —respondieron.

—¡Salgamos de esta ratonera! —exclamé.

***

Mc Pie en escala real.

Mc Pie en escala real.

Esa fue la última frase escrita en mi cuaderno de apuntes. Me había agotado describir la invasión de los pájaros monstruosos, suficiente tiempo como para que el dueño del bar me observase con rostro de viejo estreñido… Tendría razón, una hora ocupando una mesa para haber consumido un solo café. ¡Pero bueno!… Así pasaba yo mis vacaciones. Cada mañana, recién bañado y perfumado, me escapaba al café para escribir un cuento corto, relato que algún día, algún dichoso día pasaría a formar parte de mi primer libro. Pero ese sitio ubicado a pocas cuadras de casa, no era solo un escape creativo, era además la posibilidad de deleitarme al observar a las jóvenes mozas que sirven en las veredas de los cafés del boulevard de la calle principal de Tuggeranong. Mi barrio de Canberra, donde «un» clase media podía vivir como la gente, al punto de tener un lago artificial que compite con el del centro de la capital.

¡Otro café!, le dije a Anne, como excusa para observar su rostro amable, rozagante, juvenil, sostenido con la gracia poética de un cuello precioso. Era un placer verla regresar con el pedido, e inclinarse para apoyar la tasa en la mesa, sublime movimiento que me permitía observar sus senos macizos, apenas sostenidos por los botones de su impoluta y blanca camisa. Verla venir era motivo de pasión y alegría, pero verla irse era el acabose, sus largas piernas enfundadas en unos shorts diseñados por alguien tan obsceno como yo… eran un regalo a mi masculinidad, un homenaje a sus glúteos de redondez celestial, una incitación a creer en Dios todopoderoso y en soñar con bendecir su carnes a lengüetazos.

Como de costumbre, bebí lentamente, disimulando atención a mis escritos, y esperé a que mi musa regresase a preguntar.

—¿Desea algo más?

—¡No!… ¡No!, muchas gracias —dije y le pasé un billete, que incluía la generosa propina.    

Me fui caminando despacio, memorizando cuidadosamente los senos de Anne, hasta que de pronto centelló un pensamiento incómodo. ¡Treinta años es mucha diferencia!, reflexioné con cierta vergüenza. Entonces traté de olvidarla sabiendo que era causa perdida; e intenté abstraerme practicando ejercicios de respiración que acompañaban el ritmo de la caminata. A los dos minutos, la moza era pasado y la silueta de mi casa se empezaba a divisar tras los pinos de una plazoleta. Había vuelto a ser el Señor Mc Gregor, padre de mis dos hijos, casado desde hacía veintidós años con Mariela Barron.

Cuando abrí el portón de entrada al jardincito del frente, me detuve un instante para comprobar que ni mi techo, ni los de los vecinos, habían sido destrozado por aves gigantes… La chimenea de los Huntingford estaba en su lugar. Sonreí. Entré despacio, silenciosamente para no molestar a Peter y Thomas, quienes parecían muy concentrados frente a la pantalla de vídeo. Era temprano, todavía había tiempo para seguir desarrollando mi escrito, y lo haría cómodamente sentado en un rincón de sombra en el jardín. Me puse ropa vieja, de esas que miman el cuerpo, no como las galas que utilizo para exhibirme ante Anne. Me calcé las chancletas y cargué mi reposera. Como un explorador busqué el mejor sitio y desplegué el asiento. A unos metros, Mariela pasaba el rastrillo.

—¡A ver si me ayudas!… ¡Crees que soy la única que tiene que cuidar el pasto! —se quejó, echándome en cara la misma cantinela que debo escuchar durante el tiempo de vacaciones—. ¿Me escuchaste? —insistió.

—¡Yes, darling! —me limité a responder, y la observé: avejentada, fofa, con las manos ajadas de tanto rastrillar. En ese instante sonó el graznido de un cuervo y, aunque para el resto pasó desapercibido, para mí sonó a un canto de esperanza.

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