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De Onetti sobre Quiroga

Bareiro Saguier solicitó a Onetti un texto sobre Quiroga para publicarlo en una revista. Onetti se lo envió, pero la revista no pudo publicarse. Luego Susy Delgado lo rescató y publicó en la revisa Takuapú.
Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 — Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937).

Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 — Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937).

Introducción de Guillermo Mayr

Cuando Bareiro Saguier se enfrascó en la preparación del número especial de la revista Río de la Plata, dedicado a Horacio Quiroga, pensó en su amigo Juan Carlos Onetti (1909—1994) —quien desde 1975 estaba radicado en Madrid— para que escribiese un texto sobre el autor de Cuentos de amor, de locura y de muerte. Bareiro Saguier contaba en el emprendimiento editorial con la colaboración de alguien del que Onetti había dicho: «en Toulouse, está viviendo, y muy pobremente, uno de los más grandes escritores en idioma castellano, aventado por el exilio y con pasaporte español, cuyo nombre es Augusto Roa Bastos». Además, Bareiro Saguier sabía que Onetti estaba obsesionado con Quiroga, a quien admiraba y consideraba un «cuentista genial que vive sumergido en el monte llevando una vida azarosa en ese lugar tan alejado de la civilización». Onetti, que había pintado la vida urbana uruguaya como nadie, pensaba que los relatos de Quiroga estaban «impregnados del misterio, la pobreza y la amenaza latente de la selva», lo que habla a las claras de la considerable atracción que sentía por la naturaleza salvaje de su compatriota.

Bareiro Saguier conocía al autor de Juntacadaveres y Dejemos hablar al viento de habérselo encontrado en diferentes coloquios literarios. El escritor paraguayo recuerda que la simpatía entre ambos surgió de una humorada, en medio de una charla informal: «Me vino a la memoria una anécdota que me habían relatado, cuando Juan Zorrilla de San Martín, autor del celebrado Tabaré, llegó al puerto de Asunción, allá por 1905. Sucedió que Juan Zorrilla, sorprendido por la multitud que lo aguardaba en el muelle, consideró oportuno dirigirse a sus admiradores. Así, aferrado a una de las barandas del buque comenzó su discurso con esta frase: ‘Paraguay, Uruguay, algo hay…’» La anécdota le hizo tanta gracia a Onetti que cada vez que lo llamaba desde Madrid a París iniciaba el diálogo con una frase ya convertida en contraseña: «Barba, algo hay…».

Con el correr del tiempo, la amistad entre ambos escritores fue creciendo y cuando el paraguayo le solicitó el texto para la revista Río de la Plata, Onetti no dudó. Al momento del envío, agregó una esquela: «Como ignoro en qué consiste el homenaje a Quiroga que están programando, me tomo la libertad de hacerte llegar estas cuartillas que encontré buscando papeles perdidos».

Al final del escrito, dirigiéndose a Rubén Bareiro Saguier, Onetti agregó: «Hermano: publícalo si te gusta. Corrige todo lo que te parezca. Un abrazo para tí y para Roa».

Al final del escrito, dirigiéndose a Rubén Bareiro Saguier, Onetti agregó: «Hermano: publícalo si te gusta. Corrige todo lo que te parezca. Un abrazo para tí y para Roa».

El texto decía así: 

La única vez que vi a Quiroga «in corpore» fue en una esquina de Buenos Aires. Lo había leído tanto, sabía tanto de él que me resultaba imposible no reconocerlo con su barba, su expresión adusta, casi belicosa. Su pedido silencioso de que lo dejaran en paz ya que el destino no lo había hecho. Era inevitable ver, mientras él esperaba el paso de un taxi sin pasajero, que su cara había estado retrocediendo dentro del marco de la barba. Continuaban quedando la nariz insolente y la mirada clara e impasible que imponía distancias. Y cuando apareció el coche y Quiroga revolcó su abrigo oscuro para subirse, recordé un verso de Borges, de aquellos de los tiempos de la revista Martín Fierro, cuando Borges padecía felizmente fervor de Buenos Aires, y que dice, en mi recuerdo: «El general Quiroga va en coche al muere». Estoy seguro de que en aquel viaje —al hospital, según supe— él ya sospechaba lo que yo sabía.

Un común amigo, Julio Payró, muy querido por mí, se carteaba con Quiroga y éste lo visitó brevemente, a su estilo, cuando bajó de la selva para consultar médicos en Buenos Aires. Hay quien afirma, audazmente, que a veces, en una por millón, el paciente tiene un promedio intelectual superior al del médico. Éste fue el caso de Quiroga. El director del hospital que ya había afilado el bisturí, estuvo conversando con el enfermo en el jardín del hospital. Quiroga mostró la malsana curiosidad de enterarse de la gravedad de su dolencia. Y obtuvo sonrisas, optimismo, circunloquios, engaños mal disfrazados. Quiroga supo que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte. Prefirió una agonía más breve y abandonó por la noche el hospital para comprar los bastantes gramos de cianuro para eludir para siempre la insistencia de una vida compleja y admirable, ahora ya inútil.

Poco después de que las cenizas de Quiroga viajaran hasta su ciudad natal, Salto, Uruguay, dos amigos suyos desde la mocedad, Delgado y Brignone, publicaron una biografía del escritor. Me detengo aquí para comprobar y decir que esta biografía impresionante por su fidelidad, por el hecho de que sus autores, por amor de una permanente amistad que se mantenía por cauce postal hasta la muerte del biografiado, mantiene hoy su característica de única. La tuve, la perdí en vaya a saber cuál de mis traslados. Ahí, en ella, está todo Quiroga desde los insinceros, decadentes «Arrecifes de coral» y el derrotado viaje a París hasta su muerte en el refugio de un hospital. Luego, pasado el tiempo de silencio e ignorancia que es costumbre otorgar e imponer a los difuntos que importaron, se sucedieron muchos libros sobre Quiroga y varios críticos e intelectuales de diversa especie viajaron a la selva misionera con el absurdo propósito de ver allí algo que se le hubiera escapado al maestro.

Mucho antes, un gran escritor se instaló durante meses en una casa próxima a la que habitaba el cuentista genial. Proximidad que fue aceptada con la condición de que las visitas se realizaran solamente cuando Quiroga estuviera con un humor propicio. Para anunciar estos no frecuentes estados de ánimo, el uruguayo izaba una bandera. Pero ni los pre—muerte ni los pos agregaron nada de importancia a la biografía de Brignone y Delgado, nunca reeditada —que yo sepa— e imposible de encontrar ni en librerías de viejo ni en bibliotecas de amigos.

Cuando su obra ya era definitiva, hechos con cuentos tremendos escritos sin tremendismo, con cuentos para niños inteligentes que delatan una escondida y rebelde ternura, con un par de mediocres novelas que confirman su insincero aserto de que una novela es sólo un cuento alargado, aceptó la tentación de bajar a Buenos Aires. Dejaba detrás las alegres fatigas del machete y la congoja de una muerte trágica que tal vez, sin quererlo, él mismo había estado conjurando al exigir a otros el coraje incansable en la lucha con el destino, coraje que él mismo mantuvo hasta el fin. Este viaje a la capital tuvo forzosamente la calidad de una visita más o menos larga. Quiroga era ya padre e hijo de la selva y no resistió mucho su llamado. Aquel viaje visita tuvo tres consecuencias que, sin duda, afectaron al escritor con intensidad diversa.

La más importante y nada literaria fue provocada por la imprudencia de su hija Eglé —maravillosa persona— al presentarle a una compañera de colegio, muchacha de gran belleza. Poco tiempo después Quiroga se casó con ella y la llevó, como cazador y presa, a su casa de la selva norteña. La segunda consistió en una larga temporada de fiestas y reuniones en las que admiradores y aspirantes a buenos discípulos rodearon al maestro tanto en su residencia de las afueras, en la localidad de Vicente López, como en hogares y restaurantes porteños. Aquí el hombre huraño, tan parco en tolerar visitas y habituado a cerrar las puertas de la casa recia y humilde que había construido con sus manos, bajó la guardia, supo ser amable, cordial y receptivo. Confirmaba que su tarea de escritor no había sido vana y tenía a su lado la hermosura demasiado blanca, demasiado rubia, de su nueva esposa. Tantos meses de merecida dicha tenían que provocar la tercera consecuencia.

Ahora una aparente digresión: otro suicida famoso, Hemingway, obtuvo, más o menos un año después de volarse la cabeza, un curioso reconocimiento a su obra y a su vida. Cáfilas de criticones, de fracasados, de adictos incurables a la envidia se abalanzaron con furia a la conquista de espacio en diarios y revistas para atacar al muerto. Recuerdo que la ola de baba verdosa llegó a tal altura que la revista Life cedió una doble página a Malcolm Cowley para que intentara un dique contra las hienas comecadáveres. Este artículo fue reforzado con un dibujo que representaba a Hemingway desnudo y muerto, tenazmente visitado por cucarachas, moscas, toda la sabandija pensable. Tal vez hubiera alguna rata en el festín.

Algo muy parecido ocurrió con Quiroga vivo. Paridos a consecuencia de un cruce misteriosamente fértil entre dos viejas prostitutas llamadas envidia y ambición, decenas de enanitos declararon perimido el arte de Quiroga. Era necesario que los cuentos del maestro se hicieran a un lado en la historia literaria para dar paso a los que ellos, los nuevos y novísimos pergeñaban para deleite propio y de la pretendida élite en que flotaban. Es decir: que los relatos quiroganos, de ciudad o selva, que son para mí grabados en metal, exentos de adornos, se olvidaran para aplaudir acuarelas pintadas en el país de algún abanico. El maestro cometió el error de darse por enterado y publicó una respuesta que era desafío y afirmación. Sucedió lo inevitable. Ya ni Funes el memorioso recuerda los nombres ni los engendros de los aspirantes iconoclastas.

Todos los cuentos de Quiroga, cualquiera fuera su tema, están construidos de manera impecable. Pero debo señalar que aquellos que se sitúan en Misiones están impregnados del misterio, la pobreza, la amenaza latente de la selva. Allí es imposible descubrir arte por el arte, regodeos puramente literarios. Porque la selva amparaba el horror del que supo el escritor y que venció la ferocidad de su individualismo. Supo de la miserable sobrevida —o persistencia del no morir— de los mensú, de sus sufrimientos callados porque conocían la esterilidad de expresarlos con la dulzura exótica de su idioma guaraní. Tal vez, raras veces, se les escapara un «añamembuí» dirigido al patrón invisible y de crueldad cotidiana e interminable. O al capataz de revólver y látigo; o al destino tan sabio en torturar y en suprimir explicaciones.

Para el mensú, mantenido siempre al borde de la agonía, el patrón nunca visto tenía forma de hombre pero era una empresa lejana e inubicable, una oficina con aire acondicionado, una compañía que seguiría floreciendo mientras la selva conservara árboles para hachar y hombres para ir desangrando. El aire acondicionado es brujería impensable para esclavos famélicos cuya soñada fuga estaba vedada por policía mercenaria, asesina y privada, por perros expertos en alcanzar gargantas de fugitivos. El aire acondicionado es indispensable en las lejanas oficinas de los gringos porque en Misiones la temperatura diurna es de 45° centígrados a la sombra para declinar, cuando desfallece el sol, a 5º bajo cero.

Pero la explotación de hombres tiene una muy rigurosa cobertura legal. Cada mensú tiene que firmar un papel, «la contrata», por el que se compromete a trabajar en los obrajes durante un tiempo determinado y en las condiciones que disponga el patrón oculto. Allí no se acepta la excusa de analfabetismo: hay que firmar con una cruz, un garabato o con una huella del pulgar. Y luego reventar de cansancio o paludismo o por gracia de Dios, que todo lo ve. Terminada «la contrata» los supervivientes, llenos de sana alegría y libres como pájaros, se embarcan hasta Posadas, capital de Misiones, para festejar. Los acompaña, cariñoso, un subcapataz. Allí pasan algunos días y sobre todo, noches. La caña corre, las mujeres abundan y todas casualmente, se llaman Venérea. El sub simula acompañarlos en la gran orgía y aguarda con paciencia de buitre. No muchas horas después todos los mensú están borrachos y endeudados hasta el cuello. Porque también en Posadas la empresa es generosa y fía como les fiaba en el clásico y canallesco almacén del obraje. El buitre está atento y sabe actuar. Las deudas de la fiesta quedan saldadas si la víctima firma otra contrata. Días después, los mensú remontan el río, amontonados como animales y vuelven, por otros dos o tres años, al martirio del infierno breve.

Termino con una confesión. En uno de sus cuentos, llamado La bofetada, Quiroga escribe que un mensú, amenazado por el revólver de un capataz rubio, le hace saltar la mano y el arma con un voleo certero del machete. Luego lo obliga a caminar, chorreando sangre, hasta que el gringo cae exánime. Entonces el mensú se dirige en busca de la frontera de Brasil. La violencia me repugnó siempre. Pero mientras leía el cuento, mis simpatías acompañaban al mensú durante su viaje al destierro.

Nota: la introducción de Guillermo Mayr fue publicada originalmente en eljineteinsomne2.blogspot.com, el blog del autor.

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