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Sumisión de la libertad

Michel Houellebecq publicó Sumisión en 2015, novela de campus universitario y de distopía política, en la que un grupo musulmán gana adeptos y se hace camino hasta la presidencia de Francia. En esta reseña del libro, José Bueno Villafañe nos comparte su lectura crítica.

 

Sumisión, del escritor francés Michel Houellebecq, presenta la vida y las reflexiones de François, un profesor de literatura de la Sorbona, experto en el escritor decimonónico Joris Karl Huysmans. A sus más de cuarenta años, es consciente que la mejor etapa de su vida ha terminado. Su zenit intelectual quedó muy atrás y se dedica a dar clases y a colaborar con revistas literarias. Nada de esto le entusiasma. Llena las horas de su vida trabajando para la universidad, alcoholizándose y teniendo sexo con sus alumnas. Su abulia tiene como contexto un ambiente político caldeado, en el que un partido ficcional, La Hermandad Musulmana, cuenta con el candidato a presidente de la república más atractivo. Impredecibles, las negociaciones políticas aportan el suspenso necesario en una Francia, una Europa y un mundo complejos. Mientras, un protagonista ensimismado bebe y lamenta su soledad. Ambas tramas, aparentemente opuestas, son conducidas por observaciones que terminan justificando algo aparentemente inverosímil: la conveniente de la conversión/sumisión de François al islam.

Un lector latinoamericano podría suponer, acercándose más o menos a la verdad, que hablar de un profesor de la Sorbona es señalar a uno de los puntos más altos del desarrollo profesional. ¿Cómo un círculo de personas tan calificadas se plantea abrazar la fe musulmana, cuando la academia del primer mundo está más relacionada al laicismo, la metodología y las relaciones entre datos y teorías? Para Hegel, los países árabes se encontraban fuera de la historia. Samuel Huntington escribió el libro Choque de civilizaciones como una suerte de espejo de la expresión Civilización y barbarie acuñada por Sarmiento. Los civilizados son los del noroeste; los bárbaros, todos los demás. Sobre todo, sin son creyentes en Alá.

El novelista Houellebecq reflexiona sobre esa cuestión y critica despiadadamente a los intelectuales occidentales. Resulta interesante su confesión al final del libro: del mundo universitario él no sabía nada, hasta la investigación que incluyó una serie de entrevistas con una amiga. La ironía implícita es vital en este autor, pero la misma se vuelve explícita cuando François trata de ingenuos a los saudíes que invierten muchísimo dinero en salarios de profesores universitarios. Para él, los académicos no tienen importancia; son incapaces de generar algún cambio.

Paralela a esta crítica, el escritor desarrolla la siguiente disyuntiva: si vivimos en un mundo donde la credibilidad en el relato de la superioridad occidental ha acabado, sólo nos queda flotar en el éter terrestre sin pasarla tan mal, descreyendo de todo; o mirar hacia el pasado en busca de algún imperativo fuerte que de sentido a nuestra vida y someternos a él. Esto es lo que François hace: ante una sociedad para la que no encuentra sentido, coherencia o fundamentos, decide llevar una vida «fácil y decorosa» ―al decir del personaje Iván Ilich de Tolstói―, hasta que los factores externos a su voluntad lo estresan, pero como antesala a una nueva adaptación. ¿Desafiar las circunstancias? ¿Con qué objeto?

El talento del escritor francés es, entre otros, utilizar la técnica opuesta a la perfeccionada por José Saramago en varias de sus novelas: en vez de plantear una situación fantástica para ver cómo la sociedad en su conjunto y complejidad reacciona, presenta el malestar actual con tanta profundidad y desenfado, que hace parecer razonable el camino tomado por sus personajes. Lo que se presenta es, ni más ni menos, que la grieta producida por el debate modernidad-posmodernidad ―cuyos principales protagonistas fueron los filósofos franceses― en la que el ser humano de fines del Siglo XX y principios del XXI, carente de grandes consignas históricas o de alguna respuesta de quienes hablan por la humanidad, vive sin más compromiso que sus placeres inmediatos. Al menos, hasta que un discurso suficientemente atractivo racionalice sus deseos más profundos.

Finalmente, terminamos sometidos a lo que creemos que es nuestra libertad. Esto fue magistralmente logrado por Houellebecq. Tanto así que algunos ya lo llaman profeta.

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