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Hijo del hombre… soy yo

El investigador y escritor francés Éric Courthès viajó a Asunción en dos ocasiones para encontrarse con Augusto Roa Bastos. El primer encuentro se dio el año 2000; el segundo, en 2003. Courthès los recuerda y afirma que conocer al Cervantes paraguayo le cambió la vida.

Augusto Roa Bastos y Éric Courthès, el 6 de septiembre de 2000.

Augusto Roa Bastos y Éric Courthès, el 6 de septiembre de 2000.

Encontrar a don Augusto Roa Bastos —recién al llegar al Paraguay desde Santiago del Estero— directo en su piso de Asunción el 6 de septiembre de 2000, me cambió radicalmente la vida. De hecho, si bien había leído Hijo de hombre y Yo el Supremo, para presentar los concursos de enseñanza del español en Francia en 1993 y 94, yo era simple profesorcito en la secundaria, y sobre todo distaba mucho de conocer bien toda su obra, pues no pasaba de especialista de las influencias del quichua de Santiago del Estero[1], que fue el tema de mi tesis de doctorado, defendida en París X Nanterre en 1998.

Fue un encuentrazo, con mi amigo Jorge Juan, un cineasta santiagueño, quien grabó toda la charla de unas tres horas seguidas. Salimos medio volados a la vereda, por la sabiduría, la simpatía y la modestia de aquel hombrazo, que nos dejó totalmente fascinados…

Luego tuve la oportunidad de hablarle y grabarlo de nuevo en julio de 2003, dos años antes de que falleciera, el 26 de abril de 2005, y fue el mismo hechizo, con más profundidad en el intercambio, porque me había leído el resto de su obra, en dos años…

Al salir de su casa, me dio una palmada en el hombro derecho y se exclamó medio en sorna medio en serio: «¡Acá tenemos al nuevo hijo del hombre!», y me dio cita para un asado la próxima vez que lo visitara…

No hubo próxima vez, pero supongo que don Roa me estará esperando con la carne por asar en el paraíso de los escritores humanistas, en el cual ocupará por cierto uno de los primeros lugares.

Pero lo mejor en esa afirmación de mi identidad como escritor e investigador viene después, en 2007,  al volver a leer  Yo el Supremo. Encontré en una nota a pie de página —en este librazo fuera de lo común a nivel semiótico: las notas, o sea, el paratexto, cobran tanta importancia como el corpus del texto— una pequeña biografía de Amado Bonpland. Al notar que había nacido en La Rochela, y que a lo largo de su larga vida había tenido tres identidades como yo: francesa, argentina y paraguaya, se produjo como un chispazo en mi mente, y decidí ser el propio Bonpland, escribiendo una novela en primera persona, tipo Yo el Supremo[2].

Desde luego, no pude —o quizás por temor a perderme a casi todos los lectores, no quise— alcanzar esa complejidad textual que hace de esta obra un unicum en la literatura mundial, pero lo de identificarme totalmente con mi personaje, darle vida, y desaparecer detrás de la cortina, matando al autor, a lo Roland Barthes, ¡sí que lo puse totalmente en práctica! Y fue desde luego mi mayor logro hasta ahora, fruto de dos magnas lecciones de escritura, únicas, que me dio don Roa en su propia casa, sin que me enterara en seguida de lo que dejó sembrado en mí, el gran hombre.

Mañana, 26 de abril, recordaremos el noveno aniversario de su muerte. No vayan a creer que se cayó por casualidad —desde lo alto de la escalerita[3] que llevaba al entrepiso de su estudio chiquito lleno de libros y premios— un 23 de abril de 2005, el mismo día de la muerte de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso. El viejo zorro quiso morir como sus modelos, dejar una última prueba de sus propias filiaciones. En efecto, basta con mencionar al primer autor y su obra maestra y afirmar sin rodeos que Yo el Supremo es El Quijote del siglo XX.

Y bien me parece que nunca más —en ese mundo postmoderno de mierda, falto de amor y humor, en que va desapareciendo no la literatura sino la lectura de obras de papel, entre los jóvenes monos cibernéticos que nos rodean— se darán semejantes obras…

In memoriam, Augusto Roa Bastos.

Gdansk, Polonia, 25/04/2014.



[1] Por escribir en 1960 el guión de Shunko —la película del chileno Lautaro Murúa, sacada de la  excelente novela de J.W. Ábalos— don Roa había plantado también banderillas en el monte santiagueño. Y también por el tema del bilingüismo, había llegado hasta él…

[2] Memorias de un muerto, el viaje sin retorno de Amado Bonpland, Servilibro, Asunción, 2010. Estoy preparando otras memorias apócrifas: Yo, Guido Boggiani se titularán, y dentro de poco publicaré un diario de viaje inédito del explorador italiano, muerto en Paraguay, en 1901, que vendrá inserto en la novela de Boggiani, por parecer en 2015, pues el hilo roabastiano aún no se rompió sino todo lo contrario…

[3] A veces lo vuelvo a ver bajando en sueños…

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