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Una profunda amistad en un escenario de muerte

«Dos rostros un destino. Encuentro en Auschwitz-Birkenau» (2019)  nos muestra hasta dónde puede deshumanizarse el hombre en su sed de poder y hasta dónde puede resistir el ser humano cuando vive de ideales y valores. La académica Estela Appleyard reseña la novela de Renée Ferrer.

 

La predilección de los nazis por «la pureza de la raza» provocó la persecución de judíos, gitanos y otros colectivos que, a criterio de los antropólogos del régimen, podrían degenerar la raza aria.

El holocausto gitano ha sido muy poco estudiado y quedó oscurecido por la shoah, posiblemente, porque las comunidades gitanas no estaban organizadas o lo estaban menos que las judías. Solo muchos años después de finalizada la guerra, los gitanos empezaron a demandar ser incluidos entre las víctimas del régimen nazi, y casi finalizando el siglo, se comenzó a recordarlos, a pesar de que en 1956 se erigió un monumento a las víctimas del holocausto gitano en Szczurowa, Polonia.

Las protagonistas de esta novela, Hannah, joven judía, y Gjulisca, una hermosa gitanilla, nos van informando acerca del sufrimiento, la angustia, el desconsuelo, la permanente agonía  de los dos colectivos (judío y gitano), por lo que vendrá: ¿quiénes serán los próximos en ser fusilados, en ir a la cámara de gas, en recibir un tiro certero en la espalda al intentar traspasar la alambrada, en ser ahorcados, en ser esterilizados o llevadas para satisfacer los instintos de la carne de los Kapos nazis.

El ambiente físico no es mejor que el psicoafectivo, el permanente humo gris que sube de los crematorios y ensombrece el cielo dejando el nauseabundo olor a carne y huesos quemados, el gas de las cámaras que se aspira, la horca, el paredón de fusilamiento, el hedor y la pestilencia de las letrinas, los cuerpos amontonados junto a los crematorios esperando su turno de ser quemados o sencillamente abandonados allí. Los barracones mugrientos con sus cuchetas cubiertas de paja, la roña que cubre a los cautivos, que no tienen derecho a la higiene personal, los cuerpos exangües, los rostros macilentos, las miradas perdidas, despiertan en el lector un profundo sentimiento de piedad y un tremendo remolino de  rebeldía ante la barbarie y la crueldad que puede albergar el ser humano, ¿humano?, me pregunto.

En ese escenario de muerte, Hannah y Gjulisca cultivan una profunda amistad, enraizada en el destino común de sus pueblos y de ellas mismas, destino que comparten con pasmoso y admirable coraje.

Aparentemente el tiempo no pasa; la autora nos lleva y nos trae con sus flashes, del presente ignominioso al pasado feliz de la infancia y la adolescencia de las jóvenes, y tras la liberación, terminada la guerra, desde la Praga de la posguerra, a Auchwitz y de allí a la niñez y la adolescencia de Hannah, otra vez a Auchwitz y a Praga, en un permanente girar, «como las ruedas del tren que llega a Auschwitz-Birkenau», trayendo más y más prisioneros «con su ruido herrumbrado siempre dando vueltas».

Los recuerdos de Hannah, nieta de un respetado rabino e hija de un acaudalado banquero, se remontan a una infancia maravillosa en un hogar lleno de amor, que observaba las normas de su pueblo, y una adolescencia con compañeros de colegio y amigos, idas al cine, a bailar, a escuchar la música de Mendelssohn, Brahms, Schumann… o un buen jazz y los amores secretos con Samuel, su prometido desde los tres años, de su misma condición socio-económica, hijo de un rabino, hasta que llegó la orden de portar la estrella de David y la prohibición a los judíos de asistir a los espacios públicos.

Para Gjulisca era la vida en libertad, cruzando campos en los carromatos, las reuniones de la comunidad, la música y el baile bajo la noche estrellada, el rechazo de la gente, el cariño de los suyos, los amores secretos con Kavi, su prometido desde muy niños, hasta que llegaron las Olimpiadas.

Ambas aman a su pueblo, su música, sus tradiciones y, sobre todo, la libertad, Hannah valora el estudio, a Gjulisca no le interesa leer ni escribir, ella lee las líneas de la mano. Sus recuerdos las alientan a seguir viviendo, a pelear por la vida, porque «vivir es triunfar sobre los nazis».

Los diálogos entre las jóvenes y principalmente, los monólogos, revelan una notable intensidad de las pasiones, que despiertan la emotividad del lector.

Gjulisca, que tiene el don de predecir el futuro, sabe que va a morir en algún momento y que Hannah no solo la sobrevivirá, sino que saldrá con vida de aquel antro, razón por la que le pide insistentemente que, ya libre, escriba sobre los gitanos, que serán olvidados por la historia.

Terminada la guerra, Hannah va a Praga, donde se reencuentra con Samuel, se casan y comienzan una vida que no puede ser lo que siempre soñaron: Hannah es un alma atormentada por los recuerdos; Samuel le pide que escriba sobre el holocausto, pero ella no se anima porque los fantasmas de Auschwitz le persiguen y no la dejan conciliar el sueño o la torturan en aterradoras pesadillas. Y, como ya dijimos, va y viene de la Praga de la posguerra, a Birkenau, de allí a su infancia y su adolescencia, a sus amores secretos, llenos de ternura, para volver sorpresivamente a Birkenau o a Praga en un permanente girar.

La relación con Samuel se enfría; él la siente lejana y ella no puede confiarle el motivo de la persistente zozobra en la que más que vivir, muere. Ya no es aquella joven intrépida que desafiaba el peligro de los guardias y se escabullía con su amiga para conversar, amparada en la oscuridad de la noche y en esa sombra (¿fantasma? No lo creo, ¿ancestro? Podría ser, ¿ángel de la guarda? Tal vez) que misteriosamente las protegía. Finalmente, Samuel decide poner fin a la relación con Hannah pues el empecinado silencio de Hannah lo tortura mucho más de lo que había sufrido en Auswitz. Ante la posibilidad de perder el amor de su esposo, Hannah reacciona y le confía el motivo de su actitud. Desde ese momento comienza otra etapa en la vida de ambos. Y el lector, aún el más avisado, descubre las pistas que magistralmente la autora va dejando a lo largo de la trama.

En la novela conviven elementos dramáticos, líricos y hasta argumentativos junto a los narrativos. Las pinceladas de  lo real maravilloso despierta nuestra curiosidad y, al mismo tiempo, nuestra simpatía en medio de tanto terror, de tanta podredumbre, de tanta muerte.

El elemento dominante de la obra es la función estética, Renée Ferrer desecha totalmente lo utilitario de la lengua y la vuelca sobre su propio mensaje artístico. Cada frase, cada renglón es un homenaje a la poesía, a veces sosegado; otras, tristes; otras, las más…, terribles.

En fin, Dos rostros un destino nos muestra hasta dónde puede deshumanizarse el hombre en su sed de poder y hasta dónde puede resistir el ser humano cuando vive de ideales y valores.

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