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El rey vikingo del Paraguay

En 1979, Jacques de Mahieu publicó el libro El rey vikingo del Paraguay, en el que relata sus expediciones a Amambay, en cuyos cerros se ven ciertos petroglifos relacionados con símbolos de escritura rúnica, suposiciones no aceptadas por la investigación arqueológica moderna. Compartimos los primeros capítulos por ser una curiosidad literaria sobre Paraguay.

Inscripciones rupestres de cavernas en Capitán Bado, supuestamente rúnicas.

Inscripciones rupestres de cavernas en Capitán Bado, supuestamente rúnicas.

El rey blanco del Amambay

«En aquel tiempo reinaba en la región un rey poderoso y sabio que se llamaba Ipir. Era blanco y llevaba una larga barba rubia. Con hombres de su raza y con guerreros indios que le eran leales vivía en una gran aldea situada en la cima de un cerro. Disponía de armas temibles y poseía inmensas riquezas en oro y en plata. Un día, sin embargo, fue atacado por tribus salvajes y desapareció para siempre. Así me lo contó mi padre, quien lo había oído del suyo.»

En estos términos o en otros muy parecidos, muy a menudo el mayor Samaniego había escuchado a algún indio viejo hablarle, en su guaraní gutural, del rey blanco del Amambay. Ese joven y brillante oficial del ejército paraguayo, apasionado por la etnología, no se aburría en el curso de las largas horas libres que le dejaba el servicio rutinario de su batallón de zapadores en una provincia de frontera entonces despoblada. Cada noche, en alguna toldería, grababa en cintas magnéticas los interminables relatos de los ancianos cuya amistad había conseguido ganarse. Contribuía así a salvar del olvido tradiciones que no tardarían mucho en borrarse de la memoria de las generaciones futuras, y creencias ancestrales condenadas a desaparecer bajo el barniz del vago cristianismo importado. Tradiciones y creencias comunes, en cuanto a lo esencial, a todas las tribus guaraníes del Paraguay, Bolivia y el Brasil, con además, como peculiaridad local, el recuerdo de un rey blanco inesperado.

El mayor Samaniego sabía que las tradiciones indígenas pueden deformar les hechos históricos, pero nunca los inventan. ¿Quién habría sido, pues, este Ipir cuyo nombre nada tiene de guaraní? El problema se planteaba, pero nada permitía, razonablemente, esperar que se lo pudiera resolver. Algunos, sin embargo, habían debido de saber a qué atenerse al respecto y hasta uno tiene derecho a preguntarse si no se trata de un secreto de Estado hoy día olvidado.

El 1 de marzo de 1870, el mariscal Francisco Solano López, presidente del Paraguay, libraba su último combate. Desde hacía cinco años, tenía en jaque a las fuerzas coaligadas del Brasil, la Argentina y el Uruguay, pero el final se acercaba. Lentamente, metro por metro, se había ido replegando hacia el nordeste y ahora se encontraba en Cerro Cora, en el Amambay, a 32 km de la frontera brasileña. En un país que, a principios de la guerra, tenía 1.200.000 habitantes, sólo quedaban 28.000 hombres —de más de doce años— en estado de llevar armas. Esa mañana, el mariscal se había puesto de gran uniforme, para un último baroud ii’honneur. Acababa de ver a su hijo mayor, coronel de dieciséis años, caer en combate. Rodeado por los brasileños, hacía frente, sin retroceder un paso. Un lanzazo le desarzonó, otro acabó con él mientras se defendía aún con su espadín de parada con empuñadura de oro. «Muero con mi patria», fueron sus últimas palabras, tales como las reproducen todos los manuales de historia del Paraguay. Pero la tradición les agrega una frase, aparentemente sin sentido, que, tal vez por esta razón, los libros omiten: «No es ésta la primera civilización que desaparece en este lugar». Al replegarse hacia el Brasil en lugar de abrirse camino hacia la Bolivia neutral y al renunciar así a toda esperanza de escapar de su sino, ¿había querido el mariscal no sólo morir con sus últimos soldados, sino también caer en ese lugar preciso, cuyo valor simbólico él conocía? Tenemos derecho a preguntárnoslo.

Ipir y López estaban, por cierto, ausentes del pensamiento de un ingeniero alemán que, en febrero de 1940, cruzaba la avenida que sirve de frontera entre las ciudades gemelas de Ponía Pora, en el Brasil, y Pedro Juan Caballero, en el Paraguay, a unas pocas decenas de kilómetros de Cerro Cora. Natural de los Súdeles, Fritz Berger vagaba por Sudamérica, desde hacía años, sin lograr establecerse en ninguna parte. Se lo había visto en Asunción, durante la guerra del Chaco, de 1932 a 1935, y allá había prestado buenos y leales servicios al ejército paraguayo, en un taller donde se reacondicionaban las armas tomadas al enemigo. Luego, se había ido al

Brasil donde, durante cuatro años, había procurado en vano detectar yacimientos petrolíferos en el Estado de Paraná. Sus conocimientos geológicos, según parece, eran sumamente limitados, lo que no deja de ser normal en un ingeniero mecánico. No obstante, pensaba proseguir su búsqueda en el Paraguay. Pero, muy pronto, hizo algunos descubrimientos de otra naturaleza, que interesaron prodigiosamente al mayor Samaniego, al punto que éste obtuvo del ejército la creación de la Agrupación Geológica y Arqueológica, más conocida por la sigla AGA, que contrató a Fritz Berger.

De 1941 a 1944, la AGA trabajó dura y eficazmente. No sólo su jefe, el mayor Samaniego, y el ingeniero alemán recorrieron toda la región y descubrieron inscripciones y dibujos que no era posible atribuir a los indios y numerosos otros vestigios de una civilización desaparecida, sino que también sus zapadores desmontaron casi totalmente un enorme cerro en cuya cima se hallaba una imponente muralla. Nadie, sin embargo, en el Paraguay, dio la menor importancia a los resultados obtenidos. Por otro lado, la prensa internacional se interesaba muy poco en lo que podía acontecer en un pequeño país de Sudamérica; la Segunda Guerra Mundial le suministraba más informaciones de las que podía publicar.

En 1945, la AGA fue disuelta. Desalentado y enfermo, Fritz Berger se quedó en el Amambay, con el ejército, hasta la guerra civil de 1947. Pasó entonces al Brasil donde murió, el año siguiente, en Dourados, en casa de un compatriota, viejo amigo suyo. Los escépticos ponían en tela de juicio el equilibrio mental de nuestro ingeniero, y hay que reconocer que no les faltaba algunos buenos motivos para hacerlo. Berger buscaba, entre otras cosas, el «tesoro del Rey Blanco», no sin sospechar, por momentos, que los jesuítas lo habían encontrado antes que él. Por otro lado, divagaba cada vez más a medida que trascurrían los años de una vida durísima, para un europeo ya cincuentón, en la selva tropical. ¿No llegaba a ver, en un estado cercano a la alucinación, palacios y templos ocultos debajo de los árboles, manifiestamente donde sólo había rocas de formas un tanto extrañas?

El mismo Berger se daba cuenta de que algo no andaba en su cerebro, y lo escribía a una amiga de Munich con la cual mantenía una correspondencia espaciada pero continua. Un lector de Alemania tuvo a bien comunicarnos el texto de algunas de esas cartas. Confesemos que, de haber recibido estos documentos antes de nuestra primera expedición a Cerro Corá, y no después de la tercera, como fue el caso, no habríamos partido sin alguna inquietud. ¿No afirmaba nuestro arqueólogo improvisado haber descubierto una ciudad, Atlantik, «de 50 km de diámetro habitado y 150 km de largo», una «grandiosa instalación fenicia», «grandes depósitos de helio y de petróleo, con canalizaciones aún utilizables», y «monumentos que parecen ser una catedral y grandes palacios»? Se mostraba seguro de que Noé había vivido en la región. Pero agregaba: «Esta noche, me despertaron grandes gritos. No había nadie. ¿Trátase de una oscilación, o todo habrá sucedido en mi cabeza? Se va a decir, algún día de éstos: el ingeniero está chiflado, ya se sabe.»

Reconozcamos que semejante juicio no hubiera estado muy lejos de la realidad. Inútil es agregar que mo encontramos, en los lugares explorados por Berger, ni depósitos de helio, ni edificios grandiosos, ni las ruinas de una Atlantik de la cual nuestro ingeniero, de poca cultura según los que lo conocieron, debía de hacer la capital de la Atlántida. El «chiflado», no obstante, no había perdido su tiempo. Durante años, día tras día, había surcado, no sin aventurarse, de vez en cuando, más allá, una zona relativamente chica, y nada había debido de

escapársele en el sector. Cuando, unos meses antes de nuestra primera expedición al Amambay, el ex mayor Samaniego, hoy día general de división y ministro de Defensa Nacional, se dignó, en el curso de una larga audiencia, darnos indicaciones tan precisas como prudentes sobre los yacimientos arqueológicos descubiertos treinta años y pico antes, insistió en el papel desempeñado, en aquel entonces, por Fritz Berger.

Por nuestro lado, la existencia, en el Amambay, de vestigios precolombinos, no tenía nada que pudiera sorprendernos. Hacía ya años que habíamos demostrado que unos vikingos, originarios del Scnleswig, habían conquistado, en la Edad Media, un inmenso imperio en Sudamérica, que habíamos descubierto inscripciones rúnicas dejadas por ellos en el Paraguay y en el Brasil y que incluso habíamos reencontrado a sus descendientes.

En 1973, dos de nuestros colaboradores —de eso hablaremos largamente en el capítulo IV— habían relevado en Cerro Guasú, un pequeño macizo montañoso situado a 50 km, a vuelo de pájaro, de Cerro Corá, el conjunto rúnico más grande del mundo, y sesenta y una de sus inscripciones ya se habían traducido. Podíamos, pues, esperar nuevos descubrimientos —o redescubrimientos— en la región.

Por otro lado, el nombre del rey blanco era, para nosotros, altamente significativo. No sólo, ya lo hemos dicho, Ipir no tiene significado alguno en guaraní, sino que es extraño a la estructura de un idioma cuyas palabras, con contadas excepciones que no comprenden ningún caso en ir,

terminan con una vocal. Tiene, por el contrario, una consonancia norresa: bástenos compararlo con Ymir, el nombre del gigante con cuyo cuerpo los dioses Odín, Vili y Ve, en la mitología escandinava, hicieron la tierra.

La muralla de Cerro Corá

Cuando, a unos 500 km de Asunción, por la buena carretera empedrada que desde 1969 une Coronel Oviedo con Pedro Juan Caballero, y a 32 km antes de esta última ciudad, se franquea el arroyo Aceite, un pequeño camino transitable lleva al lugar donde murió el mariscal López, a orillas del arroyo Aquidabán—Nigui, afluente indirecto del río Aquidabán. Se entra así en un parque nacional que custodia un destacamento del ejército, merced al cual el sector ha conservado su apariencia natural. Alrededor, en efecto, los grandes árboles centenarios fueron talados sin la menor contemplación y, de la hermosa selva tropical de antaño, ya casi no queda, salvo en las inmediaciones de los cerros, sino un monte bajo y tupido, sembrado de árboles achaparrados, donde los incendios hacen estragos cuando llega la estación seca, ahora que las especies de alto porte ya no están para mantener la humedad protectora.

Estamos en Cerro Cora, un Cerco de Cerros —es éste el significado del nombre hispanoguaraní— que forma un circuir casi perfecto de unos 5 km de diámetro. De la docena de colinas que lo compone, sólo una está situada al norte del Aquidabán que lo corta. Esta no ofrece para nosotros ningún interés, como tampoco las del oeste. Las cinco del este, por el contrario, merecen nuestra atención. Del sur al norte: el Cerro Tupa (Cerro—Dios), también conocido, hoy día, con el nombre de Cerro Aceite; los tres cerros cuyo conjunto se llama Ñemoñanga (la Familia): el Tuja Og (la Casa del Viejo), el Guaive Og (la Casa de la Vieja) y el Guyracu Amba, nombre cuyo sentido no está del todo claro para nosotros, y no sólo para nosotros, puesto que casi todo el mundo llama a este cerro «Alambi-que» en razón de un dibujo que tiene grabado en una de sus paredes y que se asemeja al instrumento en cuestión: amba significa «morada» y el profesor Pistilli, director del Instituto Paraguayo de Ciencia del Hombre, opina que guyracu es una forma arcaica, o una deformación reciente, de guyraju, pájaro amarillo, el ave solar eterna de la mitología guaraní, y que Guyracu Amba significa, por lo tanto, «Morada del Ave Solar Eterna»; en fin, el Cerro Itaguambypé, o Cerro del Murallón.

Nuestra primera expedición a Cerro Cora, en agosto y septiembre de 1975, tenía por única finalidad la de permitirnos definir los objetivos de la segunda y, en especial, de estudiar su situación exacta y sus accesos. A primera vista, la tarea parecía sencilla, a pesar de la inexistencia de cualquier mapa detallado de la región. En el terreno, resultó más complicada de lo que creíamos. Los indios, en efecto, habían abandonado, cuando la construcción de la carretera, sus cotos de caza inmemoriales y se habían replegado sobre la selva aún virgen, más al sur. Los pocos colonos que ocupaban su lugar habían llegado allá hacía dos o tres años y nada conocían de la zona. Muy felizmente, el teniente—coronel Escobar, comandante del destacamento militar, había servido a las órdenes del mayor Samaniego, en la época de la AGA, como también un viejo suboficial, por desgracia casi ciego, el sargento López, que se había retirado en el villorrio de Lorito, en Cerro Corá.

Fue gracias a ellos que pudimos situar el Cerro del Murallón y el muro del Aquidabán—Nigui que se hallan en el interior del parque nacional, en un área militar prohibida, y de los cuales los nuevos moradores de la zona, por esta razón, nunca habían oído hablar. Otra dificultad, menos grave en sí pero imposible de sobrellevar, vino a complicar nuestro trabajo. El pequeño coche con el cual habíamos venido de Buenos Aires, a falta del vehículo de doble tracción que nos hubiera sido indispensable, no servía en absoluto para transitar por caminos arenosos en los cuales camiones de obraje habían dejado huellas movedizas de 50 cm y más de hondo. Y no encontramos un solo caballo para alquilar en toda la región. Con nuestro asistente Jorge Russo, tuvimos, pues, que recorrer a pie, casi cada día, una veintena de kilómetros, la mayor parte de los cuales nos habríamos ahorrado de disponer de un vehículo adecuado, y luego avanzar a machete —y «al olfato»—, hurgando en el monte tupido para encontrar —o reencontrar— algo, no siempre sabíamos muy bien qué y nunca sabíamos exactamente dónde.

Ciertos días, uno o dos soldados paraguayos nos acompañaban, y su colaboración nos fue útilísima. Pocas veces, según creemos —jamás, tal vez—, una expedición arqueológica consiguió resultados tan extraordinarios con medios materiales tan reducidos. Salvo la segunda, también a Cerro Corá, en junio y julio de 1976. Éramos tres, esta vez, pues nos acompañaban el profesor Hermán Munk, runólogo del Instituto de Ciencia del Hombre que dirigimos en Buenos Aires, y el ingeniero Hansgeorg Bóttcher. Disponíamos de un gran coche, más confortable pero no más indicado que el anterior. Por lo menos, ya conocíamos los objetivos de nuestra investigación, los que no por ello resultaban más accesibles. Y se trataba, para nosotros, de explotar, en el sentido militar de la palabra, los datos recogidos diez meses antes.

Veamos los resultados obtenidos. Al nordeste de Cerro Cora se alza el Cerro Itaguambypé, o Cerro del Murallón: unos dos kilómetros de largo por alrededor de cien metros de alto con respecto a la llanura que constituye, al oeste, el interior del cerco. Un valle de unos quinientos metros de ancho y cincuenta, aproximadamente, de profundidad máxima lo separa de otra colina que corre paralela a él. Sólo damos aquí dimensiones estimadas, pues, para efectuar mediciones exactas, por lo demás carentes de interés para nuestro trabajo, hubiéramos debido abrir picadas en la selva, lo que no estábamos en condiciones de hacer. Visto desde la llanura, el cerro no se diferencia mucho de sus vecinos, si dejamos a un lado el Guyracu Amba, que es un pico truncado. Su flanco occidental, arbolado, sube suavemente hasta el pie de una pared rocosa. Pero su cima, por lo menos al sur, no es ni una meseta ni un lomo arredondado. Allí, la «roca» constituye una cresta estrecha cuyos dos lados, paralelos, se alzan verticalmente de cinco a diez metros, según los sectores, encima de las laderas de la colina. La cresta en cuestión, con un ancho de tres metros, un tanto reducido, en algunos tramos, por desmoronamientos, es plana y constituye un camino utilizable. Se extiende sobre unos trescientos metros —tampoco aquí tomamos medidas exactas— siguiendo, en dirección norte—sur, la cima irregular del cerro, cortada en su centro por una abertura de una decena de metros que corresponde a un décalage de unos veinte metros entre los dos tramos que ella separa. Llega, en la extremidad sur de la colina, a una plataforma de cinco metros de altura por encima del camino, que parece haber sido redonda en su tiempo: una especie de torre llena desde la cual se tiene una vista panorámica de toda la región circundante.

Para los indios, el conjunto era un itaguambypé, una fortaleza. Los indios tenían razón, aún más de lo que podían suponer. Pues se trata de una muralla construida por mano de hombre. Su base, en todas partes, es natural. Pero sus laderas tienen características diversas que permiten dividirlas en tres grupos. Unas no son sino paredes de roca, casi verticales, mas irregulares; otras también son de roca, pero talladas verticalmente; otras más, y son las más numerosas, están construidas con bloques de piedra, de dimensiones desiguales, perfectamente encajados unos en otros, cuyo conjunto constituye paredes absolutamente lisas, por lo menos cuando no fueron desarticuladas por las raíces de árboles que, por lugares, provocaron desplazamientos y hasta desmoronamientos.

¿Son seguras nuestras conclusiones? ¿No se tratará lisa y llanamente de una pared rocosa natural, a pesar de algunas apariencias? En un caso como éste, corresponde hacerse el abogado del diablo. Con respecto a las laderas talladas verticalmente, consultamos a un geólogo que fue terminante: un fenómeno de este género sólo puede ser obra de la naturaleza si se trata de una roca dura sometida a la acción de glaciares. Ahora bien: tenemos aquí arenisca relativamente blanda, y la región nunca conoció época glaciar. Las secciones hechas de bloques suscitan menos dudas aún, de ser posible. Ningún movimiento geológico podría haber quebrado la roca con rigor de geómetra, ni tallado sistemáticamente aristas vivas, ni respetado el alineamiento horizontal y vertical de los bloques que hubiera producido.

Por lo demás, la muralla, en los sectores en cuestión, tiene exactamente la misma apariencia que los edificios preincaicos de Perú y Bolivia, en los cuales la irregularidad de las piedras labradas constituye una defensa contra los terremotos: cada una responde a su modo a la fuerza sísmica; el conjunto manifiesta así cierta flexibilidad que le impide desmoronarse como a veces sucedería si todas las piedras alineadas se desplazaran con un mismo movimiento o si, más pequeñas, estuvieran menos fijadas unas con otras por su propia fuerza de inercia. Tal modo de construcción resulta, en sí, incomprensible en el Paraguay donde no hay ni hubo nunca temblores de cierta amplitud. Por lo tanto, no pudo haber sido inventado en el lugar.

Los indios guaraníes, por otra parte, desconocían la piedra labrada antes de su incorporación a las misiones jesuíticas, y los jesuítas, cuya arquitectura es bien conocida y que empleaban una técnica del todo distinta de la que acabamos de describir, nunca se instalaron en Cerro Corá.

Una conclusión se impone, pues: los constructores del Itaguambypé, o sus antepasados, habían venido de otra región. ¿De dónde y cuándo? Manifiestamente, del Altiplano andino, el único lugar del mundo donde se hubiera jamás construido murallas de bloques desiguales, y antes de la fundación del imperio de los incas, puesto que el procedimiento se había perdido después de la toma de Tiahuanacu por los araucanos de Kari, hacia 1290.

Esta doble deducción no tiene nada que pueda sorprendernos: sabemos, en efecto, que algunos vikingos escapados de la matanza de la isla del Sol se habían refugiado en la selva paraguaya donde, ya antes, en el Peaviru, el «Camino Mullido» que llevaba del lago Titicaca al Atlántico, existían fortines cuyas guarniciones indígenas estaban al mando de oficiales blancos. Nuestras últimas inquietudes respecto de la naturaleza de la muralla desaparecieron cuando nuestra tercera expedición.

Por un lado, el profesor Pistilli, que es ingeniero, nos confirmó, después de un minucioso examen, que se trataba realmente de una construcción. Por otro, descubrimos una pequeña inscripción, manifiestamente rúnica, que se nos había escapado en el curso de nuestras investigaciones anteriores. Desgraciadamente, su mal estado de conservación no permitió traducirla ni transliterarla siquiera, con un mínimo de certeza.

Queda por saber por qué los vikingos refugiados en el Amambay habían construido allí la enorme muralla que acabamos de describir. Situada en la cima de un cerro, no podía desempeñar el papel de una «muralla de China» o de un Danevirk, destinado a prohibir al enemigo el acceso a determinado territorio. La «torre» de la extremidad sur constituía una magnífica plataforma de observación, y sólo podía servir para detectar movimientos de tropas: de tratarse de un adoratorio, habría estado aislada, mientras que forma parte de un conjunto mucho más amplio cuya utilidad sólo podía ser militar. Cuando nuestra primera expedición a Cerro Corá, habíamos creído divisar, en la cima del cerro paralelo al que nos interesa, los restos de una construcción del mismo tipo.

De ahí que concluyéramos que el murallón constituía uno de los lados de un enorme recinto fortificado, al modo de los campos militares daneses. Nos habíamos equivocado. El relevamiento efectuado en 1976 mostró que no había, enfrente, sino rocas y que nuestra muralla era la única de su género. ¿Tenemos, pues, que renunciar a nuestra interpretación? Por cierto que no.

Dos hipótesis, que nada, verosímilmente, confirmará ni destruirá jamás, y entre las cuales ningún dato nos permite elegir con un mínimo de certeza, son, en efecto, capaces de explicar la presencia de esta muralla aparentemente inútil. La primera es que se trataba de una fortaleza cuya construcción se hubiera interrumpido. En este caso, los vikingos se habrían aprovechado de la situación privilegiada del cerro y de su configuración geológica para edificar una «torre» de observación y, luego, la muralla, en parte natural, que sólo exigía un trabajo reducido, por lo menos para ellos que disponían de una mano de obra indígena abundante.

Por una u otra razón —la destrucción del imperio de Tiahuanacu que puso término a la construcción de la capital misma, si la obra es anterior a 1290; el hostigamiento, por indios hostiles, de los refugiados del Amambay, o su propia decadencia, si es posterior—, habrían más tarde abandonado su proyecto.

La otra hipótesis es que el murallón constituía uno de los lados de un recinto fortificado cuyos tres otros flancos estaban construidos con estacas, procedimiento éste que no ignoraban ni los vikingos ni —tenemos al respecto el testimonio del cronista Ulrich Schmidel cuando nos describe, en el siglo XVI, la aldea de los carios que llevaba el nombre germánico de Froenirtiere— los indios del Paraguay.

En ambos casos, la plaza fuerte, además de la función de su plataforma de observación, se habría destinado a servir de lugar de refugio a los blancos y sus aliados indios en caso de ataque. Hoy día, no se encuentra agua en los cerros ni en el valle que cubría, pero tal vez la situación fuera diferente hace setecientos u ochocientos años y, de cualquier modo, el río Aquidabán está muy cerca.

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1 Comentario
  • jose victor selis
    marzo 31, 2016

    yo soy descendiente de los indios blancos que realmente eran vikingos

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