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Roa Bastos todavía está aquí

Tomás Eloy Martínez, el buen amigo del Cervantes paraguayo, publicó esta crónica el 28 de abril de 2005, dos días después de la muerte de Augusto Roa Bastos, en el diario La Nación de Argentina. Luego la amplió e incluyó en su libro Lugar común la muerte, con un nuevo título: El rey Lear en Asunción.

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La última vez que hablé por teléfono con Augusto Roa Bastos, una mañana tórrida de enero de 2005, nos quedamos varios segundos en silencio. Lo sentí fatigado, tristísimo. «¿Estás ahí todavía?», le pregunté. «Estoy —me dijo—, pero no sé por cuánto tiempo.» Me pareció otra de las bromas que se gastaba a sí mismo: las centellas de sarcasmo que dejaba caer sobre la decadencia del cuerpo y la fugacidad de la fama. Han pasado tres meses y hoy, 26 de abril, acaban de avisarme que ha muerto en Asunción —adonde fue hace diez años para eso: para despedirse y morir—, y me resisto a creerlo. Es una muerte que me agravia en primera persona.

Augusto fue el primer amigo que tuve cuando llegué a Buenos Aires, poco después de cumplir 20 años, y el escritor con el que he compartido más intimidades a lo largo de la vida. Durante meses nos enviamos cartas en las que reflexionábamos sobre nuestra condición de latinoamericanos subtropicales. Con desvergüenza le conté que me desvelaba escribiendo una novela sin pies ni cabeza mientras él me hacía llegar los cuentos poderosos que luego reuniría en El trueno entre las hojas. En una de sus cartas me confió: «Escribo los cuentos en los descansos de mi trabajo como mozo de dormitorio de la amueblada F». Amueblada era el nombre que se daba en la Buenos Aires de los años cincuenta a los hoteles para las parejas clandestinas. Alguien me había contado, poco tiempo antes, que Augusto era agente de la compañía de seguros Continental, y ya me había acostumbrado a imaginarlo como el Fred Mac Murray que vende pólizas envenenadas en Double Indemnity. Conocer su verdadera y extravagante ocupación descolocó al provinciano ingenuo que yo era entonces, y que quizá sigo siendo. «El trabajo que hago no es exigente y me quedan muchas horas libres. Llevo bebidas a los cuartos y las parejas me dan propinas generosas por eso. Cuando se van, recojo las sábanas y las toallas y las llevo a la lavandería. Todos los clientes se avergüenzan. Los aterra el escándalo y por lo general no hay problemas. Yo finjo que a nadie reconozco, pero más de una vez me he cruzado con escritores que me dan vuelta la cara. ¡Si supieras! Los aterra la idea de que uno de sus colegas se rebaje a menesteres tan despreciables, porque ven en mí el espejo de sus abismos.»

Cuando releo esas viejas cartas amarillentas tengo la impresión de que su voz todavía sigue viva en ellas, burlándose de las formalidades del mundo y, sobre todo, burlándose de sí mismo.

Ya en Buenos Aires, nos reuníamos con Amelia Biagioni en el café La Fragata, a pocos pasos del diario La Nación, donde yo empecé a trabajar en 1957. Augusto me daba a leer los cuentos del entonces desconocido Juan Rulfo, y Amelia se solazaba sorprendiéndonos con los versos más herméticos de Trilce. Muy pocas veces condescendía a leernos su propia obra, que era extraordinaria y sigue siéndolo. Yo tenía la sospecha de que estaba enamorada secretamente de Augusto. Hablaba de él con una admiración que llegaba casi hasta el endiosamiento. Roa Bastos parecía no advertirlo o prefería dejar el tema en el aire. Otras Amelias lo inquietaban entonces.

Una de esas tardes nos llevó a La Fragata ejemplares de El trueno entre las hojas, que acababa de ser publicado por Losada y nos habló por primera vez del fresco sobre la guerra del Chaco que estaba escribiendo entonces y que iba a llamarse Hijo de hombre. Creo que fui una de las primeras personas a la que dio a leer el manuscrito de esa obra, así como él fue el primer lector de mi fallida novela Sagrado, a la que dedicó reseñas demasiado generosas en el diario La Gaceta de Tucumán y en la revista Sur. En 1972 compartía con Amelia Nassi —su compañera de entonces— un departamento modesto en Villa Crespo. Yo solía visitarlos por las tardes. Oía entonces a Roa leer las páginas majestuosas de Yo el Supremo, en las que brillaba una luz de eternidad que parecía engendrada por un poeta de otro mundo. Amelia nos servía té, y ella también se extasiaba escuchándolo. Una o dos veces me despertó en medio de la noche para que fuera en busca de un médico. Augusto se quedaba sin aire y parecía que iba a morir de un momento a otro. El médico lo revisaba, verificaba la presión, lo sometía a electrocardiogramas, y al fin dictaminaba que su salud era tan buena como la de un niño feliz. Augusto insistía en que se estaba muriendo de un ataque al corazón, cuando lo que estaba desquiciándolo, en verdad, era la angustia de esa novela monumental, omnipotente, que le crecía por dentro como una población de difuntos.

Al regresar de una de las excursiones a la sala de emergencias, nos entretuvo recitando, como si nada hubiera pasado, unos versos de El rey Lear, la tragedia de Shakespeare que más le gustaba: «La vida es tan dulce / que preferimos una muerte incesante / a morir de una vez». Tenía una voz musical y sentenciosa, que acentuaba las consonantes con la lengua doblada hacia adentro, tal como hacen los guaraníes.

Muchos años después le pregunté si lo que le sucedía en aquellas noches no eran meros ataques de pánico por el miedo a morir antes de terminar su novela. La pregunta lo ofendió. «Estaba enfermo de veras», me corrigió. «Sufría arritmias graves, picos de hipertensión, y en el hospital se lo tomaban muy en serio. Contra lo que suponés, nada me daba miedo. Yo estaba seguro de que no moriría antes de la última página del Supremo y sabía que, aun muerto, la novela se seguiría escribiendo.»

Después del éxito abismal de su libro, Roa Bastos se afincó en el sur de Francia, convocado por la Universidad de Toulouse le Mirail. Allí conoció a su siguiente compañera, Iris Giménez, especialista en la lengua náhuatl y en cultura azteca. Desde entonces nos veíamos muy de vez en cuando. Aun así, yo lo llamaba por teléfono siempre que pasaba por París así como él me llamaba cada vez que viajaba a Caracas, donde me refugié de las crueldades argentinas durante casi una década.

Hacia 1989, cuando le dieron el premio Cervantes, recuperamos la costumbre de las cartas. En verdad, era yo quien le escribía. El Supremo era una obra irrepetible e inalcanzable, y todo lo que Roa publicó después parecía la sombra pálida de aquel portento. Leí con avidez Vigilia del almirante, que apareció en vísperas del quinto centenario del descubrimiento de Colón. Al año siguiente me precipité sobre El fiscal, que prometía continuar la trilogía sobre lo que Roa llamaba «el monoteísmo del poder», con la esperanza de que asomara allí la grandeza de sus obras mayores. En Vigilia noté que se cubría las espaldas repitiendo algunos de los trucos retóricos del Supremo; y que en El fiscal reaparecían ciertas malezas naturalistas de Hijo de hombre. Como lo quería mucho, incurrí en la torpeza de señalarle que su camino de narrador llevaba ya quince años navegando con las velas caídas. No había pedido mi opinión y temí perder su amistad, pero me desarmó con un mensaje lleno de afecto. Me dijo que cuando leyera Madama Sui —la novela sobre la amante del dictador Stroessner en la que por entonces trabajaba— tendría que retractarme. Hasta el sol de hoy lamento no haber podido darle la razón. Tuve que esperar hasta el año 2002, cuando me hizo llegar desde Asunción un relato extraordinario, Frente al frente argentino, parte de un libro escrito a ocho manos con Alejandro Maciel, Eric Nepomuceno y Omar Prego Gadea. Es otra de sus obras maestras: un diálogo sobre la guerra y la creación artística entre el pintor Cándido López y el general Bartolomé Mitre, desvelado el uno por la traducción de La divina comedia y atormentado el otro por la torpeza con que su mano única, la izquierda, vertía en el lienzo las imágenes de la batalla de Curupayty.

Casi todos mis recuerdos de juventud están enlazados a la figura de Roa Bastos. En 1961 renuncié a La Nación y me gané la vida tejiendo frasecitas para una agencia de publicidad. Vivía en Adrogué, a cuarenta minutos de tren de Buenos Aires, y no tenía dinero para acercarme a La Fragata, donde Roa y Amelia seguían encontrándose.

En esos meses escribí unos pocos guiones de cine, a los que Augusto prestó una atención que no merecían. Me invitó a colaborar en tres o cuatro de las películas que le encomendaron los directores jóvenes del cine argentino. Yo tardaba semanas en un trabajo que a él le fluía en pocas horas con una facilidad y una felicidad que siempre me parecieron milagrosas. Nunca supe si los diálogos que escribí le sirvieron de algo y tampoco me animé a preguntárselo. Temía que no me dijera la verdad, o que esa verdad fuera desoladora.

Todas las noches nos reuníamos con el productor Sergio Kogan a discutir nuestros libretos en un piso suntuoso de la avenida Libertador, al que yo llegaba después de caminar seis kilómetros. El productor nos convocaba en el dormitorio de su esposa —la actriz mexicana Rosita Quintana—, tapizado de pieles blancas y de almohadones de seda. Yo no prestaba atención al decorado sino a la invariable comida con la que Kogan nos despertaba la imaginación. Roa siempre recordó con ironía esos años difíciles y las carcajadas de alivio con que emergíamos de nuestras vigilias.

Más de una vez me lanzó salvavidas para eludir la pobreza. Todos fueron providenciales. Hubo uno, sin embargo, que estuvo a punto de hundirme. Cierta noche de 1963, cuando acabábamos de llegar a la casa de Kogan y aún no habíamos comido, supimos que el productor estaba urgido por encontrar una novela que contara la historia de un boxeador y de una esposa infiel. «Necesito algo simple con lo que ustedes me puedan hacer un guión en pocos días.» El productor había contratado al campeón letón Wolf Rubinsky, lo tenía desde hacía un mes alojado en su casa y no sabía cómo ni en qué podía emplearlo. Sin un aviso ni una seña, Augusto dejó caer la noticia falsa de que yo tenía una novela con ese tema. «Es una novela muy buena, Sergio. Ya que usted tiene tanto apuro, Tomás se la puede traer mañana mismo. Si quiere la exclusividad, le tiene que pagar por lo menos tres mil dólares.» Yo recibía diez veces menos por cada guión terminado, y tres mil era una suma que no me cabía en los sueños. La novela no existía y Augusto había soltado al viento una oferta imposible, pero no me animé a desmentirlo.

Lo miré incrédulo. Aunque yo estaba trabajando en una novela sin boxeadores ni esposas infieles, marchaba a ritmo tan lento que para terminarla necesitaba al menos dos años. Enmudecí, sin saber qué hacer. «Si me gusta el libro, pagaré lo que sea», dijo Kogan.

Pensé que era Augusto quien tenía ya escrita una novela con esa historia u otra parecida, y que me usaba como escudo porque no se animaba a presentarla como propia después de haber pedido una suma tan inusual. Nunca, sin embargo, me había mencionado algo así. Sus proyectos tenían que ver con la guerra del Chaco —en la que había servido como enfermero— y con experiencias de escritura que exploraban las tensiones entre la oralidad guaraní y la tradición castellana.

Salimos a medianoche de la casa de Kogan y nos sentamos a ordenar las ideas en un café. Le pregunté cómo íbamos a zafar del aprieto de una novela que no existía y sin tiempo para completar al menos un borrador decente de cualquier otra. «Animate a escribirla», me dijo. «Va a ser más fácil de lo que creés. La necesidad hace milagros. Con esos tres mil dólares podés vivir un año y librarte desde ahora mismo de tu noria publicitaria. Encontrémonos mañana a las 7 de la tarde en este café. Primero, vos y yo vamos a echarle una ojeada rápida a la novela que vas a improvisar, antes de llevársela a Kogan. Si hay algo que corregir, lo haremos en voz alta, mientras se la leemos.»

Eran las 2 de la madrugada y el tren me dejó a las 3 en Adrogué. Tardé doce horas en componer las sesenta páginas que entregué cuando se vencía el plazo. Soy incapaz de recordar los lugares comunes que acumulé en esos borradores y lo único que conservo de ellos es el guión admirable que mi amigo transcribió de la conversación que grabamos. Esas hojas están llenas de sus anotaciones manuscritas y, aunque sé dónde las guardo, una recóndita superstición me impide releerlas. Cuando Augusto murió, abrí la gaveta donde sé que están para verificar que el tiempo no las había estropeado. Allí seguían, intactas e imperturbables.

Kogan jamás filmó aquella película, pero yo gané mucho más que tres mil dólares. Aprendí en esas doce horas de trabajo que la literatura es un fuego que salva sólo a quienes se queman en él con libertad y sin miedo, tal como hizo Kakfa cuando completó La condena en una noche que vale tanto como una vida.

En 1978, Augusto llegó a Caracas con su compañera Iris Giménez y con Francisco, Tikú, el hijo mayor de ambos. Iris estaba embarazada y hacía calor: el calor húmedo, palpitante de los trópicos. Decidimos pasar el día juntos. A la hora del almuerzo, le conté a Iris la luna de miel de los padres de Augusto —tal como se la había oído a él mismo—, en un hotel junto al lago de Ypacaraí. El tiempo ha confundido sus hilos y no es mucho lo que recuerdo de aquel mediodía. Sólo el aire oscurecido por la lluvia inminente y el vago perfume de incienso que se escurría entre los árboles de mango.

Los padres de Augusto se llamaban Lucio y Lucía. Lucio talaba bosques y conocía a la perfección el lenguaje de los árboles. Dejaba el hacha a un lado cuando oía las quejas de dolor de la madera herida. A la madre le apasionaba el teatro y en 1928 escribió con el hijo de 11 años un drama breve que ambos representaban de pueblo en pueblo, recogiendo dinero para los soldados que esperaban en la frontera el estallido de la guerra con Bolivia. Augusto pasó los primeros años de la infancia en Iturbe, donde Lucio trabajaba como peón en un ingenio azucarero. Tanto él como Rosa —su hermana entrañable— no recibieron educación formal. Tenían una hora de clase diaria todos los días después de la siesta. Lucio había dispuesto una habitación especial de la casa para que les sirviera como escuela. Allí estaban los dos bancos que había fabricado, con ranuras para los lápices y pequeños fosos para los tinteros. Afuera, en el patio, improvisó una campana con un pedazo de riel. Durante la hora de clase izaba una bandera, que plegaba cuando oscurecía. Augusto detestaba trabajar. Le gustaba, como él decía, «estar en un catre, a la intemperie, bajo las viñas, contemplando la limpieza del cielo, las estrellas, el paseo de las nubes».

Después de Iturbe completó su aprendizaje en la casa del obispo Hermenegildo Roa, tío del padre. Compartía las camas y la comida con muchachos de 18 a 6 años. «Yo era el más pobre de todos», contó. «Tenía un solo par de medias y vivía muerto de hambre. Les hacía los deberes a los compañeros ricos a cambio de un quesito gruyere.» Había pasado descalzo la vida entera y sólo cuando dejó la casa del obispo pudo comprarse el primer par de zapatos.

Varias veces nos contó la historia a Amelia Biagioni y a mí, y siempre la iba cambiando. A veces los zapatos habían pasado por varios pies y sólo llegaban a los de él cuando ya estaban amansados. En otras versiones el cuero era tan rígido que nunca podía calzarlos. Para Roa no había otro modo de abarcar la realidad que imaginándola, trastornándola, obligándola a que siempre nos sorprendiera. De aquellos zapatos sólo recuerdo que tenían suela de goma crêpe y que para poder comprarlos había ahorrado durante años las monedas que le pagaban por barrer y lavar los platos. Los estrenó mientras viajaba por primera vez a Asunción en compañía de una amiga de su padre. El tren debía detenerse junto a un zanjón cavado por los explosivos de la guerra. Los pasajeros esperaban a la intemperie la llegada de un segundo tren al que trasbordaban. Había oído ya la historia en La Fragata y aquel mediodía de Caracas le pedí a Roa que la repitiera, con la certeza de que la cambiaría. La borrasca avanzaba y la montaña cercana se estremecía a la luz de los relámpagos. Una nube de luciérnagas y de mariposas amarillas se posaba sobre los árboles mojados. «La mujer —dijo Augusto— viajaba con un chiquito de pocos meses, al que daba de mamar. Para el transbordo tuvimos que esperar toda una noche bajo un cielo sin estrellas. La mujer le ofreció uno de los pechos al hijito y yo me prendí del otro. Fue la primera vez que tuve una sensación erótica.» Nunca supe si la aventura le sucedió en realidad o si la deseó tanto que acabó transfigurándola en una de las ficciones de Hijo de hombre.

Muchos años después de la muerte de Augusto recibí noticias tardías de Iris. Después de la entrega del premio Cervantes en 1989, la universidad varias veces centenaria de Alcalá de Henares les ofreció a Roa Bastos y a su compañera dos cátedras permanentes. Si las aceptaban, tendrían que mudarse de Francia con los tres hijos: Tikú y las dos niñas que siguieron, Silvia y Aliria. La idea entusiasmaba a Roa tanto como disgustaba a Iris. Nunca se pusieron de acuerdo. Ella regresó a Toulouse y terminaron separándose.

Augusto llevaba décadas soñando con su regreso de hijo pródigo al Paraguay del que se había exiliado en 1949, luego de haber escapado a la persecución del general Raimundo Rolón. En La Fragata nos contó que los militares le mordían los talones y que sólo pudo burlarlos cuando logró esconderse dentro de un tanque de agua, donde pasó dos días y sus noches con el aliento suspendido. Los dictadores lo obligaron a vivir a salto de mata pero fue el último, Alfredo Stroessner, quien lo persiguió con más saña. El personaje de Yo el Supremo es Gaspar Rodríguez de Francia, pero era Stroessner a quien Augusto llevaba en la imaginación cuando escribió esa novela.

Meses antes de la buena noticia del Cervantes el feroz dictador fue derrocado. Desde entonces Roa Bastos empezó a pensar en el regreso. Sentía que estaba en deuda con el país natal y creía que, apenas pusiera los pies en Asunción, podría por fin hablar con los jóvenes, decir lo que pensaba y estimular a legiones de creadores. No contaba con que su fama internacional había desatado una envidia invencible entre los colegas con menos talento y que no lo esperaba la admiración sino la ponzoña.

Su extrañamiento duró hasta octubre de 1996, casi medio siglo. Ya en Asunción, encontró refugio en la casa de su hermana Rosa; al poco tiempo compró un departamento espacioso en el barrio de Las Carmelitas. No le faltaba compañía. Estaba rodeado de discípulos, escritores y profesores interesados en su obra. Desde fines de 1996 se encontraba casi a diario con el médico Alejandro Maciel, que lo asistía en los viajes y le servía de secretario. De los cuidados del escritor y de la casa se ocupaba Cesarina Cabañas —a la que se conocía como Karina—, una joven de 30 años o pocos menos que se instaló en Las Carmelitas, en un cuarto contiguo al de Roa: él le cobró un afecto inmediato y quedó unido a ella por una dependencia creciente. Karina lo cuidó con diligencia durante algunos años, pero toleraba cada vez menos el agobio de la rutina. Sentía que la vida se le estaba yendo sin amor y sin hijos junto al anciano enfermo, y casi inadvertidamente comenzó a descuidarlo. Augusto cumplió 80 años en junio de 1997 y su memoria —antes siempre infalible— dio los primeros signos de flaqueza. Con frecuencia tenía picos de hipertensión y a veces perdía la noción de dónde estaba. En 1999 sufrió una crisis cardíaca y la cirugía se hizo inevitable. Lo operaron en la Fundación Favaloro, en Buenos Aires. Los médicos temían que no sobreviviera a la anestesia. Pero Augusto estaba decidido a no cejar. Todavía le faltaban páginas a su obra.

El aire feliz de Asunción le permitió reponerse en pocas semanas. Volvió a la vida de siempre, si bien las atenciones de Karina no eran ya las de antes. Desaparecía por largas horas durante los fines de semana y Augusto quedaba aislado del mundo. Siempre había mantenido su intimidad en extrema reserva y nadie le oyó una queja durante esos meses de soledad y desconcierto. El doctor Maciel cuenta que perdía estabilidad y se caía con frecuencia. Debía de sufrir mareos y ataques súbitos de pánico. En septiembre de 2004, una noche de lluvia, resbaló en los adoquines de la calle. Nada grave pasó, pero Maciel llamó por teléfono a Mirta, la hija de Augusto que vivía en Caracas —a la que él llamaba «mi Cordelia», en alusión al personaje de El rey Lear—, para que ella dispusiera cómo lo seguirían cuidando. Roa insistió en que Karina no se apartara de su lado. La joven, descontando que la energía y las fuerzas del escritor eran inagotables, se concedía respiros cada vez más largos. Para que sus abandonos pasaran inadvertidos, al salir de la casa le vedaba las llamadas telefónicas y dejaba las puertas trabadas. En cierta ocasión Augusto se quedó sin comida y salió al balcón a pedir auxilio. Alguna vecina lo vio e hizo circular la triste imagen del gran hombre desamparado. Es una estampa de lástima que, sin merecerlo, ha dado tantas vueltas al mundo como Yo el Supremo.

Lo inevitable sucedió. En marzo de 2005 Roa se volvió a caer, mientras se desplazaba del dormitorio al baño. Se le formó un hematoma subdural que exigió una cirugía de emergencia. El doctor Maciel dio la infausta noticia a Mirta y a Carlos. Ambos llamaron a su madre, Lidia Mascheroni, que vivía en Buenos Aires y era, de todas las incontables parejas de Augusto, la única con la que se había casado. Lidia, los dos hijos y Maciel aguardaron el desenlace fuera del quirófano, en el hospital Santa Clara. Augusto no se rindió. Sobrevivió otros tres días, hasta la oscura mañana de este martes 26 de abril, cuando el corazón, cansado, lo derrotó. Pienso en todas las veces que estuve a punto de llamarlo durante todos estos años pero no lo hice. Es demasiado tarde para decir cuánto me arrepiento. Muchas memorias felices de mi juventud yacen a su lado ahora, junto a los ejemplares de sus libros y las flores que le acerca la devoción de la gente. Miro el sol de la primavera boreal a través de la ventana y, para no sentirme tan solo, me recito en voz baja las líneas de El rey Lear que tanto le gustaban. Corresponden a un monólogo de Edgar en el acto quinto de la tragedia: O, our lives´ sweetness, / which, for they yet glance by and scarcely bruise, / this sword of mine shall give them instant way. Y me las repito, también callado, en la maravillosa traducción de Nicanor Parra: «Oh, la vida es tan dulce, / que en vez de morir de una vez / preferimos el peso de una muerte continua».

… no es el final de la historia. Karina Cabañas fue condenada a seis años de prisión por «robo y abandono de persona». En la cárcel se casó y pudo tener el niño con el que había soñado. Augusto ha dejado seis novelas, cuatro libros de poemas, seis de cuentos y cinco guiones de cine. Sus hijos fueron también seis. Uno de ellos, el tercero —que llevaba su nombre—, murió accidentalmente en Suecia un año antes que el padre. Mirta decidió afincarse en Asunción, donde ha creado la Fundación Augusto Roa Bastos, que reunirá la obra inédita dispersa y difundirá la que ya está publicada.

Tanto Yo el Supremo como el último relato, Frente al frente argentino, despliegan una voz única que va abriéndose en incontables afluentes. En todos ellos, el poder devora a los personajes, los somete al imperio de su mayúscula identidad, para terminar al fin vencido por la historia, sobre la que no ejerce influencia alguna.

Desde El trueno entre las hojas , Roa Bastos se reveló como una figura mayor de las letras latinoamericanas, un creador de voz tan única como Juan Rulfo y Juan Carlos Onetti. Confirmó esa grandeza en Hijo de hombre y en los cuentos de Moriencia (1969) y Cuerpo presente (1971), que fueron eclipsados por la sombra invencible del Yo el Supremo.

«Todavía estoy aquí», me dijo la última vez que hablamos. Como si supiera que siempre estuvo aquí, en éste y en todos los mundos, paraguayo y argentino a la vez, hasta la muerte. Como si supiera que nunca lo dejaríamos ir.

(2005—2008).

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