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Cortázar y la música: entrañas de un romance

A 30 años de su muerte, lo recordamos con un capítulo del libro Las músicas de Cortázar, en el que Peiró Barco habla de una de las pasiones del escritor francoargentino: las músicas, en plural porque en general se suele constreñir el universo musical desplegado en su obra al jazz, dejando de lado el tango y la clásica.

Del blog Pensareperturbar.

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La vida de Cortázar es pura literatura, y su figura la de un renovador. Y como amante de la música, apostó también por esa que era renovadora. Era un seguidor de varios géneros musicales, un amante de la música en sí, aunque prevalezca su afección al jazz. Por ello, dado este polimorfismo de los gustos estilísticos cortazarianos, hablamos de «músicas», en plural, y no de «música», en singular. Generalmente se suele constreñir el universo musical desplegado en su obra al jazz, entresacando casi siempre los ejemplos del cuento El perseguidor, además, porque el protagonista es un trasunto biográfico del gran inventor del be-bop: Charlie Parker. Pero hay otras músicas insertadas en las obras de Cortázar: el tango y la clásica[1]. Ambas también son fundamentales para hallar algunas ideas recurrentes del autor.

La literatura cortazariana ofrece una singular naturaleza musical, como manifestó el mismo autor al crítico Omar Prego Gadea:

Para mí la escritura es una operación musical. Lo he dicho ya varias veces: es la noción del ritmo, de la eufonía. No de la eufonía en el sentido de las palabras bonitas, por supuesto que no, sino la eufonía que sale del dibujo sintáctico (ahora hablamos del idioma) que al haber eliminado todo lo innecesario, todo lo superfluo, muestra la pura melodía.[2]

La música permite alcanzar el kibutz que tanto anhelan los personajes. Es el arte intuitivo que permite comprender lo intangible, amar la espontaneidad y rechazar un orden social rígido que aprisiona la libertad del ser humano. Con la música se atrapa lo invisible, el azar y lo etéreo, y se expresa una forma de existencia auténtica.

Cortázar era un amante del jazz y del blues. El que también lo sea de la música clásica y del tango se demuestra en obras de temas relacionados con estos estilos musicales, como Un tal Lucas (1979) y La vuelta al día en ochenta mundos (1967), donde destacaba el sentimentalismo al que incitaba el tango. Biográficamente, siempre defendió la interdependencia de ambas artes, pero su irreconciliabilidad en su disfrute. Cortázar jamás pudo leer escuchando música. Él afirmó:

Jamás he podido leer escuchando música, y ésta es una cuestión bastante importante, porque tengo amigos de un nivel intelectual y estético muy alto para quienes la música, que en ciertas circunstancias puedan escuchar concentrándose, es al mismo tiempo una especie de acompañamiento para sus actividades. Esto lo comprendo muy bien en el caso de los pintores: tengo amigos pintores que pintan con un disco de fondo o la radio. Pero en el caso de la lectura, yo creo que no se puede leer escuchando música.[3]

Para el autor argentino, o se puede leer y escuchar música al mismo tiempo porque eso supone un doble desprecio o un desprecio unilateral, o se desprecia la música o se desprecia lo que se está leyendo, dado que ambos son artes absolutos. El músico exige que se le escuche a full time y el escritor que se le lea con los cinco sentidos puestos en sus palabras. Cortázar manifestaba en esa entrevista que le decepcionaría que alguien a quien se estima intelectualmente leía un libro de cuentos suyo mientras escuchaba una fuga de Bach o una ópera con texto de Bertolt Brecht. Para él, era necesario concentrarse, lo que no se puede lograr en un aeropuerto. Estas afirmaciones absolutas son rebatibles hoy en día por su carácter drástico pero las ideas radicales y excluyentes no eran precisamente anacrónicas en los años setenta.

Muchísima literatura cortazariana posee motivos musicales insertos. Las apariciones no son casuales o circunstanciales. Desde Presencia, aquel poemario iniciático de versos simbolistas mallarmeanos que publicó con el pseudónimo de Julio Denis en 1938, la música fue su medio de búsqueda de la armonía o un referente simbólico, generalmente de libertad. Si El perseguidor es el símbolo de su sentido en la obra del autor, no es menos cierta la recurrencia de los motivos musicales en casi toda su creación, hasta su consumación mayúscula en la monumental Rayuela, una de las novelas imprescindibles en el estudio de la literatura hispanoamericana actual, y por extensión en la universal.

La riqueza en motivos musicales se extiende a distintos sentidos artísticos. Por ello parto de unos versos del Libro de Manuel como prueba en conjunto del sentido ecléctico y el carácter de símbolo de modernidad de las músicas en la obra del autor, así como un reflejo de sus tres preferencias susodichas:

Yo ya no tengo tiempo ni me importan las modas,

mezclo Jelly Roll Morton con Gardel y Stockhausen,

loado sea el Cordero.[4]

Jazz, tango y música clásica (aunque Stockhausen sea un autor clásico muy peculiar por su vanguardismo extremo, pero al fin y al cabo es un clásico del siglo XX) ocuparon un primer plano en las obras del autor, quien las veneró y así lo demostró a lo largo de su trayectoria literaria. Pero huyendo de simplismos, es preciso llegar más lejos de su conexión literaria, para establecer el esquema de los estilos musicales que adquieren mayor significación en su obra, así como las funciones que desempeñan, para concluir con su síntesis, dado que se suele tratar el estudio de los estilos predilectos de Cortázar de forma autónoma, sin enlazar unos con otros, cuando tienen funciones semejantes: el crítico que analiza el jazz, no suele aludir a la música clásica y al tango, y viceversa. La riqueza musical en la obra cortazariana, que analizamos en nuestra obra Las músicas de Cortázar, nos muestra la imbricación entre ambas artes, como material sonoro, dado que en la literatura el sonido es la palabra y su combinación una verdadera partitura. Y en el caso de nuestro autor, la música no es un soporte: es un despliegue temático para reflexionar sobre el artista y la creación estética.


[1] Incluyamos el blues junto al jazz, dada la interdependencia de ambos en las alusiones cortazarianas.

[2] Omar Prego Gadea: La fascinación de las palabras. Conversaciones con Julio Cortázar. Barcelona, Muchnik, 1985, p. 61. Citado por Isabel Gallego en «Cortázar, Rayuela y el blues», en Literatura y música popular en Hispanoamérica, pp. 247—252.

[3] Sara Castro-Klaren: «Julio Cortázar, lector. Entrevista». Madrid, Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 364—366, octubre—diciembre 1980, pp. 39—45.

[4] Julio Cortázar: El libro de Manuel, Buenos Aires, Edit. Sudamericana, 1973, p. 353.

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