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Desencantamiento

Él le escribió y ella le respondió: hubo gramática y comprensión. ¿También habría química si estuviesen frente a frente? Se citaron en un café y todo parecía indicar que el encuentro sería el primero de muchos.

 

La primera vez que me escribió usó la coma vocativa para saludarme. Eso sumó puntos. La segunda oración inició con un signo de interrogación. ¿Cómo no enamorarme? Pude leer sus primeras líneas de una sola vez, sin dudar de lo que quería expresarme. Nos entendimos perfectamente, sin baches. Me pregunté si también sería bueno interpretando mis gestos.

Nos citamos en un café. A la hora de vernos cara a cara, sucedió lo inesperado: pudo compensar cada uno de mis intentos de eludir lo evidente. Pudo interpretarme. De repente nos encontramos ante un juego de oraciones casi sin sentido, en el que la que la consigna era responder al mismo instante lo que el otro quería decir. Fue la seducción lúdica perfecta. Ninguno puso reglas, pero ambos las comprendimos.

No podía entender lo que me sucedía. Me latía una bomba de emociones a punto de estallar. Y no lo podía ocultar ante la fija mirada del oponente. Cuando lo veía, se me atoraban las palabras, se atascaban como en cuello de botella. Imposible liberación. No podía esbozar, ni siquiera hilar una oración correcta. Entonces, él ganaba la partida. Logró que nos viéramos varias veces a la semana, sin oposición o excusa alguna. Era la presencia de él, la idealización del otro, la construcción perfecta de lo que dibujaba en mi mente. Cuando él era pensamientos, todo fluía, podía ser yo, sin tapujos, y podía hacer lo que quisiera. Anduvimos como dos adolescentes, muy juntos. Cuando pasó el tiempo, lo evidente debía seguir el curso: el compromiso. Cada vez se hacía más difícil la distancia; era inevitable que planificáramos el futuro. Caer en el eterno círculo del encierro, cercar el amor, todo lo consabido me tenía preocupada. Despojarse de la idea de cercar, era lo que más nos costaba, aunque teóricamente coincidíamos en lo contrario. Los planes de vivir juntos no se hicieron esperar. Nos dejamos engullir por la desesperación del otro. Lo que él daba por ganado, estaba a punto de ser la caída en picada, de la que solo nos dimos cuenta cuando ya estábamos sumergidos hasta el cuello con las normas sociales. Cualquier excusa era válida para iniciar una batalla campal. Si me preguntaran cómo o cuál fue el momento en que cruzamos esa línea, respondería: No lo sé. De pronto, él era machista para mí, y yo era histérica para él. Si me tomaba del brazo, estaba ejerciendo la fuerza; si me decía que no a lo que fuera, era un dictador, sin mencionar cualquier tipo de nimiedades por las que estallábamos en un concurso de quién tenía el poder, cuestionando cada equivocación o palabra con un mal tono, solo por el mal humor del día. En esos momentos, de algo estaba segura: ya no era el chico de quien me había enamorado. El tiempo se encargó de reventar cada burbuja que lo envolvía.

Pasaron tres horas y los nervios se acrecentaron. La sorpresa se esfumó. Como si hubiera limpiado las lentes de mis pupilas, podía ver los detalles de su rostro. La voz del muchacho no era nada grave. Tampoco se había esmerado en su aspecto: el calzado era desprolijo y, sin exagerar, el cabello lo tenía más corto de un lado.

La sonrisa se me desdibujó. Lo había construido de tal manera que nada de lo que tenía frente a mis ojos coincidía. Pero intentaba ser la misma chica agradable. Pensé en dejarme llevar de todos modos. La charla siguió su curso, o más bien el monólogo al que di lugar.

A pesar de que jamás hubiese dado importancia a nada superficial, sabía que mi cerebro me estaba jugando en contra. Si seguía ahí, terminaría sucumbiendo ante lo que se nos predestinaba. En ese mismo instante, me excusé para ir al sanitario y, sin que él se percatara, salí corriendo por la otra entrada del café.

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1 Comentario
  • Carlos
    febrero 28, 2019

    El inicio y el fin del amor en pocas frases …. Lilian tiene futuro como narradora. Me gusta

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