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Nathaniel, de Juan Antonio Zardini

La novela Nathaniel demuestra la vitalidad de los jóvenes autores paraguayos y merece ser bien tratada como punto de despegue de una prometedora trayectoria literaria.

Tapa (fragmento) de la novela publicada por la editorial Servilibro.

Tapa (fragmento) de la novela publicada por la editorial Servilibro.

Una novela como Nathaniel de Juan Antonio Zardini demuestra la vitalidad de los jóvenes autores paraguayos. Publicada en 2012, posee los mejores ingredientes que combinan la viveza abstracta de la palabra y la fuerza de la imagen transcrita. Su autor, nacido en 1989, ha nacido  en el mundo donde ya existían las computadoras y los videojuegos, razón por la que esta estética también forma parte de su novela, como se demuestra en las escenas con mayor acción.

Estamos ante un argumento muy sólido. Nathaniel Ferrari es un joven abogado y hombre de negocios que convive con el éxito social y la felicidad familiar. Un hombre apetecible para cualquier mujer, desde luego, idealizado a la perfección por Zardini. Pero lo que aparentemente es un día rutinario, donde el protagonista se despierta, rememora la discusión con su cónyuge en la noche anterior, Fiorella, piensa en su hijo, y emprende rumbo a su trabajo en su vehículo, se transforma en una pesadilla: sufre un atentado que está a punto de acabar con su vida. A partir de esta situación, por medio de prolepsis continuas y una estructura narrativa fragmentada, la narración camina hacia el pasado y vuelve al presente continuamente. Pero esta fragmentación posee un orden externo e interno, con un control absoluto por parte del autor. Se revisa la historia de Nathaniel y se indaga a la vez en las causas del atentado. Pero hasta aquí, durante dos terceras partes de la novela, el relato camina conjugando la particularidad de los personajes y sus pensamientos con la complexión de una vigorosa historia sin arquetipos ni situaciones excesivamente previsibles en una Asunción que ya es una gran ciudad como otra cualquiera en el mundo.

Los sucesos van desencadenándose y las relaciones de los personajes resultan interesantes. Siempre los actos y los sucesos derivarán de causas racionales. Sin embargo, cuando Nathaniel y su socio Raúl Villaverde se establecen como abogados de prestigio y triunfadores, la situación se complica por una venganza. Pero los hechos que a simple vista aparentan ser una disputa de abogados contra delincuentes son en realidad una historia de una frustración amorosa. Es por esta razón por la que son importantes los caracteres y sus pensamientos y el dibujo de sus diálogos y reflexiones. A ello añadimos el carácter centrífugo del discurso cuando Nathaniel viaja a otros lugares y en Brasil reanuda sus relaciones con su deseada Fiorella, lo que le dota de espacios de liberación de la asfixia provocada por los acontecimientos paraguayos.

Aunque la historia abandona el tinte realista para derivar en una pelea entre ángeles y demonios. Es quizá el aspecto más discutible de la novela, puesto que Zardini adopta los clichés más peculiares de la aventura a lo Dan Brown, en lugar de proclamar la trascendencia de lo fantástico. Esta pelea entre fuerzas oscuras y fuerzas del bien acaba teniendo demasiado protagonismo en la resolución de la novela, lo cual resta credibilidad a una acción cuyo mejor componente es aquel que se sujeta a los cánones de la realidad. Si la influencia cinematográfica en diálogos y en perfectas situaciones como la del tiroteo en el atentado sufrido por el protagonista ha beneficiado a la novela, cuando ésta opta por la batalla espectacular y «en tres dimensiones» de ángeles y demonios se resiente. Los sucesos se vuelven previsibles y se aventura un final feliz que se produce finalmente. No es que debamos abogar por un final trágico, o al menos realista, sino que el exceso de fantasía ha restado potencia a un argumento realmente interesante y atractivo. Incluso nos aventuramos a argumentar que la vida anterior de Nathaniel, convertido en salvador de perseguidos por el nazismo, hace perder el sentido principal de la primera mitad de la novela hasta dejar sin credibilidad al mismo protagonista, perdiendo la naturaleza de la lucha entre el servidor de la ley y el transgresor de la misma.

No obstante, estamos ante una novela que se deja querer por el lector. Si obviamos estos aspectos espectaculares que en la narración resultan trascendentales para su resolución pero insignificantes en el fondo, Nathaniel puede presumir de ser una novela perfectamente atractiva para todo género de público, y con un argumento muy interesante, con pasajes perfectamente narrados y una mayúscula brillantez en la traslatio de lo imaginado a la palabra. Creemos que Zardini tiene estilo, lo cual es loable para un narrador tan joven, y puede consagrarse con una firme voz con el tiempo. Aquí nos deja una novela que merece ser bien tratada como punto de despegue de una prometedora trayectoria literaria. Una novela trepidante y recomendable a pesar de ciertos infantilismos digeribles. Se lee con sumo placer, lo cual es bastante en estos malos tiempos para la lírica.

Nathaniel. Asunción. Servilibro, Ediciones y Arte, 2012, 243 páginas.

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1 Comentario
  • PAO
    enero 9, 2014

    Señor Crítico, por favor repita la tarea. Se ha saltado varios detalles que definen escenas.He notado que en algunas partes su critica no concide con los tiempos de la novela, la he leído bien.

    Su profesionalismo se nota a flor de piel. La manera en que dibuja sus palabras y describe los hechos y escenarios es muy ilustrativa.

    Ojala acepte mi humilde crítica constructiva. Muchas gracias y siga logrando éxitos.

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