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Un cadáver rodeado de flores

En memoria de Charles Fourier, quien supo comprender a tiempo que el proceso industrializador conducía hacia un universo de la simulación, la repetición compulsiva y la abolición de la diferencia, emprendiendo una cruzada a favor de lo natural frente a lo artificial.

Charles Fourier (Besanzón, 7 de abril de 1772 — París, 10 de octubre de 1837).

Charles Fourier (Besanzón, 7 de abril de 1772 — París, 10 de octubre de 1837).

«Fourier: se han burlado, pero no habrá  más remedio que catar un día u otro tu medicina».

Oda a Charles Fourier, André Breton.

«No pretendo decir que mis perspectivas sean inmensas porque hayan alcanzado lo que las vuestras no han logrado en modo alguno: he hecho lo que otras mil personas podían haber hecho antes que yo, pero he ido sólo hacia el objetivo, sin medios adquiridos y sin caminos abiertos. Yo SOLO habré confundido veinte siglos de imbecilidad política; y a mí sólo las generaciones presentes y futuras deberán la iniciativa de su inmensa felicidad. Antes de mí, la humanidad ha perdido varios miles de años en luchar locamente contra la naturaleza; yo he sido el primero que se ha doblegado ante ella al estudiar la Atracción, órgano de sus decretos; por eso se ha dignado sonreír al único mortal que le rindió homenaje y me ha entregado todos sus tesoros. Poseedor del libro de los destinos, vengo a disipar las tinieblas políticas y morales, y sobre las ruinas de las ciencias inciertas elevo la ‘Teoría de la armonía universal’». Exegi monumentum aere perennius. Charles Fourier, O.C., tomo I, pág. 191.

El 10 de octubre de 1837, en un pequeño piso de la rue Saint Pierre de Montmartre, completamente solo, tal como había vivido, murió de una crisis cardiaca el  «poseedor del libro de los destinos de la humanidad». Su portera le encontró caído en el suelo, rodeado de sus gatos y los jarrones de flores que constituían su única compañía.

El mundo lo olvidó pronto: en realidad nunca había hecho mucho caso del extravagante hombrecillo que esperaba todas las tardes la visita de algún rico benefactor que subvencionara la puesta en práctica de la falange de ensayo societaria. Sus discípulos no tardaron en traicionarle, amputando buena parte de sus ideas. A partir de 1848, la fuerza del pensamiento marxista arrojó a la cuneta a aquellos que fueron considerados como socialistas primitivos o utópicos. Habrá que esperar a la década de los 60 del siglo XX para que de nuevo se comience a prestar atención al «más clarividente de los visionarios de su tiempo».

Para entonces el modo de producción capitalista había desarrollado ampliamente sus potencialidades. En plena expansión económica, la sociedad de consumo se mostraba incapaz de generar la felicidad humana y los jóvenes expresan con su revuelta el «malestar de la civilización». Tampoco la revolución marxista—leninista había conseguido generar la felicidad allí donde había triunfado. La revuelta juvenil de mayo de 1968 no tenía por objetivo cambiar simplemente el modo de producción económico, sino cambiar el modo de vida cotidiano. Los jóvenes parisienses eran conscientemente utópicos; uno de sus lemas resumía perfectamente el mensaje del romántico soñador de la atracción pasional: «Sed realistas, pedid lo imposible». Lo imposible era en la época de Fourier como es en la nuestra, la felicidad, el derecho al goce sin límites. Imposible porque tal objetivo no puede alcanzarse sin una transmutación radical de los valores que constituyen la cultura occidental desde su origen. «Fundar la sociedad a partir del deseo y no a partir de su represión», fue el mensaje de Fourier desenterrado por los jóvenes del 68.

Hoy, treinta años después de ese estallido juvenil que conmoviera al mundo, vivimos tiempos menos utópicos. Lo que parece estar al alcance de la mano no es la utopía sino su contrario: la contrautopía, profetizada por Orwell y Huxley: la manipulación genética, la mentira sistemática a través de los medios de comunicación de masas, el control informatizado de la sociedad, el deterioro irreversible del medio ambiente y la guerra perpetua, son ya realidades cotidianas.

En los inicios de la revolución industrial, muchas de cuyas contradicciones fue capaz de anticipar de forma extraordinaria, Fourier sueña un mundo pastoril de productores de frutas y flores, para los que no hay diferencia alguna entre trabajar y hacer el amor. No sueña una utopía industrial, como su contemporáneo Saint—Simon, sino la Arcadia feliz de Rousseau, cuya sabiduría y felicidad se basan en una plácida ignorancia, desdeñosa del progreso industrial. Un solo saber le es útil al hombre, aquel que exigía el oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo», conoce tu naturaleza, tu carácter, tus pasiones dominantes y busca entre tus semejantes y en la naturaleza exterior su complemento, respeta la diferencia y tu diferencia será respetada, no fuerces la naturaleza y la naturaleza te ofrecerá sus dones.

La lectura de Fourier en una sociedad completamente dominada por el avance inexorable de la tecnología de la información resulta un ejercicio estimulante. Nuestra sociedad representa la antítesis extrema del sueño fourierista. Las flores que se cultivan son ciertamente bellas pero artificiales: flores de plástico, de papel, de aluminio que están en lugar de las flores auténticas. Flores sin significado, producidas en serie, que no se marchitan pero que carecen de olor o cuyo olor es tan artificial como la propia flor.

Las flores que rodeaban el cadáver de Fourier representaban pasiones, eran hieroglifos cósmicos, un vínculo sagrado entre el hombre y el universo. Eros y Tanatos. La vida y la muerte hermanadas en el lóbrego cuarto de una pensión. Nunca llegó el patrocinador que arriesgara su fortuna en la realización de un sueño. Fourier ofreció dividendos de felicidad a los socios fundadores, pero la felicidad se encuentra al margen del mercado, lo que podemos encontrar allí son sus sucedáneos: las flores sin olor que no se marchitan nunca.

Fourier temía que algún día las flores naturales fueran sustituidas por flores artificiales y quiso convertir al hombre en jardinero del universo. Entre la flor y la máquina eligió la flor, el mecanismo vivo frente al mecanismo muerto.

Los campos de flores y las huertas fueron horadados por las excavadoras y en su lugar emergieron urbanizaciones de cemento. Apenas quedan jardineros mientras proliferan burócratas y funcionarios de ojos tristes y ejecutivos que devoran estimulantes para mantenerse en la brecha. De la máquina—vivienda a la máquina—fábrica o la máquina—oficina, a través de la máquina—ciudad, hombres de gestos maquinales se desplazan sobre máquinas de unas máquinas a otras. Se aprende a hacer el amor a través de manuales que nos muestran las zonas erógenas de nuestra máquina corporal y su mejor aprovechamiento. La publicidad determina lo que debemos desear, mientras que la moda nos transforma en objetos del deseo. Diseño industrial del tiempo libre: playas contaminadas convertidas en parrillas donde se asa lentamente el cuerpo pasivo, o frenéticos safaris fotográficos por las ciudades. Nostalgia de la naturaleza en la aventura controlada del trekking y en los paseos por los montes talados y convertidos en parcelas urbanizadas. Nostalgia de la cocina tradicional en los restaurantes frecuentados el fin de semana, mientras la dieta del hombre moderno se compone habitualmente de platos precocinados de sabor indefinido, con aromas elaborados por procesos químicos. Universo de la simulación en el que simulamos incluso la propia vida, prolongando durante meses la agonía del moribundo mediante máquinas que sustituyen su corazón y sus pulmones. Niños clónicos que no tendrán necesidad de mirarse al espejo. La producción industrial se extiende incluso a la producción de la vida, eliminando la diferencia. De la máquina industrial a la máquina social, todo tiende al orden basado en la indiferencia absoluta, en la repetición incansable del objeto, el gesto, el deseo; en la suplantación del hombre real por un ente estadístico que constituye la forma moderna de la metafísica.

Fourier supo comprender a tiempo que el proceso industrializador conducía hacia un universo de la simulación, de la repetición compulsiva y la abolición de la diferencia, emprendiendo una cruzada a favor de lo natural frente a lo artificial, de la multiplicidad y la diferencia frente a la estandarización de la producción y el consumo, del polimorfismo del deseo frente a la homogeneidad del orden instituido; con estos materiales construyó la más gigantesca utopía de todos los tiempos.

Y es precisamente en estos tiempos antiutópicos que vivimos cuando se hace más imprescindible reabrir el debate sobre la utopía y adquiere un renovado valor el delirio onírico de Fourier frente al positivismo triunfante.

Nota: esta semblanza se publicó originalmente en el periódico El Independiente el 29 de septiembre de 1990.

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