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Carta desde la Guerra del Chaco

La Guerra del Chaco tuvo un saldo de más de 90.000 muertos. Uno de los paraguayos que estuvo en el frente de batalla escribió una carta a su madrina de guerra a fines de 1932, narrándole cómo era la vida y la muerte ahí y preguntándose «¿por qué peleamos?»

Soldados paraguayos custodiando un mortero. Fotografía: hispanismo.org.

Soldados paraguayos custodiando un mortero. Fotografía: hispanismo.org.

Fortín Duarte. 1. 12. 1932

¡Querida familia Schultz!

Tengo la esperanza de que esta carta les llegue a todos gozando de buena salud. Cuando esta carta les llegue, la navidad ya habrá pasado, pero a pesar de eso les deseo a todos felices fiestas y un próspero año nuevo. Para nosotros, aquí en el Chaco, no habrá fiesta o nada para festejar; sin embargo, el 24 me acordaré de ustedes y soñaré con un pesebre o un árbol de navidad.

Aquella vuelta, cuando les escribí la carta anterior, salimos al siguiente puesto llamado Mayor Alvarez. Fueron más o menos 6 ½ leguas. Ya era noche cuando llegamos muertos de cansancio. Gracias a Dios que había agua durante todo el camino. Al final de la caminata tuvimos que atravesar un estero lleno de pequeñas astillas o esquirlas de moluscos que entraron en nuestras botas; por supuesto, teníamos que sacarlas y limpiarlas. A la mañana siguiente seguimos caminando, los pies nos dolían a todos, y así llegamos al puesto Nº 2, habiendo hecho de nuevo 6 ½ leguas. Era el 25 de noviembre. Nuestros pies tenían heridas. De tarde se faenaron 2 novillos. Había poco agua. Mucho tiempo no llovió. De nuevo, a la mañana siguiente seguimos caminando. Había mucho, pero mucho polvo y ninguna gota de agua. Un calor tan intenso que la sangre hervía en nuestras venas. Las aspirinas que madrina me envió me vinieron muy bien.

A las 15 horas de esa tarde llegamos a un estero donde pudimos saciar nuestra sed y llenar nuestras cantimploras. Enseguida fueron faenados nuevamente unos novillos para asado, para luego descansar. Dormimos hasta las 5 horas, para emprender la marcha a través del estero hasta Laguna Bella. En este lugar hubo un combate el 1º de octubre entre los bolivianos y la Co.d. l. M. Dormimos entre los muertos. A la mañana siguiente encontramos a los seis paraguayos muertos en ese combate. Estaban como disecados, un aspecto raro; todavía tenían puestos el típico sombrero de nuestros soldados. Los llevamos hasta el lugar de los bolís, donde los acomodamos en su última morada. Acto seguido hicimos una pausa. En pleno almuerzo nuestro, las mismas moscas que luego de haber posado sobre las cabezas de los combatientes fallecidos, aterrizaban sobre nuestras comidas. Estábamos acostumbrados a muchas penurias, pero ésta fue demás. La consecuencia fue nuestra rápida salida de allí.

A la mañana siguiente, asaltamos el Fortín… ¡Oh sorpresa! Toda la tropa de los bolís huyó. Como así también el oficial que los comandaba en un caballo sin montura. Hicimos un valioso botín. Después quebramos el palo santo que ellos usaban como torre de observación. Tenía una altura de unos 30 metros, una cosa rara. Incendiamos todo el conjunto, destruimos sus anchas paredes, donde se encontraba una aspillera. Debajo de la mecha, encontramos la chaqueta, el pantalón, el reloj de oro, las botas, el sable, el revólver y la billetera del oficial (que huyó a caballo sin montura) con 350 $ bolivianos. Volvimos después a Laguna Bella y mandamos a Puesto Moreno una Comisión. Los aviones de los enemigos cruzaban sobre nuestras cabezas durante todo el día.
De noche se recibió el aviso que se acercaban 500 hombres con dos cañones y algunas ametralladoras. El Capitán Rodríguez ordenó inmediatamente la retirada. Nos ubicamos al otro lado del estero. A la otra mañana volvió la comisión que había ido hasta Puesto Moreno, dijeron que allí no había bolivianos, pero trajeron consigo un espía. El Cabo Martínez, otros y yo lo fusilamos al mismo a las 11 de la mañana. Fue sepultado sin ceremonia especial y nosotros seguimos el viaje. Pasamos el lecho seco del río Pilcomayo. Los pies nos dolían, las botas se destruían, ninguna gota de agua a lo largo del camino. De noche, a las 20 horas llegamos al Puesto Nº 2 M. Alvarez. Aallí encontramos agua; la tomamos sin fin. Para comer no había nada y como habíamos marchado 7 leguas, dormimos al momento.

Al mediodía del día siguiente, llegamos al Puesto Nº 1 Mayor Alvarez. Todos estos puestos pertenecían a un argentino, lo llamaban Mauricio Alvarez. Fueron faenados algunos animales y asado no faltó. Agua también había abundante. Y siguiendo camino, llegamos al otro día al Puesto de las Aves. Nuevamente faenamos algunas piezas de ganado. Los pocitos apenas tenían agua. Descansamos un poco después de tanta caminata (es que en 6 días hicimos 41 leguas). Al séptimo día llegó una orden de Plácido Jara para volver a caminar. Salimos rápidamente y a altas horas de la noche llegamos al Campamento Juan E. O’Leary. Este campamento quedaba a 5 ½ leguas del Puesto de las Aves. Aquí nos aguardaba el Comandante.

Al día siguiente recibimos 15 cigarros cada uno y una caja de fósforos; acto seguido, de nuevo a la marcha. Al mediodía llegamos al Fortín Mcal. López, 5 ½ leguas de distancia del campamento J. E. O’Leary. Ahí descansamos 2 horas antes de seguir la marcha. A las 22 horas por fin llegamos al Fortín Gral. Duarte, 4 leguas de Mcal. López, ya en el sector de Nanawa.

Imagínense ustedes, al día siguiente, después de 2 meses nos dieron como desayuno un jarro de mate cocido dulce con 5 galletas. Fue sabrosísimo. Para el almuerzo nos sirvieron 3 galletas y una sopa muy rica, hasta sal contenía la misma. A la tarde llegó el Comandante y nos comunicó que obtendríamos caballos, al mismo tiempo se nos fueron entregados las monturas y seis cigarros a cada uno. De noche volvimos a comer otra sopa muy buena y enseguida nos trajeron los caballos para ensillarlos. Cabalgamos hasta 1 legua antes del Fortín Duarte.

A la mañana siguiente salimos a buscar a los bolís, y los encontramos. Los atacamos por un instante para luego retirarnos. Teníamos la intención de atacarlos, pero ellos desaparecieron. Volvimos cabalgando a nuestro campamento, y a la mañana siguiente salimos otra vez a caballo. Eran las 4 horas de la madrugada y al clarear el día llegamos al Fortín Duarte nuevamente. Se originó un combate muy intenso. Las balas cruzaban sobre nuestras cabezas. De repente, se escuchó un aullido como una sirena, ¡eran granadas! Después de 2 ½ horas de combate, tuvimos que retirarnos, y volver a nuestro comando. Éramos solamente 39 hombres contra 6 ametralladoras. Los caballos estaban agotados, muy flacos. Casi todos los días perdíamos uno. Teníamos que enterrarlos, aquí no hay cuervos como allá que se ocupan de los animales muertos.

La época lluviosa comenzó; los ríos comienzan a crecer. En realidad, son lechos secos que solamente en la época lluviosa se llenan de agua. En estas horas de descanso me pregunto: ¿por qué peleamos? Aquí faltan los hermosos bosques de nuestro Alto Paraná, no hay pequeños arroyos, no hay colinas ni cerros, pero eso sí… muchísimos mosquitos, de día y de noche. Es un paisaje triste, y pienso que se asemeja a Australia (así me imagino yo). Me he jurado no permanecer más de lo necesario aquí, lejos de mi Alto Paraná. La muerte es muy triste, fea. Pero a Catita díganle que «las violetas que me mandó las conservo conmigo».

Saludos y cariños

S.S.S. Klaus Werner Rexerodt

Klaus Werner Rexerodt. Fotografía: archivo de Nedia Helma.

Klaus Werner Rexerodt. Fotografía: archivo de Nedia Helma.

Nota: carta (originalmente escrita en alemán) de un soldado combatiente de la Guerra del Chaco, enviada a su madrina de guerra, la señora Clara Schultz, propietaria del Hotel Schultz en Encarnación. La carta fue publicada por la Asociación Cultural Mandu’ara.

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2 Comentarios
  • Willy
    marzo 1, 2017

    Honor y Gloria a los héroes de la Guerra del Chaco; tanto bolivianose como paraguayos.

  • hector
    junio 17, 2014

    que buena historia , apasionante, quisiera saber mas

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