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Últimas cartas desde la locura

Últimas cuatro cartas escritas por el pintor Vincent Van Gogh en Auvers-sur-Oise, Francia. La última, con fecha 29 de julio de 1890, es la carta que Vincent tenía sobre sí el día que falleció.

Imagen de la carta escrita por  Vincent van Gogh el 17 de junio de 1890.

Imagen de la carta escrita por Vincent van Gogh el 17 de junio de 1890.

4 de junio de 1890

… Por cierto me parece tan enfermo y aturdido con algunos años como tú y yo[1], y es de mayor edad y hace algunos años perdió a su mujer, pero es muy médico y su oficio y su fe sin embargo lo sostienen. Ya somos muy amigos y por casualidad también conoció a Brias de Montpellier y tiene de él las mismas ideas que tengo yo, que es alguien muy importante en la historia del arte moderno.

Trabajo en su retrato, la cabeza con una gorra blanca, muy rubia, muy clara, las manos también de encarnación clara, un frac azul y un fondo azul cobalto, apoyado sobre una mesa roja, sobre la que hay un libro amarillo y una planta de digital con flores púrpuras. Está dentro del mismo sentimiento que mi retrato, que hice cuando llegué aquí.

17 de junio de 1890

… En este momento estoy haciendo dos estudios, uno un ramo de plantas salvajes, cardos, espigas, hojas de diferentes coloraciones. Una casi roja, la otra muy verde, la otra amarillenta.

El segundo estudio, una casa blanca entre la vegetación, con una estrella en el cielo de noche y una luz anaranjada en la ventana y vegetación, negra y una nota rosa oscura. Eso es todo por el momento. Tengo una idea para hacer una tela más importante de la casa y del jardín de Daubigny, del que ya tengo un pequeño estudio.

El Sr. Gachet es absolutamente fanático de ese retrato y quiere que haga uno para él, si puedo, absolutamente igual, cosa que yo también deseo hacer. También pudo comprender ahora el último retrato de arlesiana, del que tienes uno en rosa; cuando viene a ver los estudios vuelve siempre a esos dos retratos y los admite por completo, pero por completo, tal cual son.

Espero enviarte pronto un retrato de él.

Además pinté en su casa dos estudios que le di la semana pasada, un áloe con caléndulas y cipreses, y el domingo pasado, rosas blancas, parra y una figura blanca.

Muy probablemente también haré el retrato de su hija que tiene diecinueve años, y de la que me imagino que Jo se hará muy pronto amiga.

Entonces es una gran alegría para mí hacer los retratos de todos ustedes al aire libre: el tuyo, el de Jo y el del pequeño.

Mi querido amigo Gauguin:

Gracias por haberme escrito de nuevo, mi querido amigo y queda tranquilo, que después de mi regreso he pensado en ti todos los días. No me he quedado en París más que tres días y el ruido, etc., parisiense me causaba tan mala impresión que he juzgado prudente para mi cabeza largamente al campo; de no ser así en seguida hubiera corrido a verte. Y me causa un enorme placer que digas que el retrato de la arlesiana, hecho rigurosamente sobre tu dibujo, te ha gustado.

He tratado de seguir con fidelidad respetuosa tu dibujo y, sin embargo, tomando la libertad de interpretar por medio de un color el carácter sobrio y el estilo del dibujo en cuestión. Es una síntesis de arlesiana, si quieres; como las síntesis de arlesianas son raras, toma ésta como obra tuya y mía; como resultado de nuestros meses de trabajo juntos. Para hacerlo, yo he pagado con más de un mes de enfermedad, pero también sé que es una tela que tú, yo, y otros pocos comprenderemos, como nosotros querríamos que se comprenda…

Tengo aún de allá un ciprés con una estrella, un último ensayo —un cielo de noche, con una luna sin resplandor, apenas el delgado creciente emergiendo de la sombra opaca proyectada por la tierra—, una estrella de resplandor exagerado, si te parece, resplandor suave de rosa y verde en el cielo ultramarino donde corren las nubes.

En lo bajo, un camino bordeado de altas cañas amarillas, detrás de las cuales están los Bajos Alpes azules, un viejo albergue con ventanas iluminadas de anaranjado y un ciprés muy alto, muy recto, muy sombrío.

Sobre el camino, un coche con un caballo blanco y dos paseantes retrasados. Muy romántico, si te parece; pero también, creo, muy provenzal…

Oye una idea que quizá te convenga; yo trato de hacer así, estudios de trigales —yo no puedo sin embargo dibujar esto—, nada más que tallos de espigas verdeazules, hojas largas como cintas, verdes y rosas por el reflejo, espigas amarilleantes, ligeramente ribeteadas de rosa pálido por la floración polvorosa, una campanilla rosa en lo bajo, enrollada alrededor de un tallo.

Así, ayer vi dos figuras: la madre, con un vestido carmín profundo, la hija en rosa pálido con un sombrero amarillo sin adorno alguno; rostros muy sanos de campesinas, bien curtidos por el aire libre, quemados por el sol; la madre, sobre todo, con una cara muy, muy roja y cabellos negros y dos diamantes en las orejas. Y he vuelto a pensar en esa tela de Delacroix: La educación materna. Porque en las expresiones de los rostros había realmente todo lo que hubo en la cabeza de George Sand, ya sabes que hay un retrato —busto George Sand— de Delacroix; hay un grabado en la Ilustration, con los cabellos cortos.

30 de junio de 1890

Una carta de Gauguin bastante melancólica; él habla vagamente de que está decidido a irse a Madagascar; pero tan vagamente, que se ve claro que piensa en esto porque no sabe realmente en qué otro lugar pensar.

Y la ejecución del plan me parece casi absurda.

Incluyo tres croquis —uno de una figura de aldeana, gran sombrero amarillo, con un nudo de cintas azulceleste, rostro muy rojo, traje casero grueso, azul, puntilleado de anaranjado, fondo de espigas de trigo.

Es una tela de 30, pero temo que sea un poco grosera. Después el paisaje a lo largo con los campos, un motivo que sería de Michel, pero en cambio la coloración es verde tierno, amarillo y azul verde.

Después, una maleza de troncos de álamos violetas que perpendicularmente, como columnas, atraviesan el paisaje; la profundidad de la maleza es azul y, bajo los grandes troncos, la pradera florida, blanca, rosa, amarilla, verde, largas hierbas rosadas y flores.

Quizás veas este croquis del jardín de Daubigny —es una de mis telas más queridas—; te adjunto un croquis de viejos rastrojos y los croquis de 2 telas de 30, que representan inmensas extensiones de trigo después de la lluvia.

El jardín de Daubigny tiene el primer plano de hierba verde y rosa. A la izquierda, un macizo verde y lila y un tronco de planta con follaje blanquecino. En medio de un cantero de rosas a la derecha, un conjunto de cañas, una pared y sobre la pared un avellano de follaje violeta. Después, una hilera de lilas, una fila de tilos redondeados, amarillos; la casa misma en el fondo, rosa, con techo de tejas azuladas. Un banco y tres sillas, una figura negra con sombrero amarillo y en primer plano un gato negro. Cielo, verde pálido.

29 de julio de 1890[2]

Mi querido hermano:

Gracias por tu buena carta y el billete de 50 francos que contenía. Ya que esto va bien, que es lo principal, ¿por qué insistiré sobre cosas de menor importancia? ¡A fe mía!… antes de que haya oportunidad de hablar de asuntos con la cabeza más reposada, pasará probablemente mucho tiempo.

Los otros pintores, piensen lo que piensen, instintivamente se mantienen a distancia de las discusiones sobre el comercio actual.

Porque aunque, la verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen, mi querido hermano, añado que siempre te he dicho —y te vuelvo a decir otra vez con toda la gravedad que pueden dar los esfuerzos del pensamiento asiduamente fijo para tratar de hacer tanto bien como se pueda—, te vuelvo a decir que yo consideraré siempre que tú eres algo más que un simple marchand de Corot, y que por mediación mía tienes tu parte en la producción misma de ciertas telas que aun en el desastre guardan su calma.

Porque nosotros estamos aquí y esto es todo o por lo menos lo principal que puedo tener que decirte en un momento de crisis relativa. En un momento en que las cosas están muy tirantes entre marchands de cuadros de artistas muertos y de artistas vivos.

Pues bien, mi trabajo; arriesgo mi vida y mi razón destruida a medias —bueno— pero tú no estás entre los marchands de hombres, que yo sepa; y puedes tomar partido, me parece, procediendo realmente con humanidad, pero, ¿qué quieres?


[1] Se refiere al Dr. Gachet.

[2] Carta que Vincent tenía sobre sí el día que falleció.

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1 Comentario
  • Sofia Martínez
    enero 20, 2014

    No hay duda que este artista es un genio en todos los aspectos del arte, claro que en lo que más destaca es en la pintura. Van Gogh de verdad me impresiona pues a pesar de su trastorno mental fue capaz de esbozar esa gran obra y característica suya por el colorido de sus cuadros y sobre todo por ese gran sufrimiento que representa una enfermedad mental.

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