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Chopin

Tras el fallecimiento de Frédéric Chopin, en 1849, Franz Liszt escribió un libro sobre su vida y música, afirmando, entre otros elogios, que algunos profetas no sólo no son reconocidos en su tierra, sino tampoco en su tiempo. Compartimos el primer capítulo de la biografía.

Frederic Chopin, por Adi Art.

Frederic Chopin, por Adi Art.

Carácter general de las obras de Chopin

Por muy lamentable que sea para todos los artistas y para quienes lo hayan conocido, nos será permitido dudar que haya llegado el momento en que, apreciado en su justo valor, aquel cuya pérdida nos es tan sensible en particular, ocupe en la valoración universal la alta jerarquía que probablemente le reserva el porvenir. Si está probado que corrientemente nadie es profeta en su país, ¿no se ha experimentado también, que los profetas, es decir, los hombres del futuro, los que lo representan y lo acercan por sus obras, no son reconocidos como profetas en sus tiempos? Y nosotros no osaríamos afirmar que pudiera ser de otra manera. Las jóvenes generaciones de artistas tendrán a bien protestar contra los anticuados, cuya costumbre invariable es la de asombrar a los vivos con los muertos, tanto en las obras musicales como en las de otras artes, sólo al tiempo le queda reservado algunas veces el revelar toda la belleza y todo el mérito.

No siendo las múltiples formas del arte sino diversas fascinaciones, destinadas a evocar los sentimientos y las pasiones, para hacerlos sensibles, tangibles en cierto modo, y comunicar las grandes emociones, el genio se manifiesta por la invención de nuevas formas adaptadas a veces a sentimientos que aún no habían surgido en el círculo encantado. ¿Puede esperarse que en estas artes donde la sensación va ligada a la emoción sin la mediación del pensamiento y de la reflexión, la sola introducción de formas y modos inusitados no sea ya un obstáculo a la comprensión inmediata de una obra? La sorpresa, incluso la fatiga, ocasionadas por lo extraño de las impresiones desconocidas que despierta, ¿no la hace aparecer a la mayoría como escritas en un lenguaje que ignora, y que por eso mismo parece al principio bárbaro? El solo trabajo de habituar el oído basta para que moleste mucho a los que, por sistema, rehúsan estudiarlo a fondo. Las generaciones más jóvenes y de mayor vitalidad son en primer lugar las menos encadenadas por esta atracción de la costumbre, respetable incluso en aquellos en quienes es invencible, se llenan de curiosidad, después de pasión por el nuevo idioma; por ellos es por quienes penetra y alcanza las regiones recalcitrantes del público y por lo que éste acaba por recoger el sentido, el alcance, la construcción y por hacer justicia a las calidades y riquezas que pueda encerrar. Por estas razones los músicos que se apartan de las rutinas convencionales necesitan más que otros artistas de la ayuda del tiempo. No pueden esperar que la muerte traiga a sus trabajos esta plusvalía instantánea que ha otorgado a las obras pictóricas, y ninguno de ellos podría renovar en provecho de sus manuscritos el subterfugio de cualquiera de los grandes maestros flamencos, que trataron durante su vida de explotar su gloria futura, encargando a su mujer de hacerle el reclamo a su muerte, para lograr hacer subir los lienzos que premeditadamente decoraban su estudio.

Cualquiera que sea la popularidad de una parte del las producciones de aquel cuyos sufrimientos lo hayan agotado mucho antes de su fin, puede, sin embargo, presumirse que la posteridad tendrá para sus obras una estima menos frívola y ligera que la que le es aún concedida. Aquellos que más tarde se ocuparán de la historia de la música le darán su parte, que será grande, a quien se señaló con un genio melódico extraordinario por tan felices y destacados engrandecimientos armónicos, cuyas conquistas serán preferidas con razón a tantas obras de superficie más extendida, tocadas y retocadas por grandes orquestas y cantadas y recantadas por masas de prima—donna.

Encerrándose en el cuadro exclusivo del piano, Chopin, a nuestro entender, ha dado pruebas de una de las cualidades más esenciales a un escritor: la justa apreciación de la forma en la cual le ha sido dado destacar; y, sin embargo, este hecho, por el que le reconocemos un justo mérito, dañó a la importancia de su fama. Difícilmente otro, en posesión de tan altas facultades melódicas y armónicas, hubiera resistido a la tentación que presentan los instrumentos de arco, la languidez de la flauta, las tempestades de la orquesta, los ensordecimientos de la trompeta, en la que nos obstinamos aún en creerla única mensajera de la vieja diosa, cuyos sutiles favores perseguimos. ¿Qué reflexiva convicción es precisa para limitarse a un círculo más árido en apariencia y hacer surgir por su genio lo que al parecer no podía florecer en este terreno? ¿Qué penetración intuitiva revela por esta elección exclusiva que, arrancando ciertos efectos al dominio habitual, a los instrumentos en que toda la espuma del ruido vino a quebrarse a sus pies, las transportaba a una esfera más restringida, pero más idealizada? ¡Qué confiada perfección de los medios futuros de su instrumento ha tenido que presidir a este reconocimiento voluntario de un empirismo tan generalizado, que otro hubiera probablemente considerado como un contrasentido al privar de tan grandes pensamientos a sus intérpretes ordinarios! ¡Bien sinceramente hemos de adivinar esta preocupación única de lo bello por sí mismo, que ha sustraído su talento a la propensión corriente de repartir entre una centena de atriles cada parte de melodía y le hizo aumentar los recursos del arte al enseñarle a concentrarlo en un menor espacio!

Lejos de ambicionar el tumulto de la orquesta, Chopin se contentó con ver reproducido su pensamiento integralmente sobre el marfil del teclado, consiguiendo su objeto de que no perdiese ninguna energía, sin pretender los efectos del conjunto y la pincelada decorativa. No se ha pensado con bastante seriedad ni reflexionado atentamente sobre el valor de los dibujos y las pinceladas delicadas, estando habituados, como lo estamos hoy, a no considerar cuáles compositores son dignos de un gran nombre más que aquellos que han dejado por lo menos una media docena de óperas, otros tantos oratorios y algunas sinfonías, pidiendo así a cada músico hacer de todo, y un poco más que todo. Esta noción tan generalmente extendida, no es, sin embargo, de fija exactitud, sino muy problemática. No pretendemos discutir la gloria, más difícil de obtener, la superioridad real de los cantores épicos que desarrollan en vasto plan sus espléndidas creaciones, pero desearíamos que se aplicase a la música el valor que se da a las proporciones materiales en las otras ramas de las bellas artes y que, por ejemplo, en pintura, coloca una tela de cincuenta centímetros cuadrados, como la Visión de Ezequiel o el Cementerio de Ruysdaël, entre las obras maestras evaluadas en más que un cuadro cualquiera de grandes dimensiones, sea de un Rubens o de un Tintoretto. En literatura, ¿Béranger es menos poeta por haber reducido su pensamiento a los estrechos límites de la emoción? ¿Petrarca no debe su triunfo a sus «Sonetos»?, y de aquellos que han recitado repetidamente sus suaves rimas, ¿hay muchos que conozcan la existencia de su poema sobre África? No hemos de dudar que los prejuicios que disputarían todavía al artista que no haya producido más que sonatas semejantes a esas de Franz Schubert puedan ser superiores a las de otros que hayan compuesto partituras de pesadas melodías con toda la amplitud de desarrollo propias de ciertas óperas que no citaremos. Porque en música no se acaba tampoco de aquilatar las composiciones diversas según la elocuencia y el talento con que son expresados los pensamientos y los sentimientos, cualesquiera que sean, por lo demás, el espacio y los medios empleados para interpretarlos.

Por consiguiente, no sabría aplicarse un análisis inteligente de los trabajos de Chopin sin encontrar bellezas de un orden muy elevado, de una expresión completamente nueva, y de una contextura armónica tan original como sabia. En él la audacia se justifica siempre; la riqueza, incluso la exuberancia, no excluyen la claridad; la singularidad no degenera en extravagancia barroca: los adornos no están desordenados y el lujo de la ornamentación no recarga la elegancia de las líneas principales. Sus mejores obras abundan en combinaciones que, puede decirse, forman época en el manejo del estilo musical. Atrevidas, brillantes, seductoras descubren su profundidad con tanta gracia, y su habilidad con tanto encanto, que con pena podemos sustraernos lo bastante a su atractivo arrollador, para juzgaría fríamente desde el punto vista de su valor teórico; éste ha sido ya notado, pero se hará reconocer más y más cuando llegue el tiempo de un examen atento de los servicios dados al arte, durante el período que Chopin ha abarcado.

A él le debemos la extensión de los acordes, sea en grupo conjuntado, sea en arpegios; estas sinuosidades cromáticas y en armónicas de las que sus páginas ofrecen tan sorprendentes ejemplos; estos pequeños grupos de notas sobrepuestas calleado como gotas de rocío perlado, por encima de la figura melódica. Él dio a este género el adorno cuyo modelo no había continuado desde las fiorituras de la antigua escuela de canto italiano, lo imprevisto y la variedad que no permitía la voz humana, copiada servilmente hasta entonces por el piano en los adornos que resultaron estereotipados y monótonos. Él inventó estas admirables progresiones armónicas, que han dotado de un carácter serio, hasta las páginas que por la ligereza de su asunto no parecía que debían pretender tal importancia. ¿Pero qué importa el asunto? ¿No es la idea la que se ha hecho surgir, la emoción que se hace vibrar, lo que la eleva, la ennoblece y la engrandece? ¡Qué melancolía, qué finura, qué sagacidad, qué arte sobre todo en estas obras maestras de La Fontaine, cuyos motivos son tan familiares y los títulos tan modestos! Estos de los estudios y los preludios lo son también; sin embargo, los trozos de Chopin que los llevan, no quedarán como menores tipos de perfección en un género que él ha creado y que revela, como todas sus obras, el carácter de su genio poético. Escritos casi a lo primero, están impregnados de una frescura juvenil que no tienen algunas de sus obras posteriores, más elaboradas, más acabadas, más combinadas, hasta perderse por completo en sus últimas producciones de una sensibilidad sobreexcitada que se diría la búsqueda del agotamiento.

Si hubiéramos de hablar aquí en términos escolásticos del desarrollo de la música de piano, analizaríamos estas páginas magníficas que ofrecen tan rica gama de observaciones. Exploraríamos en primer lugar estos nocturnos, baladas, impromptus, scherzos, que tan llenos están de refinamientos armónicos tan inesperados como incomprendidos. Igualmente los buscaríamos en sus polonesas, mazurkas, valses, boleros. Pero no es éste el momento ni el lugar para un trabajo semejante, que no ofrecería interés más que a los adeptos del contrapunto y del bajo—cifrado.

Es por el sentimiento que desborda de todas estas obras por lo que se han extendido y popularizado; sentimiento eminentemente romántico, individual, propio de su autor y, sin embargo, simpático, no sólo a este país que le debe una ilustración más, sino a todos cuantos pudieran sufrir los infortunios del destierro y los enternecimientos del amor.

No contentándose siempre con cuadros en los que pudiera dibujar libremente los contornos tan felizmente elegidos por él, Chopin quiso también centrar su pensamiento entre clásicas barreras. Ha escrito bellos conciertos y bellas sonatas. No es difícil, sin embargo, en estas producciones más voluntad que inspiración. La suya era imperiosa, fantástica, irreflexiva. Sus giros tenían que ser libres y nosotros creemos que ha violentado su genio, cada vez que ha intentado restringirle a las reglas, a las clasificaciones y a un orden que no eran los suyos y no podían concordar con las exigencias de su espíritu, que es uno de aquellos cuya gracia se despliega sobre todo cuando parece ir a la deriva. Quizá haya podido desear ese doble éxito de su amigo Mickiewicz, por ejemplo, quien después de haber sido el primero en dotar a su lengua de una poesía fantástica, haciendo escuela desde 1818 en la literatura eslava por sus Dziady y sus baladas románticas, probó en seguida escribiendo Grazyna y Wallenrod, que sabía triunfar también de las dificultades que oponen a la inspiración, las sujeciones de la forma clásica, y que también se manifestaba igualmente maestro cuando tomaba la lira de los antiguos poetas. Chopin, haciendo tentativas análogas, no ha conseguido triunfar completamente, a nuestro entender. No ha podido mantener en el interior de una copa angulosa y rígida este contorno flotante e indeterminado que da el encanto a su pensamiento. No ha podido encerrar esta indecisión nebulosa y oculta, más que destruyendo todas las aristas de la forma, la tela de largos pliegues como copos brumosos, tales cuales esos que cercaban las bellezas osiánicas, cuando hacían aparecer ante los mortales aquel suave perfil de entre las nubes cambiantes.

Estos ensayos brillan, por lo tanto, con una rara distinción de estilo y encierran pasajes de un alto interés, fragmento de sorprendente grandeza. Citaremos el Adagio del Segundo Concierto, por el cual tenía una marcada predilección complaciéndose en tocarlo frecuentemente. Los dibujos accesorios pertenecen a la mejor manera del autor y la frase principal es de una expansión admirable. Alterna con un recitativo que está en tono menor y que es como la antiestrofa. Todo este trozo es de una ideal perfección, su sentimiento alternativamente radiante y lleno de compasión. Se diría como una irreparable desgracia acogiendo el corazón humano frente a un incomparable esplendor de la naturaleza; contraste sostenido por una fusión de los tonos, una degradación de tintes atenuados que impide que nada violento o bruscovenga a disonar en esta impresión emotiva que produce y que al mismo tiempo melancoliza la alegría y serena el dolor.

 ¿Podríamos dejar de hablar de la Marcha Fúnebre intercalada en su primera sonata, que ha sido orquestada y ejecutada por primera vez en la ceremonia de sus exequias?

¡Hubiérase podido encontrar otros acentos para expresar con el mismo dolor, qué sentimiento y qué lágrimas habían de acompañar a su último reposo a quien había comprendido de una manera tan sublime cómo se lloraban las grandes pérdidas! Un día le oímos decir a un joven de su país: «Estas páginas no hubieran podido ser escritas más que por un polaco». En efecto, todo lo que este cortejo de una nación en duelo, llorando su propia muerte tuviera de solemne y desgarrador, se encuentra en este conjunto fúnebre que parece escoltarle. Todo el sentimiento de mística esperanza, de religiosa llamada a una misericordia sobrehumana, a una clemencia infinita y a una justicia que tiene en cuenta cada tumba y cada cuna, toda la resignación exaltada que ha iluminado con luz de aurora tantos dolores y desastres soportados con heroísmo inspirado de mártires cristianos, resuena en el canto cuya súplica es tan desolada. Lo que hay de más puro, de más santo, de más resignado, de más creyente y de más esperanzado en el corazón de las mujeres, de los niños y de los sacerdotes, resuena, palpita y tiembla allí con indecibles vibraciones. Se siente que lo que se llora no es la muerte de un héroe, cuando otros héroes quedan para vengarlo, sino más bien la de una generación entera que ha sucumbido no dejando detrás de ella más que las mujeres, los niños y los sacerdotes. Esta melopea tan fúnebre y lacrimosa es, no obstante, de una dulzura tan honda que parece no venir de este mundo. Estos sonidos que se dirían aminorados por la distancia, imponen un supremo recogimiento, como si fueran cantados por los mismos ángeles y flotasen ya en el cielo, en derredor del trono divino. Ni gritos, ni roncos gemidos, ni blasfemias impías, ni furiosas imprecaciones turban por un instante la lamentación, que podría tomarse por seráficos suspiros. El lado antiguo del dolor queda totalmente excluido. Nada recuerda los furores de Casandra, los rebajamientos de Príamo, los frenesíes de Hécuba, las desesperanzas de las cautivas troyanas. Una fe soberana desfalleciente, en los supervivientes de este Ilión cristiano, la amargura del sufrimiento al mismo tiempo que la cobardía del abatimiento, su dolor no conserva ninguna de sus debilidades terrenas, se desarraiga de este suelo húmedo de sangre y de lágrimas; va hacia Dios y no sabría dirigirse más que al Juez Supremo, encontrando para implorarle tan ardientes oraciones que al escucharla nuestro corazón se quiebra en nosotros mismos bajo una augusta compasión.

Sería una equivocación el creer que todas las composiciones de Chopin están desprovistas de los sentimientos que ha despojado este sublime aliento y del que el hombre no puede sentir constantemente la enérgica abnegación, la enérgica dulzura. Sordas cóleras, odios contenidos, se encuentran en varios pasajes de sus obras, y muchos de sus estudios, tanto como sus scherzos, describen una exasperación concentrada y dominada por una desesperación tanto irónica, tanto altiva. Estos sombríos apostrofes de su musa han pasado más inadvertidos y menos comprendidos que sus poemas, de un tierno colorido. El carácter personal de Chopin ha podido contribuir a ello. Acogedor, afable, fácil en sus relaciones, de un humor igual y regocijado, daba poco a pensar las secretas convulsiones que le agitaban.

Este carácter no era fácil de adivinar. Se componía de mil matices, que se cruzaban y se disimulaban los unos en los otros de una manera indescifrable prima vista. Era fácil de confundirse sobre el fondo de su pensamiento, como con los eslavos en general, en quienes la lealtad y la franqueza, la familiaridad y la cautivadora desenvoltura de maneras, no implican de ninguna forma la confianza y la expansión. Sus sentimientos se revelan y se ocultan como los pliegues retorcidos de una serpiente enroscada en sí misma. Es preciso examinarlas atentamente para encontrar el encadenamiento de sus anillos. Habría ingenuidad en tomar al pie de la letra su cumplimentera cortesía, su pretendida modestia. Las fórmulas de esta cortesía y de esta modestia se desprenden de sus costumbres, que se resienten singularmente de sus antiguas relaciones con el Oriente. Sin contagiarse nada en absoluto de la taciturnidad musulmana han tomado de ella una reserva desconfiada sobre todo lo concerniente a las fibras delicadas e íntimas; tan bien, que casi siempre se puede estar cierto cuando hablan de sí mismos y guardan frente a su interlocutor, reticencias que les asegura sobre él una ventaja de inteligencia o de sentimiento, dejándole ignorar tal circunstancia o tal móvil secreto por los cuales serían los más admirados o los menos estimados y que ellos esconden bajo una fina sonrisa interrogante o de una imperceptible burla. Complaciéndose siempre en el placer de la sofisticación desde las más espirituales y bufonescas hasta las más amargas y lúgubres, se diría que ven en esta burlona superchería una fórmula de desdén a la superioridad que se adjudican interiormente, pero que velan con el cuidado y la astucia de los oprimidos.

La débil constitución de Chopin le impedía la expresión enérgica de sus pasiones, no entregaba a sus amigos más que lo que tenía de dulce y afectuoso. En el mundo vertiginoso y preocupado de las grandes ciudades en que nadie tiene tiempo para adivinar el enigma de los destinos ajenos, en que nadie es juzgado más que por su actividad exterior, pocos piensan, sin duda, tomarse el trabajo de echar una ojeada que sobrepase la superficie de los caracteres. Pero aquellos cuyas relaciones íntimas y frecuentes aproximaban a Chopin, tenían ocasión de percibir en ciertos momentos la impaciencia y el hastío que sentía al ser descubierto. Y el artista no podía vengar al hombre. De una salud muy débil para traicionar esta impaciencia por la vehemencia de su ejecución, buscaba desquitarse escribiendo estas páginas que gustaba oír ejecutadas con el vigor que a él le faltaba, y en las cuales sobrenadan los rencores apasionados. El hombre más profundamente atacado de ciertas heridas que no le gusta confesar, como flotaría en derredor de una fragata engalanada aunque próxima a perder jirones de sus costados arrancados por las olas.

Estas impresiones han tenido mayor importancia en la vida de Chopin por haberse manifestado sensiblemente en sus obras. Han producido poco a poco una suerte de irascibilidad malsana que llegando a un punto de temblor febril produjeron un círculo vicioso, esta torsión de su pensamiento que se observa en sus últimos escritos. Sofocante casi bajo la opresión de sus violencias reprimidas, no sirviéndose del arte más que para darse a sí mismo su propia tragedia, después de haber cantado su sentimiento, se dedicó a sutilizarlo. En las hojas que han publicado bajo tales influencias, se encuentra algo de las emociones alambicadas de Juan Pablo, al cual eran necesarias las sorpresas causadas por los fenómenos de la naturaleza y de la física, las sensaciones de espantos voluptuosos debidos a los accidentes imprevistos en el orden natural de las cosas, las mórbidas sobreexcitaciones de un cerebro alucinado para conmover un corazón macerado de pasiones y agotado en el sufrimiento. La melodía llega a ser atormentada, una sensibilidad nerviosa e inquieta trae consigo una reiteración de motivos de una persistencia tenaz, penosa como el espectáculo de las torturas que causan esos males del alma o del cuerpo sin otro remedio que el de la muerte.

Chopin estaba predestinado a una de estas enfermedades, que, empeorando de año en año, se lo llevó joven aún, y en las producciones de que hablamos se encuentran las señales de los dolores agudos que le devoraban, como se encontraría en un cuerpo bello aquellas garras de un ave de rapiña.

Nota: la traducción al castellano fue realizada por Carlos Bosch para la Colección Austral.

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