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Postales internacionales de la cuarentena mundial

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Tercera y última parte de esta serie sobre la pandemia de la Covid-19 que ha puesto en cuarentena al mundo, con mayores o menores restricciones, de acuerdo a las decisiones y las acciones de cada gobierno. En esta publicación, diversos autores de la India. EE.UU., México, Venezuela, Brasil y Argentina nos cuentan sus experiencias personales como postales para los lectores confinados.

 

El mundo futuro con Covid-19, por Jaya Choudhury

En Mahabharat, la epopeya India, Sanjay describió al ciego rey Dhritarasthra la guerra fatal de Kurukshetra. Hoy día disfrutamos de la guerra por la tele, sentados en el sofá en nuestro salón, comiendo bocadillos y tomando café, y hablamos de la guerra de Iraq-EE.UU.- Kuwait… etc. Nos sentimos cómodos: las guerras ocurren entre las otras personas. Pero ahora la batalla está en mi puerta. Yo no puedo ver a mi enemigo; siento que es omnipresente. ¡Qué sueño horroroso!

Día 1, 25 de marzo. En la India, la cuarentena por tres semanas es el método efectivo contra la Covid 19,  declaró el primer ministro Modi. Aunque en nuestro estado, el gobierno ya empezó antes. La primera semana fue el momento la curiosidad sobre la pandemia: ¿qué es el dato, cuántas personas del mundo ya se infectaron y cuántas se murieron? Las mascarillas, los guantes, el vestido especial de PPE…  nada,  no están disponibles para todo el personal médico. Pertenecemos a la clase media y trabajamos por línea y estamos en nuestro hogar. Pero necesito comprar cosas diarias, y vamos una vez a la semana al mercado. Hablamos, discutimos quién es el culpable de propagar el virus… ¿China o no? Pero la OMS declaró que no vino del ningún laboratorio sino que tiene origen animal.

Día 8, 1 de abril. Prohibí a mis ayudantes domésticos venir al trabajo, pero les pagué sus sueldos. Es real que la vacuna no vendrá pronto. Entonces ¿cómo  podemos retomar la vida normal? India tiene una de las economías más prósperas del mundo, aunque 80 millones de personas duermen sin comida cada noche. Los obreros que trabajan en los estados de la parte diferente de India, caminan kilómetros y kilómetros para llegar a sus casas durante la cuarentana. Pierden sus trabajos y ahora quieren morir en sus hogares. Si no mueren de Covid-19, seguramente morirán de hambre. Yo trabajo de día y me conecto a Facebook de tarde. Ahora se ha vuelto mi ventana de comunicación con el mundo.

Día 18, 10 de abril. Trabajar y estar en casa por tantos días se ha vuelto difícil. Aunque en algunas familias los hombres tratan de ayudar a las mujeres, esto no es lo usual. Así aumenta la violencia doméstica. Una de mis vecinas antiguas me llamó ayer: «Didi, ¿podrías ayudarme? Mi marido tiene una relación fuera del matrimonio. Estamos casados desde hace 20 años. Cada noche me golpea, no me da el dinero, me dice mala palabra frente a mis hijos… Tenemos dos hijos. No quiero vivir más con él. Me dijo que  durante la cuarentana no recibió el sueldo del gobierno… pero no es verdad, sé que es un alto funcionario del gobierno… No puedo soportar más».

Día 32, 24 de abril. Siento que nuestra sociedad va a cambiar totalmente. Las mascarillas se van a volver parte de nuestra vida. Si nuestra universidad se abrirá en junio, ¿mis estudiantes podrán juntarse en el campo del baloncesto, podrán beber café en la cafetería, tocar sus guitarras y charlar,  discutir de cualquier tema del mundo? No lo sé. Cada día, cuando doy clase por línea, trato de estar normal… Contamos con el futuro luminoso.

Sí, yo creo que la pintura del futuro será luminosa otra vez. La naturaleza se curó ya. Y el ser humano debería aceptar que es parte la naturaleza, no estar contra la naturaleza.

Fotografía: Jaya Choudhury.

 

Al fin lo lograron…, por Marcos Pico Rentería

Sí, así de simple. Lo lograron, lo permitimos. No solo lo lograron, sino que quebrantaron toda una generación para que nos virtualizáramos, avatizáramos al unísono frente al miedo a la Muerte. Fuimos reducidos a simples avatares de lo que fuimos antes de la Covid-19.

La automatización laboral en masa nunca había sido tan notable hasta ahora. Como narrativa pre apocalíptica, todos vivimos una versión similar: rodeados de aparatos que habitamos y los cuales nos habitan. Nuestro mundo, al fin, está rodeado de 0s y 1s como si fueran cemento y ladrillo que nos confinan a un mundillo acicalado de morphoseantes realidades. Ahora no solo consumimos, sino que nos consumen como desde hace mucho tiempo lo predijeron nuestras mejores visiones futurísticas de las narrativas propuestas por la ciencia ficción cinematográfica.

Los Wachowskis todavía son punto de referencia cinematográfica que, aparte de innovaciones fílmicas, nos recordaron las distintas fibras de realidad en las que se puede navegar en un metraje de 136 minutos. Neo saliendo de su estado vegetativo, personificando una batería humana, desechada y expulsada por la esclavizante realidad de la Matrix. Lo que se ha dicho del filme podría llenar una larga lista de bibliografía directa e indirecta. Bien esa no es la intención aquí, sino que todavía hay algo más que se puede decir a posteriori de la pandemia causada por el virus SARS-CoV-2. La prolepsis a nuestra realidad no puede ser mejor ilustrada que con la conversación entre Mr. Anderson y Morpheous.

Se mueven a un área y se multiplican y multiplican hasta que consumen todo el recurso natural, y la única manera de sobrevivir es esparcirse a otra área. Hay otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón. ¿Sabes cuál? Un virus.

En palabras del Agent Smith, existe entonces un paralelo (aunque el acercamiento sea meramente metafórico) entre el ser humano y un virus, la expansiva y constante invasión y multiplicación, como el espejo borgiano. Lo cual indica que la solución existiría solamente en manos de los agentes que quieren dominar y eliminar a Neo et. al. A ese agente lo podríamos interpretar como si fuera la cura misma que tanto se busca en estos días. Ese virus en el mundo de 0’s y 1’s que nunca se llega a controlar ni aniquilar ni siquiera al final. Matrix aprende a vivir con el virus de súper Neo y su campaña de independizarse y vivir en un mundo aparte, sin importar el número de batallas que hayan tenido en contra. En The Matrix Revolutions, tras la crucifixión [o cruz y ficción] de Neo, se reconcilia la Paz. La Matrix se reinicia y todo vuelve a una normalidad.

Así, revisando nuevamente la épica de los 0s y 1s de los Wachowskis es que pienso ahora en el día que se inicie nuestra realidad, o por lo menos nuestra economía, y dejemos el mundo del avatar confinado a la Matrix de pantallitas carcelarias.

Al fin lo lograron… tomamos la pastilla azul que Neo dejó atrás, y despertemos todos los días esperando que un héroe se sacrifique para que al fin se reinicie nuestra realidad.

Seaside, California, 18 de abril de 2020.

California Coastline. Fotografía: Carol M. Highsmith.

 

Desbarrancadero tijuanense, por Daniel Salinas Basave

En Tijuana nos hemos acostumbrado a yacer en el desbarrancadero. Vimos la tempestad y, fieles a nuestra esencia, ni por casualidad nos arrodillamos. Emborracharnos con la Muerte es parte de nuestra vida diaria y hoy no parece ser diferente. Si el año pasado fuimos colocados en primerísimo lugar en la lista de las 50 ciudades  más violentas del mundo, hoy parecemos decididos a colocarnos a la cabeza de la pandemia y ser el Bérgamo  de México. A finales de marzo aún teníamos saldo blanco y en poco más de dos semanas somos ya el segundo lugar nacional en la tabla de la peste. Al momento de escribir esto (17 de abril) tenemos en  Baja California más de 600 casos confirmados y 72 fallecimientos por Covid-19, sin contar las decenas de muertes por esa sospechosa «neumonía atípica» que «extrañamente» no entra en las estadísticas oficiales.

¿Podrá el virus matar más gente que la narcoviolencia? Lo dudo mucho. En 2018 batimos nuestros de por sí horrorosos récords con más de 2 mil 600 asesinatos. Siete homicidios por día tan solo en el municipio de Tijuana, casi todos relacionados con el narco-menudeo.

Con brutal franqueza, no se puede decir que la pandemia nos agarre desprevenidos o que no la hayamos visto venir. Hubo señales suficientes de alerta como para haber podido anticiparnos, pero apostamos por dejar que las cosas sucedieran, esperar  a ver qué pasa, ceder al mexicanísimo  ya Dios dirá. Somos la frontera más transitada del planeta y la única ciudad latinoamericana con un vuelo directo a China (Tijuana-Shanghái).  Decenas de miles de personas van y vienen todos los días de un lado a otro de la frontera. Desde hace más de un mes se veía una preocupante tendencia a la alza en el sur de California. A mediados de marzo nuestra vecina San Diego y  Los Ángeles ya estaban en radical cuarentena mientras aquí los bares estaban llenos y la noche eterna deliraba.

Para nosotros el encierro comenzó con los Idus de Marzo. Fue el viernes 13 cuando decidimos enclaustrarnos. El sábado 14 yo debía presentar mi libro El Samurái de la Gráflex en Monterrey; por primera vez en toda mi vida, tomé la difícil decisión de cancelar mi participación en un encuentro literario. Dos semanas antes había hecho una gira de presentaciones por Ciudad de México y Guadalajara. Tenía siete viajes confirmados para esta primavera y todos han sido cancelados, lo mismo que nuestras vacaciones de Semana Santa en Quintana Roo. Ahora leo y escribo inmerso en una caótica dispersión.

Mientras el Hospital General de Tijuana yace infestado de moribundos, nosotros luchamos desde casa por mantener con vida a Canica, nuestra perrita de catorce años de edad. En fatal sincronía con la cuarentena empezó la decadencia de su salud. Idas y venidas a la veterinaria, devastadores análisis sobre el estado sus riñones e hígado, un desfile de sueros, menjurjes y sustancias diversas. Ayer nos confirmaron lo que ya sospechábamos: Canica tiene cáncer. La sombra fatal se ha posado sobre su cuerpecito peludo. Gran parte de nuestro día se va en cuidarla, colocarle suero y sambutirle  con jeringa sus alimentos especiales. Aún tiene la fuerza para ir a pasear al parque, mover la cola y pedir ser acurrucada. Tomando en cuenta que hace unos meses mi hijo Iker, mi esposa Carolina y yo sobrevivimos a una doble volcadura cuando un tráiler nos embistió en la carretera entre Loreto y Mulegé,  hoy nos sentimos sobrevivientes con horas extras de vida y abrazamos cada nuevo sol. Como en las medievales Danzas de la Muerte, ya nos quedó claro que la parca come y liba a nuestro lado y por eso mismo la vida es bella y vale la pena ser vivida. Carpe Diem mientras haya arena en el reloj. Un día a la vez y mientras podamos pronunciar, como Scheherazade «y a la noche siguiente…» podemos jurar que es divino estar vivitos y coleando  por estos rumbos. Una canija bendición.

Canica. Fotografía: Daniel Salinas Basave.

 

Hay notas que desencadenan otras, por Carlos Mackenzie

Tocar el bajo, pensar, charlar con Lily (mi esposa), ver una serie o película. Tocar el bajo, pensar… Una rutina casi inamovible para la cuarentena. Retomo mis años de tocar punk, de gritar «Liberté» mientras rasgo con furia cada nota, cada cuerda, cada acorde. Recuerdo las letras de denuncia y rabia: desigualdad, pobreza, mezquindad, corrupción, anticapitalismo… Mensajes que he encontrado en otros géneros menos enérgicos, más coherentes, más metafóricos (sin agraviar a The Clash). Aún así, apuntar a los culpables con el dedo lleno de indignación, aún es un acto apetecible, sobre todo en esta época en que son más evidentes los que llevan el látigo en la mano y los escrúpulos en el culo.

Por necesidad, he salido algunos días y he notado que disminuyó el flujo de gente, pero de forma comparable al periodo vacacional escolar, la vida sigue su curso cuando el explotado no tiene sustento. En realidad, en México pocos cumplen la cuarentena, porque se convirtió en un lujo que pocos se pueden dar: quedarse en casa es un símbolo de estatus, mientras obligan a la mayoría a que se jueguen la salud, a trabajar pese al riesgo, para llevar el pan a casa y quizá un poco de Covid-19.

Privilegio para los que evaden impuestos y se quejan porque le tienen que pagar a sus trabajadores, pobres almas en pena que necesitan un respiro, meditar en casa, pobres mentes agobiadas que liberan su estrés bebiendo whisky irlandés y nadan en sus picinas libres de gluten y gérmenes. Privilegio para los que no necesitan del pan que se reparte entre todos para subsistir. Esos lujos no son propios de nosotros, los de a pie, los que debemos salir a buscar qué comer o cuidar a quienes lo necesitan.

Dejo de tocar, sonrío al pensar que todo se podría transformar con los ideales del apoyo mutuo. Peco de optimista. Pienso en todos los que no podemos darnos el lujo de quedarnos en casa. Este país se mueve gracias sólo a los de abajo, con o sin los de arriba (prescindibles per se). La vida no se detiene en México, aunque le cueste la vida.

Estación de Metro Garibaldi, Ciudad de México. Fotografía: Carlos Mackenzie.

 

Un nuevo amanecer, por Alexander Hurtado

En Caracas, Venezuela, antes que la voz de las autoridades de salud anunciaran la palabra «cuarentena», ya veíamos a las personas delirantes, aceleradas más de lo mal acostumbrado. Recuerdo la sensación de escalofrio y miedo al escuchar la voz de una farmaceuta que le decía un comprador: «No señor, no tenemos mascarilla.» Pensé que la advertencia estaba cada vez mas cerca.

Salí de la farmacia en Chacao y me dispuse a regresar a casa, caminando. Desde donde me encontraba, lejos de la Avenida Panteón, era como ir de una ciudad a otra: se tarda como una hora o dos, pero en estos tiempos los medios de transporte convencionales están colapsados por el salvajismo de los usuarios, y la grosería y la viveza del conductor de pedir el monto que quiere. Para evitar malos momentos y estrés extra, decidí caminar.

Ya en casa pensé tomarme la noticia con calma. Aún no había procesado la magnitud de la palabra, lo que significaba. Pasaron los días y me reí nerviosamente cuando dijeron que no se podía salir de casa sin mascarilla. El miedo y el escalofrío volvieron. Al ver la avenida principal, recordé las películas iraníes o afganas donde las mujeres usan burka y caminan aceleradas para que no las maten. Pero esta vez vi a las personas con pasos lentos y la mirada al suelo. Es raro vivir una película así cuando admirabas, a la distancia, los contextos de esos países.

Han pasado los días, seguimos como las mujeres árabes y he visto que en las redes virtuales diversas actitudes. Algunos aún conservan el humor particular del venezolano para reírse de todo. Otros quieren aprender demasiado en poco tiempo. Admito que me contagié de esa fiebre para refugiarnos en la poesía e intercambiar, con nuevos amigos de otras partes del mundo, nombres de calles, gastronomía y refranes, disfrutando a la hora de explicarlos, a rizotadas.

En estos momentos me considero entre los que le quieren sacar el lado dulce a esta situación tan amarga. Me alegra que, aunque vivamos en diferentes lugares, ya no hablemos de países sino de «el mundo». También me alegra que ya no digamos «ustedes» sino «nosotros».

Nosotros contenemos el grito de esperanza de un nuevo amanecer.

Fotografía: Alexander Hurtado.

 

Una espera angustiante en Sao Paulo,* por Bogado Lins

Según las noticias, Sao Paulo es un nuevo centro de la epidemia. Aquí ya murieron más de mil personas por la Covid-19. Soy natural de Río de Janeiro, donde otras casi quinientas personas murieron. Los números, que van hacia lo superlativo, son aún insuficientes para afectar a mi entorno. Hasta el momento, apenas tengo noticia de personas que, próximas a mis afectos, hayan contraído la enfermedad. Aún con la comprobación de un subregistro, parece que hemos logrado retrasar la proliferación de la enfermedad; aún no llegamos a los niveles de Italia, España o de los Estados Unidos. Tampoco a los de Ecuador que, en muchos sentidos, es un país con una realidad más próxima a la nuestra. La verdad es que lo que sí aumenta es la angustia. No sé si la pregunta indicada es si llegaremos a contar los muertos o cuándo será el tiempo que debamos hacerlo. La expectativa del gobierno parece ser el cuándo. Están cavando tumbas colectivas, el ejército consultó a las prefecturas sobre su capacidad para enterrar personas y preparan hospitales de campaña. Y eso, sorprendentemente, es una buena noticia. La crisis, por otro lado, ya golpeó la puerta. Mi trabajo como redactor quedó seriamente afectado, mi ingreso disminuyó a más del setenta por ciento; pero no disminuyó lo suficiente como para poder ser beneficiario de la ayuda que da el gobierno. Las perspectivas tampoco son buenas, teniendo en cuenta la situación política y económica que vivimos. Por si no bastase el virus, hay otra epidemia en curso en el Brasil: la estupidez. El déficit cerebral parece haberse tomado con nuestra nación como nunca antes. Tenemos pastores evangélicos que exigen el regreso de los cultos, nuestro canciller que publica un artículo titulado «Comuna-virus», caravanas que exigen que los militares tomen el poder para acabar con… la dictadura. Y, por supuesto, nuestro presidente circulando por las calles, las panaderías y otros comercios, llamando al pueblo a volver a la actividad, pero eso no es un secreto para nadie. Ya está publicado en los principales diarios del mundo.

«Ahora, en las crisis, es que llega la inspiración para hacer arte». Tal vez sí, pero infelizmente para mí no. En vez de la creatividad y la disciplina que eventualmente podrían ayudar a la escritura, vivo una depresiva reclusión, intento juntar fragmentos de actividades y crear una rutina. Hasta la familia ayuda en ese sentido.

Aun así, en medio de todo eso, viendo por un lado los barrios más ricos y los cobertizos y  las favelas, debería estar bien. Lo que mata es esa angustia, esa espera. ¿Estamos infectados? ¿Y si no, cuándo? ¿Sufriremos? Como dije, mi familia todavía está bien. Aunque vivimos una espera angustiante.

*Traducción del portugués al castellano por José Bueno Villafañe.

Cementerio de Vila Formosa. Fuente: AA Servicio en español.

 

En el brete de la pandemia, por Mario Castells

En la comba de un sueño que, perfilado hacia el derrumbe fluye, me resbalo. Me han pedido que describa cómo sobrellevo la cuarentena. Es muy rara esta necesidad de encuadrar el recreo absurdo de la encerrona. Raro es, muy. La llevo al hombro como una bolsa de portland. Pesa, pero hay algo alegre. La promesa de un asado al final de la jornada. No sé. Nada chamuya mejor que el mundo.

Empecé a trabajar en corrección de tesis; dejé la cuchara y el balde por la computadora. Fue serena la transición al encierro. Solo me costó un poco relegar la propia para empezar con el trabajo alienado de la escritura.

En otro orden de mi vida conocí una chica hermosa semanas antes de la cuarentena; me gusta mucho y (esto sí que es arduo) empecé a festejar a regañadientes los encuentros sexuales por las redes sociales. Odio comunicarme así. Hay espacios que están cifrados. No hay gente simple. Somos metáforas encarnadas. Cuerpos (bellos) que buscan una mentira que vestir en el sinsentido. Y como dijo Borges (esto es un chiste a lo Ever Román) no deberían inventarse nuevas metáforas. Cumplo con las prescripciones de salud y limpio mis teclados con alcohol en gel.

En mi barrio se administra bien el ritmo de las prohibiciones. La gente se mueve con cuidado. Yo amo y odio este barrio; es un espejo. Pero más me descansa la nostalgia. Mi vieja trashumancia.

A cierta edad uno no camina las calles simplemente. Cada piedra, cada árbol, cada charquito de agua en boca de tormenta, cada tramo de pavimento refiere una acumulación difusa e inquietante, la materia porosa del recuerdo. Hace bastante más que lo que llevo de cuarentena, esto es una anáfora, que vivo en melancolía. He logrado en los últimos tiempos vivirla con templanza, sin sufrir. Y, es más, he hallado una especie de síntesis que se resume como la alegría de estar triste. Difícil de explicar, pero totalmente descriptiva. Puedo estar embelesado y caliente pero siempre estoy más triste.

El encierro me ha aletargado y me he tornado baqueano en la introspección. No puedo hablar con el paisaje. Me he despojado en el cauce de lo fugaz. Leo «con ascendente en» escribo. Escribo como si valiera la pena. Y me resarce la esperanza de que los seres y las cosas están ahí. Que ya volverán las muchedumbres democráticas a ponerme en agenda con lo único que importa: lo fugaz, la vida.

Toda escritura es testamentaria.

Buenos Aires. Fuente: Telam.

 

Quiero mi cuarentena, por Fernando Belottini

 El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad; acompaña con fofa retórica los mínimos actos y pronuncia palabras insustanciales, como si la Humanidad entera quisiese oírlas. JOSÉ INGENIEROS en El hombre mediocre.

Nadar con el cardumen me inspira desconfianza. Desconfío de mí, desconfío de las motivaciones e intereses detrás de la masa, de su forma de moverse y hasta de la luz del sol que se filtra por el agua cuando Discovery Channel me lo muestra.

Pero esta vez, yo quisiera aburrirme y quejarme por estar confinado, decir por ejemplo que si bien tengo tiempo para todo, no hago nada, decir que estoy hundido en la depresión bañado en todo tipo de alcohol, decir que estoy cansado de dormir, de Netflix, de lavarme las manos o de hacer el amor con mi mujer. Pedir por redes recomendaciones para el entretenimiento, decir que extraño ir al gimnasio (al que nunca fui) y volver a los viejos horarios habituales, a la gloriosa y nunca bien considerada rutina.

Mi vida en la pandemia, lamentablemente, no ha cambiado demasiado, soy un obrero de la industria de la alimentación, un «esencial», una excepción que transita las calles desiertas y no será leyenda.

Yo también quisiera como el mundo esta pausa, este reposo que el propio mundo se ha dado y atornillar el tiempo en el sillón de mi escritorio y sumergirme en él como quien entra a una abadía y suponer que estoy aprendiendo algo, asimilándolo como si hiciera una digestión de ideas.

Mi envidia es tan palpable para con los que tienen el doble beneficio de la obediencia y la acotada libertad de la exposición, que cuando alguien me envía un mensaje o un saludo, un qué tal yo aquí rascándome, tengo ganas de insultarlo. Sé que no lo merece, la fachomedicionacria lo puso en ese lugar, pero así es la envidia, solo culpa al envidiado sin medir contexto, razones o historia.

Entonces me limito a decir: «Qué bueno que te quedes en casa y qué difícil está todo, te compadezco y te felicito porque vos te estás cuidando y nos estás cuidando». Es decir: repito los clichés del cardumen y lo imagino a él, del otro lado, muerto de risa por mi pobre situación. Sin embargo, recibo una respuesta tipo: «El verdadero héroe de esta historia sos vos, que salís a la calle aunque arrecien hordas de virus y la gente te mire con desconfianza.»

Yo no sé si la humanidad se curará de la Covid-19, de lo que sí estoy seguro es de que nunca nos curaremos de la hipocresía.

En Concordia, Entre Ríos, Argentina. Fotografía: Fernando Belottini.

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