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Experimentando la gran hamaca

En las noticias sobre sismos, México suele ser la protagonista. Lilian Córdoba lo sabía antes de ir a vivir ahí. Pero una cosa es saberlo por las noticias y otra experimentarlo. En esta postal, nos cuenta cómo vivió el sismo de magnitud 7.5 del pasado 23 de junio.

 

Luego de que Carlos me invitara a venir a México y de pensar en todo lo lindo que sería esa experiencia, por algunos segundos me invadió un sentimiento negativo y casi procrastinador: «En México siempre tiembla». No solo me lo había dicho él. Casi siempre que escuchaba o leía en las noticias acerca de un sismo, el protagonista era México.

Desde hace muchos años tomo datos de la ciencia para evitar la paranoia. Cada vez que pienso en catástrofes o desgracias, me enfoco en las estadísticas. Funciona, al menos para mí. Me sirvió en momentos de abordar aviones, bajar de un autobús en marcha, en las tormentas tropicales del Paraguay, y ahora al caminar por la calle en plena pandemia. Las estadísticas demuestran la dificultad de morir en una precipitación de vuelo. En 2018, la tasa de accidentes de jet fue de 0.19, es decir, un accidente por cada 5.4 millones de vuelos. Entonces tendría una probabilidad de morir bastante baja. Necesitaría volar cada día durante 241 años para tener la probabilidad de estrellarme en el océano o precipitarme en alguna cordillera, y todavía con mala suerte, morir.

Calculé las actividades sísmicas tomando en cuenta el último y más trágico, ocurrido el 19 de septiembre de 2017. Tuvo una profundidad de 57 km. Ocurrió el mismo día de aniversario luctuoso del Terremoto de México de 1985. 369 muertos y 100 desaparecidos en diferentes entidades del país y más de 44 edificios dañados en la Ciudad de México. Fue percibido en gran parte del país (zona centro, capital y alrededores). Desde entonces, en casi tres años han ocurrido siete sismos importantes: 23 septiembre de 2017, 6.4, entre Hidalgo y Oaxaca; 19 de enero de 2018, 6.3, Loreto, Baja California; 19 febrero, 6.0, Oaxaca; 18 de enero de 2019, 6.0, Acapulco; 1 de febrero de 2019, 6.5, entre Chiapas e Hidalgo; 19 de noviembre de 2019, 6,4, Entre Hidalgo, Oaxaca.

Y este 23 de junio de 2020, 7.5, que se sintió en todo el centro de México y sus alrededores. Significó para mí un temblor en casi tres años, sin tener en cuenta que el último sismo significativo (año 2017) fue similar al del año 1985, muchos años después.

Esta fórmula (si se quiere llamarla así) apliqué cuando tuve dudas de venir a México. El problema justamente estaba en los números, sí o sí iba a experimentar una sacudida en algún momento cercano, pero el amor inclinó la balanza a su favor.

En mis primeros meses mexicanos esperaba casi con curiosidad e inocencia experimentar algún temblor, y cada vez que sonaba la alarma sísmica de prueba sentía algo de ansiedad. Un par de veces, unos amigos que viven en otros estados nos escribieron preguntándonos si estábamos bien, tras alguna noticia de que había temblado, pero como «en México siempre tiembla» (la mayoría de las veces es imperceptible), nos enterábamos mucho después por las noticias.

La noche anterior del sismo, Carlos, ya mi esposo, y yo habíamos dormido más o menos tarde (como es costumbre en esta interminable cuarentena). Nos habíamos levantado por segunda vez en la mañana, cuando me dispuse a preparar el desayuno: sándwiches, café y frutas. Entre bostezos, desperezamiento y mirar cada tanto el horno, escuché la alarma sísmica que en tantas ocasiones había sido la versión de prueba. ¡Alarma sísmica!, decía la voz aguda de la grabación, acompañada de una sirena. Corrí a la habitación para preguntar qué onda a mi esposo, como que todavía no me caía la ficha de lo que acababa de escuchar. Él me respondió: No pasa nada, amor. Y regresé a la cocina. Él es el experimentado en sismos, pensé, pero ya oía a los perros del barrio aullar y ladrar en coro, y supe que algo malo se avecinaba. En ese mismo momento sentí que el piso se movía y corrí de nuevo a la habitación. Carlos ya se había parado, aunque sin tiempo de vestirse. Abrió la puerta de la entrada a la sala y me indicó que me ubicara debajo del marco. Le hice caso, a pesar del instinto de salir corriendo. Entonces ya sentía cómo se balanceaba todo debajo de mí. Me vinieron a la memoria imágenes de mi infancia, cuando íbamos al parque para subirnos al balancín o a las hamacas. Años más tarde, ahí estaba yo, ¡experimentando la gran hamaca!, donde uno no tiene permitido bajarse hasta que el que esté meciendo la tierra lo decida.

¡Amor, se mueve muchooo! ¡Carlos, tengo miedo! Carlos, ¿esto ya va a parar? Él me contestaba y al mismo tiempo iba y venía de un lugar a otro… Vi que buscaba a los gatos. Estaban bien: Cid se resguardó bajo la mesita, solitario; Dórica y Bicha estaban debajo de la mesa grande, casi pegadas a la pared; y Pedro se escondió quién sabe dónde.

Carlos, ¡tu mamá!, grité mientras seguía sostenida del marco de la puerta. Sentía que ya era leve el movimiento. Cuando me solté, el juego reinició: nos volvimos a mecer en la hamaca, esta vez más intensamente. Respirar profundo y soltar el aire hasta que todo se acabe, ¡y las estadísticas!, recordé.

Resultado:

―Un sismo de magnitud 7.5 originado a 23 km al sur de Crucecita, Oaxaca, sacudió este martes 23 de junio a la Ciudad de México y área metropolitana.

―Al menos diez muertos, varios heridos y daños en viviendas, es el saldo del sismo registrado a las 10:29 horas de la mañana del martes 23.

―Hasta las 13:00 hora local, el Servicio Sismológico Nacional confirmó que se habían registrado 303 réplicas. La más grande fue de 4.6.

―Una alerta de tsunami fue emitida por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos para las costas del Pacífico de México, Guatemala, Honduras, Ecuador y el Salvador, pero fue retirada horas después.

 

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4 Comentarios
  • Lorena Córdoba
    julio 11, 2020

    Excelente nota! Y excelente relato, tanto que conseguí imaginar en la mente cada escena.

  • Katia López
    julio 7, 2020

    Me gustó que aunque no es de México tiene presente más datos de un sismo que un propio mexicano. Y otra cosa agradable fue que de datos importantes, la lectura pasó a otros aún más importantes, nuestros seres queridos.

  • Javier Córdoba
    julio 7, 2020

    Debió ser una experiencia aterradora, y vaya término que calza!

  • Marcelo Medone
    julio 7, 2020

    Me gustó la nota, que por momentos se parecía a un cuento de ficción autobiográfica. Y la parte de los perros me hizo acordar a un cuento de Rulfo de El Llano en Llamas.
    ¡Bravo!

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