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Un libro que captura el alma del Paraguay

Lectura analítica del joven periodista y escritor José Biancotti: Paraguay cuenta es una antología de cuarenta relatos y cuentos que narran el país en sus dimensiones políticas, sociales, culturales y personales, desde sus inicios en el siglo XVI hasta la actualidad del siglo XXI.

 

Paraguay cuenta es un libro necesario para comprender el Paraguay, para percibir el dolor y las necesidades que lo aquejan. Los autores reunidos nos acercan a una variedad de personajes que experimentan las dificultades de nacer y esperar la muerte en este mediterráneo país suramericano. Esta aproximación se sostiene con un notable dominio de la técnica (prosa legible, figuras literarias precisas, tiempos y escenarios contenidos) y a veces con belleza poética.

La antología propone un viaje de cinco siglos que inicia de la mano de Ruy Díaz de Guzmán, con los relatos «Lucía de Miranda», «Maldonada» y «Dragón», ambientadas en el siglo XVI, durante invasión española de la región del Río de la Plata. Como lectores somos testigos de la conducta de quienes se revelan ante este nuevo poder y de la barbarie de los civilizados; por otro lado, de la bondad y compasión natural en los animales.

La apertura de Díaz de Guzmán se presenta con un lenguaje sobrecargado de palabras, sin división en párrafos, cuyo objetivo es al parecer capturar la experiencia humana como un registro histórico más que como un relato literario, lo cual no significa que carezca de valores en la descripción de los sentimientos de sus personajes.

El siguiente relato: «Nicolás I Rey del Paraguay y emperador de los mamelucos», vida y obra de un hombre que, a través de la retórica, el desparpajo y la insolencia, logra conquistar y satisfacer las necesidades de un pueblo sometido al poder español. El autor anónimo divide esta obra en dieciséis partes que sintetizan los avances del protagonista y revelan su personalidad engañosa y aprovechadora. Sus actos se narran de forma fluida, con descripciones que apelan más al avance de la acción que a su psiquis. Por tanto, logramos comprenderlo por sus actos y no por sus pensamientos.

Con quien sí comenzamos a descubrir los vericuetos de la mente es con el protagonista de «Dos horas en compañía de un loco», de D. L. T. Es oportuno señalar que esta ficción, publicada en 1861, tiene una conexión más o menos directa con tres de los relatos incluidos en esta antología: «Los habitantes del abismo» de Mario Halley Mora, «Las señoritas de Pérez Pin» de Yula Riquelme y «Capibara» de Luisa Moreno Sartorio. Todos comparten un rasgo en común: los personajes, a la orden de sus caprichos, buscan la muerte de sus pares.

En el cuento de D. L. T., un hombre desequilibrado intenta asesinar al huésped de una estancia sólo porque dice desear su compañía; en el cuento de Halley Mora, un grupo de trabajadores silencia a un compañero de trabajo por temor a que los delate como criminales; en «Las señoritas de Pérez Pin», las protagonistas puritanas envenenan a una mujer como castigo por amar a un sacerdote; y en «Capibara», unos citadinos matan a una carpincha y dejan huérfanos a cuatro carpinchitos.

La séptima ficción de la antología es «La atrevida operación del doctor Ors» de Otto Miguel Cione, en el que el médico protagonista busca entender por qué su hijo alberga tanta perversidad heredada. Y su conclusión es esta: «No era el cerebro, la sangre era la que había que transformar, purificar, fortalecer, para que el niño, qué digo, toda la humanidad, no fuera tan degenerada, tan loca, tan criminal». Como en las anteriores obras mencionadas, en esta se alude a la maldad como un problema que identifica a los dueños de la casa y se perpetúa en los huéspedes. Publicada en 1901, el doctor Ors es como un Frankenstein paraguayo que no puede experimentar ni crear pues ya bastante tiene con tratar de entender y curar las aberraciones de su tradición.

 

El hombre rasgado por la autoridad 

Entre las aberraciones con las que el Paraguay ha tenido que vivir se encuentran los enfrentamientos bélicos y civiles. Paraguay cuenta, además de acercarnos a personajes perversos y problemáticos, incluye una selección de obras sensibles a las contiendas por las que han atravesado los paraguayos a lo largo de la historia nacional.

La primera ficción en la que se distingue un tratamiento sensible es «Viaje nocturno de Gualberto». Relato largo en el que su autor, Juan Crisóstomo Centurión, partícipe y a la vez distante de la Guerra Grande, nos enseña, por medio de bellas descripciones de su entorno, que la nostalgia y los ideales pueden elevar la vida, el mundo y la literatura, que en esta narración es un medio para condenar y buscar alternativas a las guerras.

Como en esta obra, de hermosas imágenes que se contraponen a la barbarie de las explosiones en el rojo campo de batalla, existen otras que buscan despertar, con lenguaje vívido y a la vez desconcertante, las emociones más nobles y sinceras a la hora de reflejar a quienes se hallan en medio de estos conflictos. Es el caso, por ejemplo, de «Hooohhh lo saihovy», de José Santiago Villarejo. El autor presenta a un personaje cuyo heroísmo se sostiene en un imperativo categórico que causa admiración y extrañeza entre sus camaradas. «Me duele el alma», dice al perder el control en medio de las balas que vuelan amenazadoras en el aire turbio y ruidoso.

En «El guerrillero» de Ana Iris Chaves, un hombre privilegiado idealiza el frente de batalla y se une a la guerra atraído por su propia ficción. Con prosa de belleza contenida, la imaginación de la autora revela dos impresiones sobre un mismo acontecimiento: la heroica y formidable hazaña de enfrentar con armas al enemigo, y la desgarradora experiencia de huir de la muerte. El idealismo, aquí, es la mejor realidad.

La ambivalencia del relato de Chaves, concebida para enseñarnos la inocencia de un joven acomodado y sin experiencia, también podría extrapolarse a otra ficción que explora el alma de las contiendas humanas: «Orden superior». Es un poema en prosa que demuestra cuán grande es la huella que puede provocar la autoridad. El protagonista, instruido en un gobierno represor, lentamente es poseído por quienes lo dominan, tanto en sus actos como en su vida cotidiana. Cuando recibe la orden de golpear a los manifestantes contra el gobierno, la autoridad pasa de ser una semilla a una enredadera que guía sus movimientos y lo enfrenta contra su propio hijo. En el alma del hombre anidan el amor y la violencia. Esta es su propia batalla. Y la autora, de esta manera, logra dar vida a dos palabras que, sin su poesía (que ahonda en el ser), serían solo letras muertas.

Un conflicto similar es retratado en «Solo un momentito» de Rubén Bareiro Saguier. El personaje ya no retrocede, ya no llora de arrepentimiento y ya no se sorprende ante su propia condición, como ocurre en el cuento de Maybell Lebron. Un personaje de Bareiro Saguier ve a la muerte como un breve momento, seguramente doloroso e incómodo, pero sin dudas necesario para cumplir una orden superior. En este cuento, el ambiente impresionista, imaginado y sentido en carne propia, es un personaje más: el que se encarga de alumbrar a los protagonistas, de revelar sus confusiones y convicciones.

La despiadada condición del hombre rasgado por la autoridad también está presente en «Arribeño del norte» de Carlos Villagra Marsal: un hombre venga a la mujer que lo alimentó y recibió amablemente en su hogar. No conocemos su pasado, ni las palabras o el ambiente que lo rodean durante la tarea de ejecutor. El autor lo expone como un conversador típico del Paraguay, con frases cortas que carecen de reflexión y descripciones, y apuntan a necesidades y actos más que a la exploración de las emociones. El viento tiene un especial protagonismo: con él llega el arribeño, y con él se despide de su benefactora. Es un viento de violencia y muerte, a la que vez de justicia y vida.

Un aliento de vida parecido es el que recibe el protagonista de otro cuento desasosegante y marcado por la represión: «La muertita» de Renée Ferrer. Aquí, de nuevo la confrontación armada enturbia el espíritu de los personajes. Miembros de una incipiente guerrilla antidictatorial se preparan para un movimiento de resistencia, pero un sacerdote los delata y terminan torturados y asesinados. La autora logra transmitir un clima de nerviosismo y turbulencia utilizando, en los primeros párrafos, una prosa sin puntuación. Nos introduce en la visión del protagonista para contarnos acerca del encuentro con su hermanita, una bebé a punto de morir que, no obstante, al posarse en sus brazos, lo retiene con sus manitas. Ella es su aliento de vida y quien lo saluda en un clima de tristeza absoluta. Una cuento inquietante, de los más emocionantes de la antología.

 

La derrota de las mujeres

De los cuentos que hablan de la maldad y la guerra, a los que transmiten frustración y desdicha. El primero es «Angola» de Helio Vera. Por medio de frases breves, el autor al parecer busca capturar las dimensiones sociales que construyen la vida de una mujer paraguaya del siglo veinte. Como en «Las señoritas de Pérez Pin», el puritanismo no permite que Angola sea libre e independiente. Y aunque ella trabaje para complacer a su marido, la influencia de las maledicencias y el propio egoísmo del hombre terminan por enterrarla.

Helio Vera desarrolla a la protagonista a través de la descripción de su entorno, sin explayarse con palabras que resulten superfluas, como parece ser el caso de «Riqueza interior», cuento de Javier Viveros también incluido en la antología.

En consonancia con el espíritu de resignación, es preciso destacar «Que la muerte nos separe» de Neida Bonnet de Mendonça. Cuento breve sobre una mujer aprisionada en un matrimonio establecido. La culpa es un espíritu extraño que se adueñó de su persona. El marido solo es bondadoso ante terceros. Y la ausencia de él acompaña los días tristes de la protagonista. Escrito como una carta, la protagonista solo pide una cosa: morir libremente, alejada del panteón que une su nombre y el de su marido. Narración sensible con la realidad de las mujeres oprimidas por sus parejas y familias, y penoso, pues en todo momento está presente la «derrota aceptada» de la que habla Marguerite Yourcenar en el epígrafe.

La misma sensación de derrota, pero sin una clara resolución al respecto, es transmitida por el cuento «Nido vacío» de Milady Giménez. La narradora registra las acciones rutinarias de una mujer agotada por el trabajo, por sus hijos y por el marido que tampoco muestra señales de interesarse ni siquiera en sí mismo. Tal vez la prosa desabrida tenga una relación directa con la vida que sobrelleva la protagonista, sumida en la oscuridad  y el silencio, atenta a las señales del hombre a quien acepta seguir amando.

En esencia, la ficción actual de Milady Giménez está emparentada con una de los mejores de la antología: «El pájaro mosca» de Augusto Roa Bastos. Cuento largo sobre dos hombres, Antonio Ozuna y José María Funes, cuyas aficiones intelectuales se ubican por encima del alma de sus hijas: la de Ozuna vive empobrecida, aislada, mientras su padre, desterrado por razones políticas, se ve obligado a vender sus libros para sobrevivir; la hija de Funes, por su parte, planifica irse del Paraguay, reacia ante la idea de seguir viviendo con un padre rencoroso y codicioso. Funes no acepta que Ozuna sea un hombre intelectualmente superior a él; por ello guarda dentro de sí un placer perverso por la pobreza que su antagonista.

El elemento significativo del cuento es la figura de un pájaro mosca al que la hija de Ozuna da vida a través de su imaginación. Ella es como una Emma Bovary roabastiana: encuentra su libertad en un ser que no forma parte de la realidad.

El siguiente cuento que es sobre una personaje a la que solo le queda la posibilidad de observar cómo le arrebatan su libertad. En «Romance de la niña Francia» de Concepción Leyes, los celos autoritarios del doctor Francia coartan la vida de su hija, una bella joven enamorada: él manda aprisionarla de por vida a la vez que ordena asesinar a su enamorado. Francia muere pronto, pero su espíritu sigue siendo el dueño de la protagonista: «La soledad, el legado de su padre, se posesionaba ya de su destino». Ella vive hasta sus últimos días encerrada, en medio de una ciudad que ignora quién es, y que la ve indolente.

 

La vida está en otra parte

A simple vista, parece que Paraguay cuenta solo explora los sinsabores de sobrevivir en una tierra atosigante e indiferente, como se podría asumir si los ejemplos fueran analizados según el contexto geográfico y político. Sin embargo, también hay momentos que alivian, apaciguan, aunque claramente no sean la norma de lo que ocurre entre sus páginas.

Como las ficciones antologadas nos transportan a la dimensión humana de los conflictos vitales, es natural que ante las perversiones y las confrontaciones existan reacciones de rebelión, fuga y, en el peor de los casos, resignación y sumisión. Esos momentos se hallan en los cuentos «Los cuervos de Icaria», «La carabela», «En tiempo de chivatos», «Amarga cosecha» y «Alcanfor».

En el primero, de Carlos Frutos, nos adentramos en el país de Icaria, donde los habitantes son codiciosos, violentos e ignorantes. Casi todos son conducidos a la miseria por sus gobiernos infectados de perversidad. La protagonista, tras enfermar por culpa de un icariano, y de concebir su hijo, logra huir a las islas británicas junto a Mister White, extranjero interesado en comprender la mente de los icarianos. Cuento de catorce partes que sorprenden, teniendo en cuenta la precisión con la que el narrador consigue describir, a través de imágenes pesadillescas, la problemática condición que casi un siglo después de su escritura sigue caracterizando al Paraguay.

Una similar experiencia es la que vive la protagonista de «La carabela» de Raquel Saguier. Mujer angustiada por el matrimonio que naufraga. Su marido es acusado de robo y en la cárcel, con ojos culpables, acusa a la justicia de aprovecharse de su inocencia. La protagonista solo espera que lo liberen, aunque por dentro no alberga otro deseo más que el de irse a otro país. El cuento retrata un naufragio interior, a través de oraciones que, sobre todo, buscan transmitir atmósferas, como la placentera ilusión de sentir el mar a pocos pasos o la extrañeza de los sueños que iluminan un nuevo rumbo, claro y digno. Desde el principio hasta el final, la narración es íntima, capturando la desazón de una vida que contiene el aliento hasta el final.

Como en el ejemplo de Raquel Saguier, Margarita Prieto recurre, en «En tiempo de chivatos», a una imagen de la naturaleza para expresar las emociones de su protagonista: maestra que vivió su adolescencia acosada por un comisario criminal y mujeriego, cuyo poder le permitía involucrarse con la mujer que se le antojara. Los chivatos simbolizan la realización y la libertad que la personaje siente en sus etapas memorables; y el deshojamiento, por el contrario, refleja su temor ante una posible amenaza. La virtud en este cuento, además, se encuentra en la construcción de los diálogos que revelan los acontecimientos y dirigen la historia de forma fluida.

Compartiendo destino, en «Amarga cosecha» de Carlos Garcete conocemos a un agricultor enemistado contra un acopiador de algodón que no paga el precio acordado de antemano entre ambas partes. Cuento centrado en los hechos, con breves destellos de poesía descriptiva. Como una semilla en proceso de germinación, la narración desata lentamente la rabia y la impotencia de los agricultores a través de la sucesión de los acontecimientos. Se siente el sol y los golpes y el deseo de responder ante la injusticia. El autor se enfoca la descripción de estas sensaciones para desembocar en el contundente y justo final de su historia.

Quienes se ubican en el lugar de las autoridades, en la mayoría de los textos, suelen ser injustos, despóticos, ignorantes, toscos, egoístas. Sus aspectos, percibidos casi al instante, caracterizan comúnmente a los gobernantes del país en el que ocurren casi todas las ficciones. En este sentido, «Alcanfor» de Antonio Bonzi es un cuento que se revela como un ejemplo realista de cuán floja e improvisada es, en este caso específico, la policía paraguaya.

Ya en la historia de Carlos Garcete se podía leer que la fatiga era el rasgo propio de un policía obeso. En el cuento de Antonio Bonzi, el protagonista es consciente de esta y otras debilidades y huye de todas las prisiones en las que lo han encerrado. Pero durante la última detención, lo intimidan con un perro feroz. La prosa busca ser vigorosa para, acorde con la parodia que es, desarrollar el humor, sobre todo cuando recapitula el pasado vandálico del protagonista y también su presente a merced de la mascota de la policía. El final insólito es como una pausa previa ante las derrotas que siguen a continuación.

 

La amargura de vivir en el Paraguay

«El maestro», «¡Fábricas!», «Macario», «Sobrevivientes anónimos» y «Un día de furia» componen el cuarteto realista y, por lo tanto, frustrante del libro. El escenario siempre es el Paraguay: sociedad agitada y ecosistema tumultuoso, en el que los protagonistas son hombres que sólo buscan sobrevivir dignamente. Es lo único que desean. Puede parecer algo nimio, pero para ellos es un objetivo que a veces inalcazable.

El primer ejemplo se enlaza con la resignación. Es «El maestro» de Rafael Barrett. Un trabajador desdichado cuya rutina es lo único que lo sostiene. Empieza así: «Por treinta pesos mensuales el señor Cuadrado, a las cinco de la mañana, incorporaba sobre el sucio lecho sus 60 años de miseria, y empezaba a sufrir». El resto del cuento lo muestra como alguien atosigado por una existencia rutinaria, empobrecida, solitaria, de pocas horas de sueño y muchas de sobrellevar una vida y un trabajo que nadie valora. Por el contexto en el que sobrevive, es de esperar una muerta amarga e ignorada.

El segundo cuento, escrito por Arnaldo Valdovinos, es una crítica y a la vez una exposición del capitalismo en su dimensión engañosa y oportunista. Un extranjero, el señor Taylor, visita un pueblo ribereño con intenciones de apropiarse de la plazoleta local para construir una fábrica. Para lograrlo, promete progreso para todos los habitantes. El narrador expone la cotidianeidad y las costumbres de los habitantes, con oraciones claras y correctas. Al principio es un fresco de carreteros, burreras, verduleras. Y al final se adhiere al muro un destino de injusticia y precariedad, con el señor Taylor al mando. Conclusión realista y penosa, similar al de la novela Madame Bovary: misma sensación de derrota y desaliento.

Otro cuento que se vuelve una exposición crítica es «Macario»  de Guido Rodríguez Alcalá. En este caso, lo que se expone el sistema penitenciario paraguayo y el comportamiento casi indiferente de los abogados que permiten la violación de los derechos humanos de los pobres.

El autor se mete en la piel de un abogado que ha terminado preso. En la prisión, conoce a Macario, pobre hombre fue encerrado sin haber cometido ningún crimen, y al que sólo conocemos por medio del abogado, quien se refiere a la situación de Macario con numerosas justificaciones: «… nuestra justicia es lenta y eso porque tenemos pocos medios…», «No por mala voluntad, como andan diciendo algunos». Gracias a su experiencia en la cárcel, podemos ser testigos de la precariedad e indignidad en la que viven los presos, hostigados por los guardias y sin posibilidades de exigir mejoras.

El protagonista de Guido Rodríguez Alcalá parece continuar su historia en el cuento de Chester Swann, «Sobrevivientes anónimos». La diferencia es que ya no se trata de un expresidiario, sino de un trabajador que termina en la mendicidad, sin una pierna y con un brazo «semitriturado».  Es uno de los sobrevivientes de la explosión ocurrida durante la construcción de la represa binacional Itaipu. En el cuento, el protagonista manifiesta un vocabulario poco común, entre la corrección y la cortesía simulada a través de digresiones irónicas y algo sarcásticas. El uso de este lenguaje también refleja el Paraguay: este es un país donde se ve como una rareza e incluso se margina a quienes exigen sus derechos, ejercen una mínima crítica y usan correctamente el idioma en el habla cotidiana. A un personaje como el de Chester Swann, identificado con estas características, no le queda más opción que pedir disculpas por olvidarse en qué país sobrevive.

El cuarto ejemplo realista y frustrante, «Un día de furia» de Arístides Ortiz, también expone la condición caracterológica de un superviviente. El protagonista, abrumado por el contexto físico y psicológico (trabaja en el centro de Asunción), erupciona su furia interior en una escena de violencia extrema. El cuento es mayormente descriptivo, de atmósfera asfixiante y lenguaje simple, con chispazos de figuras literarias que expresan el malestar interior del protagonista.

 

La salvación en la literatura 

«Putus versus» de Humberto Bas es un cuento transgresor y entretenido: un grupo de hombres reunidos en un bar gay decide enfrentar a un equipo de futbolistas profesionales como respuesta a una provocación. Lo que sigue son pasajes desternillantes que nos transportan desde la preparación del nuevo equipo (el Tigresias Fútbol Club) hasta el «partido del siglo», al que los protagonistas han llegado con mucho esfuerzo y consecutivas derrotas, ilusionando al púbico y los lectores.

Semejante situación también leemos en «El apocalipsis según Benedicto» de Esteban Bedoya. En este cuento, es el papa Benedicto XVI quien decide permitir el matrimonio para los curas, en una declaración esperada por el mundo entero. Esa decisión deriva en su jubilación y posterior aislamiento, junto a la monja sor Pascualina. Como en el cuento anterior, leemos las reacciones de rechazo ante todo lo que no se ajuste a las tradiciones de una sociedad conservadora. Uno de los logros del autor, en este sentido, es la creación de un personaje de diferentes matices, pues nos introduce en la mente y la cotidianidad de un hombre religioso y astuto, cuyas intenciones están conjugadas con las ansias de conquista del Vaticano y a la vez son un reflejo de sus deseos personales.

Otro tipo de escándalo leemos en «La diatriba» de Sebastian Ocampos. El protagonista del cuento es un joven que crea un perfil falso en internet con el objeto de ganarse una virtual popularidad y vender la mayor cantidad de copias de su primer libro. Creado el perfil, empieza a publicar diatribas contra los autores consagrados, provocando reacciones a favor y en contra. El personaje hace lo posible para evitar la indiferencia, aún a sabiendas de que el precio probablemente será morir con ese secreto.

En esta antología, en algunos casos, los autores construyen sus oraciones no solo de acuerdo a lo que quieren comunicar. La manera en que escriben (y los elementos materiales que incorporan) a veces se relaciona con el perfil psicológico del personaje o el clima que se vive en la historia. En «Arribeño del norte», «La muertita», «Sobrevivientes anónimos», «Macario», «El guerrillero», «Nido vacío», «Viaje nocturno de Gualberto», «La diatriba», «Riqueza interior», «La mano en la tierra» de Josefina Plá y «El refutador» de Gilberto Ramírez Santacruz, la forma tiene significados.

Por ejemplo, el cuento de «La diatriba», en consonancia con el protagonista calculador, presenta una prosa seca que agiliza la historia y se asemeja a la estrategia aparentemente espontánea, pero de una previsibilidad innegable. En «Riqueza interior», la presentación también está relacionada con el carácter del protagonista: un hombre que defiende y exalta su amistad con otra persona solo porque puede beneficiarlo en el futuro. El monólogo está construido por oraciones de muchos rodeos que disfrazan no sólo el egoísmo del protagonista, sino también el deseo de cubrir sus verdaderas intenciones. El texto es como un gato de la suerte que oculta su vacuidad con brillo y colores llamativos.

Por otro lado, en «El refutador» leemos una larga sesión psicoanalítica en la que Roa Bastos expone deseos y reflexiones personales y tal vez ocultas. El cuento está construido con palabras que buscan estar a la altura moral, intelectual y literaria de los recovecos de la mente del escritor. Roa Bastos es presentado como un hombre bifurcado: por un lado, una versión crítica del gobierno de Francia y la realidad política, social y económica del Paraguay; por otro, posesionado por el dictador al que dio vida en su mejor novela.

Último cuento de forma y fondo enlazados: «La mano en la tierra» de Josefina Plá. Bella ficción histórica, de lenguaje íntimo, que acompaña y se ubica en el mismo nivel tanto la nostalgia como el deseo de pertenencia que define la última etapa del protagonista. Texto completamente purificado por una sensibilidad poética que hermana el hombre español con la nueva tierra en la que decide posar su mano, como aferrándose a ella, talvez prefiriéndola a su hogar, pero resguardando, muy dentro de sí, deseos de saber cómo se encuentra su pasado, si es que este todavía existe más allá de la memoria.

Un cuento vinculado con el tema desarrollado por Josefina Pla es «El Stradivarius» de Augusto Casola. Dividido en 11 partes y protagonizado principalmente por el personaje de Antonio Stradivari: fabricante de instrumentos obsesionado con la inmortalidad, finalmente resuelta con la creación de un raro violín. Historia espléndida, por el ejercicio pausado de memoria que se despliega en la mayor parte de su extensión.

 

Las miradas de ayer y de mañana

«El guahu» de Gabriel Casaccia narra la historia de un hombre que vive angustiado tras la muerte de su hermano. El aullido de un perro lo atormenta. Como lectores podemos acompañar su dolor, sentir su miedo y, pese a su comportamiento cuestionable, comprender la persecución de la que él se siente víctima. Este es probablemente el gran valor del cuento: a través de su construcción (pasado familiar, entorno social y presente psicológico), el autor vivifica emociones y pensamientos reales, al menos en situaciones desesperantes.

En «Ofiuco», cuento de tres partes, Mónica Bustos presenta a personajes en situaciones distópicas. La protagonista, Beatriz, es una joven solitaria que se siente «de todas partes y a la vez de ningún lugar». Tras frustrarse en el periodismo paraguayo, trabajó en diversos aeropuertos de Suramérica y Europa. En el último, en Londres, fue reemplazada por un holograma. Entonces decide unirse a un grupo de resistencia contra la mano de obra robótica. De su pasado personal solo leemos que su padre le mintió y que la abandonó, y que vivió con su madre en Ciudad del Este y Presidente Franco, entre Brasil y Argentina. A partir de estos hechos, la autora construye la individualidad de la personaje: conecta la ausencia del padre con sus problemas sentimentales, la mentira del padre con su deseo de contar la verdad y la infancia entre fronteras con su convicción de que «los límites son imaginarios».

A diferencia del cuento de Gabriel Casaccia, en el que nos introducimos en el protagonista, en el de Mónica Bustos somos sobre todo espectadores, pues los personajes parecen postales, palabra que la narradora dice cuando explica qué es lo que un personaje percibe al recordar a sus padres: «Ahora todos sus recuerdos son así, postales. Imágenes que pueden interpretarse de tantas formas. Escenas que empiezan y terminan en la nada». Esta condición no solo caracteriza a los protagonistas, sino también a los escenarios y las acciones.

 

Conclusión 
Paraguay cuenta es una antología que observa el país en sus dimensiones políticas, sociales, culturales y personales. En los cuentos más clásicos, lo observa con ojos muy abiertos, preocupados sobre todo por la ignominia y la injusticia que oprime a sus habitantes. Y en los cuentos más contemporáneos, dirige la mirada hacia el interior de las personas, preponderando la comprensión del alma y capturando el deseo de mirar al cielo, hacia otros paisajes, donde la vida no sea solo una desalentadora lucha por la supervivencia.

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