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Contra los apologistas del trabajo

Una vida dedicada a la caza de ganancias obliga continuamente a la inteligencia a consumirse hasta el agotamiento, mientras que se está siempre preocupado de disimular, de actuar con astucia o de aventajar a los demás.

Sísifo, del artista plático Ernesto Blanco. Imagen: artelista.com.

Sísifo, del artista plático Ernesto Blanco. Imagen: artelista.com.

Los defensores del trabajo

En la glorificación del trabajo, en los infatigables discursos sobre los beneficios del trabajo, descubro la misma intención oculta que en los elogios de los actos impersonales y del interés general: el miedo íntimo a todo lo que es individualidad. A la vista que ofrece el trabajo (me refiero a esa dura actividad que se realiza de la mañana a la noche), podemos comprender perfectamente que éste es el mejor policía, pues frena a todo el mundo y sirve para impedir el desarrollo de la razón, los apetitos y las ansias de independencia. Y es que el trabajo desgasta la fuerza nerviosa en proporciones extraordinarias y quita esa fuerza a la reflexión, la meditación, los ensueños, al amor y al odio; nos pone siempre ante los ojos un fin nimio, y concede satisfacciones fáciles y regulares… De este modo, una sociedad en la que se trabaja duramente y sin cesar, gozará de la mayor seguridad, y ésta es la seguridad a la que hoy se adora como divinidad suprema. Pero resulta (¡qué horror!) que el trabajador es quien se ha vuelto peligroso. Proliferan los individuos peligrosos, y detrás de ellos se encuentra el peligro de los peligros: el individuum.

Trabajo y tedio

En los países civilizados casi todos los hombres son iguales en el hecho de buscar trabajo con el objeto de ganar un salario. Para ellos, el trabajo es sólo un medio, no el fin en sí; por eso son poco exigentes al elegir trabajo, el cual sólo les importa por la promesa de la ganancia, siempre que ésta sea considerable. Sin embargo, existen unas pocas personas que prefieren morir antes que dedicarse a trabajar a disgusto; son naturalezas que tienden a elegir y difíciles de satisfacer, pues no se contentan con una apreciable ganancia, si el trabajo en sí no constituye la ganancia de todas las ganancias. A esta clase de hombres pertenecen los artistas y los contemplativos de todo tipo, así como esos ociosos que se pasan la vida cazando, viajando o dedicándose a intrigas y aventuras amorosas. Todos éstos quieren el trabajo y la penuria con tal que esté unido al placer, incluyendo el trabajo más duro y penoso si fuera necesario. Por lo demás, muestran una pereza decidida, aunque ésta produzca pobreza, deshonor y ponga en peligro su salud y su vida. Temen más al aburrimiento que trabajar disconformes. Hasta necesitan aburrirse mucho si quieren tener éxito en su propio trabajo. Para el pensador, como para todo espíritu sensible, el tedio es esa desagradable «calma chicha» del alma que antecede a la navegación feliz y a los vientos alegres; por eso prefieren soportarlo, esperar el efecto. Esto es precisamente lo que las naturalezas más débiles no pueden obtener de sí mismas de ninguna manera. Ahuyentar de sí mismas el tedio por cualquier medio es tan vulgar como el hecho de trabajar a disgusto. Tal vez sea esto lo que distinga a los asiáticos de los europeos; en tanto seres más capaces de estar en profunda calma durante largo tiempo; incluso sus estupefacientes actúan lentamente y requieren paciencia, al contrario de la repugnante rapidez de ese veneno europeo que es el alcohol.

Ocio e inactividad

Hay una barbarie propia de los «pieles rojas» en la sed de oro de los americanos. Sus esfuerzos por trabajar sin descanso —vicio característico del nuevo  mundo— constituyen una barbarie que ha empezado a contagiar a la vieja Europa y a extender por ella una falta de ingenio realmente singular. Ahora avergüenza descansar; al que se entrega a un largo reposo casi le remuerde la conciencia. Sólo se piensa con el reloj en la mano y se come con la mirada puesta en la información bursátil. Se vive como si en cualquier momento «fuera a perderse» algo. El principio de que «es preferible hacer cualquier cosa a no hacer nada» representa una cuerda que estrangula toda cultura y todo gusto superiores. Y del mismo modo que con este afán de trabajar de la gente se esfuman visiblemente las formas, desaparecen también la sensibilidad en sí hacia las formas, así como el oído y la vista para la melodía de los movimientos. Prueba de ello es esa vulgar precisión que hoy se exige siempre en todas las situaciones en que el hombre quiere ser leal con los demás, en la relaciones con los amigos, las mujeres, los parientes, los niños, los maestros, los alumnos, los jefes y los príncipes. Ya no se dispone de tiempo ni de fuerzas para las formas ceremoniosas, ni para la cortesía con rodeos, ni para las conversaciones ingeniosas, ni para el ocio en general. Pues una vida dedicada a la caza de ganancias obliga continuamente a la inteligencia a consumirse hasta el agotamiento, mientras que se está siempre preocupado de disimular, de actuar con astucia o de aventajar a los demás; hoy, la virtud esencial consiste en hacer algo en menos tiempo que otro. Con ello quedan raros momentos en que se permite ser leal, y en ellos la gente está tan cansada que no sólo desea «dejarse llevar», sino también tumbarse perezosamente. De acuerdo con esta tendencia se redactan hoy las cartas, cartas cuyo estilo y espíritu serán siempre «el signo de la época» propiamente revelador. Si se sigue encontrando placer en la vida social y en las artes, es en el sentido de los esclavos embrutecidos por sus pesadas faenas. ¡Qué pena da ver lo fáciles de conformar que son en sus «alegrías» los hombres cultos e incultos de hoy, lo recelosos que se muestran cada vez más hacia cualquier forma de goce! El trabajo monopoliza crecientemente la tranquilidad de conciencia. A la inclinación por la felicidad se la llama ya «necesidad de descanso» y empieza a verse como motivo de vergüenza. «Hay que pensar en la salud», se justifica quien es sorprendido en flagrante delito de salir al campo. Sí, puede llegar un día en que no se entregue uno a la vida contemplativa (es decir, a salir a pasear con los pensamientos y con los amigos) sin tener mala conciencia y sentir desprecio de uno mismo. ¡Pues bien!, antiguamente era todo lo contrario; era el trabajo el que soportaba el peso de la mala conciencia. Cuando una persona de origen noble se veía obligada a trabajar lo ocultaba. El esclavo trabajaba obsesionado por la idea de que hacía algo despreciable. El prejuicio antiguo proclamaba: «Lo único noble y honroso es el ocio y la guerra».

Fuente: Los defensores del trabajo es el ensayo breve número 173 del libro Aurora (1881); Trabajo y tedio y Ocio e inactividad son los ensayos números 42 y 329, respectivamente, del libro La gaya ciencia (1882).

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