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Memorias de François Casabianca

François Casabianca, nacido en Córcega, Francia, de muy joven se embarcó en una aventura que lo traería a Paraguay como comerciante proveedor de las tropas aliadas, en plena Guerra contra la Triple Alianza, cuando «Se hacían toda clase de negocios y el dinero se ganaba a manos llenas, porque todo se vendía a precios fabulosos». Compartimos el capítulo V y el epílogo de sus memorias.

Página 11 (parte superior) del libro, en la que se puede apreciar un retrato de François Casabianca.

Página 11 (parte superior) del libro, en la que se puede apreciar un retrato de François Casabianca.

Capítulo V

El 16 de abril de 1866 las tropas aliadas habían cruzado el Paraná y habían plantado sus banderas en suelo paraguayo. El 18 habían atacado y tomado la fortaleza de Itapirú.

Hacía ya nueve meses que la guerra había comenzado y, sin embargo, los ejércitos de la Triple Alianza  no habían avanzado más de dos leguas hacia el interior de las tierras, conservando siempre el Paraná como base de sus operaciones. En un lugar llamado Pueblito, habían creado un gran centro de comercio: allí era donde estaban acampadas todas las tropas. A tan sólo una legua de distancia se encontraban las guardias avanzadas y también allí se había formado un mercado.

A orillas del río Paraguay, las tropas se extendían hasta Kurusú, pueblo que habían tomado el 3 de septiembre de 1866. Sobre una extensión de aproximadamente cuatro leguas de circunferencia, acampaban más de 60.000 hombres. A lo largo de la costa estaban anclados sesenta barcos de vapor y casi otros tantos veleros, todos armados. Se hacían toda clase de negocios y el dinero se ganaba a manos llenas, porque todo se vendía a precios fabulosos.

Más de doscientas embarcaciones iban y venían permanentemente por el río y aun así resultaban insuficientes.

A poco de llegado, contraté otro marino para mi chalupa y lo puse a desembarcar las mercancías. Mis dos barcas servían para transportar gente de una orilla a la otra del río o entre los barcos y la orilla.

Yo me quedé en tierra para tratar con los proveedores de los ejércitos y asegurar el trabajo a mis embarcaciones. Entre las tres me redituaban casi 500 francos diarios y con frecuencia mil francos. A veces, me iba a la otra ribera del río y concluía contratos de toda especie.

Si bien se ganaba dinero a voluntad, también corríamos grandes peligros y estábamos permanentemente expuestos a perder la vida. Había que actuar con la más extrema prudencia y andar armados hasta los dientes porque todos los bandidos del universo, atraídos por el imán del oro, se habían dado cita en estos parajes. A cada instante se cometían robos y asesinatos; como no había justicia alguna, todos los crímenes quedaban impunes.

Yo había cambiado mis ropas y me había vestido de gaucho con un pantalón bombacha, botas de montar y un gran sombrero de fieltro. En el cinturón, siempre bien provisto de monedas de oro y plata, llevaba un buen revolver y un gran puñal. ¡Había que hacerse respetar!

El mercado formaba una especie de gran aldea con casas construidas de tierra y techadas de paja; también se armaban carpas llenas de mercaderías de todo tipo. Había hoteles, cafés, casas de juego, bailes. La gente se divertía sin preocuparse por la guerra y solo pensaba en ganar dinero. Todo era tremendamente caro y las libras esterlinas corrían como el agua. En el centro del comercio el orden era mantenido por un puesto de soldados brasileños. Pero, Dios santo, ¡qué guardia! En todo momento del día o de la noche, tanto los civiles como los militares cometían atroces asesinatos y robos sin igual y todo quedaba impune.

Los soldados iban aun más lejos: cuando los comerciantes estaban dormidos, cortaban la lona de las carpas y les robaban las mercancías. Las víctimas se vengaban y más de un malhechor perdía la vida durante esas expediciones nocturnas. Se mataba a un hombre como se mata una mosca. Cuando la guardia llegaba, nunca descubría a los culpables: nadie había visto ni oído nada. ¡Guay del que dijera alguna palabra!

Yo había comprado dos caballos. Era buen jinete y solía hacer paseos alrededor de los campamentos, a veces llegaba incluso hasta los puestos avanzados. Allí siempre había algunas escaramuzas y el cañón hacia oír su voz.

En esa época, me relacioné con un italiano llamado Dominique Servilleri. Era un hombre apuesto, de unos treinta años. Poseía varias casas de comercio, muchas embarcaciones y carretas para el transporte. Su fortuna  rondaba los 2 o 3 millones por lo que gozaba de gran crédito. Era masón y ocupaba el grado más elevado en su logia; era venerable, lo que le aseguraba una gran influencia. Todo el mundo lo respetaba. Estaba en los mejores términos con todos los oficiales superiores y los principales comerciantes. También era dueño de un gran hotel y varias casas de juego.

Pronto nos hicimos amigos íntimos. Casi todas las noches nos reuníamos con 20 o 30 camaradas en una de sus casas de juego y allí pasábamos la noche bebiendo, cantando, jugando. En suma, procurábamos distraernos y divertirnos lo más posible, sin el menor desvelo por el mañana.

Sin embargo, por una especia de intuición o presentimiento, pronto comprendí que era un hombre peligroso y empecé a desconfiar de él. Me volví muy reservado y no bajaba la guardia.

Una noche en que cenábamos en su hotel, Servilleri me llama y mostrándome un oficial argentino que comía en una mesa cercana a la nuestra, me dice en voz baja:

—¿Ves ese Capitán?

—Sí —respondí.

—Pues bien, es un italiano. Vas a ocultarte detrás de esta puerta y cuando salga le clavarás tu puñal en el corazón. Hay que matarlo. No puede escapar porque todas las otras puertas están vigiladas.  

Miré a Servilleri bien de frente, con mis ojos en los suyos, y le respondí secamente:

—¡Búsquese a otro para cometer semejante acción. Yo no tengo nada que ver con ese Capitán y, en lo que a mí respecta, puede irse cuando quiera!

Servilleri, lanzándome una mirada terrible, me contestó con tono amenazador: ¡Muy bien! y se alejó. El pobre Capitán —un hombre de unos treinta años— terminaba tranquilamente su cena rodeado de algunos amigos. No sospechaba que en ese preciso instante su vida corría el mayor de los peligros. Servilleri había abandonado el comedor. Yo aproveché para ir a sentarme no lejos del Capitán, en una mesa donde se encontraba un tal Gayaso, un hombre de unos cincuenta años, gran amigo de Servilleri y que yo conocía.

Me acerco a Gayaso y le digo:

—¿Gayaso, usted conoce a ese Capitán?

—Sí, lo conozco mucho, es uno de mis compatriotas; es piamontés.

—Entonces, si quiere, puede hacerle un gran favor.

—¿Y cómo? —me preguntó.

—Se lo voy a decir. ¿Usted es un gran amigo de Servilleri?

—¡Sí!

—¡Pues bien! En este preciso momento, Servilleri, no sé por qué motivo, le está tendiendo una emboscada para asesinarlo cuando salga de aquí.

—¡No es posible! —exclamó el otro.

—Le aseguro que es así. Él quería que yo hiciera el trabajo. Si quiere salvarlo, no hay un segundo que perder, porque todas las puertas están vigiladas, menos ésa.

Mientras hablábamos, Servilleri había regresado en compañía de algunos amigos que se pusieron a beber y cantar. En ese momento, Gayaso se aleja y va derecho hacia Servilleri. Los veo salir juntos. Poco después vuelven. Al pasar cerca de mí, Servilleri sólo me dice: ¡Oh Francisco! Gayaso volvió a sentarse a  mi lado.

—Domingo —me dice— es un buen amigo pero es un hombre terrible. Si usted no me hubiera avisado a tiempo, el pobre Capitán estaba condenado porque tuve todas las dificultades del mundo para hacerlo renunciar a su siniestro designio.

Así, gracias a mí, ese joven pudo salir, a eso de las once, sin que le sucediera nada malo. Nosotros nos fuimos a dormir. Al día siguiente, encontré a Servilleri que me dijo:

—Anoche le salvaste la vida a ese canalla ¡pero no será por mucho tiempo!

Efectivamente, seis días después supe que lo habían asesinado.

Dominique Servilleri era muy bueno y servicial, pero por otro lado era terrible y sanguinario. Su extraño carácter era muy difícil de analizar y comprender. Tenía bajo sus órdenes a más de 200 bandidos que ejecutaban ciegamente las siniestras misiones que les encomendaba. Ya he dicho que ocupaba un alto grado en la masonería por lo que quería hacerme entrar en su logia. Pero a pesar de su insistencia lo rechacé. Siempre tuve por principio no formar parte de ninguna sociedad religiosa o antirreligiosa, aunque estoy convencido de que entre sus adherentes se encuentra gente perfectamente honorable. Me parece, con o sin razón, que quien entra en ellas pierde en cierto modo una parte de su libertad y la independencia de sus ideas, lo que a mis ojos es el bien más preciado del hombre.

Pero dejemos a Servilleri, a quien volveré a encontrar veinticuatro años más tarde.

Ya he dicho que solía hacer incursiones del otro lado del río. Un día, estábamos listos para partir y dejar Pueblito para ir a un lugar llamado Brete, en la orilla opuesta, es decir en la Provincia de Corrientes, donde se embarcaban los animales que serían transportados a la ribera paraguaya. Ya estábamos zarpando cuando cinco correntinos se presentaron montados en sus caballos y nos pidieron que les hiciéramos cruzar el río. Discutimos el precio del pasaje y nos pusimos de acuerdo en 5 onzas de oro (400 francos). Dejamos Pueblito para dirigirnos a Brete. Salimos por un brazo del río que desemboca frente a la fortaleza de Itapuru, desde donde se cruza el Paraná.

En la orilla opuesta —del lado de Corrientes— sólo había bosques muy espesos, salvo en los lugares habitados, donde había algunos claros. Cuando el viento no es favorable, hay que remar con mucha fuerza porque el río tiene una corriente impetuosa; sobre todo hay que esforzarse por costear el río porque es imposible avanzar por el medio de su cauce.

Estábamos, pues, a bordo de la lancha La Corse. Esta vez venían conmigo mis dos compatriotas, Marini y Olivieri; ellos remaban y yo maniobraba la barra del timón. Recuerdo que ese día hacía un calor abrasador. Nos encontrábamos a unos 25 metros de la costa de Corrientes, donde la corriente era más violenta. Nuestros pasajeros hablaban entre ellos en guaraní, así que no comprendíamos ni una palabra de todo lo que decían. ¡Lejos estábamos de imaginar que se estaba tramando un siniestro complot y que en pocos instantes íbamos a ser actores y víctimas de un drama sangriento!…

Repentinamente, los correntinos se abalanzan sobre nosotros puñal en mano. Alcanzado por una tremenda puñalada en la espalda, Marini se desploma. Olivieri recibe una cuchillada asestada de arriba hacia abajo, que le hace un tajo desde el hombro a la cintura; sin embargo, le quedan fuerzas suficientes para lanzarse al agua. Desde la popa, yo asistía a esa masacre que no duró más de un segundo. Comprendí que toda lucha sería inútil. Estaba solo contra cinco hombres armados. Nuestras armas estaban guardadas en un cajón en el fondo de la barca. Cuando los vi dirigirse hacia mí, salté hacia atrás y caí al agua: me zambullí y sólo salí a la superficie a más de cien metros detrás de la embarcación. La fuerza de la corriente me había arrastrado. Nadé con todas mis fuerzas y llegué a un islote en medio del río: estaba a 200 metros de la costa y a 800 del punto donde habíamos sido cobardemente asaltados.

Alcanzaba a ver a los correntinos que habían tomado los remos y trataban de llegar a tierra.

Yo había hecho tantos esfuerzos para ganar el islote —sobre todo porque había que luchar contra una violenta corriente, totalmente vestido y con botas— que estaba agotado. Una vez en tierra, me eché en el suelo, anonadado. No podía más y hubiera querido dormir un poco pero tenía el sistema nervioso tan alterado por la fatiga, el peligro que había corrido y el espectáculo horroroso que acababa de presenciar, que me fue imposible tomar un momento de reposo.

Me incorporé y fui hasta un pequeño montículo. Grande fue mi sorpresa cuando divisé, a unos cien metros a mi izquierda, a una persona que se mantenía a horcajadas sobre un tronco de árbol. No podía ser otro que Olivieri. Corté una rama de árbol, até mi camisa en la punta y me puse a agitarla con fuerza, gritando y silbando en dirección de Olivieri. Era efectivamente él. Cuando me vio, vino a reunirse conmigo. Me dijo que había tenido la suerte de encontrar en medio del río un gran tronco de árbol clavado en la arena y se había refugiado sobre una rama donde se había desvestido. Sólo llevaba puesto su calzoncillo y una camiseta. Cuando vi su herida, se me heló la sangre. Aunque no era muy profunda, era ancha y le cruzaba desde el hombro derecho hasta la cintura. Él sufría mucho. Por fortuna, el cuchillo no había penetrado en el cuerpo y sólo había rozado las costillas trazando un surco sanguinolento. Lavé la herida con agua y lo curé lo mejor que pude. Luego pensamos en echarnos al agua y llegar a la otra orilla, estábamos muy cansados, sobre todo el pobre Olivieri que había perdido mucha sangre. Tuvimos que renunciar a nuestro intento y resignarnos a pasar la noche en la isla.

Nunca olvidaré esa espantosa noche. Para colmo de males, los mosquitos nos devoraban sin que pudiéramos defendernos. Un suplicio para el pobre Olivieri, cuya herida yo refrescaba constantemente con mi camisa mojada.

Cuando la noche llego a su fin y se hizo de día, decidimos cruzar el río y nos zambullimos sin vacilar. Habíamos sufrido demasiado y preferíamos correr el riesgo de ahogarnos antes que permanecer más tiempo en nuestro islote. Por otra parte, el hambre empezaba a hacerse sentir cruelmente.

Nadábamos uno junto al otro para no perdernos de vista. Hacía más de una hora que estábamos en el agua y la costa todavía se encontraba muy alejada, cuando Olivieri me dijo que ya no podía mover el brazo derecho y que sentía que se hundía. Me acerqué enseguida y, aunque yo también estaba exhausto, le dije que se sujetara a mi cinturón y que nadara únicamente con las piernas, cosa que hizo.

Por fin, redoblando mis esfuerzos, logré llegar a la orilla: ya era hora porque mis fuerzas me estaban abandonando.

Nos tendimos en la playa para tomar resuello y nos pusimos nuevamente en camino; Olivieri, que apenas podía tenerse en pie, se apoyaba en mi brazo. Al cabo de unos minutos de marcha, tuvimos la alegría de ver un rancho hacia el cual dirigimos inmediatamente nuestros pasos. Estaba habitado por dos mujeres y un anciano, que me dieron una sábana para envolver a Olivieri. Lo dejé al cuidado de ellos y me fui a la comisaría que se encontraba, según me habían dicho, en una localidad situada a unos mil metros de allí. No tardé en encontrarla: relaté todo lo que acababa de pasar, conseguí algunas ropas para cambiarnos y luego, acompañado por el comisario y tres personas del vecindario, fuimos hasta la orilla del río donde se había desarrollado la lúgubre tragedia. Luego de unos instantes de búsqueda, descubrimos mi embarcación. ¡Dios mío! ¡Qué horror! El fondo de la barca estaba cubierto de sangre; a bordo todo estaba revuelto, roto, arrasado y, pavoroso espectáculo, en el fondo yacía el cadáver decapitado del infortunado Marini.

El comisario lo hizo enterrar a 20 metros del río, en la costa de Corrientes. Pobre Marini. ¡Había venido a morir lejos de su querida patria, lejos de todos los suyos, a encontrar una muerte horrible bajo el puñal de unos cobardes asesinos! ¡Así lo había querido su destino!…

El comisario me prometió que procedería a una investigación para hallar a los malhechores, pero no hizo nada y todo quedó igual. ¡En esos tiempos de confusión no se podía ser muy exigente!

Después nos llevamos la embarcación a una especie de puertito que se encontraba cerca de la comisaría. Le encargué a un hombre que lavara y limpiara bien mi lancha y fui a buscar a un médico que me acompañó hasta donde estaba Olivieri para curarlo.

Felizmente, cuando me arrojé al agua llevaba puesto mi cinturón que contenía 200 esterlinas. Le di 5 a las personas de la cabaña que me habían prestado la sábana; le entregué 10, a modo de anticipo, al doctor que aceptó hacerse cargo de Olivieri y llevárselo con él. A este último le dejé 20 y gasté 2 para poner una cruz en la tumba del desdichado Marini.

Había decidido volver a Pueblito.

Contraté a dos hombres que me ayudaron a conducir mi lancha hasta Brete. Ahí se encontraba un vapor que hacía trasbordo de animales; a cambio de 4 esterlinas, el capitán aceptó remolcarme hasta Pueblito, a donde llegué por fin y donde me esperaban nuevas aventuras.

En Pueblito encontré mis embarcaciones; todos se mostraron apenados por la muerte de Marini y las desventuras de Olivieri. Marini era nativo de Ajaccio, tenía unos 35 años, era un hombre bien educado, de temperamento tranquilo y no tenía ningún vicio. Por eso todos los que lo habían conocido lamentaron su triste fin. Pero pronto ya no se habló más del asunto: cada día llegaban noticias de más  robos y asesinatos que se seguían cometiendo a nuestro alrededor, a tal punto que terminamos por no prestarles más atención.

En el desastre de La Corse habíamos perdido 8.270 piastras, más toda nuestra ropa y nuestras armas.

Teníamos por costumbre guardar el dinero en las embarcaciones porque, para nosotros, no había lugar más seguro para depositar nuestras ganancias. Nunca las abandonábamos y por la noche dormíamos a bordo. Cuando llovía, armábamos una carpa bajo la cual podíamos descansar. Hasta cocinábamos a bordo y cada embarcación tenía, en la parte posterior, unos compartimientos de seguridad para guardar nuestros enseres, las armas y las provisiones.

En cuanto a los beneficios, habíamos decidido repartirlos de la siguiente manera: yo tenía derecho a la mitad de los ingresos producidos por cada embarcación y la otra mitad se repartía entre los tripulantes de cada una.

Pero me seguían asaltando tristes recuerdos del pasado, así que decidí ir a pasar unos días a Corrientes para distraerme. En ese momento, había un pequeño vapor de guerra listo para partir. Se llamaba Litapiru y el capitán, que era amigo mío, me aceptó como pasajero. En el buque también viajaba el General Bartolomé Mitre, Comandante en jefe de las fuerzas aliadas y Presidente de la República Argentina. Iba a Corrientes para ver al General Cassaré que acababa de hacer una revolución. Durante la travesía tuve la suerte de conocerlo y, como hablaba italiano, pude conversar con él. Cuando nos separamos, me invitó a que fuera a verlo de vez en cuando. Más tarde, me felicité de haberlo conocido porque, en ciertas circunstancias, me fue de la mayor utilidad.

Como dije, esperaba encontrar en Corrientes un poco de reposo y algunas distracciones. Pero no fue así, sino más bien todo lo contrario: ni bien había desembarcado, ya me encontraba en medio de los más graves peligros. Acababa de estallar una revolución, encabezada por el General Cassaré que había penetrado en la ciudad. Los revolucionarios llevaban un gorro rojo en la cabeza y un gran pañuelo rojo alrededor del cuello, flotando sobre sus hombros. Las tropas del Gobierno habían salido de los cuarteles y en las calles se peleaba con furor. Los revolucionarios iban casi todos a caballo, armados con lanzas y carabinas, mientras que las tropas gubernamentales iban a pie. Muy pronto, sin darme cuenta, me encontré atrapado entre dos fuegos sin poder avanzar ni retroceder. Gracias a la providencia, mis ojos divisaron una estrecha callejuela transversal que no había visto antes y en la cual me interné inmediatamente. Llamé a varias puertas, pero fue en vano. Por fin, una de ellas se abrió y entré: era un hotel. Estaba salvado.

Los disparos de fusil resonaron durante varias horas más y luego se hizo silencio.

La inesperada llegada del General en jefe y Presidente de la República a Corrientes había bastado para dispersar a los revolucionarios. Los jefes se embarcaron a toda prisa y desaparecieron. Durante este enfrentamiento, hubo un comandante muerto y también algunos soldados.

Al día siguiente, el orden estaba restablecido. La calma y la tranquilidad reinaban de nuevo en la ciudad. Así que los juegos y las diversiones se reanudaron con frenesí: nadie  pensaba más que en los placeres.

Pasé 19 días en Corrientes y luego regresé a Pueblito para dedicarme ardientemente al trabajo.

Fui a ver al General Mitre que me recibió muy bien. Ulteriormente le hice frecuentes visitas y muchas veces me convidó a almorzar con él. En el curso de esas agradables reuniones, pude conocer a varias personas importantes, como los generales Gelly Obes, Vedias y Rivas, al igual que varios oficiales. También me hice muy amigo de un edecán del General Mitre, el Comandante Danel. Esas personas podían ayudarme mucho en mis empresas comerciales y así lo hicieron.

Mientras hacía trabajar a mis embarcaciones, elaboraba el proyecto de crear una casa de comercio en Tujutí, para negociar con los puestos avanzados. Fue entonces que regresó Olivieri, casi curado de su herida. Pero como todavía no podía trabajar en las embarcaciones y aún necesitaba reposo, lo puse a la cabeza de mi negocio de Tujutí.

Casi todos los días, iba a visitarlo a caballo y mi nueva empresa empezaba a dar buenos resultados. También en Pueblito los negocios eran florecientes. Casi habíamos olvidado la guerra. Todos procuraban distraerse y divertirse lo más posible, mediante constantes paseos a caballo, riñas, teatro y bailes.

Tanto los oficiales como los soldados, comerciaban, mezclados con los civiles. Todo marchaba sobre ruedas.

Desde de la memorable batalla de Curupayty, en la cual los aliados perdieron miles de hombres, entre muertos, heridos, mientras que los paraguayos, gracias a sus prodigios de heroísmo, sólo perdieron 50 hombres, reinaba la tranquilidad más completa.

Los paraguayos habían construido una vasta trinchera de unas 4 o 5 leguas de longitud; los brasileños y los uruguayos se habían apostado enfrente y el resto de las fuerzas aliadas acampaba detrás.

Epílogo, por Esteban Bedoya

El negocio de la explotación de madera de François Casabianca siguió durante un tiempo, el suficiente para recuperar lo perdido, y para aumentar la extensión de tierras en Patiño Kué. Allí, hasta su muerte desarrolló una próspera actividad agropecuaria; luego, esas tierras pasaron a manos de sus herederos, cuya primera generación logró esfumar lo que con tanto esfuerzo el fundador del linaje había conseguido. A más de esa propiedad, adquirió numerosos inmuebles en Asunción. Era un hombre muy joven, y como da a entender en sus memorias, estaba decidido a hacer fortuna antes de los treinta años, edad en la que pensaba volver a Francia. Su deseo intenso se cumplió y regresó a su patria como un hombre «hecho y derecho», con increíbles vivencias acumuladas y con un capital económico considerable.

Recuerdo muy bien la emoción de mi abuela, cuando me contaba acerca del regreso de su padre a Córcega. Ella relataba como si hubiese sido partícipe de la historia: «Fue un magnífico día de otoño, cuando el barco en el que viajé desde Marsella, bordeó el morro de la escollera donde se encuentra el faro y amarró en el puerto de Bastia. Habían pasado casi veinte años desde que decidí dejar mi hogar. Ya en el puerto me pareció reconocer algunas caras, pero yo era un perfecto desconocido para los corsos que estaban allí, no era más que un simple viajero, alguien que había salido lampiño y regresaba con gruesos bigotes. Mi estado de euforia duró hasta que llegué a La Casabianca. Por pedido mío, el cochero detuvo el cabriolet a unos doscientos metros de la casa familiar, y me dirigí a pie rememorando el camino que tantas veces recorrí, saludé cada piedra y me deleité  con el coro de perros que ladraba para darme la bienvenida. Recordé a Drago: por un instante reviví sus lamidas y las caricias que yo le prodigaba. Dadas las circunstancias, subir los escalones hasta la entrada de la casa paterna me conmocionó tanto, como el haber presenciado las batallas de Lomas Valentinas. Quedé inmóvil frente a la puerta, y me percaté que desde una ventana alguien ya me había visto. No tuve que decir nada. La puerta se abrió… Era una criaba que me preguntó «Qué desea». «Soy un familiar de Madame Casabianca», respondí. Mamá no tardó un instante, parecería haber estado esperándome, se quedó parada en la antesala, como recibiendo a un viejo conocido suyo. Me acerqué a ella ante el temor de la criada, y la observé con una inmensa alegría mezclada con un sentimiento de culpa. Mamá me abrazó sin hablarme, tal vez por temor a despertar de un sueño hermoso. Nos abrazamos para siempre. Los parientes me comentaron que mi llegada había sido milagrosa. Su breve recuperación no tenía explicación, ya que había pasado meses postrada; de hecho, falleció una semana después de mi regreso.»

Luto de por medio, François recorrió la isla de su infancia y se reencontró con amigos y parientes. De hecho, fue el artífice de la emigración al Paraguay, entre otros, de Jean Casabianca, periodista, crítico literario, poeta.

Posteriormente al viaje de retorno a Córcega, realizó otros tantos viajes a Francia, algunos a título privado y otros llevando alguna misión encargada por el gobierno del Paraguay. A pesar de haber tenido la oportunidad de reinstalarse en París, decidió radicarse definitivamente en el Paraguay, donde conoció a María del Carmen Decoud Viera, con quien se casó. Su esposa era miembro de una ilustre familia, caída en desgracia, por la inquina personal del Mariscal López. Había nacido en plena Guerra contra la Triple Alianza, y siendo una niñita formó parte con su madre y sus hermanas, de la interminable diáspora de las «residentas». María del Carmen tenía diecisiete años cuando se casó, y François Mathieu, treinta y cuatro. Tal vez los vínculos familiares expliquen en cierta medida por qué el presidente de la República le asignó el cargo de Intendente de Asunción (decreto del día 8 de mayo de 1891), cargo de confianza que años más tarde sería destinado exclusivamente a ciudadanos paraguayos. Lo acompañó en esa tarea, su secretario y pariente político Arsenio López Decoud, quien lo secundó en el cargo hasta el 13 de mayo de 1892. A más de los vínculos familiares, seguramente Casabianca pudo demostrar su capacidad empresarial para haber merecido tal distinción. Entre sus obras destacadas hay que mencionar el reordenamiento del cementerio de la Recoleta, la apertura de nuevas calles (una que arrancaba en la de Los Arroyos entre Recoleta y Salta, y terminaba en Ypoa, y otra en las calles las de Cerro Corá e Igualdad, entre Tacuarí y Estados Unidos). Asimismo, durante su gestión se implementaron los impuestos por alumbrado público y limpieza pública, según consta en los registros oficiales en los años 1891 y 1892. Como forma de estrechar los vínculos entre Francia, y particularmente de Córcega con el Paraguay, influyó para que el presidente de la República, en fecha 17 de noviembre de 1892, nombre Cónsul del Paraguay en Córcega al señor Pompilius Tavalleli.

Del matrimonio Casabianca—Decoud nacieron seis hijos. De esos «tíos abuelos» no tengo datos resaltantes, sólo vagos recuersos que no serían un gran aporte para este epílogo. La generación. Posterior —la que corresponde a los nietos de François Mathieu Casabianca— produjo ciudadanos comprometidos con la ciudadanía. Dentro de esa camada, varios de ellos se dedicaron activamente a la política, pero solo mencionaré a quienes mejor conocí. Por un lago, a Miguel Angel Casabianca, quien con su inteligencia y valentía impuso la ética en su trayectoria política, actitud que le valió un largo exilio durante la dictadura de Stroessner. Otro contemporáneo, Luis Casabianca, desde muy joven se expresó como un ciudadano solidario, luchador de las causas justas en pos de la reivindicación de los compatriotas marginados. Su militancia activa en el Partido Comunista le valió la persecución, la tortura y el exilio. En otro ámbito, el historiador Julio César Chávez Casabianca deleitó a varias generaciones con su obra sobre José Gaspar Rodríguez de Francia. Ahora estamos los bisnietos y tataranietos de François Mathieu. La mayoría de ellos lo conocerá con la lectura de estas memorias.

François Mathieu Casabianca falleció en Asunción el 18 de septiembre de 1925, rodeado de su familia y el gozando de una excelente reputación y de la estima de la ciudadanía.

Nota: Memorias, de François Casabianca, se publicó en junio de 2009, con el apoyo de la Embajada de Francia en Paraguay. La traducción del francés al castellano estuvo a cargo de Josephine Domecq Chantry. La presente publicación se debe a la cortesía de Esteban Bedoya, quien cuenta con los derechos de las memorias.

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